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 190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia

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bashar
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MensajeTema: 190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia   Dom 19 Feb 2017 - 21:32

"Ituzaingo y "El Llano Traidor del Santa María"



Del libro: Alvear en la guerra contra el imperio del Brasil"
de Emilio ocampo



A las dos de la mañana del 20 de febrero de 1827, luego de un breve intervalo, el ejército imperial bajo el mando del marqués de Barbacena reanudó su marcha en persecución del ejército republicano. Barbacena estaba convencido de que iba a sorprender a Alvear en pleno cruce del Río Santa María y que en su camino a lo sumo enfrentaría algún destacamento de retaguardia. Las informaciones que había recibido el marqués de las partidas de vanguardia del mariscal Abreu confirmaron esta opinión. Para su sorpresa, alrededor de las cinco de la mañana, encontró su marcha interrumpida por las avanzadas del ejército republicano que no sólo incluían la división de Lavalleja, sino también el batallón Nº5 de infantería. Esta sorpresa lo disgustó sobremanera y se arrepintió de haber seguido las sugerencias del mariscal Brown de marchar durante la noche.[i] Ni él ni Brown esperaban que “o inimigo tivesse deste lado do rio todas as suas forças reunidas.”[ii] Luego de una junta, los jefes imperiales decidieron entonces arrollar esta oposición y continuar la marcha hacia el Paso del Rosario. Poco tiempo les tomó percatarse que no sería posible cumplir ese objetivo.  

Estaba a punto de comenzar la batalla más importante que hasta entonces había visto el continente americano. Sólo las planicies de Ayacucho habían sido testigo de un enfrentamiento de semejante magnitud. Cerca de 15.000 hombres se enfrentarían en un campo de casi 25 hectáreas de extensión. Las versiones sobre lo que ocurrió ese día son variadas y en muchos casos contradictorias, lo cual no es inusual en la historia de la guerra. Sin embargo, podemos confirmar algunos datos con cierto grado de certeza. Primero, ambos ejércitos se divisaron alrededor de las cinco y media de la mañana, y dos horas más tarde, luego de algunas escaramuzas, comenzó la batalla propiamente dicha con un cañoneo del ejército imperial. Segundo, hacia las dos de la tarde terminó la acción principal cuando la primera división del ejército imperial comenzó a retirarse siguiendo las órdenes de su general en jefe. Tercero, la segunda división imperial al mando del brigadier Callado inició su retirada algo más tarde y por otro camino. Cuarto, en su retirada, ambas divisiones imperiales fueron hostilizadas y perseguidas por distintas fracciones del ejército republicano hasta alrededor de las cinco de la tarde. Quinto, Alvear fue el vencedor y sus fuerzas quedaron en control del campo de batalla.

Lo que no está tan claro es la secuencia de eventos entre las seis de la mañana y las cinco de la tarde. El panorama no se aclara con la lectura de los partes escritos por los jefes de ambos ejércitos o las memorias de quienes participaron en la batalla, cuyas versiones son parciales y muchas veces contradictorias. Como bien observó Mitre, “cada actor, según el papel que desempeña en el combate, no sabe ni más ni menos que lo que permite abarcar la vista desde la posición que ocupa en el terreno; y eso mismo lo interpreta a su criterio y todos los criterios no son iguales.”[iii] Incluso entre los estudiosos del tema existen serias divergencias respecto al orden y relevancia que tuvieron distintas acciones. Sin embargo, de la lectura de todo lo que se ha escrito sobre el tema y del reconocimiento visual del campo de batalla que realizó el autor se pueden reconstruir algunos de sus aspectos más salientes.

Ituzaingó fue una batalla de múltiples contrastes. A la táctica y gran táctica europea que intentaban aplicar Alvear y Brown, se contraponía el estilo de guerra “gaucha” de jinete contra jinete, en el que la infantería y la artillería jugaban un papel secundario. Este era el estilo de guerra que Lavalleja, Abreu, Gonçalves y sus milicias estaban acostumbrados y que utilizarían sin mucho efecto durante la contienda. En cuanto a las tácticas europeas, desde la batalla de las Pirámides hasta la de Waterloo había quedado establecido fuera de toda duda que un cuerpo de infantería bien entrenado y disciplinado, una vez formado en cuadro, podía rechazar los embates de la caballería. Sólo cuando era sorprendida durante su marcha o cuando sufría el fuego certero de la artillería, la infantería era vulnerable a las cargas de los jinetes enemigos. Estas consideraciones tácticas fueron relevantes el 20 de febrero de 1827. Salvando las enormes distancias, en los campos de Ituzaingó se enfrentaron los estilos de guerra de Napoleón y Wellington, como doce años antes lo habían hecho en Waterloo. Alvear estaba más cercano al primero, tanto por sus ideas sobre la organización del ejército como por sus concepciones tácticas y estratégicas. Por formación y experiencia personal Brown y los principales jefes del ejército imperial estaban más influidos por el segundo. Sin embargo, ambos estilos fueron forzosamente adaptados a las particulares circunstancias locales.

Aunque también preponderante en caballería, el ejército imperial llegó al campo de batalla con cinco batallones de infantería bien entrenados y disciplinados que presentarían un desafío para la caballería republicana. La mayoría de los gauchos orientales, valientes pero con escasa instrucción militar, nunca antes habían enfrentado un rival semejante.[1] Los combates de Sarandí y Rincón habían sido choques de caballería entre milicias irregulares. Incluso los regimientos de caballería más fogueados del ejército republicano, con excepción de algunos veteranos de Napoleón que revistaban en ellos, jamás habían enfrentado una infantería tan bien entrenada como la que encontrarían en esta batalla. La infantería española era notoriamente débil, como lo demostró en la guerra peninsular, y su actuación durante las guerras de la independencia no fue mucho más brillante. En contraste, los cuadros de infantería portugueses e ingleses habían demostrado en numerosas ocasiones ser inexpugnables ante las cargas de la caballería de Napoleón, considerada entonces la mejor del mundo.[iv] El ejército imperial había heredado del portugués la doctrina táctica de Wellington, que había sido impuesta por Beresford y otros oficiales del ejército inglés como Brown. Además, a diferencia de los batallones republicanos, de reciente creación y compuestos principalmente de reclutas con pocos meses de instrucción, los del ejército imperial tenían años de adiestramiento. Por ejemplo, el batallón Nº27 de Caçadores, compuesto enteramente de tropas alemanas, había sido creado a fines de 1824 y desde entonces se entrenaba en sus cuarteles en Río de Janeiro.

En el esquema napoleónico una batalla seguía básicamente cinco etapas: primero la artillería “ablandaba” la infantería enemiga con un fuerte cañoneo; luego los voltigeros y tiradores de infantería ligera comenzaban sus “guerrillas” intentando desbaratar las formaciones del enemigo; una vez logrado este objetivo, la caballería pesada cargaba para destrozarlas; a esta carga de caballería seguía un ataque de la infantería con las bayonetas caladas. En la etapa final toda la caballería se lanzaba a la persecución del enemigo.[v] La coordinación de las tres armas requería disciplina, entrenamiento y obediencia de los jefes subalternos y soldados, ingredientes que no estarían presentes en su justa medida en el ejército republicano. Napoleón siempre favorecía la ofensiva en su batallas. En contraste, la doctrina de Wellington en la que se habían entrenado los jefes portugueses e ingleses que acompañaban a Barbacena, favorecía la adopción de posiciones defensivas y el uso de la infantería.

Sin embargo, la preponderancia de caballería en ambos ejércitos, requeriría una modificación al esquema de batalla utilizado en aquella época en Europa. En Ituzaingó, las cargas de caballería se convertirían en el elemento decisivo del combate. Contrariamente a la imagen que tenemos hoy en día sobre una carga de caballería –en desorden, al galope tendido con el sable desenvainado– la táctica de la época requería cargas en perfecta formación, que se iniciaban al trote y que sólo en sus últimos instantes se lanzaban a todo galope.[vi] La velocidad de la carga debía ser progresiva de modo que al caer sobre el enemigo tuviera su mayor fuerza. “Por ejemplo,” explicaba Alvear, “si un cuerpo de caballería tiene que ir al enemigo de la distancia de 600 pasos, hará el primer tercio al trote, el segundo a un galope corto y el último tercio a un galope largo, que dejará a los 50 pasos del enemigo para caer sobre él a la carrera, de rienda suelta.”[vii] El éxito de la carga dependía en gran medida del orden y la disciplina de los jinetes y de la infantería que pretendían arrollar. Obviamente cuanto mayor la velocidad, más difícil era para los primeros mantener su formación. En su fase final, a todo galope, la carga inevitablemente se desordenaba, pero la excitación de los caballos y los jinetes a veces lograba amedrentar a los infantes enemigos, cuya única defensa era el fusil y su bayoneta (y veces uno o más cañones). Pero si la infantería se mantenía en cuadro era casi siempre invencible. Sólo cuando era sorprendida en una marcha de flanco, o si se hallaba desplegada y sin tiempo para formar cuadros, y la distancia era corta, era recomendable una carga a todo galope.[viii] En estos casos la caballería casi siempre salía victoriosa.  

Las cargas de caballería podían hacerse en cuatro formaciones básicas: en línea, en columna, en escalones o a la desbandada. La formación preferida por la caballería francesa para cargar la infantería era en escalones, una maniobra que Alvear conocía en detalle y había descrito en uno de sus trabajos:

Si [los infantes enemigos] forman con tiempo el cuadro, [el general] hace asestar la artillería volante cruzando sus fuegos sobre él, que en pocos minutos lo destruye o ha abierto claros suficientes para que cargue con suceso la caballería de línea. Esta arma tiene dos medios de efectuar su carga: el primero consiste en dividir la caballería destinada a la carga en tres escuadrones y dirigirlos sobre uno de los ángulos del cuadrado. El segundo es dirigir estos escalones sobre uno de sus lados dando a cada escalón el mismo frente que tenga la faz que se quiera cargar, y proporcionar las distancias de los escalones según las circunstancias, y en caso de necesidad a 25 pasos… El primer escalón dirigiéndose sobre uno de los lados del cuadrado dará su carga, y dándola de modo que llegue sobre las bayonetas del enemigo (si la infantería es brava), es de suponer sin embargo que no tenga buen efecto, pero habrá hecho vacilar a la infantería que la recibió, y obligándola a desguarnecerse de sus fuegos. No habiendo penetrado el primer escalón, se retirará por la línea derecha para dar lugar al segundo el cual llegará sobre el cuadro, estando aún las tropas ocupadas con los últimos jinetes del primero, y como no habrán tenido tiempo para reformarse y volver a cargar sus armas, tratará de aprovecharse de su desorden haciendo los más vivos esfuerzos para penetrarlo; pero si a pesar de esto no lo ha conseguido, habrá sin duda aumentado el desorden que causó el primer escalón, y retirándose como éste para dar lugar al tercero, el cual bien conducido debe indispensablemente penetrar el cuadro… El tercer escalón habiendo penetrado el lado del cuadro, se precipitará sobre la faz que le haga frente; el segundo corriéndose a su izquierda cargará la derecha. Mientras se efectúan esta cargas la artillería dirige sus fuegos sobre las piezas o tropas que ofendan con los suyos la caballería que carga.[ix]

Esta era la teoría. En la práctica casi siempre sucedía una de dos cosas: la carga era rechazada, por la vacilación de los jinetes o de los caballos ante el fuego certero y disciplinado del enemigo, “volviendo caras” en desorden; o el cuadro de infantería enemigo, por falta de disciplina, temor o por haber disparado sus fusiles antes de tiempo, se desbandaba y huía en desorden. En este caso la caballería hacia estragos en sus filas. Algunas veces el cuadro era roto por un caballo herido que caía sobre su primera línea, sus filas no podían entonces resistir y se entablaba una lucha desigual en la que la caballería casi siempre salía vencedora. Era común que los escuadrones se desorganizaran luego de su carga y era esencial que rápidamente se reagruparan y reincorporaran a su regimiento.

Un problema que enfrentaba la caballería republicana para poner en práctica estas maniobras era que muchos de sus caballos habían sido apropiados durante la marcha y por lo tanto no estaban acostumbrados al fragor de una batalla, y menos aún entrenados para cargar en perfecta formación un cuadro de infantería. Empalarse sobre una línea inamovible de bayonetas no es el instinto natural de un equino. Sólo los caballos bien entrenados no se espantaban del ruido producido por el fuego de fusilería o no se corrían por el flanco antes de llegar al cuadro.

En la mañana del 20 de febrero de 1827, el ejército imperial llegó al campo de batalla con no menos de 7.000 hombres agrupados en dos divisiones de infantería y caballería y dos brigadas de caballería ligera.[x] La artillería al mando del coronel Fernandes Madeira incluía once cañones de calibre seis, un obús de seis pulgadas, y una compañía de granaderos alemanes a cargo de los cohetes “Congreve”.[xi] La primera división al mando del brigadier Barreto estaba compuesta de una brigada de infantería y dos brigadas de caballería. La brigada de infantería estaba comandada por el coronel Manuel Leitao Bandeira, un veterano de origen portugués, y se componía de tres batallones cuyos efectivos sumaban al menos 1.600 hombres. En esta brigada marchaba el batallón Nº27 de alemanes, que era comandado por un experimentado oficial inglés.[xii] La segunda división imperial era mandada por el brigadier Callado y se componía de dos batallones de infantería, Nº13 y Nº18, con alrededor de mil efectivos y dos brigadas de caballería con 1.350 jinetes. A estas fuerzas, se agregaban dos brigada de caballería ligera, una al mando del brigadier Abreu y la otra al mando del coronel Bento Gonçalves. El mariscal de campo Gustavo Henrique Brown, quien tendría a cargo la dirección táctica del ejército imperial durante la batalla, estableció su posición de mando con la primera división.[xiii]


¿Cuántos combatieron en Ituzaingó?


Respecto al numero de efectivos que presentó el ejército republicano en el campo de batalla hay debate. Díaz afirma que fueron 6.632 combatientes mientras que Iriarte sostiene que fueron 6.832. Una cifra algo menor, 6.200 hombres, fue citada por Alvear en sus comunicaciones con el Ministerio de Guerra. La mayoría de los autores brasileños aseguran que el ejército republicano tenía entre nueve y diez mil hombres. Los más exagerados aseguran que eran doce mil. Es fácil comprobar que no fue así. Sabemos que al partir de Arroyo Grande el ejército contaba con alrededor de 7.500 hombres y que durante casi dos meses de marcha sufrió numerosas bajas por causa de enfermedades, accidentes, combates y deserción.[xiv] Teniendo en cuenta la experiencia en aquella época, es razonable suponer que al llegar al Paso del Rosario el ejército había perdido cerca del 10% de sus efectivos, lo cual sugiere una cifra cercana a la mencionada por Alvear.[xv]

Contrariamente a las expectativas de Barbacena, Ituzaingó fue una batalla bastante pareja en lo que se refiere al número de combatientes. El ejército imperial tenía casi el doble de efectivos de infantería y era algo inferior en caballería y en artillería. Esta paridad se debió únicamente a la ausencia de la brigada de Bento Manoel, que luego del combate de Ombú se había replegado al norte del Ibicuí y que ese día se hallaba a ocho leguas del campo de batalla. La decisión de no esperar u ordenar la reunión de estas fuerzas antes de presentar combate fue tomada por Barbacena y sus generales, porque engañados por Alvear se convencieron de que su victoria era segura. De esta manera, antes de disparar un tiro, Alvear logró un objetivo estratégico fundamental: separar las fuerzas enemigas y obtener cierta paridad numérica sobre el campo de batalla.[2] Sin embargo, siempre existía el riesgo de que Bento Manoel apareciera sorpresivamente sobre su flanco y desequilibrara la batalla, al igual que Blucher en Waterloo o Desaix en Marengo. Su ausencia quizás le costó el triunfo a Barbacena y ello se debió fundamentalmente a la estrategia adoptada por Alvear en las semanas previas a la batalla.

