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 La Batalla de Pozo de Vargas

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MensajeTema: La Batalla de Pozo de Vargas   Jue 28 Jul 2011 - 21:31

La Batalla de Pozo de Vargas



El 10 de abril de 1867, en torno al jagüel de Vargas, en el camino apenas saliendo de La Rioja a Catamarca, durante siete horas desde el mediodía hasta el anochecer, se libró la batalla más sangrienta de nuestras guerras civiles.-
Fue un enfrentamiento, entre las fuerzas federales del caudillo Felipe Varela y las del gobierno nacional argentino, dirigidas por el general Antonino Taboada. La victoria de Taboada significó el final de la última y mayor rebelión del norte contra la presidencia de Bartolomé Mitre. La conocida canción popular anónima "Zamba de Vargas" trata sobre éste acontecimiento.
El ejército “nacional” (mitrista) del Noroeste –reforzado con los veteranos del Paraguay y su brillante oficialidad y con los cañones Krupp y fusiles Albion y Brodlin que los buques ingleses habían descargado poco antes en el puerto de Buenos Aires- al mando del general liberal Antonio Taboada (del clan familiar unitario de ese apellido que dominó Santiago del Estero durante casi todo el siglo XIX).
Al frente de los batallones de la montonera iban los famosos capitanes Santos Guayama, Severo Chumbita, Estanislao Medina y Sebastián Elizondo.

Antecedentes
En mayo de 1865 el Presidente Mitre declaraba la guerra al Paraguay, el hecho era la culminación de un vasto plan político que importaba la alianza con el Brasil y los sectores Colorados Orientales.
Mitre había presentado la guerra como una fácil empresa. Su convocatoria al honor nacional logró el entusiasmo patriótico de la juventud porteña. En el interior del país la guerra era enteramente impopular.
El malestar se acentuó en la medida que la guerra aparentaba ser una aventura exclusivamente porteña. En mayo de 1865, los regimientos de línea seguían ocupando provincias (en La Rioja habían impuesto como Gobernador a uno de sus oficiales) y las represiones contra los antiguos insurrectos proseguían, silenciosamente.
Las economías precarias como las de La Rioja, Catamarca o San Luis sufrían pérdidas de bienes que marginaron de los sectores productivos a grandes grupos humanos que antes alcanzaban a llenar sus escasas necesidades.
El malestar prosperaba no sólo en lo ancho de la geografía territorial sino también en lo profundo de la geografía social.
En setiembre de 1866, las armas de la terrible alianza, sufrieron frente a las fortificaciones de Curupaytí, la más grande derrota de la guerra.
La noticia del desastre cundió por todo el país contribuyendo a crear una atmosfera aún más irritable contra el gobierno nacional. El 1 de noviembre ocurrió un hecho minúsculo en Mendoza, se sublevó la policía local, exasperada por el atraso de sus sueldos.
Los sublevados armaron a los presos, entre ellos el Coronel Carlos Juan Rodríguez –dirigente federal- que de un momento a otro se encontró dueño del poder de la provincia. Los revolucionarios empezaron a llamarse “Federales”.
Fue como un estallido. Los sublevados mendocinos enfrentaron a las tropas nacionales y proclamaron a Juan de Dios Videla gobernador de esta provincia.
Días más tarde los revolucionarios entran en la ciudad puntana y Designan al Coronel Felipe Sáa, Gobernador de San Luis. El territorio de La Rioja estaba virtualmente sublevado y en Catamarca el gobierno se destrozaba en un enfrentamiento local. Un tercio del país estaba alzado.
El 10 de diciembre de 1866 Varela levanta en San Juan su proclama revolucionaria, que tuvo inmediata difusión.
Hasta entonces, el movimiento no había sido otra cosa que una cadena de insurgencias espontáneas e inorgánicas, con la proclama y la dirección de Varela, las sediciones locales adquirían un contenido programático concreto sintetizado en el último párrafo de su manifiesto:
“Nuestro programa es la práctica estricta de la constitución, la paz y la amistad con el Paraguay y la unión con las demás repúblicas americanas”.
Su llegada marcaba el formal comienzo de la última empresa insurreccional de carácter popular que vio el siglo pasado en la Argentina.

