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 El combate de San Lorenzo

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MensajeTema: El combate de San Lorenzo   Vie 20 Jul 2012 - 17:35

El combate de San Lorenzo


fuente:http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/2/25/San_Lorenzo.jpg

Febo asoma; ya sus rayos
Iluminan el histórico convento;
Tras los muros, sordos ruidos
oír se dejan de corceles y de acero

Con esta estrofa Carlos Benielli inicia unas de las más hermosas marchas del ejército Argentino, en honor al combate ocurrido sobre en convento franciscano de San Carlos, testigo del bautismo de fuego del regimiento de granadero a Caballo, al mando del, en su momento, coronel José de San Martin.

Lo que continúa es el relato de ese corto pero histórico combate.

Preludio al combate

Desde la época de la Revolución de Mayo, el Río de la Plata y sus afluentes eran del exclusivo dominio de la flota española que tenía por base el puerto de Montevideo. Los marinos realistas que en 1810 se habían proclamado en contra de la Junta, dominaban, atacaban y hostilizaban todo el litoral argentino, que entonces se reducía al de la provincia de Buenos Aires.

Para contrarrestarlos, el Gobierno patriota intentó desde el principio montar escuadrillas que los combatieran, pero siempre, hasta entonces, se habían visto derrotados por los bizarros y capaces marinos españoles.
A fines de 1811, como solución para impedir las incursiones, se mandó artillar la barranca de la Villa del Rosario de Santa Fe. Se encomendó a Manuel Belgrano, quien levantó en febrero de 1812 dos baterías, la Libertad y la Independencia, una sobre la barranca y la otra en una isla vecina.

También se instalaron defensas costeras en Punta del Rey o Punta Gorda, en la costa entrerriana.

Al reiniciarse por parte del ejército patriota, en 1812, el sitio de la plaza realista, sus fuerzas navales iniciaron expediciones y desembarcos frecuentes para obtener víveres. Así, el Paraná era el escenario de continuos ataques. En julio y agosto de 1812 dos buques corsarios montevideanos subieron el Paraná, pasaron sigilosamente la Punta Gorda y atacaron y apresaron varios barcos en la desembocadura del Colastiné.

Sólo fueron resistidos por 60 blandengues de Santa Fe. Tras abandonar el botín bajaron el rio y el 9 de octubre llegaron a San Nicolás de los Arroyos, y poco después saquearían San Pedro. En enero de 1813, cerca de Gualeguaychú serían sorprendidos otros tres corsarios realistas.

Para impedir los ataques, el Gobierno buscó aumentar las milicias locales para que defendieran las costas santafesinas y entrerrianas, encomendándose esto a fuerzas regulares y milicianas.

Además se le encomendó las tareas a los flamantes Granaderos a Caballo, que comenzaron a patrullar y recorrer desde Buenos Aires hasta San Nicolás, mientras una compañía del primer escuadrón se situaba en San Fernando de la Buena Vista, al mando del capitán Justo Bermúdez, y un piquete de 50 efectivos marchaba a Punta Gorda. También en las noches, a sugerencia de San Martín, cuatro patrullas de granaderos vigilaban la costa y los suburbios de Buenos Aires, que podría dormir tranquila velada por ellos.

Mientras tanto, a principios de 1813, en la isla Martín García, plaza fortificada por los realistas de Montevideo, se estaba concentrado un contingente unos 300 soldados de los Voluntarios de Infantería de Montevideo, entre los que se contaba un buen número de criollos, cansados todos de la vida de privaciones que el estado de sitio les obligaba á llevar, al mando del capitán de milicias de Artillería urbana Antonio Zabala, "vizcaíno testarudo, rubia cabellera -dice Mitre-, que a una estatura colosal reunía un valor probado".

Su propósito era destruir las defensas del Paraná y abrirse camino al Paraguay, que estaba en contra de las autoridades de Buenos Aires (aunque tampoco era partidario del Rey), y en el trayecto apresar los buques de cabotaje que se ocupaban del tráfico comercial del Paraná.

Al saberse en Buenos Aires las novedades, por la declaración de Alejandro Rodríguez, un antiguo sargento de milicias que logro escapar en la noche del 13 de enero de la isla Martín García. El Gobierno mandó desarmar las baterías del Rosario, por no considerar conveniente su defensa, y dispuso que se reforzasen las baterías de Punta Gorda (1), a la vez que se ordenó al coronel de Granaderos a Caballo que con una parte de su regimiento protegiese las costas del Paraná más arriba, desde Zarate hasta Santa Fe.

(1) Según Estados y oficios dirigidos al gobierno desde Punta Gorda por Homber y Balcarce el 31 de diciembre de 1812 y 30 Enero de 1813, Las baterías de Punta Gorda estaba formada por la 1º batería en la margen occidental del rio Paraná comandado por el capitán don Manuel Herrera, según los planos del teniente coronel don Ángel Monasterio y revestida de una gruesa estacada por la parte exterior para evitar la desbaratasen las avenidas. Montaba dos cañones de 24 y cuatro de 12 y la guarnecían 46 artilleros y 62 infantes.

La 2.ª batería ubicada en el margen oriental del rio Paraná ó de Costa Firme, al pié de la barranca y cruzando sus fuegos con aquella, tenía tres de á 12 y dos de á 8, servidos por 34 artilleros. Además, habían dos piezas volantes de á 4 y otras tantas de a 2 que coronaban el reducto, que á 35 varas de elevación sobre el nivel del agua, dominaba la parte de tierra—cubierto por 33 artilleros, 214 fusileros y 47 milicianos de caballería armados de chuzas. Completaban este sistema de fortificación, 50 milicianos de la Bajada armados de fusil, que cuidaban el vecino bosque que flanqueaba la 2º batería.