El terreno donde se iban enfrentar ambos ejércitos había sido reconocido por el general argentino durante la marcha del día anterior. Aunque no se trataba del campo de batalla ideal que venía buscando desde el 5 de febrero, presentaba una enorme ventaja: le permitiría sorprender al enemigo. El terreno estaba delimitado por dos cordones de sierras bajas y onduladas que corrían en forma paralela al río Santa María en la dirección que este seguía a la altura del Paso del Rosario y que se encontraban a un kilómetro de distancia la una de la otra medidas desde su máxima cota.[xvi] El grueso del ejército republicano había acampado detrás del cordón más occidental y por lo tanto no fue avistado por el enemigo sino hasta que empezó a formarse sobre sus alturas. Entre medio de ambas lomadas, y también en forma paralela, corría una zanja no muy profunda, con algunos pasos entre medio. El obstáculo que presentaba esta zanja para la libre operación de la caballería ha sido motivo de largo debate. La evidencia es contradictoria. Según Lima e Silva “o terreno se achava cortado, nos lugares mais baixos, em diferentes partes, por uma sanga na direção de seu comprimento. Essas sangas não tem ligação umas com as outras, nem tinham o aspecto  de um longo e largo vale, como erradamente já foi esboçado nem tão pouco servia como divisão dos dois exércitos, como também houve que escrevesse” y agrega que “a batalha foi dada nesse vale, onde livremente manobraram cavalarias e infantarias”.[xvii] Esta opinión se contradice con la del mariscal Brown quien en su parte de batalla afirmó que el valle estaba cortado “por huma sanga, o fosso enxuto, que admitia passagem para a cavalaria somente em poucos lugares.”[xviii] Seweloh confirma la existencia de la zanja y asegura que “só os cavalos já muito habituados podem impunemente transpor estas dificuldades.”[xix] Según Tasso Fragoso, que estudió detenidamente el campo de batalla, “a sanga que dividia os combatentes, não constituía obstáculo de grande valor como poder parecer a primeira vista.”[xx] En opinión de Wiederspahn, la zanja dificultó la libre operación de ambas caballerías pero no era un obstáculo insalvable.[xxi] El valle resultante era un terreno seco, cubierto de pajonales y hormigueros y algo resquebrajado por las frecuentes crecidas del río. Al sur estaba delimitado por el Arroyo Ituzaingó y por el centro era cortado por el camino que unía el Paso del Rosario con San Gabriel.

Alrededor de las tres de la mañana del 20 de febrero Alvear ordenó a su ejército que marchara encolumnado hacia el campo de batalla. Los movimientos en la oscuridad causaron alguna confusión. A las cinco de la mañana Alvear marchó junto con el batallón Nº5 hasta una colina que dominaba el terreno y allí le entregó a su jefe la bandera del ejército y le dijo: “Coronel Olazábal: en este punto hágase Ud. matar”, a lo que éste contestó lleno de orgullo: “Muy bien mi general: he recibido la orden, y mi sangre, y la de todos estos valientes se derramará para cumplirla.”[xxii] Alvear también dispuso una batería al mando del capitán Chilavert para reforzar esa posición.

notas
[i] Testimonio del mariscal Soares de Andréa, 27 de agosto de 1854. Arquivo Historico de Itamaraty, Colección barão de Río Branco, Lata 872.

[ii] Parte de batalla del mariscal Gustavo H. Brown, 29 de febrero de 1827. Cit. por Titara, op.cit., p.134.

[iii]  Bartolomé Mitre a Clemente Fregeiro. Cit. en Fregeiro, op.cit., p.10.

[iv] Charles Oman, Wellington’s Army 1809-1814, London, 1968, pp. 100-102.

[v] David Chandler, Atlas of Military Strategy, Arms and Armour, New York, 1996, p.95.

[vi] Nosworthy, op.cit., p.312.

[vii] CARLOS DE ALVEAR, Elementos de Táctica Terrestre ó Evoluciones de un Ejército en Campaña, Manuscrito, Colección Alvear, p.36, AGN,

[viii] Ver definición de “Cargas de Caballería” en Diccionario Militar.

[ix] Observaciones, p.72.

[x] Baldrich asigna 8.500 plazas a los imperiales. El propio marqués de Barbacena en una nota explicativa que envió al Emperador el 25 de marzo de 1827 dice que contaba con 7.200 hombres el día de la batalla. (Vizconde de Barbacena, Historia da Campanha do Sul, Revista Trimensal do Instituto Historico Geographico e Etnographico do Brasil, Tomo XLIX, Río de Janeiro, 1886, p.520). Soares de Andréa afirmó que 6.500 hombres del ejército imperial entraron en acción de un total de 9.300, entre los cuales 1.400 componían la brigada de Bento Manoel. (Testimonio del mariscal Soares de Andréa, 27 de agosto de 1854. AHI Río Branco, Lata 872). Mallet afirma que el ejército imperial se presentó en el campo de batalla con 6.776 hombres. (Testimonio del mariscal Soares de Andréa, 29 de octubre de 1874. AHI Río Branco, Lata 872). En general, la mayor parte de los historiadores brasileños disminuyen la cifra de efectivos del ejército imperial presentes en Ituzaingó, como si de esta manera se justificara la derrota. El principal propulsor de esta teoría fue el barón de Río Branco, quien a pesar de toda la evidencia lo contradice, afirma que el ejército imperial no tenía más de 5.700 hombres. El testimonio de Barbacena, que tenía el mayor interés en disminuir el número de sus tropas luego de su derrota, debería ser suficiente para terminar esta discusión bizantina. Sin embargo, adoptamos la cifra de Wiederspahn, 6.600 hombres, suponiendo que tuvo acceso a información original fidedigna que nosotros no poseemos. Creo que esta cifra subestima el total de efectivos presentados por el ejército imperial sobre el campo de batalla el 20 de febrero de 1827, ya que sugiere que ningún regimiento estaba completo. Según Wiederspahn, la infantería sólo tenía 2.400 efectivos, sin embargo las plazas teóricas de los batallones de Caçadores del ejército imperial eran de no menos de 600 hombres lo que sugiere que de estar completos había 3.000 infantes en el campo de batalla. Esta es una discusión peregrina imposible de resolver. Wiederspahn, op.cit., p. 229 y 230.

[xi] El número de piezas y calibre de la artillería imperial fue confirmado por Emilio Luiz Mallet en un testimonio enviado al barón de Río Branco el 29 de octubre de 1874. AHI Río Branco, Lata 872, Maço 01. La existencia de una compañía de cohetes Congreve fue confirmada por Seweloh. Según Alvear estos cohetes fueron utilizados en la batalla.  Carlos de Alvear a Eugenio Garzón del 28 de octubre de 1829. AGNU, Archivo Juan José Durán.

[xii] A pesar de la evidencia incontrastable, Titara y Lima e Silva negaron que hubiera oficiales extranjeros en el ejército imperial. Titara, op.cit., pp.132 y 133.

[xiii] Wiederspahn, op.cit., p.227 y 228. Tasso Fragoso dice que eran once cañones y un obús. Tasso Fragoso, op.cit., p.218.

[xiv] Ver Apéndice.

[xv] Esta estimación no es tan descabellada si se tiene en cuenta que durante los primeros quince días de marcha la división de Brandsen perdió el 2% de sus efectivos. Prorrateando este porcentaje a 55 días, que fue el tiempo que transcurrió desde que el ejército partió de Arroyo Grande hasta la batalla de Ituzaingó, se obtiene un 7.3%. Además, a partir del 26 de enero el ejército tuvo varios enfrentamientos con el enemigo, lo cual que esta estimación es razonable.

[xvi] Seweloh, op.cit., p.435,  afirma que eran de 700 a 800 pasos, es decir alrededor de 1.050 metros. Baldrich estima la distancia en 500 metros mientras que Beverina en 1.500.

[xvii] Lima e Silva, op.cit., p.87 y 91.

[xviii] Parte del mariscal Gustavo H. Brown, 29 de febrero de 1827 en San Sepé. Reproducido en Titara, op.cit., p.136.

[xix] Seweloh, op.cit., p.435.

[xx] Tasso Fragoso, op.cit., p.248.

[xxi] Wiederspahn, op.cit., p.207 a 210. Tasso Fragoso cita el reporte preparado por el oficial del ejército brasileño que años más tarde hizo el relevamiento topografico del campo de batalla. Su conclusión es la siguiente: “a sanga de que me ocupo, a pesar de caracterizar-se em suas cabeceiras por barrancos ingremes e mais ou menos profundos, não constitui no seu curso pela várzea um obstaculo aceitável como capaz de prejudicar os movimentos de uma fôrça em acção”. Tasso Fragoso, op.cit., p.249.

[xxii] Muñiz, p.312.

_________________
Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
/Más crueles que fieras,/con nuestras propias alas,/que la Naturaleza/nos dio, sin otras armas/para propia defensa,/forjáis el instrumento/de la desdicha nuestra,/haciendo que inocentes/prestemos la materia./Pero no, no es extraño,/que así bárbaros sean/aquellos que en su ruina/trabajan, y no cesan./Los unos y otros fraguan/armas para la guerra,/y es dar contra sus vidas
plumas para las flechas.»
Samaniego, Félix Mª de


Última edición por bashar el Dom 19 Feb 2017 - 22:23, editado 5 veces
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MensajeTema: Re: 190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia   Dom 19 Feb 2017 - 21:41

La estrategia y la Tactica


El plan de batalla original de Alvear era una variación de los utilizados por Federico el Grande y Napoleón. Consistía en atacar al enemigo de frente y de flanco. Alvear buscaba atraer el grueso de las fuerzas enemigas sobre su flanco izquierdo para luego envolverlo por el derecho y cortar su retirada. Básicamente el ejército debía pivotar sobre su artillería e infantería, las que debían ubicarse en el centro de la línea, situado sobre el camino que se dirigía al Paso del Rosario y por el que marchaba el ejército imperial. La división de Brandsen debía posicionarse a la izquierda del centro republicano y la división Lavalle debía ocupar el ala izquierda. En cuanto a Lavalleja debía ubicarse a la derecha de este camino, para poder cargar y envolver el flanco izquierdo de Barbacena. Sin embargo, Alvear se quejaría de que “por una fatalidad inconcebible… no lo hizo así, de lo que resultó, contra las intenciones del general en jefe, que se pusiese delante del tercer cuerpo,” que incluía los tres batallones de infantería y la mayor parte de la artillería bajo las órdenes de Soler.[xxiii] Cuando el ejército hizo un alto, Alvear despachó a Mansilla “para que diese la orden al general Lavalleja de ponerse a la derecha de aquel cuerpo, a cierta distancia. El general Lavalleja no obedeció esta orden, disculpándose con la oscuridad de la noche y con no conocer el terreno.”[xxiv] En vez se ubicó sobre el camino que unía San Gabriel al Paso del Rosario, es decir a la izquierda de la posición que le había asignado Alvear. Fue la primera de las tantas y tan famosas desobediencias de Ituzaingó, que lejos de contribuir a la victoria casi aseguraron la derrota.

Lavalleja negó haber desobedecido a Alvear y afirmó que en la “víspera de la batalla” no había recibido “orden, ni prevención ninguna”, y además, “en la noche que precedió a la batalla, no he visto al Jefe del Estado Mayor; no se me ha indicado punto ninguno en que debiera situarme con el cuerpo de mi mando. No me he extraviado y por consiguiente no me he disculpado con la oscuridad de la noche, ni con decir que no conocía el terreno.”[xxv] Iriarte, que no pierde ocasión para acusar Alvear de todo tipo de errores e imprudencias, en este caso se presenta como testigo involuntario de su defensa. En sus Memorias afirma haber estado presente cuando Mansilla transmitió la orden de Alvear a Lavalleja y relata el siguiente diálogo:


Mansilla:                   Tengo órdenes del general en jefe que comunicar a Ud. En consecuencia de ellas debe Ud. ocupar con la vanguardia la eminencia que está a la derecha del camino más allá de la ladera, situándose en las inmediaciones de una casa que debe Ud. haber visto en esa misma dirección; y allí esperará Ud. nuevas órdenes.

Lavalleja:                   Imposible. Para dar cumplimiento a esa orden era preciso que se me hubiera comunicado durante el día, que yo conociese el terreno; que yo hubiera visto el emplazamiento y explorado sus inmediaciones.

Mansilla:                  Yo lo he reconocido.

Lavalleja:                  No importa. Soy yo el que debo reconocerlo, porque hay ciertas cosas que no pueden comprenderse sin verlas, por mas explicaciones que se le den sobre ellas.

Mansilla:                  General, yo he llenado mi deber transmitiendo a Ud. la orden del general en jefe: toda la responsabilidad es de Ud. si no la ejecuta, y los señores son testigos de que yo requiero de Ud. formalmente que no pierda momentos y se sitúe donde se le acaba de prevenir.

Lavalleja:                  Repito que no está en mi arbitrio, que es un imposible: estoy sobre el ejército enemigo, cualquier movimiento será sentido, se alarmará y las consecuencias pueden ser muy graves. A mas de que, ya he dicho que no conozco el  terreno.

Según Iriarte, en este diálogo acalorado, también presenciado por Soler y Dehesa, se utilizaron expresiones “groseras y desmedidas.”[xxvi] Su versión fue confirmada por el historiador Vicente López, quien se basó en el testimonio de otro testigo ocular, según el cual al recibir la orden de Alvear, Lavalleja “prorrumpió en palabras descompuestas contra el general; vociferando que todas esas estratégicas eran farsas, que para ganar una batalla no se necesitaba sino pararse frente al enemigo ir derecho a él atropellarlo con denuedo y vencer o morir. Y que entre tanto la verdad era que el ejército patriota había venido siempre huyendo, sin tino ni gobierno, unas veces a un lado, otras a otro, cuando podría haber entrado en el Yaguarón y apoderarse de Río Grande, y por último, que él como jefe superior de los orientales, vencedor de Sarandí y promotor de la insurrección, exigía se le diese colocación en el centro para cargar y batirse.”[xxvii] Paz, cuyo testimonio Lavalleja cita en defensa de su versión, afirmó en sus Memorias que en “la víspera de Ituzaingó, el general Alvear le ordenó [a Lavalleja] que acampara con la división de su mando en la extrema derecha. Lavalleja calificó esa orden de farsaica, cambió de posición durante la noche y fue a colocarse donde le dio la gana. La mala colocación en que amaneció acampada la 1.a división a su mando hizo cambiar el orden de la batalla, ya que no se pudo atacar al enemigo de frente y de flanco como se pensó… Con su desobediencia casi comprometió el éxito final de la acción.”[xxviii]

Todos estos testimonios confirman la versión de Alvear, a la que Lavalleja descalificó como una calumnia para “alucinar al público.” La antipatía y la desconfianza que le tenía a su comandante en jefe afectaron el juicio del caudillo oriental el 20 de febrero. Quizás Lavalleja pensó que la intención de Alvear era que su división sufriera el embate del grueso del ejército imperial, para después luego “rescatarla” con el resto del ejército al mando de los jefes porteños. Sea cual fuere la razón, esta desobediencia descalabró el plan de batalla original y “de aquí provino que el General en Jefe empezase la batalla con el general Lavalleja, cuando su plan era empezar con el segundo cuerpo.”[xxix] Esta primera desobediencia de Lavalleja fue seguida por otra, cuyas consecuencias fueron aún más serias para el desarrollo y el resultado de la batalla.