La Batalla.
Desde Chile regresó el coronel Varela, al frente de dos batallones de cien plazas bien equipados (con la colaboración del Coronel Chileno Estanislao Medina) y que estaban compuestos de soldados chilenos y algunos argentinos emigrados.
A mediados de diciembre ocupa Jáchal sin lucha y en San Juan se reúne con los jefes de la insurrección, lugar que será el centro de sus operaciones. La noticia del arribo del coronel corrió como el rayo por las provincias. Cientos, y luego miles de gauchos de San Juan, La Rioja, Catamarca, Mendoza, San Luis y Córdoba, se unieron logrando reunir unos 5.000 hombres, gauchos bien montados y valientes, pero mal dirigidos y peor armados.
En San Juan se decidió el plan de lucha: Sáa y Videla operarían hacia el litoral por San Luis y el Sur de Córdoba. Varela se dirigía hacia el norte para destruir, el bastión liberal de Santiago.
Contando con las provincias de Cuyo y sumando a La Rioja y Catamarca –objetivos fáciles por la receptividad popular- el gobierno de Córdoba no se movería en actitud hostil. Los revolucionarios no encontrarían otras fuerzas adversarias que las de Paunero, inmovilizados en Rio IV y hostilizados por los indios ranqueles –secretamente movidos por los Sáa-.
De aquí a Buenos Aires había un paso y Urquiza, por comprometido que estuviera con Mitre, difícilmente se resistiría a encabezar una revolución que ponía claramente el país en sus manos.
Pero el Gobierno Nacional, también sabía apreciar la situación, y resuelve reforzar a Paunero con una fuerza de 1000 hombres, al mando del Coronel Arredondo.
Mientras Sáa y Videla preparaban su avance sobre el litoral, Varela se dispone a conquistar su objetivo inmediato: La Rioja.
Varela, destaca a Medina a ocupar Chilecito, el cual avanza incorporando voluntarios, y se instala sin lucha en Famatina.
Sabiendo que el gobierno de La Rioja queda neutral a sus espaldas (las milicias riojanas se habían sublevado y una Asamblea de Vecinos designó a un mandatario que abrigaba discretas simpatías por la causa rebelde), se apresta a ocupar su nuevo objetivo: Catamarca, para lo cual destaca a Medina quien en camino a esa ciudad, recibe la incorporación del Caudillo Severo Chumbita.
El 4 de marzo en Tinogasta, Medina presenta batalla al Comandante General Córdoba para lo cual Medina divide su gente en columnas y las hace ingresar por las calles del pueblo, después de 3 horas de intensa lucha, las fuerzas insurrectas llegaron a su objetivo.
El feliz éxito exaltó su entusiasmo y su optimismo.
La inestable situación riojana preocupaba al Gobierno Nacional, que decide enviar una columna tucumana para ocupar La Rioja, provocando la huida de simpatizantes de la revolución, que buscaron incorporarse a Varela.
A esta provincia, días más tarde llegó también Manuel Taboada, que desconoce al Gobernador anterior y provoca su alejamiento, quedando Taboada dueño de la Ciudad y por supuesto, del gobierno.
En camino hacia Catamarca para reunirse con la triunfante división de Medina, Varela recibió la noticia de que Taboada había ocupado la ciudad de La Rioja. Para no tenerlo a sus espaldas, retrocedió hacia ella. Fue un tremendo error, ya que se privó de expandir la revolución a otras provincias, donde podía haber recibido apoyo.
El peor de los errores, sin embargo, fue no haberse asegurado la provisión de agua. Avanzó dos días hacia el sur sin nada que darle de beber a sus caballos y hombres, y encontró todos los pozos secos. Insólitamente, siguió adelante. El próximo pozo disponible era el de la estancia de Vargas, a una legua de la ciudad. Pero allí lo esperaba Taboada con 1.700 hombres, provocativamente ubicados en torno del único pozo.
Aunque lo ignoraba Varela, el Coronel Arredondo había desecho de un solo golpe la reacción cuyana al vencer en San Ignacio –cerca de San Luis-, a las fuerzas de Sáa y Videla.
En plena marcha, el día 9 de Abril llegan a las Mesillas, (a 4 leguas de La Rioja), el caudillo le envía una intimación a Taboada quien no respondió y ubicó sus fuerzas en el Pozo de Vargas, en el camino por dónde venían las montoneras.
El sitio fue elegido con habilidad porque Varela llegaría con sus gauchos al mediodía del 10, fatigados y sedientos por una marcha extenuante, a todo galope y sin descanso. Mientras, los “nacionales” habían destruido los jagüeles del camino, dejando solamente el de Vargas, a la entrada misma de la ciudad. Taboada les dejará el pozo de agua como cebo, disimulando en su torno los cañones y rifles; sus soldados eran menos que los guerrilleros, pero la superioridad de armamento y posición era enorme.