Mientras el resto de las divisiones tardaban en ocupar sus posiciones, ahora forzosamente ubicadas más a la izquierda de lo originalmente planeado, Alvear ordenó al general Laguna, que se encontraba en reserva a retaguardia de Lavalleja, que se ubicara a la izquierda del batallón Nº5 y cubriera su flanco ante cualquier ataque. El general argentino se ubicó entre las posiciones de Olazábal y Lavalleja. Desde allí tenía una perspectiva única para observar los movimientos del enemigo y dirigir los de sus tropas. A su derecha ubicó la división de Zufriategui y a su izquierda estaban la artillería y la infantería al mando de Soler, mientras que el coronel Lavalle con el regimiento Nº4 de caballería ocupó la extrema izquierda de la línea republicana. Poco después de las siete de la mañana todas las divisiones estaban en posición excepto la artillería y la infantería, cuyo despliegue se retrasó casi dos horas como consecuencia de la desobediencia de Lavalleja, quien al dejar el centro de la línea republicana vulnerable a un ataque del enemigo casi le costó la victoria a Alvear. [xxx]

A las cinco de la mañana, Barbacena fue informado por Abreu que una avanzada del enemigo cortaba su paso. Inmediatamente ordenó a sus jinetes montar los caballos de pelea. Creyendo que se trataba de una pequeña fuerza de retaguardia, tomó disposiciones para arrollarla y continuar su marcha hacia al Paso del Rosario. Consecuentemente, sus primeras disposiciones fueron algo confusas. Según Brown, no hubo tiempo para dar otras disposiciones que atacar, en el caso que diese lugar para ello, o de defenderse de sus ataques hasta conocer el estado y número de sus fuerzas.[xxxi] Inicialmente, el ala derecha del ejército imperial fue ocupada por la segunda división al mando de Callado, que marchaba al frente del ejército y que fue la primera en llegar al campo de batalla. Pero a medida que se desplegaban más fuerzas enemigas sobre las colinas a su frente, Barbacena se percató de que se trataba de fuerzas mucho mayores de las que esperaba y ordenó a Barreto que ocupara con su división su ala derecha. Callado recibió entonces órdenes de ubicarse “muito mais para a esquerda” de su posición original. La brigada de caballería de Abreu fue destacada al extremo izquierdo de la línea imperial, mientras que la de Bento Gonçalves cubría su flanco derecho. Brown permaneció con la división Barreto mientras Barbacena se ubicó entre sus ambas divisiones con una batería de dos piezas. El resto de la artillería fue distribuida a lo largo de la línea, en vez de estar concentrada en un punto como había dispuesto Alvear. Estas disposiciones ya marcaban una importante diferencia en las decisiones tácticas de cada general.

Entre las siete y las ocho de la mañana comenzó el cañoneo imperial sobre las posiciones del ejército republicano, cuya artillería todavía no se había desplegado totalmente en línea. Como había quedado un espacio bastante amplio entre las dos divisiones imperiales, Brown ordenó a Callado que se replegara más al centro.[xxxii] Para obedecer esta orden Callado se vio forzado a efectuar una riesgosa maniobra que violaba un principio elemental del arte de la guerra: una marcha de flanco al alcance de los sables o fusiles enemigos. Alvear, que observaba estos movimientos con su largavista, percibió la excelente oportunidad que se le presentaba para asestar un golpe decisivo al enemigo. En ese momento quizás pensó que la batalla sería más fácil de lo que esperaba. Dirigiéndose al galope a donde se encontraba el primer cuerpo Alvear le ordenó en persona a Lavalleja que cargara al enemigo, ya que “esa carga, en tales momentos, podría asegurar el buen éxito de la jornada.”[xxxiii] Se produjo entonces la segunda desobediencia del jefe oriental, quien aduciendo falta de reservas se negó a lanzar el ataque.[3] Alvear dispuso entonces reforzarlo con la división de Zufriategui, compuesta de los regimientos de caballería de línea Nº8, Nº16 y el escuadrón de Coraceros. Lavalleja esperó tranquilamente y cuando estuvo listo para cargar, la marcha de flanco de Callado había concluido. Se había perdido una gran oportunidad para definir la batalla. Una vez más la terquedad y desconfianza del caudillo oriental complicaron las órdenes de Alvear y comprometieron el resultado de la batalla.

Mientras Callado se replegaba hacia el centro de la línea imperial, Brown ordenó a Barreto que lanzara su caballería sobre el centro de la línea republicana, al que consideraba “muito enfraquecido”. La caballería de la primera división imperial se dividió en dos líneas. La primera compuesta del regimiento Nº4 de línea, el Nº40 “Lunarejo” y un escuadrón de lanceros alemanes al mando del capitán von Quast. Estas fuerzas se lanzaron sobre los tiradores del batallón Nº5 de infantería que estaban desplegados a la vanguardia. Al ver que la caballería enemiga cargaba contra su centro, Alvear ordenó a la división de Laguna que saliera a su encuentro. En esos momentos era crucial defender las alturas donde debía ubicarse la artillería del ejército republicano. Laguna cargó, pero fue rechazado “tres veces con bastantes pérdidas.”[xxxiv] Sin embargo, ganó un tiempo precioso para que la artillería finalmente se desplegara en línea.

Paz: ineptitud y la inútil muerte de Besares


Después de este enfrentamiento, comenzó el avance del batallón de alemanes apoyado por la caballería imperial y dos piezas de artillería. Serían alrededor de las nueve de la mañana. El batallón Nº5 intentó infructuosamente oponer resistencia y al poco tiempo tuvo que replegarse. Para frenar este nuevo ataque, Alvear decidió recurrir a la caballería de línea que poco antes había llegado a su posición. La división de Paz se encontraba en el centro de la línea con el regimiento Nº2 listo para cargar y el Nº3 a retaguardia. Según Todd, en un momento dado, un batallón de infantería enemiga inició una marcha de flanco frente a los jinetes republicanos, ocasión ideal para cargarlo. Sin embargo, al igual que Lavalleja momentos antes, Paz dejó pasar la oportunidad. Alvear, disgustado al ver perdida otra oportunidad de definir el encuentro, se dirigió al galope a donde se encontraba Paz y lo increpó fuertemente “por no haberlo acuchillado [al batallón de infantería enemigo] como se le había ordenado.” Paz contestó: “No he recibido orden ninguna, y lo he creído de los nuestros, por el uniforme que llevaban.”[xxxv] ¡Curiosa respuesta de quien se jactaría después de que las inspiraciones individuales fueron las responsables de la victoria! Aparentemente debido al humo producido por el fuego de fusilería, no se distinguían bien los uniformes de uno y otro ejército. Paz, mortificado por la reconvención de su general, inmediatamente mandó a formar sus escuadrones de lanceros para cargar. Sin embargo uno de sus oficiales se equivocó al hacer la maniobra y se perdieron valiosos minutos que el enemigo utilizó para reforzarse. Cuando Paz logró rehacer su escuadrones, recibió una contraorden de Alvear de suspender la carga. La infantería enemiga ya se había “plegado en masa.”[xxxvi] El momento oportuno para realizar la carga había pasado.[4]

Paz ordenó entonces a su regimiento que formara en posición. En esos momentos una batería imperial, comenzó a romper el fuego sobre sus filas. Los primeros tiros pasaron por encima, pero poco a poco, se hicieron cada vez más certeros. Al ver que la batería que los cañoneaba estaba desprotegida, el comandante Manuel Besares pidió permiso a Paz para cargarla, éste se negó y molesto por esta sugerencia le ordenó que volviera a su puesto. Viendo que su posición se hacía cada vez más vulnerable al fuego enemigo, Paz ordenó una “conversión sobre la izquierda” por mitades, al paso. Su orden fue desobedecida por algunos jinetes que se lanzaron al galope, seguramente para evitar ser alcanzados por las balas enemigas. “Muy irritado” ante esta desobediencia, Paz dio la orden de alto y ordenó a sus jinetes “dar frente al enemigo.” Fue entonces cuando un tiro de cañón le voló la cabeza a Besares, quien según Todd era “el jefe más bizarro de nuestro ejército.” Imperturbable, Paz se dirigió al centro del regimiento y arengó a sus tropas: “No hay que conmoverse por la muerte de Besares. El hombre, cuando le llega su hora, muere en una triste cama o muere con gloria envidiable, como el teniente coronel Besares.”[xxxvii] Pero como el fuego enemigo se hacia cada vez más peligroso, ordenó nuevamente la misma evolución. Esta vez no fue desobedecido y el regimiento Nº2 se salvó de sufrir mayores bajas.

Mientras esto ocurría en el centro de la línea republicana, a la derecha Lavalleja cargó contra la brigada de Abreu, cuyos jinetes se desbandaron abandonando una pieza de artillería y replegándose sobre la segunda división imperial. Para evitar que el repliegue de Abreu desorganizara su formación, Callado ordenó a su infantería que formara cuadros con sus cañones en ángulo. Sus fuegos certeros lograron detener el embate de Lavalleja causándole fuertes bajas, pero en la misma descarga también murieron muchos jinetes brasileños, entre ellos Abreu.

Era media mañana, y hasta entonces, el ejército imperial había tenido más éxito en sus ataques. Sin embargo, la batalla seguía indecisa. Alrededor de las diez de la mañana se produjo el momento crítico de la batalla. El tercer cuerpo a las órdenes de Soler recién lograba ubicarse en su posición, mientras que la división de Lavalle cubría el extremo izquierdo de la línea republicana, que se extendía a lo largo de casi dos kilómetros.[5] El ataque inicial de la primera división imperial había sido realizado por la caballería de Barreto y un sólo batallón de infantería acompañado de algunos cañones pero había sido frenado por el batallón Nº5 y la división de Laguna, que como hemos visto sufrió fuertes bajas. La artillería republicana rápidamente comenzaba a ponerse en posición, sus flancos cubiertos por los batallones Nº2 y Nº3 y su retaguardia por el Nº1. Desde esta posición algunos de sus baterías al mando de Chilavert y Arengren comenzaron a romper el fuego sobre el enemigo, causándole “pérdidas de consideración con impunidad, porque nuestra artillería y los batallones que la custodiaban estaban fuera del alcance de la fusilería de los imperiales.”[xxxviii]

Viendo los estragos que el cañoneo enemigo causaba sobre su línea, Brown decidió reforzar su ataque con toda la infantería de la 1ª división imperial, que estaba compuesta de tres de sus mejores batallones, y se puso personalmente a la cabeza. Según Iriarte, toda “la infantería enemiga se vino sobre nuestra línea para romperla al paso de carga y su dirección bien marcada era sobre nuestras baterías.”[xxxix] Si este ataque lograba romper el centro de la línea republicana y apoderarse de sus baterías, la victoria del ejército imperial estaba asegurada. La batalla aún estaba indecisa, pero como luego explicaría Alvear, “las fuerzas principales del enemigo cargaban sobre nuestra derecha y centro, y en tales circunstancias fue necesario dejar sólo en reserva el 3º de caballería y echar mano de las divisiones Paz y Brandsen.”[xl] El primero en recibir orden de cargar fue el coronel Brandsen, quien aparentemente le hizo algunas observaciones al general en jefe.[xli]

Alvear y Brandsen ¿que ocurrió?

Hay distintas versiones sobre lo que ocurrió en ese momento. En general todas coinciden en que hubo un intercambio acalorado entre Alvear y Brandsen, pero difieren respecto a lo que dijo cada uno. Según Iriarte, el oficial francés adujo que la carga era impracticable porque una zanja a su frente se la impedía. Además cita a Pacheco, quien supuestamente declaró entonces que Alvear le ordenó a Brandsen que cargara “en línea” en vez de “en escalones” como proponía éste.[xlii] Quizás la confusión entre los distintos testigos fue consecuencia de que para entonces el regimiento Nº1 ya había entrado en combate.[xliii] Alvear, que ya había sido desobedecido por Lavalleja en dos ocasiones, que había visto a Paz perder una excelente oportunidad para cargar un batallón de infantería enemigo, y que días antes había escuchado decir que Brandsen anunciaba públicamente que no obedecería sus órdenes el día de batalla, se molestó ante esta observación. “Si Ud. tiene miedo cargaré yo” le contestó, poniéndose al frente de la tropa, con su espada desenvainada y listo para cargar. Brandsen, con su orgullo herido, respondió al desafío y se puso al frente de su regimiento.[xliv] Siguiendo la táctica francesa, formó sus lanceros en escuadrones por escalón y se puso al frente del segundo escuadrón.[6] Alvear acompañó a los jinetes del Nº1 al principiar el ataque y luego se replegó a su línea.[xlv]

Al ver que se preparaba un ataque de la caballería enemiga, Brown puso en práctica todo lo que había aprendido en el ejército inglés. Inmediatamente ordenó a Leitão Bandeira que formara sus batallones en cuadro para defenderse del ataque. Al mismo tiempo ordenó a un regimiento de caballería imperial para que interceptara el primer escalón del Nº1, cuya función era provocar el fuego prematuro de los infantes imperiales y permitir que los que lo seguían pudieran penetrar el cuadro. Estas maniobras dieron el resultado esperado. El primer escuadrón fue completamente desbandado antes de siquiera alcanzar la línea de fuego de los batallones imperiales.[xlvi] “Cobardes!” gritó indignado Brandsen al ver que sus jinetes “volvían caras.” Pero era demasiado tarde para frenar la carga. El segundo y el tercer escuadrón, ya lanzados al galope, se estrellaron contra los cuadros de infantería brasileños sin lograr romperlos. La carga fue “dada con intrepidez, pero sin éxito”, Brandsen y algunos de sus oficiales, incluyendo el hermano menor de Lavalle, murieron acribillados por los fusiles enemigos.[xlvii] Sin embargo, su sacrificio no fue inútil, ya que como afirmó un historiador brasileño “o assalto da infantaria brasileira foi paralisado.”[xlviii] Brown rápidamente se dio cuenta de lo difícil que era su situación. Aunque había sido el vencedor de este encontronazo, desde el punto de vista de la gran táctica había sufrido una derrota. Su infantería quedó imposibilitada de avanzar y expuesta al fuego de todas las baterías enemigas que ya estaban en posición. Si no recibía auxilios de Callado se vería en una situación insostenible.

Aunque logró frenar un ataque enemigo, la carga de Brandsen pasó a la historia como otro ejemplo, esta vez fatal, de los tantos errores que Alvear supuestamente cometió en Ituzaingó. Según Iriarte, “lo hizo matar torpemente”, ordenando una carga “desatinada, contra reglas y sin conocer el terreno.”[xlix] Paz afirmó que Brandsen fue “sacrificado inútilmente,” aunque lo mismo podría decirse respecto a él y la muerte de Besares.[l] El francés Eduardo Trolé, un adlátere de Lavalle, también sostuvo mucho tiempo después que arremeter al enemigo en esas circunstancias equivalía a una sentencia de muerte.[7] Pero como afirmó el cirujano Muñiz este fue un “cargo injusto y a la vez calumnioso.”
[*]
La acusación de haber sacrificado inútilmente al bravo oficial francés le causó gran indignación a Alvear.[lii] Sin embargo, como ha sido levantada tantas veces es preciso investigar cual fue su verdadera responsabilidad en la fatídica carga del regimiento Nº1. Para ello hay que resolver tres cuestiones: su oportunidad, su conveniencia dadas las condiciones del terreno y su formación teniendo en cuenta la posición del enemigo.

En cuanto a su oportunidad no hay discusión. El momento era crítico. Según Alvear, de esta maniobra “pendía la victoria, tanto que el mismo que subscribe creyó necesario ponerse al frente de la carga y por tres veces lo verificó. En la primera fue en la que el Coronel Brandsen terminó sus días gloriosamente.”[liii] Otros testigos confirman esta opinión, incluso Iriarte, en una de sus tantas contradicciones. Chilavert, que dirigía los fuegos de una de las baterías que era objeto del ataque imperial, afirmó que el momento “era uno de aquellos que suelen presentarse en las guerras, en que es necesario hacer los mayores esfuerzos y sacrificarse no para vencer, sino para no ser vencido.” Parte de la artillería e infantería republicana aún no había llegado al campo de batalla y la intención del enemigo era apoderarse de las elevadas posiciones que debía ocupar. Si lo conseguía, el ejército republicano “era roto por el centro y su suerte quedaba comprometida; de consiguiente, fue allí el punto decisivo de la cuestión (Jomini, “Tratado de las Operaciones Militares”), sobre el que era indispensable hacer un esfuerzo concentrado con la mayor masa de fuerzas. Esta fue la razón por la que el general en jefe aplicó a este punto todas las que tuvo a mano. El objeto se logró. El enemigo paralizó su movimiento. Nuestra artillería e infantería coronaron las alturas y desde ese instante nada hubo que temer.”[liv] A una conclusión casi idéntica llegó Muñiz:

Esas cargas efectuadas cuando el 5º de infantería, que traía la vanguardia, resistía sólo el choque de toda la infantería imperial, auxiliada por sus baterías de fuego bien nutridas, hacen el más cumplido y honroso elogio del tacto militar y del genio del general republicano. En aquellos momentos de inminente peligro para el ejército, teniendo delante un enemigo, que manifestó en la celeridad de sus movimientos de frente, actividad y pericia, era urgentísimo detenerlo por un golpe audaz, aunque fuera con sacrificio, mientras llegaban las baterías á la línea y los batallones, que marchaban precipitadamente a sus posiciones. El remedio era violento, pero el único, si algo de este género hay violento en el día de batalla.[lv]

Bradsen: herido por la espalda ?

En cuanto a la conveniencia de la carga, algunos críticos de Alvear afirmaron que la zanja detrás de la cual se había ubicado la infantería enemiga la hacía desaconsejable.[lvi] Muchos años después de la batalla, Pacheco escribió que “no fueron ni los fuegos, ni las bayonetas del enemigo que impidieron el choque sino, como lo habíamos previsto, el hondo barranco.”[lvii] Sin embargo, en sus apuntes sobre la batalla, al describir la carga de Brandsen dice lo siguiente: “carga el primer escuadrón, vuelve caras y lo persigue la caballería enemiga. Carga el segundo con su coronel y parte del tercero, llegan hasta las bayonetas, es rechazado… El coronel recibe una herida mortal en el pecho.”[lviii] No se entiende como Brandsen y dos escuadrones del Nº1 pudieron llegar “hasta las bayonetas enemigas” si un “hondo barranco” les impedía el paso.[8] Además, según el testimonio de Iriarte, Brandsen fue herido por la espalda, cuando regresaba a sus filas, y no en el pecho.[lix]

Los oficiales brasileños presentes en la batalla afirmaron que la zanja no era obstáculo. Lima e Silva, que se encontraba dentro del cuadro de infantería cargado por Brandsen y que pisó durante horas ese terreno, afirmó que la caballería maniobraba libremente y que la brigada a la que él pertenecía “jamais teve de passar por nenhuma sanga e sempre encontramos terreno plano e limpo nesse vale.”[lx] Según otro testigo presencial, Machado D’Oliveira, la caballería republicana cayó sobre la infantería imperial con toda impetuosidad, ayudada, no impedida, por la inclinación del terreno.[lxi] Aunque muchos de los presentes mencionaron la existencia de una zanja, y algunos de ellos afirmaron que en algunas partes dificultaba el paso de la caballería, es curioso que en una batalla en la que durante casi ocho horas se enfrentaron casi ocho mil jinetes en cargas sucesivas, solamente la de Brandsen fuera la única malograda por este accidente del terreno.[9]  

En cuanto a la formación escogida para la carga, Fregeiro sostiene, basándose en el testimonio de Pacheco, que Alvear exigió a Brandsen que cargara “en línea” en vez de “en escalones” como proponía éste. Esta sería otra prueba de la incompetencia del general en jefe, ya que la carga “en línea” no era apropiada para cargar en aquella ocasión. Esta acusación tampoco tiene asidero. En primer lugar, la formación que un regimiento debía adoptar para cargar era una decisión táctica que le correspondía a su coronel y no al general en jefe.[10] En segundo lugar, es improbable que Alvear hubiera ordenado una carga en línea cuando el mismo había escrito que la mejor formación para cargar la infantería era en escalones.[lxii] En tercer lugar, Alvear dio la orden de atacar al enemigo cuando este avanzaba encolumnado hacia las baterías republicanas y aún no se había formado en cuadro. De cualquier manera, por el testimonio de numerosos testigos no queda duda que la carga del Nº1 se hizo “en escalones.” El historiador Adolfo Saldías, que tuvo oportunidad de conversar con Chilavert y Espejo sobre la batalla de Ituzaingó, afirma que Brandsen “cargó en escalones por escuadrón.”[lxiii] Díaz asegura que “el mismo general Alvear se puso al costado del primer escalón.”[lxiv] Ambos testimonios son coincidentes con lo expresado por el capitán Lima e Silva, que como oficial del batallón Nº3 de Caçadores recibió el embate de los jinetes republicanos, quien aseguró que “todas as cargas de cavalaria que fazia o inimigo eram em colunas e não em linha” y que los cuadros de infantería imperial fueron atacados vigorosamente “por sucessivos esquadrões de couraceiros inimigos, trazendo em sua testa o comandante Brandsen”.[lxv]

Todos estos testimonios deberían desechar para siempre el cargo injusto y calumnioso de que Alvear ordenó una carga inoportuna y sacrificó inútilmente a Brandsen. Esta acusación sólo se explica por un profundo resentimiento hacia el general en jefe o por ignorancia sobre lo que verdaderamente ocurrió.[lxvi] Las bajas que sufrió el regimiento Nº1 durante la batalla, ligeramente superiores a los del Nº2, también permiten desechar por completo la acusación de que sus oficiales y soldados fueron sentenciados a muerte por Alvear. En Ituzaingó, luego de haber cargado dos veces, este regimiento perdió solamente el 10% de sus efectivos entre muertos, heridos y prisioneros.[11] Entre sus muertos había un coronel, un capitán, dos tenientes y un alférez, sobre un total de treinta y siete oficiales. De haber sido una sentencia de muerte como afirmó Trolé, las bajas del Nº1 deberían sido por lo menos el triple.[lxvii]  Las bajas del Nº1 no fueron provocadas por la zanja, ni por la ineptitud de Alvear o la de Brandsen, sino consecuencia de la disciplina e instrucción de la infantería imperial, que formó rápidamente en cuadro y descargó sus fusiles en el momento exacto, como lo aconsejaban los manuales de instrucción. Los testimonios de Todd y Pacheco confirman además que la intervención oportuna de la caballería brasileña desbarató la carga del primer escalón del Nº1. Brandsen murió como un héroe, como los legendarios beau sabreurs de la Grande Armée. Quizás de la manera más apropiada para un antiguo oficial de Napoleón, para quien morir en el campo de batalla no era nada “pero vivir derrotado y sin gloria era morir todos los días”.

Después de la carga de Brandsen, Alvear ordenó a Paz que cargara la infantería imperial que, aunque inmóvil, seguía amenazando el centro de su línea. El regimiento Nº3 de Pacheco, quedó en reserva con orden terminante de no cargar. El fuego cada vez más certero de las baterías republicanas comenzó a hacer estragos entre las filas enemigas, especialmente en la plana mayor del batallón Nº4 de Caçadores. Esta segunda carga del Nº2 tampoco tuvo éxito. Según Paz, “a diez pasos de la columna advierto que el escuadrón que viene a mi retaguardia se ha corrido a la derecha, saliendo de la dirección conveniente; no se si esto ha sido por una zanja, o por el natural temor de hombres y caballos. En este estado ya la carga no tiene resultado, y mando alto y media vuelta a la derecha para dar lugar a otro escuadrón que debe venir en carga sucesiva.”[lxviii] El general en jefe pasó entonces por delante del regimiento y le dirigió algunas “palabras amargas” a su jefe, que éste no olvidaría por el resto de sus días. Para un oficial orgulloso como Paz era difícil digerir dos recriminaciones del comandante en jefe en una batalla.

Hacia el mediodía, la batalla comenzaba a inclinarse a favor del ejército republicano. Aunque las cargas de caballería de Brandsen y Paz no habían logrado destruir los cuadros de la infantería imperial, por lo menos habían logrado frenar su avance y ganado tiempo precioso para que toda la artillería republicana se pusiera en posición y que hiciera estragos sobre sus filas. A partir de entonces, los ataques de la caballería republicana por el centro y los flancos de la línea enemiga terminarían por definir el encuentro.

Mientras esto sucedía en el centro de la línea republicana, en sus extremos se sostenían violentos combates de caballería. En la izquierda Lavalle se lanzó sobre la brigada ligera de Bento Gonçalves de 800 jinetes y parte de la caballería de Barreto. La carga fue exitosa y logró separar a este cuerpo del resto del ejército imperial. En su persecución, Lavalle llegó hasta la retaguardia brasileña donde se encontraba el parque y bagajes. El desbande de la caballería en su flanco derecho tuvo un efecto psicológico importante sobre el marqués de Barbacena. Mientras tanto, en la extrema derecha de la línea republicana, Lavalleja recibió orden de lanzar un nuevo ataque contra Callado. Aunque en su primera carga había sido rechazado por la infantería de la 2ª División, había logrado desbandar completamente la vanguardia de Abreu, dejando su flanco izquierdo descubierto. En esta nueva carga participaron los regimientos Nº8 y Nº16 de caballería comandados por Zufriategui y Olavarría y gracias a ella las dos divisiones imperiales quedaron separadas e imposibilitadas de asistirse mutuamente.

En el centro de la línea republicana, Paz buscaba una oportunidad para rehacer su reputación y demostrar su talento.[12] Hasta entonces su regimiento no había tenido una actuación muy distinguida. “Tomé al fin mi partido y era el de precipitarme en la primera oportunidad que se me presentase, aunque fuese comprometiendo la disciplina,” escribió Paz en su Diario.[lxix] La posibilidad de atacar por sorpresa un cuerpo de caballería de la 2ª División presentó la oportunidad que Paz buscaba. Rápidamente mandó desplegar en escalones los cuatro escuadrones de su regimiento y se lanzó a la carga.[lxx] El Nº2 logró arrollar la caballería enemiga, pero detrás de ella, sin que lo supiera Paz, lo esperaba el fuego nutrido de los dos batallones de infantería de Callado, que le infligieron numerosas bajas.[lxxi] Según Díaz, la carga fue “dada con bizarría, pero sin suceso, sufriendo el primer escuadrón sensibles pérdidas”, mientras que Iriarte sostiene que fue “muy atrevida, pero mal calculada porque el frente a que cargó se componía de caballería y de infantería; aquella huyó, pero la infantería enemiga se mantuvo firme sin ser rota, sin perder su formación, e hizo un gran estrago a quema ropa sobre el número dos que presentándole su flanco en persecución de la caballería enemiga, sufrió una gran pérdida: fue el regimiento que tuvo fuera de combate más oficiales y soldados.”[lxxii] Todd relata que luego de la carga “vimos que Alvear, con algunos edecanes, venía hacia nosotros a gran carrera y, dirigiéndose a Paz le dijo con voz alterada: “Coronel! ¿Ud. sabe a cuánta fuerza enemiga ha cargado? Paz algo picado, le contestó: “No los he contado”. A lo que Alvear repuso: “Pues yo se lo diré a Ud., a dos batallones de infantería alemana y a un regimiento de caballería.”[13] Paz fue suspendido del mando de su regimiento y reconvenido por tercera vez por general en jefe, quien consideró que con este ataque no autorizado había comprometido la victoria.[lxxiii]

Luego de ser informado de el Nº2 había sufrido muy pocas bajas, lo cual era falso, Alvear se retractó frente a las tropas: “Coronel Paz, se ha justificado Ud. completamente, queda Ud. repuesto en su empleo.”[lxxiv] Es indudable que este episodio contribuyó a alimentar aún más el rencor que Paz sentía por Alvear que ni los ascensos y ni las muestras de aprecio que éste le manifestó a partir de entonces lograron moderar. Durante la batalla su regimiento tuvo prácticamente las mismas bajas que el de Brandsen, sin embargo nunca se lo acusó de sacrificar inútilmente a sus tropas.[14] Al contrario, su carga fue elogiada por Alvear en el parte de batalla y luego se tejió una leyenda alrededor de ella, en la que se la hacía responsable de la retirada de Callado, cuando en realidad este jefe se retiró siguiendo órdenes de Barbacena. Tampoco nadie se atrevió a acusar a Paz por la muerte de Besares.[15]

Después de esta carga desautorizada del Nº2, para no ser menos, el coronel Pacheco decidió lanzar por su cuenta un ataque a la infantería de la 1ª División, sin importarle el “hondo barranco” que luego afirmó había malogrado la carga de Brandsen. Alvear le ordenó que se detuviera y Pacheco, a regañadientes, volvió a formar en posición. Para un veterano de Chacabuco y Maipú, no haber participado activamente en esta batalla fue una gran decepción. Mientras esto sucedía en el centro de la línea republicana, por la derecha Lavalleja volvió a cargar sostenido por los Lanceros del Nº8 y 16, los Coraceros de Medina y el Nº9 de Oribe. Ahora Alvear intentaba romper la línea de batalla enemiga e impedir que ambas divisiones imperiales se unieran.

Empezaba la tarde y el resultado de la batalla comenzaba a definirse a favor de los republicanos. Luego de su frustrado ataque contra el centro de la línea republicana, la infantería de la 1ª División había quedado clavada en su posición. Sus flancos quedaron desguarnecidos por el desbande de su caballería luego de los ataques de Lavalle. A pesar de las bajas sufridas, Brown decidió lanzar un nuevo ataque y pidió refuerzos a Callado, que en ese entonces resistía la carga de Lavalleja y por lo tanto no podía auxiliarlo. Alvear ordenó fuego nutrido contra la infantería de Leitao Bandeira y ordenó a Soler que atacara al enemigo con los cuatro batallones de infantería. Según Iriarte, Soler no obedeció esta orden por cobardía.[lxxv] Ciertamente fue una batalla de desobediencias desafortunadas.

notas:

xxiii] Exposición, p.81 y 82.

[xxiv] Exposición, p. 82.

[xxv] Salterain y Herrera, op.cit., p. 597.

[xxvi] Memorias Iriarte, Tomo 3, p. 452.

[xxvii] López, op.cit., Tomo 10, p.78.

[xxviii] El capítulo de las Memorias de Paz referentes a la guerra con Brasil ha desaparecido. Sin embargo, algunos autores tuvieron oportunidad de revisarlo. Entre ellos Carlos Salas quien lo cita en su estudio sobre el coronel Brandsen. Ver Salas, op.cit., p. 36

[xxix] Exposición, p. 82.

[xxx] Memorias de Antonio Díaz. Cit. por Acevedo Díaz, op.cit. p.183.

[xxxi] Ibid.

[xxxii] Parte del mariscal Gustavo H. Brown, 29 de febrero de 1827 en San Sepé. Cit. por Titara, op.cit., p.134.