Era una jornada de calor pesado, insufrible. Cuando el sol se clavó en medio del cielo a la una de la tarde, los mercenarios de Medina avanzaron hacia las posiciones nacionales, diezmados por un tremendo fuego. Dos veces atacó Medina y las dos veces debió retroceder.
Las dos caballerías se batían ferozmente: el jefe de los jinetes santiagueños fue muerto y los restos de su columna debieron replegarse, dejando tres cuartas partes de sus compañeros sobre el campo.
Desguarnecido el parque por la derrota de la caballería santiagueña, el coronel Elizondo entró a fondo las líneas enemigas, se alzó con los pertrechos y la caballada de refresco de Taboada. Si hubiera vuelto para atacar por detrás a los infantes, Taboada no hubiera podido nunca más “cargar espada”.
Pero Elizondo, guerrillero individualista como eran los montoneros, arreó con la caballada y los efectos que pudo encontrar y se perdió en los llanos.
Y un nuevo ataque contra el núcleo central de la defensa dispuesta en torno al agua volvió a fracasar.
Los federales lucharon con desesperación, pero sus caballos estaban debilitados y tenían muy pocas armas de fuego. Los nacionales, en cambio, estaban armados con fusiles de repetición y se limitaron a resguardarse y tirar contra los blancos móviles que desfilaban frente a ellos.
Al atardecer de ese trágico día de otoño se dieron las últimas y desesperadas cargas, y con ellas se terminaron de hundir todas las esperanzas de un levantamiento federal del interior en favor de la nación paraguaya de Francisco Solano López y la “guerra de la Unión Americana”. Con un puñado de sobrevivientes apenas, Felipe Varela dio la orden de retirada, diciendo –despechado- al volver las bridas: “¡Otra cosa sería / armas iguales!”.
La retirada se hizo en orden: Taboada no estaba tampoco en condiciones de perseguir a los vencidos. Pero del aguerrido y heroico ejército de 5.000 gauchos que llegaron sedientos al Pozo de Vargas al mediodía, apenas quedaban 180 hombres la noche de ese dramático 10 de abril de 1867. Los demás han muerto, fueron heridos o escaparon para juntarse con el caudillo en el lugar que los citase, que resultó ser la villa de Jáchal. Pero Taboada también había pagado su precio: “La posición del ejército nacional –informa a Mitre- es muy crítica, después de haber perdido sus caballerías, o la mayor parte de ellas, y gastado sus municiones, pues en La Rioja no se encontrará quien facilite cómo reponer sus pérdidas”. En efecto, como nadie le facilitaba alimentos ni caballos voluntariamente, saqueó la ciudad durante tres días.






FUENTE:
Wikipedia/Batalla de Pozo de Vargas.-
www.lagazeta.com.ar Historia Argentina: La Gazeta Federal.
www.revisionistas.com.ar
www.Elindependientedigital.com
Manual de Historia y Geografía de La Rioja I – Historia. Compañía Editora Riojana. La Rioja, 1969.-

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