[xxxiii] Memorias de Antonio Díaz. Cit. por Acevedo Díaz, op.cit. p.184.

[xxxiv] Apuntes de Angel Pacheco. Cit. por Fregeiro, op.cit., p.287

[xxxv] Todd, op.cit., p.25. Curiosa observación del proponente de que en Ituzaingó “todos mandamos” y “tomos desobedecimos”.

[xxxvi] Diario Paz, p.226.  Todd afirma que Alvear inició la carga al frente del Nº2, pero al notar que el enemigo se veía reforzado por otros dos batallones suspendió la órden. Todd, op.cit., p.25.

[xxxvii] Ibid.

[xxxviii] Acevedo Díaz, op.cit., p.186.

[xxxix] Memorias Iriarte, Tomo 3, p.465.

[xl] Partes, Tomo 4, p.299.

[xli] Otros testimonios confunden aún mas lo que realmente sucedió en esos críticos momentos de la batalla. Según Todd, Alvear no dio orden a Brandsen “de que cargase ningún cuadro, pues ninguno se presentaba a nuestra vista, sino a un regimiento de caballería que se ostentaba a su frente. Este, al ver la carga que se iniciaba, se corrió a su derecha y se colocó a retaguardia de su infantería. Cuando Brandsen descubrió la infantería debió sufrir la misma sorpresa que nosotros, pero ya no era tiempo de detener la carga. Prosiguió en ella teniendo el fin que queda dicho”. Todd, op.cit., p.32.

[xlii] Memorias Iriarte, Tomo 3, p.462.

[xliii] Una carta de un oficial del Nº1 publicada por El Eco Oriental de Canelones el 11 de marzo de 1827 asegura que el regimiento hizo dos cargas. La primera probablemente fue contra fuerzas de caballería. (FO 13/37 f.127). Esta interpretación es coincidente con el testimonio de Todd, según quien Alvear no dio orden a Brandsen “de que cargase ningún cuadro, pues ninguno se presentaba a nuestra vista, sino a un regimiento de caballería que se ostentaba a su frente. Este, al ver la carga que se iniciaba, se corrió a su derecha y se colocó a retaguardia de su infantería. Cuando Brandsen descubrió la infantería debió sufrir la misma sorpresa que nosotros, pero ya no era tiempo de detener la carga. Prosiguió en ella teniendo el fin que queda dicho”. Todd, op.cit., p.32.

[xliv] Memorias de Antonio Díaz en Acevedo Díaz, op.cit., p. 187. También aquí hay varias versiones. Según Muñiz, Brandsen contesto “General, este es mi día, no me quite V.E. la gloria del triunfo. Yo mando el 1º”. Otra versión afirma que que le contestó “General. Esta bién. Se que voy a morir, pero cumpliré la orden recibida”. Muñiz, p.310. El autor de esta versión no es un testigo presencial, sino el historiador Ernesto Quesada. E. Quesada, La batalla…, op.cit., p.452.

[xlv] Muñiz, p.310.

[xlvi] Todd afirma que Brandsen no cargó a la infantería enemiga sino a un regimiento de caballería que al verse atacado se replegó detrás de aquella que entonces descargó sus fusiles, acribillando a los jinetes del Nº1. Todd, op.cit., p.32.

[xlvii] Memorias de Antonio Díaz. En Acevedo Díaz, op.cit., p. 187.

[xlviii] Cidade, op.cit., p.273.

[xlix] Memorias Iriarte, Tomo 2, p.463. Es curioso que se acepte este juicio terminante de Iriarte cuando no tenía experiencia alguna en el arma de caballería.

[l] Ver extracto de las Memorias de Paz en Salas, op.cit., p. 34.

[*]
Muñiz, p. 309.

[lii] Exposición, p.82.

[liii] Carlos de Alvear a Francisco de la Cruz, 21 de febrero de 1827.  Partes, Tomo 4,  p.351.

[liv]  Martiniano Chilavert al diario “El Nacional” de Montevideo. Cit. por Saldías, op.cit., Tomo 5, pags. 316-318. Chilavert parece referirse a la primera carga del Nº1 cuando la artillería todavía no estaba en posición.

[lv] Muñiz, p. 309.

[lvi] Quien hace esta afirmación es Iriarte y además agrega que Brandsen a diferencia de Alvear “había explorado” el terreno lo cual es absurdo ya que en ningún momento pudo haber tenido oportunidad de hacerlo. Alvear lo había hecho en la madrugada del 19 mientras marchaba al Paso del Rosario. Memorias Iriarte, op.cit., Tomo 3, p.462 y 463. No sabemos como hizo Iriarte para escuchar el diálogo entre Brandsen y Alvear.

[lvii] Pacheco, op.cit., p.273. No se sabe como ni cuando Pacheco pudo preveer que la zanja impediría la carga de Brandsen ya que combatía en terreno desconocido y no tuvo oportunidad de cargar al enemigo durante ese día.

[lviii] El diario de Pacheco nunca fue publicado pero Ernesto Quesada lo cita varias veces en su artículo. Ver Quesada, op.cit., p. 453.

[lix] MEMORIAS IRIARTE, Tomo 3, p.462

[lx] Lima e Silva, op.cit., p. 91.

[lxi] Machado D’Oliveira, op.cit., p.548.

[lxii] Ver la descripción ya citada en páginas anteriores. Observaciones, p. 72-74.

[lxiii] Saldías, op.cit., Tomo 1, p.228.

[lxiv] Acevedo Díaz, op.cit., p. 187.

[lxv] Lima e Silva, op.cit.,p.97.

[lxvi] Hay quien ha llevado el tema de la muerte de Brandsen hasta extremos ridículos, sosteniendo que la envidia de Alvear fue la que lo llevó a ordenar la carga que termino con su vida. “La verdad histórica es la siguiente: Conocidos los antecedentes respectivos de Alvear y Brandsen, todo se aclara. La reputación de este último como brillante oficial de Napoleón, habiéndose distinguido en las campañas del primer imperio, incomodaba el amor propio de Alvear”. El autor de esta afirmación es el distinguido historiador Ernesto Quesada, en su artículo sobre la batalla de Ituzaingó. Ver Quesada, op.cit., p.451.  Es interesante la asimetría con que algunos historiadores tratan la relación entre Alvear y Brandsen en comparación con la de San Martín y Michel Brayer. En este último caso siempre se acusa al oficial francés de incompetencia, cuando probablemente tenía mas experiencia de guerra que todos ellos juntos. A diferencia de Brandsen, Brayer participó en todas las campañas de Napoleón, quien además lo nombró especialmente en su testamento. Su nombre se encuentra en el Arco del Triunfo en París.

[lxvii] En la batalla de Balaclava durante la guerra de Crimea, la brigada de caballería ligera en su célebre y discutida carga, perdió el 37% de sus efectivos y el 70% de sus caballos D. Chandler, Atlas of Military Strategy…, op.cit., p. 145.

[lxviii] Diario Paz, p.227.

[lxix] Diario Paz, p.228.

[lxx] Todd, op.cit., p. 28. Según Todd ésta era “la operacion preferida en los ejercicios”.

[lxxi] Todd, op.cit., p. 28.

[lxxii] Acevedo Díaz, op.cit., p.190 y Memorias Iriarte, p.469.

[lxxiii] Diario de Pacheco del 20 de febrero. Fregeiro, op.cit., p.288.

[lxxiv] Todd, op.cit., p.29.

[lxxv] En su descripción de la batalla, Iriarte critica duramente a Soler y afirma que cuando Alvear lo reconvino por esta decisión, se disculpó argumentando que se trataba de una maniobra demasiado arriesgada. Alvear frustrado ante esta actitud aparentemente le contestó: “General Soler,  usted es un general muy prudente”. Memorias Iriarte, p.469.

_________________
Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
/Más crueles que fieras,/con nuestras propias alas,/que la Naturaleza/nos dio, sin otras armas/para propia defensa,/forjáis el instrumento/de la desdicha nuestra,/haciendo que inocentes/prestemos la materia./Pero no, no es extraño,/que así bárbaros sean/aquellos que en su ruina/trabajan, y no cesan./Los unos y otros fraguan/armas para la guerra,/y es dar contra sus vidas
plumas para las flechas.»
Samaniego, Félix Mª de


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MensajeTema: Re: 190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia   Dom 19 Feb 2017 - 21:49


Retirada y persecución


Las noticias que recibía Barbacena eran cada vez peores. Ambas divisiones del ejército imperial se encontraban separadas sin posibilidad de reunirse, sus flancos se hallaban expuestos, gran parte de su caballería se había dispersado, su retaguardia estaba amenazada por el fuego y el enemigo había logrado apoderarse de sus bagajes y municiones. Según Lima e Silva “o nosso exercito não tinha mais recursos, senão buscar uma retirada.”[lxxvi] Luego de considerar sus opciones, eso fue lo que ordenó Barbacena. A las dos de la tarde, la primera división imperial inició su retirada hacia Casequí, abandonando sobre el campo de batalla casi todas sus piezas de artillería. Según Seweloh, esta marcha se hizo “a custo de muitos esforços, na maior ordem, mostrando os soldados grande serenidade e sangue fria.”[lxxvii] Poco tiempo después, la segunda división también comenzó a retirarse en dirección a San Gabriel con sus batallones de infantería formados en cuadro.[16] Ambas columnas fueron perseguidas y hostilizadas por los vencedores hasta las cinco de la tarde.

En realidad, no sólo hubo persecución en la misma tarde del 20 de febrero, sino que además, esta continuó por casi una semana. Que esto ocurrió el día de la batalla está confirmado por los partes y testimonios de los oficiales brasileños. En el informe que envió al gobierno después de la batalla, Barbacena afirmó que “os cinco batalhões de infantaria fizeram prodígios de valor, e a eles se deve salvar-se o exército na retirada, a despeito de perseguição do inimigo.”[lxxviii] El brigadier Callado confirmó en su parte de batalla que luego de ordenar la retirada de su división, fue “perseguido constantemente pelo inimigo.”[lxxix] Seweloh afirmó que “o inimigo começou a expedir maiores colunas para acossar a nossa retirada”,[lxxx] mientras que Machado d’Oliveira aseguró que Alvear hizo avanzar su infantería apoyada de numerosa caballería, y que “em ordem estendida lhe picava a retaguarda”.[lxxxi]

Los informes y testimonios de los oficiales argentinos y uruguayos también confirman la existencia de una persecución. En el parte de batalla, Mansilla afirmó que “una gran parte de la caballería siguió en persecución del enemigo hasta media noche” y agrega que al día siguiente, el ejército republicano marchó en dirección a Casequí y “el coronel Paz con una división fue destinado a seguir sobre el enemigo.”[lxxxii] Paz reconoce en su Diario que el mismo día de la batalla Alvear puso bajo sus órdenes una batería de artillería y los regimientos Nº1 y Nº3 de caballería para perseguir al enemigo.[lxxxiii] Díaz recuerda que a “las dos de la tarde, el cuadro de los tres batallones brasileños que se había retirado del centro se hallaba ya como a media legua de distancia perseguido por el tercer cuerpo del ejército republicano”. También confirma que la división de Callado fue perseguida por las milicias orientales y otras fuerzas del ejército: “los tiradores enemigos mantuvieron un fuego incesante con los de nuestras divisiones hasta las cuatro y media de la tarde, a cuya hora cesaron éstas de perseguirlo. Poco después de anochecer, y siguiendo siempre el rumbo al río Casequí, se unió allí a la infantería del centro, que lo había precedido en la retirada, perseguida por los cuatro batallones de cazadores, la artillería, el regimiento de caballería Nº 3 y el tercer cuerpo a las órdenes del general Soler.”[lxxxiv]

Recién alrededor de las cinco de la tarde, Alvear ordenó a sus tropas que hicieran alto y suspendieran la persecución. Tomó esta decisión luego de ser informado de la posibilidad de un ataque sobre su parque y bagajes en el Paso del Rosario, que luego resultó ser una falsa alarma. Al anochecer, juzgó prudente replegarse hacia ese punto, ya que el incendio del campo de batalla había tomado “proporciones espantosas” y era peligroso e imprudente permanecer sobre el mismo.[lxxxv]  Además la falta de agua no permitía saciar la sed de soldados y caballos luego de un intenso combate bajo un calor abrasador. Lavalleja y Lavalle, siguiendo las órdenes de Alvear, continuaron observando al enemigo y se reunieron con el resto del ejército al mediodía del día siguiente.

El 21 de febrero Alvear comunicó al gobierno la victoria obtenida y afirmó que seguía “sobre el enemigo.”[lxxxvi] Según Díaz, “a las seis de la tarde del 21, el ejército se puso en marcha para Casequí.” A la mañana siguiente los republicanos cruzaron nuevamente el campo de batalla en persecución del enemigo. En una nota reservada dirigida al Ministro de Guerra meses después, Alvear afirmó que después de la victoria de Ituzaingó, “el deseo de alcanzar las ventajas que ofrecía [la retirada del enemigo], hizo que por un esfuerzo, el enemigo fuese perseguido, hasta quince o diez y seis leguas, no sólo por el coronel Paz sino por todo el ejército.”[lxxxvii] Paz confirma esta aseveración ya que en su diario anotó: “el 23 por la tarde recibí orden de avanzarme con una división de caballería compuesta de los regimientos Nº2, Colorados y escuadrón de Coraceros: marché por la noche en dirección que llevaba el enemigo y llegué hasta Carneiro, distante 8 leguas.”[lxxxviii] En su nota de renuncia al mando del ejército, Alvear afirmó que “después de la victoria de Ituzaingó, el general en jefe, aquel mismo día, ordenó al general Lavalleja siguiese al enemigo con su fuerza oriental. El general Lavalle, con su división, fue destinado a seguirlo igualmente. El 16 y 8 de caballería, con los Coraceros, fueron mandados a la misma persecución; es decir, que más de tres mil caballos fueron destinados por el general en jefe a seguir incesantemente al enemigo.”[lxxxix] Alvear aclaró que, sin embargo, toda esta caballería no pudo perseguir al ejército imperial por mucho tiempo y que contrariamente a sus órdenes retrocedió, aduciendo nuevamente el mal estado de sus caballos.

Es indiscutible que Alvear habría podido infligir mayor daño a su enemigo si lo hubiera podido perseguir a fondo. La cuestión a resolver es si en base a la información que contaba en esos momentos y el estado físico en que se encontraban sus fuerzas, esto era factible y si al perseguir al enemigo en esas condiciones no quedaba en una posición demasiado vulnerable. ¿Por qué no ordenó Alvear una persecución a fondo de los imperiales? ¿Porqué habría tenido “la imbecilidad de no saber sacar más ventajas que las que se sacaron, mucho más cuando nada tiene que saber el hacer marchar adelante un ejército victorioso?”[xc] En opinión de Beverina, la retirada de Barbacena lo tomó por sorpresa y quizás pensó que se trataba de un ardid de guerra. Esta explicación es plausible, aunque incompleta. Otros dos factores influyeron decisivamente sobre la decisión de Alvear: el estado de sus caballadas y la posibilidad de un ataque por el flanco de la caballería de Bento Manoel.

En la tarde del 20 de febrero tanto la tropa como sus caballadas se encontraban extenuadas. No olvidemos que habían marchado durante toda la noche del 18 de febrero, durante la mañana, tarde y noche del 19 de febrero –con un intervalo de cuatro o cinco horas después del mediodía– y combatido todo el día 20 bajo un calor abrasador. Además, no habían comido desde las dos de la tarde del día anterior.[xci] La caballada no tenía agua para beber. El único regimiento de caballería que no había entrado en combate era el Nº3 que tenía menos de 300 jinetes. En estas circunstancias, la probabilidad de aniquilar totalmente al ejército imperial mediante una persecución era bajísima. Sus cuadros de infantería habían demostrado su resistencia ante los ataques de los jinetes republicanos y nada aseguraba que su caballería, aunque se había desbandado, no volvería a reagruparse y contraatacar. La retirada de las divisiones imperiales por caminos distintos también complicaba cualquier intento de persecución ya que al requerir una división de sus fuerzas exponía a los perseguidores a un contraataque por ambos flancos. La caballería de Bento Manoel debía estar en las inmediaciones del campo de batalla y no se podía descartar que apareciera sorpresivamente sobre el flanco o la retaguardia. Además era necesario proteger el parque y los bagajes del ejército republicano, que se encontraban en el Paso del Rosario. El repliegue de las tropas vencedoras al Paso del Rosario al anochecer del 20 de febrero fue una decisión correcta y, además, de acuerdo con las prácticas militares de la época.

Según Todd, al concluir la batalla Alvear le preguntó a Paz si sus caballadas estaban en condiciones de perseguir al enemigo, a lo que éste respondió negativamente. Luego de este intercambio, Alvear consultó a sus edecanes que le manifestaron que “toda la caballería que iba en persecución del enemigo había pedido auxilio de caballos; pues que se quedaban atrás y fuera de combate todos aquellos a quienes se les cansaba el caballo.”[xcii] El propio Paz reconoció al día siguiente de la batalla: “es verdad que nuestros caballos no están muy buenos”.[xciii] A pesar de ello seguía convencido de que era necesario perseguir al enemigo, aunque fuera a pie tirando a los caballos de la rienda. Alvear consideraba ridícula esta idea y esta opinión también era compartida por Soler.[xciv]  En una carta publicada en 1828, Paz criticó duramente la decisión de abandonar la persecución de los imperiales luego de las cinco de la tarde, negando que el estado de la caballada fuera una razón válida.[17] En esta carta afirmó que los caballos estaban en condiciones de continuar el combate por lo menos por una horamás y además, el enemigo se encontraba disperso y desmoralizado. En apoyo de su opinión, Paz afirmó que “había visto el desaliento en que cayó el enemigo, porque vi cuanto vacilaron sus batallones al retirarse y porque su caballería estaba casi enteramente fuera de combate”.[xcv] Esta afirmación se contradice con el testimonio de otros testigos que aseguran que la infantería imperial se retiró ordenadamente y en cuadros.[xcvi] Tan desmoralizada no debe haber estado la división de Callado si durante su marcha de retirada logró llevarse los cañones abandonados por Barreto y repeler las huestes de Lavalleja. Todd, que era oficial del regimiento Nº2 y secretario de Paz, afirmó años más tarde que “yo creía entonces, y ahora, después de tantos años y reflexión me confirmo con la creencia de entonces. Creo firmemente que el General obró bien al no continuar en esos momentos la persecución del enemigo, a fin de no agotar nuestras caballadas”.[xcvii]

Alvear se ocupó de rebatir punto por punto los argumentos de Paz. En una contestación que nunca llegó a publicar se preguntaba: “¿Podía irse a tentar la suerte de una nueva batalla teniendo caballos tan sólo para combatir una hora, fiándose en la profecía de que el enemigo no resistiría más de otra hora?” Su respuesta negativa se basaba en que teniendo caballos para una hora, “destruidos éstos, quedaba toda la caballería sin otro recursos que entregarse, tanto más cuanto carecía de armas de fuego casi en su totalidad, lo cual le imposibilitaba de poderse mover y de ofender, aún en el caso de poderla convertir de pronto en batallones de infantería. Además, a la derecha del Bacacay y en intervalos de este río al Jacui, el terreno era infinitamente más montañoso que todo lo recorrido hasta entonces y, casi en su totalidad cubierto de inmensas sábanas de bosques, cuyos desfiladeros lo hacían imposible de sacar ventaja alguna de la caballería, aún en el caso de estar bien montada. Fue precisamente tal circunstancia que el enemigo lo eligiera para hallarse más seguro”.

Para Alvear la idea de Paz de marchar a pié con el caballo a la diestra era absolutamente ridícula:

Es bien sabido cuanto puede perjudicarse un ejército, cuya marcha se encuentra retardada de un notable tiempo al encontrarse además obligado a tirar un caballo de diestra, no sólo por el obstáculo que pondría a su marcha, sino porque una columna tomaría triple extensión. Y suponiendo al enemigo a siete leguas de distancia y nuestra caballería marchando a la diestra y en mal estado, es indudable necesitaría catorce horas en recorrer aquella distancia. Si a esto se agrega, demoras indispensables por los altos que debiera hacer, observar los obstáculos, desfiladeros y otros inevitables, se vendrá al conocimiento que habíase requerido casi veinte horas para llegar el ejército al punto donde lo suponía ocupado por el enemigo el general Paz. Después de estas veinte horas de marcha, fácil es suponer en cuales condiciones llegarían unos caballos que no quedaban en disposición de dar ni una simple carga, como ya se había observado en San Gabriel, que sólo podían sostenerse, cuando más una hora de combate… si seguíamos avanzando, el enemigo continuaría su retirada como lo hizo, a pesar de habérsele perseguido. Por otra parte debe comprenderse que habiendo demostrado el general en jefe tanta acción, tanta decisión en combatir y siendo más interesado que nadie en sacar las mayores ventajas posibles de aquella situación, sino lo logró fue porque creyó imposible hacer más y con su resolución escapó de poder cometer un desacierto, en cuyo caso la malignidad se habría apoderado de esto para desacreditar tanto al general en jefe como al ejército el mérito contraído en la campaña de 1827.[xcviii]

Es curioso que algunos historiadores le hayan dado tanta entidad a las críticas de Lavalleja y Paz, cuando durante el año en que ambos estuvieron al mando del ejército no emprendieron ninguna operación militar comparable a las que Alvear acometió con éxito en sólo seis meses. Las únicas operaciones importantes planeadas por Lavalleja culminaron en los combates de Las Cañas y Padre Filiberto a principios de 1828. Ambos le fueron adversos. En cuanto a Paz, su incursión militar sobre Bento Gonçalves en julio de 1826 (antes de que Alvear asumiera el mando) terminó en derrota a pesar de que contaba con superioridad numérica.[18] Tan propenso a las desobediencias y a la inspiración durante la batalla de Ituzaingó, durante los seis meses que estuvo al mando interino del ejército, Paz se mantuvo en total inmovilidad. ¡Supuestamente, por el mal estado de los caballos!

Hay que tener en cuenta otro factor importante al analizar las decisiones de Alvear luego de triunfar sobre Barbacana. A las cuatro de la tarde del 20 de febrero recibió un parte del Paso del Rosario avisándole que una columna enemiga se dirigía a aquel punto por la margen opuesta del Santa María.[xcix] Pensando que se podía tratar de un ataque por sorpresa de Bento Manoel sobre su retaguardia, Alvear ordenó que el regimiento Nº3 de caballería y dos cañones marchasen a proteger el parque y el hospital. Posteriormente se comprobó que había sido una falsa alarma causada por la polvareda levantada por un ganado arreado por gauchos de la zona en la otra margen del río. A más de siete kilómetros del Paso del Rosario, Alvear no tenía en ese momento manera de verificar o juzgar la veracidad de esta información y debía confiar en sus subordinados.

Comprometer su ejército en una persecución a ultranza sin saber exactamente donde se encontraba la brigada de Bento Manoel presentaba serios riesgos para Alvear.[c] La posibilidad de que aparecieran sobre su flanco izquierdo o su retaguardia mil doscientos de los mejores jinetes de la caballería imperial montados en caballos frescos cuando la mayor parte de su ejército estaba disperso podría haber revertido el resultado de la batalla. Hasta uno de sus más severos críticos admitió que en esa ocasión, el paradero de Bento Manoel debía preocuparlo.[ci] El mismo Barbacana también responsabilizó a la ausencia de un ataque de la brigada de Bento Manoel por la derrota. Seguramente en la tarde del 20 de febrero ambos generales tenían  presente la batalla de Marengo, en la que lo que parecía una derrota terminó siendo una de las grandes victorias de Napoleón gracias a la aparición sorpresiva en el campo de batalla de una de sus divisiones. Así lo confirmó el mismo Alvear en un parte al ministerio de guerra:

El grueso del ejército no podía continuar aquel día; el Parque se hallaba a tres leguas a retaguardia. La artillería no podía moverse; 300 heridos estaban en el campo; una división de mil caballos enemigos se hallaba por un flanco, y no había estado en batalla, y estaba bien montada e intacta, y el general en jefe no se había de meter, como un hombre novicio en el arte de la guerra, a seguir adelante, dejando sobre el campo su parque, su artillería, sus heridos, en el corazón de un país enemigo, exponiéndose a que esta división enemiga hubiese caído sobre su parque, sobre su artillería, sus heridos, y le hubiese arrancado de entre las manos una victoria que acababa de conseguir.[cii]

Además, como hemos visto, aunque la caballería de Barbacena había sido dispersada, su infantería marchaba ordenadamente y formada en cuadros con varias piezas de artillería. Cualquiera de las brigadas de infantería imperial eran comparables en número a la infantería republicana y superiores en instrucción y disciplina. La 1ª brigada de infantería imperial se componía de tres batallones cuyos efectivos en el campo de batalla sumaban cerca de 1.800 hombres. Aun después de las bajas sufridas durante el encuentro, estimadas en 296 hombres, su fuerza era superior a la de toda la infantería republicana que en Ituzaingó no tenía más de 1.500 infantes, en su mayoría reclutas con pocos meses de instrucción. La 2ª brigada de infantería, que estaba más alejada de la posición en que se encontraba el Tercer Cuerpo, contaba con alrededor de 1.200 hombres y no había sufrido los fuegos de la artillería republicana y por lo tanto estaba relativamente fresca. Si durante seis horas de combate la caballería republicana había sido incapaz de destruir estos cuadros, es improbable que lo pudiera hacer con sus caballos absolutamente agotados. La posibilidad de un contraataque o una trampa no se podía descartar.

Además de todas estas consideraciones, debemos recordar que el ejército que comandaba Alvear era el único con el que contaba Buenos Aires para continuar la guerra y que se encontraba en territorio enemigo, a cientos de kilómetros de su base de operaciones. Con tropas hambrientas y exhaustas, caballadas agotadas y sin agua en las proximidades para abrevarlas, el general argentino no se podía lanzar en una persecución a fondo del enemigo sin exponer al ejército a su destrucción total. Como bien sostiene Baldrich, Alvear “no estaba en condiciones de sacar fruto absoluto a su victoria y obró con cordura.”[ciii]

En su parte de batalla Alvear destacó primeramente la actuación de los generales Soler, Lavalleja y Laguna, sin mencionar las desobediencias del primero, que le habían costado un triunfo más decisivo sobre los imperiales. Agregaba luego que Mansilla había “llenado noblemente el cargo que desempeñaba”, a pesar de que el jefe del Estado Mayor no estuvo presente durante la mayor parte de la batalla.[19] También destacó que Paz había “prestado servicios distinguidos desde el principio de la batalla”,  afirmando que su última carga había obligado “al ejército imperial a precipitar su retirada”. El parte también hacía mención especial de los coroneles Olavarría, Lavalle, Olazábal, Garzón, Correa, los hermanos Oribe, Arenas y Medina. En cuanto a Iriarte, Alvear informó que “ha merecido los elogios no sólo del general en jefe, sino de todo el ejército republicano. La serenidad de los artilleros y el acierto de sus punterías han sido el terror del enemigo”.

Además de estos elogios, recomendó al gobierno el ascenso inmediato al grado de general de los coroneles Paz y Lavalle, lo que disgustó enormemente a Iriarte que se consideraba acreedor de tal promoción. Este disgusto fue percibido por Alvear, quien para apaciguarlo le aseguró que en la próxima batalla sería ascendido. Según admite el propio Iriarte en sus Memorias, su irritación no fue por no haber sido ascendido, sino por la “clasificación odiosa e imprudente” que había hecho Mansilla en una orden general. En la discusión que mantuvo con Alvear sobre este tema, con su natural modestia, Iriarte sostuvo que ningún coronelhabía hecho más que él durante la batalla.[civ] Alvear reconoció “que el regimiento de artillería ligera ha ganado la batalla” y elogió su actuación en su informe al gobierno, pero no consideraba que esto se debía exclusivamente a la actuación de Iriarte. Las cuatro baterías del ejército republicano habían operado independientemente. El mismo Iriarte surge como testigo involuntario en su contra ya que en su reclamo a Alvear admitió “que en Europa, cuando era oficial subalterno y tenía a mi cargo dos piezas, he tenido más libertad para obrar según las circunstancias” que en Ituzaingó.[cv]  El disgusto de Iriarte por no haber sido ascendido fue tal, que a los pocos días se declaró enfermo, pidió licencia y regresó a Buenos Aires. A partir de entonces se convirtió en uno de los enemigos más enconados y peligrosos de Alvear. Éste indudablemente cometió un error al no ascenderlo. Aunque Iriarte no se merecía las charreteras de general, su ascenso hubiera premiado a la artillería, que había jugado un importante papel en la victoria republicana. Seguramente pesó en su decisión el hecho de que Iriarte fuera considerado su protegido y que su ascenso pudiera generar recelos en otros jefes, que lo podrían acusar de favoritismo. Además, algunos jefes de artillería cuestionaron la conducta de Iriarte durante la batalla.

En su parte de batalla, el general en jefe también afirmó que el ejército republicano se había apoderado del parque y los bagajes del enemigo, de dos banderas y de diez piezas de artillería. Esta última afirmación llevó a varias generaciones de historiadores brasileños a acusarlo de mentiroso, ya que el 21 de febrero el ejército republicano tenía en su poder un sólo cañón, que fue abandonado por habérsele roto una rueda. Alvear no mintió. Durante la batalla los imperiales efectivamente abandonaron la mayor parte de su artillería en el campo de batalla. Cuando Barbacena le preguntó a su comandante de artillería donde estaban sus piezas, éste respondió que estaba “toda perdida”.[cvi] Y los republicanos en un momento se apoderaron de varias piezas, pero como afirmó Brito del Pino en sus memorias, “siendo abandonadas las volvieron a tomar los enemigos”.[cvii] Quien las recuperó fue el brigadier Callado, que se retiró después del campo de batalla. Barbacena consideró esta operación tan arriesgada, que le envió un mensaje para que “no arriscasse muita tropa para salvar as peças, e que antes inutilizasse os canhões do que sacrificasse gente e peças ao mesmo tempo”.[cviii] Callado le contestó que tenía esperanza de realizar esta operación con éxito, como efectivamente lo hizo. En su parte de batalla, el general brasileño afirmó que luego de comenzar su retirada “encontro no caminho a maior parte da nossa artilharia em dispersão… que tudo levo na minha frente”.[cix]

El diario de Paz, publicado recién en 1938, permite aclarar en parte lo que sucedió y explica por qué Alvear afirmó haber tomado diez cañones al enemigo cuando sólo quedó uno en su poder. El 21 de febrero Paz escribió en su diario que “se aseguran ser siete cañones los tomados pero no he visto en la artillería sino uno y dos cajas de munición que tomó mi regimiento en la carga de ayer –lo demás según dicen está en el campo de batalla aún sin recogerse.” El 2 de marzo, doce días después de la batalla, anota que una partida de su regimiento fue encargada para que “buscase si había algunos cañones en el campo de batalla porque después de decirse que estaban en nuestro poder –siete, ocho, diez, etc. resulta que no hay más de positivo que el que tomé (en mi temeraria carga)”. La partida regresó sin encontrar ningún cañón para disgusto de Alvear que se quejó de “haber sido engañado, y de haber puesto en el parte que diez cañones se habían tomado al enemigo”.[cx] Hasta tal punto quedó Alvear mortificado con el asunto de los cañones, que el 21 de marzo, un mes después de la batalla, le encargó a Mansilla que investigara el asunto y exigiera “al coronel Ignacio Oribe y don Juan Arenas, que den en el acto las contestaciones que deben sobre los cañones que se tomaron el día de la batalla y que debieron ya haber dado, hace cuatro días.”[cxi] Recordemos que Callado enfrentaba el ala derecha del ejército republicano ocupada principalmente por la división Lavalleja.

El tema de las bajas sufridas por ambos lados también ha sido motivo de controversias. Según informes oficiales, las del ejército republicano consistieron en 145 muertos, 216 heridos y 6 dispersos o prisioneros. Casi la mitad de estas bajas correspondieron a la división de Lavalleja, en la que se incluían las de los regimientos de caballería de línea Nº8, 9 y 16 (que no formaban parte de las milicias orientales).[20] Estas bajas representaron alrededor del 6% del total de los efectivos del ejército republicano. En realidad, la cifra subestima las bajas sufridas por las unidades que tuvieron participación activa durante la batalla, ya que en los regimientos de caballería Nº1 y Nº2, excedieron el diez por ciento. Dentro de las milicias orientales el porcentaje fue similar. El escuadrón de Coraceros comandado por Anacleto Medina fue el que sufrió mayores bajas en términos relativos: perdió el 23% de sus plazas. Dentro de las milicias orientales el porcentaje fue de casi diez por ciento. El único batallón de infantería que tuvo muertos y heridos fue el Nº5 de Cazadores, que resistió el embate inicial de los imperiales. Según los reportes oficiales, estos representaron menos del dos por ciento de sus efectivos.

Según el informe de Barbacena, el ejército imperial tuvo casi 1.500 bajas, que incluyeron 250 muertos y 350 heridos, siendo el resto dispersos, extraviados, prisioneros o desertores que se dieron a la fuga durante y después de la batalla. El porcentaje es similar al del republicano si se cuentan sólo los muertos y heridos, pero llega al 25% si se incluyen todas las bajas. Entre los oficiales muertos se encontraban el mariscal Abreu, y el primer y segundo comandante del batallón Nº4 de Caçadores. El mariscal Brown fue herido y su caballo muerto por una bala de cañón. Las bajas más importantes fueron en la brigada de infantería mandada por el coronel Leitão Bandeira que resistió valientemente los embates de la caballería republicana. Según Seidler, el batallón Nº27 de Caçadores, tuvo 83 muertos y heridos.[cxii] Estas pérdidas representaron casi el 15% de los efectivos presentados por esa unidad en el campo de batalla. Un reporte no oficial asigna un total de 296 entre muertos, heridos, extraviados y prisioneros a la 1ª brigada de infantería imperial.[cxiii] Leitão Bandeira confirmó que las bajas sufridas por los batallones Nº3 y Nº4 también fueron elevadas.[cxiv]

Del lado brasileño siempre se ha cuestionado la cifra oficial de bajas reportada por Alvear. Seidler las estimó en ochocientos hombres entre muertos y heridos,[cxv] mientras que Lima e Silva en 700.[cxvi] Manuel De Paiva e Magalhaes, cirujano del ejército imperial, afirmó: “creio firmemente que o inimigo teve mais mortos e feridos que nos”, lo que sugiere más de 600.[cxvii] Al igual que en el caso de Abreu, es probable que las milicias de Lavalleja no hayan reportado el verdadero número de sus bajas. Es más difícil argumentar que los cuerpos de línea hayan deliberadamente subestimado sus muertos y heridos. De cualquier manera, no se puede descartar la posibilidad de que el ejército republicano tuviera más muertos y heridos. Pero esta remota posibilidad no altera en absoluto el resultado de la batalla ni la determinación del vencedor. No sería la primera ni la última vez que un ejército triunfante en el campo de batalla sufriera mayores bajas que su adversario.

notas
[lxxvi] Lima e Silva, op.cit., p.106.

[lxxvii] Seweloh, op.cit., p.437.

[lxxviii] Parte de batalla del marqués de Barbacena del 25 de febrero de 1827. Reproducido en Aguiar, op.cit., p.266.

[lxxix] Parte de batalla del brigadier João Crisóstomo Callado. Reproducido en Títara, op.cit., p.132.

[lxxx] Seweloh, op.cit., p.439.

[lxxxi] Machado de Oliveira, op.cit., p.559.

[lxxxii] Partes, Tomo 4, p.301.

[lxxxiii] Diario Paz, p.230.

[lxxxiv] Acevedo Díaz, op.cit., p.187.

[lxxxv] Acevedo Díaz, op.cit., p.188.

[lxxxvi]  Carlos de Alvear a Francisco de la Cruz del 21 de febrero de 1827. Partes, Tomo 4, p.350.

[lxxxvii]  Carlos de Alvear a Francisco de la Cruz del 25 de marzo de 1827. Partes, Tomo 4, p.372.

[lxxxviii]  José M. Paz al Dr. D.E.A. fechada el 9 de marzo de 1828. CHyD, Tomo 2, p. 397.

[lxxxix]  Carlos de Alvear a Francisco de la Cruz del 28 de junio de 1827. Exposición, p.146.

[xc] Extraído de un manuscrito autógrafo de Alvear refutando un ataque a su persona publicado por “El Argentino de Santa Fe” en 1828. CHyD, Tomo 2, p. 379.

[xci] Todd, op.cit., p.31.

[xcii] Todd, op.cit. p.30.

[xciii] Diario Paz, p.231.

[xciv] Diario Paz, p.232.

[xcv]  José María Paz al Dr. D.E.A. del 8 de marzo de 1828.  CHyD, Tomo 2, p.396.

[xcvi] Seweloh, op.cit., p.437.

[xcvii] Todd, op.cit., pp.31-32.

[xcviii] Manuscrito autógrafo de Carlos de Alvear. CHyD, Tomo 2, pp.392-393.

[xcix] Acevedo Díaz, op.cit., p. 191. Brito del Pino afirma que fue Alvear quien vió la polvareda y que por su cuenta decidió enviar tropas hacia el Paso de Rosario. En su diario describe un diálogo completamente inverosímil entre Soler y Alvear del que supuestamente fue testigo. Lamentablemente como en otras partes de su diario, es evidente que este texto fue insertado tiempo después con el objeto de desacreditar a Alvear. Brito del Pino era amigo de Bernabé Rivera y no tenía simpatía por su general en jefe. Brito del Pino, p.192.

[c] En la mañana del 20 de febrero la brigada de Bento Manoel se encontraba diez leguas o 60 kilómetros de distancia del campo de Ituzaingó. Con caballos frescos podría haber hecho este recorrido en cinco horas y llegado en el momento crítico de la batalla.

[ci] En esto también coincide el general Tasso Fragoso que es siempre crítico de Alvear. Ver Augusto Tasso Fragoso, A “Batalha do Passo do Rosário” e a Crítica do Dr. Max Fleiuss, Río de Janeiro, 1923, p.20.

[cii]  Carlos de Alvear a Francisco de la Cruz, 28 de junio de 1827. Exposición, p. 146.

[ciii] Baldrich, op.cit., p.397.

[civ] Memorias Iriarte, Tomo 3, pp.501-502.

[cv] Memorias Iriarte, Tomo 3, p.491.

[cvi] Seweloh, op.cit., p.439.

[cvii] Brito del Pino, p.192.

[cviii] Ibid.

[cix] Parte del brigadier Joao C. Callado, 24 de febrero de 1827. Titara, op.cit., p. 132.

[cx] Diario Paz, p. 231.

[cxi]  Carlos de Alvear a Lucio Mansilla, 21 de marzo de 1827. CHyD, Tomo 2, p.375 y 376.

[cxii] Carl Seidler, Dez Anos no Brasil, 3ª. Edição, Livraria Martins Editora, São Paulo, 1976, p.98. Entre los muertos se encontraba el alférez Karl Oppenberg y entre los heridos los oficiales Frederick von Hoonholtz y Carl Seidler. Sobre las bajas del ejército imperial ver Wiederspahn, op.cit. p.279 y Tasso Fragoso, op.cit., p.361. En ningún caso detallan las bajas por unidad.

[cxiii] Este reporte fue interceptado por corsarios argentinos y luego publicado en El Mensajero Argentino. Existe una copia en el AHI Río Branco, Lata 872. Río Branco niega que éste sea un reporte oficial pero las cifras son consistentes con las reportadas en las listas de revista ordenadas por Barbacena el 19 y 20 de marzo de  1827. AN Barbacena, Caixa 07, Ene.-Mar.1827.

[cxiv]  Manoel Leitão Bandeira al mariscal Moraes, 24 de marzo de 1827. Reproducida por El Mensajero Argentino, 4 de junio de 1827.

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Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
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MensajeTema: Re: 190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia   Dom 19 Feb 2017 - 21:55


¿Victoria, Derrota o que?



La victoria de Alvear en Ituzaingó fue muy discutida. Por obvias razones, muchos historiadores brasileños se empeñaron en negarla o restarle relevancia y negarle cualquier mérito a Alvear. Para ello contaron con el testimonio de algunos argentinos. Uno de ellos fue el general Paz quien afirmó que la victoria “fue debido más a las inspiraciones individuales del momento que a las disposiciones tácticas del general Alvear, que no tuvo ningunas.”[cxviii] Esta frase quedó marcada a fuego en los libros de historia argentina. Iriarte, otro enconado enemigo de Alvear, afirmó que sus disposiciones el 20 de febrero “fueron nulas… que cada jefe peleó espontáneamente con el cuerpo de su mando… salvo algunas órdenes y disposiciones secundarias que nada contribuyeron al triunfo” y que no hubo “lo que se conoce como gran táctica.”[cxix] Estas opiniones dieron pié para que algún historiador describiera a Ituzaingó como una “batalla de soldados, sin mérito alguno” para su comandante en jefe.[cxx]

Esta acusaciones son absurdas. Mientras que Paz e Iriarte niegan que Alvear haya tomado decisiones tácticas, sus enemigos ciertamente pensaron lo contrario. Seweloh afirmó que el ejército imperial tuvo que retirarse del campo de batalla porque “o inimigo tinha desenvolvido suas massas com grande habilidade tactica; apezar de avançar a primeira divisão com vigor e coragem, envolveu o inimigo a segunda divisão e a vanguardia … de tal modo que ella só podia galhardamente sustentar uma posição defensiva, sem ser capaz de auxiliar a primera divisão nem formar-se em duas linhas na retaguardia do inimigo,… nem assumir o papel de uma forte reserva”.[cxxi] Machado D’Oliveira observó “o bem acertado plano de defesa que o inimigo tomou em sua posiçao, e em seguida, as bem combinadas sortidas que fez sobre o exercito [imperial]”.[cxxii] Luego de la batalla Barbacena justificó en parte su derrota aduciendo que la “táctica europea está introduzida entre o inimigo”.[cxxiii]

No se entiende como algunos jefes del ejército republicano, cuya línea de batalla se extendía por casi dos kilómetros a lo largo de lomadas y hondonadas que impedían ver que sucedía en cada uno de sus extremos, pudieran coordinar sus ataques (o desobediencias) con tanto efecto sin la intervención del general en jefe. El mismo Paz admitió que la línea de batalla era tan extensa que al llegar al campo no sabía que posición ocupaba, ni que cuerpos estaban a su derecha o izquierda.[cxxiv] ¿Cómo le fue posible entonces coordinar sus “desobediencias e inspiraciones” con las de Lavalle y Lavalleja?


Desobediencias...que casi cuestan la victoria

Alvear desplegó una intensa actividad durante la batalla. Acompañado de sus edecanes galopaba de un punto a otro de la línea para asegurarse que sus órdenes fueran cumplidas. Esta intensa actividad fue la que le permitió corregir en un muchos casos decisiones erróneas (o desobediencias) de sus subordinados. Además varios testigos confirmaron que expuso su persona al fuego enemigo. “El general Alvear ha desplegado ayer todo su ingenio y un valor admirable, que con justicia merece se le califique la primera espada del ejército republicano, él cargó tres veces a la cabeza del Nº1 de caballería, Brandsen murió a su lado, en fin, estaba en todas partes; estando yo a su lado, una bala de cañón mató un caballo a sus pies,” escribió uno de sus oficiales al día siguiente de la batalla.[cxxv] Según Díaz, luego de ordenar la carga de Brandsen, Alvear se puso al costado del primer escalón y, “aunque tarde, sujetó su caballo.”[cxxvi] Otro oficial de caballería afirmó que “el primer regimiento de caballería con el general en jefe a la cabeza y yo, cargamos a una columna de infantería de tres batallones, nos rechazó un fuego vivísimo.”[cxxvii] Incluso Iriarte admitió que en un momento de la batalla, una bala de cañón “pasó entre Alvear y yo; cuando la oí silbar le dije en voz baja ‘esta viene derecha’. La bala mató un caballo de la primera batería.”[cxxviii]

Los historiadores militares argentinos que han estudiado seriamente el tema han salido en defensa de Alvear. Según el general Baldrich, “haciéndose extorsión a los hechos que son intangibles como tales, se ha querido adjudicar a este o aquel actor, el triunfo, haciéndolos órganos mater, en las ideas y en la ejecución, de la victoria; olvidando que la suma de los esfuerzos de una campo de batalla, las combinaciones estratégicas y la hábil organización logística que la preparan, tienen por exponente un general, que en este caso es Alvear, pues no dejó de serlo un instante.”[cxxix] El teniente coronel Beverina, un gran admirador de Paz, cuando trata este tema dice: “séame permitido discrepar aquí con la afirmación categórica de este militar tan distinguido.” En su opinión el análisis sereno e imparcial de los testimonios de los presentes confirma que Alvear dio “pruebas múltiples y concretas de hallarse a la altura de la situación, muy posesionado de su papel, no perdiendo de vista un sólo instante el desarrollo del combate, ni abandonando su dirección en las diferentes fases del mismo… La tacha de inepto, lanzada contra el general en jefe del ejército republicano, al negarle una actuación correcta y eficaz en la batalla, se desmorona ante el testimonio y la evidencia de los hechos comprobados”, y concluye, “dejar ahora que se perpetúe un criterio falso y abusivo sobre uno de los acontecimientos más gloriosos para las armas argentinas, es no sólo atentar contra la verdad histórica, sino también hacerse cómplice de una injusticia hacia hombres que han merecido bien de la patria, pues se desconocen los méritos que han adquirido en momentos angustiosos para el país.”[cxxx] El coronel Rottjer afirmó que “a la luz del juicio profesional sereno e imparcial, no puede negarse que el general Alvear no abandonó un solo momento las riendas de la conducción de su ejército.”[cxxxi] Más recientemente el general García Enciso, sostuvo que la victoria de Ituzaingó fue “lograda sobre la base de una adecuada planificación y ejecución, realizada en el marco que le correspondía por el comandante en jefe del ejército republicano”.[cxxxii] Hasta Jacinto Yabén, crítico de Alvear, reconoció que “el resultado favorable de aquella guerra se debe, sin discusión, a la habilidad de su eficiente comando.”[cxxxiii] Curiosamente, la mayoría de los libros de historia argentina prefieren ignorar las opiniones de estos expertos. Los más neutrales se limitan a afirmar que “la parcialidad de los críticos contemporáneos –Paz especialmente– no permite abrir un juicio definitivo.”[cxxxiv] El lector podrá juzgar por si mismo.

La segunda crítica que se hace a la conducción de Alvear durante la batalla es de no haber usado más activamente su infantería. Mitre afirmó que en Ituzaingó “la infantería republicana no tuvo más papel que apoyar la artillería fuera del tiro de fusil… Esta fue la concepción del general Alvear”.[cxxxv] Sin embargo reconoció que “esto era lo único que había que hacer con un ejército superior en caballería, inferior en infantería y con una artillería bien situada”. La crítica más seria en este sentido la hizo Beverina, para quien Alvear durante la batalla enfatizó el arma de su “predilección”, ignorando “métodos científicos que se inspiran en la acción armónica y concordante de las distintas armas”.[cxxxvi] Si nos atenemos a los testimonios de los testigos, la relativa inacción de la infantería republicana durante la batalla no fue por ignorancia, “falta de disposiciones, de un plan combinado por parte del nuestro general”,[cxxxvii] o porque éste tuviera predilección por el arma de caballería –en 1813 había hecho del batallón Nº2 de infantería un “modelo” de organización y disciplina–, sino porque sus órdenes fueron desobedecidas por el general Soler. Según Iriarte, “es un hecho positivo, y confirmado por el testimonio de muchos jefes del ejército, que el general Alvear dio orden al general Soler para que atacase sobre un punto determinado de la línea enemiga, con toda la infantería –cuatro batallones– que Soler tenía a sus inmediatas ordenes”. El comandante del tercer cuerpo se negó a obedecer, contestando al ayudante que traía la orden que de fracasar el ataque “se comprometía el éxito de la batalla.” Luego de la batalla, Alvear expresó su disgusto ante esta desobediencia y calificó su actitud como demasiado prudente.[cxxxviii]

Otro factor que limitó la participación de la infantería republicana durante la batalla nofue consecuencia de las decisiones tácticas de Alvear, sino de la desequilibrada organización del ejército a su mando. El numero de piezas de artillería que tenía el ejército republicano era quizás excesivo en relación a su infantería, que debido a las dificultades que encontró el gobierno para reclutar tropas estaba limitada a no más de 1.700 hombres antes de iniciarse la campaña y probablemente no más de 1.500 el día de la batalla.[21] Según Napoleón eran necesarias cuatro piezas de artillería por cada mil infantes, pero esta recomendación era aplicable a ejércitos donde la infantería representaba el 80% de los efectivos del ejército. La proporción en el ejército republicano el 20 de febrero era más del triple de la recomendada por Napoleón. En opinión de Díaz, doce cañones hubieran sido más que suficientes. En realidad, no era cuestión de tener menos artillería –que probó ser de gran utilidad durante la batalla– sino de tener uno o dos batallones más de infantería. La insuficiencia de infantería tuvo serias consecuencias tácticas durante la batalla, ya que no había otra manera de defender a la artillería de cualquier ataque del enemigo que con infantería. Estando ésta concentrada en un punto, la infantería no podía concurrir libremente “a cualquier otro punto, donde su presencia o su auxilio podrían hacer acaso un servicio decisivo”.[cxxxix]  

Otro de los debates que surgió en relación con la batalla de Ituzaingó fue respecto a su “decisividad”. En la literatura militar, en una batalla decisiva las fuerzas de uno de los contendientes son derrotadas completamente, definiendo el resultado de la guerra y la firma de un tratado de paz favorable al vencedor. Sin embargo, este tipo de batalla ha sido la excepción en la historia del mundo. Generalmente, las guerras terminan luego de una serie de enfrentamientos a lo largo del tiempo. Incluso Austerlitz (diciembre de 1805), típico ejemplo de una batalla decisiva, fue una de tantas durante las guerras napoleónicas y por lo tanto desde esta perspectiva no fue decisiva.[22] Luego de haber derrotado totalmente al ejército ruso en esa batalla, Napoleón se vio forzado a enfrentarlo nuevamente en Eylau a principios de 1807 y luego en Friedland cuatro meses más tarde. Recién en julio de ese año se firmó el tratado de Tilsit. Waterloo (1815) si tuvo un resultado decisivo, pero se logró luego de quince años de guerra entre Francia e Inglaterra. Alvear se encargó de refutar la acusación de la falta de decisividad de la victoria argentina:

Si por resultado decisivo se entiende la paz, tan cierto es que la batalla de Ituzaingó no la ha producido como que era imposible que la produjese, teniendo en cuenta la tenacidad del enemigo, y la pequeñez comparativa de los recursos con que debía continuarse [la guerra] por nuestra parte. El Emperador no ha hecho la paz; más no será ciertamente porque el triunfo ha sido parcial o equívoco; no porque la Capitanía General,[23] teatro de la guerra, no se haya arruinado; no porque hayan dejado de estar expuestas sus ciudades y en aptitud de caer en nuestras manos; no porque su ejército no haya sido destrozado en cuanto puede serlo un ejército… El ejército [republicano] ha hecho mucho más de lo que podía aguardarse del abandono con que se le ha mirado; ha destruido una fuerza superior, aguerrida, compuesta de soldados viejos en número de 10.000; y de cuerpos reunidos por el Emperador de todos los puntos del Imperio, ha aniquilado todos los depósitos formados por el enemigo a costa de inmensos gastos, y con el designio no sólo de defender su territorio, sino de traer la guerra al nuestro; ha evitado que llegase esta época dolorosa; ha vivido siete meses a costa de su adversario; ha ahorrado al tesoro nacional las incalculables sumas que hubiera sido necesario emplear en caballos, víveres, municiones, carros y boyadas; ha retribuido, con grandes ventajas, a la provincia Oriental las riquezas de que había sido despojada; ha hecho partícipes a las provincias de Misiones, Entre Ríos y Corrientes; ha infundido respeto y temor a un vecino potente y ambicioso, ha empobrecido por muchos años la provincia más pingüe e importante del Brasil… en fin, ha resuelto el gran problema de la guerra, que era libertar una provincia hermana del azote de un usurpador injusto… El enemigo pierde su campo de batalla, parte de su artillería y de sus banderas, todo su bagaje y todo su parque, se retira al otro extremo del Jacuí, es decir a 70 leguas[24] del punto en que fue vencido; abandona al vencedor un país vastísimo, y sus restos no se creen seguros sino detrás de una magnífica barrera. ¿Nada de esto es decisivo?[cxl]

A pesar de estos argumentos, Beverina asegura, y muchos autores brasileños concuerdan, que Ituzaingó no fue una batalla decisiva ya que “no encuadra en el criterio militar que existe al respecto, pues el ejército imperial, si bien derrotado, se retiró casi intacto del campo de batalla, sin ser mayormente perseguido.”[cxli] Según este historiador el hecho de que la guerra formalmente durara casi dos años más, también le restaría “decisividad” a la victoria de Alvear. Muchos historiadores brasileños se han aferrado a este concepto para restarle importancia a la derrota del ejército imperial, e incluso para argumentar que a lo sumo se trató de un empate táctico.[25] A los comentarios de Beverina, vale la pena agregar ciertas consideraciones. En primer lugar, no es cierto que el ejército imperial se haya retirado intacto del campo de batalla, ya que lo hizo con menos del 75% de los efectivos con los que se había presentado a combatir. Además experimentó graves perdidas materiales, que incluyeron armas portátiles, un cañón, dos fraguas, municiones, carruajes, su hospital, su caja militar, bueyes y caballos. Por otra parte, aunque la guerra duró formalmente hasta agosto de 1828, luego de Ituzaingó no hubo otros encuentros de magnitud comparable, por lo cual esta batalla, por sus características, fue única durante la contienda. Desde el punto de vista práctico, la confrontación armada en gran escala terminó el 20 de febrero de 1827. La insignificancia de la actividad bélica con posterioridad a esta fecha reflejó en gran medida el agotamiento de ambos contendientes y el alto costo de continuar la guerra.[26]

Desde el punto de vista militar, el debate sobre la decisividad de Ituzaingó es estéril y en cierto sentido improcedente. Además ignora un factor de enorme importancia: la asimetría de fuerzas. Por definición, las victorias de Alvear nunca podían ser decisivas, ya que enfrentaba sólo una porción de las fuerzas que el Imperio de Brasil tenía a su disposición (probablemente no más del 15% del total). En contraste, Barbacena sí estaba en condiciones de obtener una victoria decisiva, ya que en Ituzaingó enfrentó el único ejército con el que contaba Buenos Aires. Cuando se analizan las decisiones que tomó Alvear durante la guerra no hay que olvidar esta asimetría de fuerzas. Sin embargo, desde el punto de vista político, el debate tuvo connotaciones distintas. La supuesta falta de decisividad de Ituzaingó fue utilizada políticamente en contra de Alvear y Rivadavia por sus enemigos. Una vez en el gobierno Dorrego declaró que la “victoria no ofrece a la causa de la República un resultado decisivo.”[cxlii] Era absurdo que desde el gobierno se criticara Alvear por este resultado, cuando no se le habían provisto los elementos mínimos para lograrlo. La actitud de Dorrego fue doblemente hipócrita porque desde la oposición fue quien más complicó la situación de Rivadavia. Y además durante el año y medio que tuvo a cargo el gobierno de Buenos Aires no sólo no hubo operaciones militares importantes sino que terminó firmando un tratado por el que la Banda Oriental obtuvo su independencia

notas

[cxx] Fregeiro, op.cit., p.8.

[cxxi] Seweloh, op.cit., p.436.

[cxxii] Machado D’Oliveira, op.cit., p.561.

[cxxiii] Barbacena a Francisco Gomes da Silva, 25 de marzo de 1827.  Barbacena, op.cit., p.523.

[cxxiv] Diario Paz, p.226.

[cxxv] Carta anónima de un oficial del ejército republicano, 22 de febrero de 1827, publicada en el Nro. 187 de El Mensajero Argentino.

[cxxvi] Acevedo Díaz, op.cit., p.187.

[cxxvii] Carta anónima  de un oficial del ejército republicano publicada en El Eco Oriental de Canelones del 4 de marzo de 1827. Copia existente en el PRO FO 6/18.

[cxxviii] Memorias Iriarte, Tomo 3, p.470. Iriarte, siempre con el objeto de desacreditar a Alvaer, en otra parte de sus Memorias afirma que Alvear no llevaba ningún uniforme distintivo y que no se exponía al fuego. Otra de sus contradicciones.

[cxxix] A. Baldrich, op.cit., p.399.

[cxxx] Beverina, La guerra…, op.cit., Tomo 2, pp.17, 28 y 29.

[cxxxi] Enrique Rottjer, Las Operaciones de la guerra del Brasil y la Batalla de Ituzaingó, Anexo a la Revista Militar, Buenos Aires, 1927, p.30.

[cxxxii] Isaías García Enciso, Alvear en Ituzaingó, en Revista Todo es Historia, XXIII, No.272, Febrero de 1990, p.33.

[cxxxiii] Biografía de Carlos de Alvear. J. Yabén, Biografías Argentinas…, op.cit., Tomo 1, p.203.

[cxxxiv] Carlos Floria y Horacio García Belsunce, Historia de los Argentinos, Tomo 1, p.478.

[cxxxv] Bartolomé Mitre a Eduardo Acevedo Díaz del 18 de febrero de 1892. Acevedo Díaz, op.cit., p.209.

[cxxxvi] Beverina, La guerra…, op.cit., Tomo 1, p.361.

[cxxxvii] Memorias Iriarte, Tomo 3, p.468.

[cxxxviii] Memorias Iriarte, Tomo 3, p.468.

[cxxxix] Memorias de Antonio Díaz en Acevedo Díaz, op.cit., p.154.

[cxl] Exposición, pp.60-62.

[cxli] Ver notas de Beverina en Exposición, p.83.

[cxlii] Exposición, p.19.

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Quequén Grande
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MensajeTema: Re: 190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia   Lun 20 Feb 2017 - 3:36

Muy bueno Oscar, ahora no puedo pero para esta tarde me tomo todo el tiempo necesario para leerlo.

Un abrazo Ricardo.

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Danny Franco



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MensajeTema: Re: 190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia   Lun 20 Feb 2017 - 13:53

La batalla de las desobediencias!!. Cuando Orientales y Argentinos luchabamos hombro con hombro. Dos unidades del Ejercito de Uruguay lucen hoy la medalla de Ituzaingo en su uniforme de gala, el Batallon "Florida", unidad insignia de nuestra infanteria y el Grupo de Artilleria No 1.

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woody59

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MensajeTema: Re: 190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia   Lun 20 Feb 2017 - 18:36

Apasionante version de la batalla de Ituzaingo, gracias por subirla. Una aclaracion, la infanteria no era alemana por la simple razon que Alemania no existia como nacion, era Prusiana. La partitura de la marcha Ituzaingo, que hoy representa uno de los tres atributos presidenciales, fue uno de los trofeos tomados en el campo de batalla, saludos.
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MensajeTema: Re: 190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia   Mar 21 Feb 2017 - 16:52

woody59 escribió:
Apasionante version de la batalla de Ituzaingo, gracias por subirla. Una aclaracion, la infanteria no era alemana por la simple razon que Alemania no existia como nacion, era Prusiana. La partitura de la marcha Ituzaingo, que hoy representa uno de los tres atributos presidenciales, fue uno de los trofeos tomados en el campo de batalla, saludos.

Hola Woody... si bien es algo peregrina la discusion ; no todos eran prusianos sino de otros principados alemanes y austriacos. En el ejercito Republicano tambien habia tropas alemanas un destacamento de casi 100 hombre llamado de REPUBLICANOS ALEMANES a cargo de karl von Heine; que estuvo en el bando napoleonico en las guerrras europeas. No todos los alemanes eran prusianos y aleman era mas bien un nombre geografico y no politico.
Saludazos. Y les agradezco interesarse por estos temas

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Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
/Más crueles que fieras,/con nuestras propias alas,/que la Naturaleza/nos dio, sin otras armas/para propia defensa,/forjáis el instrumento/de la desdicha nuestra,/haciendo que inocentes/prestemos la materia./Pero no, no es extraño,/que así bárbaros sean/aquellos que en su ruina/trabajan, y no cesan./Los unos y otros fraguan/armas para la guerra,/y es dar contra sus vidas
plumas para las flechas.»
Samaniego, Félix Mª de
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MensajeTema: Re: 190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia   Mar 21 Feb 2017 - 17:22

bashar escribió:
woody59 escribió:
Apasionante version de la batalla de Ituzaingo, gracias por subirla. Una aclaracion, la infanteria no era alemana por la simple razon que Alemania no existia como nacion, era Prusiana. La partitura de la marcha Ituzaingo, que hoy representa uno de los tres atributos presidenciales, fue uno de los trofeos tomados en el campo de batalla, saludos.

Hola Woody... si bien es algo peregrina la discusion ; no todos eran prusianos sino de otros principados alemanes y austriacos. En el ejercito Republicano tambien habia tropas alemanas un destacamento de casi 100 hombre llamado  de REPUBLICANOS ALEMANES a cargo de karl von Heine; que estuvo en el bando napoleonico  en las guerrras europeas. No todos los alemanes eran prusianos  y aleman era mas bien un nombre geografico y no politico.
Saludazos. Y les agradezco interesarse por estos temas

Me apasiona la historia, como no. Tambien leo de buena gana todas las aclaraciones ya que me movilizan a buscar informacion que evidentemente ignoro, Abrazo.
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MensajeTema: Re: 190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia   

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190 años de la Batalla de Ituzaingo: mitos y verdades de la ultima batalla de la Independencia
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