Total 15 bocas de fuego y 486 hombres de los regimientos nº 2 y Pardos; blandengues de Santa Fé; milicias del Paraná; artillería; y caballerea de Matanza (hoy Victoria) Nogoyá, y la Bajada.


Fase previa al combate


Vista satelital del patio del convento de San Carlos en donde se desarrollo el combate.

La expedición naval realista salió de Montevideo y luego de pasar por Martín García, ingresó en el Paraná Guazú, algo retrasada a causa de vientos del norte, a mediados de enero de 1813. Su fuerza era de 11 embarcaciones de menor porte pero convenientemente armadas, tripuladas por 350 hombres.

El convoy estaba escoltado por la sumaca “Aranzazu” y los faluchos “Fama” y “San Martin”, bajo la inspección y cargo del corsarista don Rafael Ruiz—con la sumaca “Jesús y Maña” el Bombo, chalupa particular “Nuestra Señora del Carmen” los que entraron resueltamente por la boca del Guazú, no dejando duda de que se dirigían á las márgenes occidentales del Paraná.

San Martín apenas tuvo tiempo de salir a su encuentro a la cabeza de sus 140 granaderos a la vez que dejaba destacadas partidas para vigilar la costa a lo largo del río.

El 28 de enero, la flotilla enemiga pasó por San Nicolás y el 30 llegó más arriba de la Villa del Rosario, sin provocar hostilidades. El comandante militar del Rosario era el oriental Celedonio Escalada -sin parentesco con San Martín-, el cual reunió a sus milicianos para oponer resistencia al desembarco. Su fuerza era de 22 infantes armados, 30 blandengues de caballería y un cañoncito manejado por media docena de artilleros milicianos.

Los realistas levaron anclas en la noche y amanecieron el 30 frente a la población de San Lorenzo, a 26 kilómetros al norte del Rosario, anclando a unos 200 metros de la orilla frente al convento franciscano de San Carlos.

A esa altura, el río Paraná tiene una de sus mayores anchuras y las barrancas "son altas y escarpadas como una muralla -dice Mitre-y sólo son accesibles por los puntos en que la mano del hombre le ha abierto caminos y cortaduras para escalarla".

Frente a donde había fondeado la escuadrilla había uno de estos caminos inclinado en forma de escalera.


Al llegar a la parte alta se abría una planicie, hoy más angosta que entonces por efecto de la erosión del río, en donde se alza el Convento de San Carlos de los Padres Franciscanos. Esta es una construcción de grandes claustros de sencilla arquitectura, rodeada de arbustos y pinos para darle sombra a los espacios abiertos y frescos y donde todo gira alrededor de la meditación, el rezo y el trabajo del campo. Sólo estaba coronado por un humilde campanario, aún sin torre.

Un destacamento de los montevideanos desembarcó para requerir víveres a los frailes, pero se conformaron con tomar unas pocas gallinas y melones, porque el ganado vacuno había sido llevado al interior. Ante la llegada de los milicianos de Escalada, la hueste montevideana volvió a sus barcos y la jornada concluyó con un cañoneo sin consecuencias.

En la noche del 31 de enero logra fugarse de la escuadrilla un prisionero paraguayo, José Félix Bogado.

Este avisa a Escalada que el capitán Zabala no tenía más de 350 hombres, pero que su intención era la de desembarcar para apoderarse de los caudales que creía había escondidos en el convento. Y que después seguiría viaje al norte, saqueando otras poblaciones hasta Paraguay.

Inmediatamente transmitió Escalada esta noticia, y uno de sus mensajeros encontró al coronel San Martín al frente de los granaderos.

Este había partido el 28 de enero de Buenos Aires y venía a marcha forzada por el camino de las postas a Santa Fe, por Santos Lugares, Las Conchas, Arroyo Pinazo. Pilar, Cañada de la Cruz, Areco. Cañada Honda, Arrecifes, San Pedro, San Nicolás, Arroyo Seco, Arroyo del Medio, Rosario, Espinillo y San Lorenzo, ubicada a una legua del convento, por lo tanto, estaba dos días retrasado con respecto a la expedición española.

En la noche del 2 de febrero llegó a la posta de San Lorenzo, distante cinco kilómetros del convento. Allí encontró los caballos que Escalada había hecho llevar a modo de refresco o remonta.

Refrescados los caballos se reinició la marcha. Esa misma noche la columna de granaderos llegó al convento de San Carlos y, en silencio ocuparon los patios traseros.

No hallaron a nadie porque los religiosos se habían marchado dos días antes por la amenaza de nuevos desembarcos; tras el del 30 de enero.

Las celdas estaban desiertas y no había rumores en los claustros: el portón se cerró tras los granaderos y el escuadrón echó pie a tierra en el gran patio del convento. Se prohibió encender fuegos o que se hablara en voz alta.

San Martín, catalejo en mano, subió a la espadaña (campanario) de la iglesia y verificó la presencia del enemigo.
Mientras ese mismo 2 de febrero la flota realista permaneció tranquila: mas, poco antes de mediodía, desembarcando una fuerza de 320 hombres, en la isla que está al frente, se ocupó en dividirla por mitades, luego de amunicionarla, practicando en seguida algunas evoluciones, hasta eso de las tres ó cuatro de la tarde, en que reembarcándola, principió á moverse lentamente el convoy, con proa al N. E., cuando cerrando el crepúsculo, desapareció envuelto en las sombras.

Plan de combate

Al frente del convento y hacia la barranca del río se extendía una planicie, perfectamente adecuada para las maniobras de la caballería. Entre el atrio y el borde de la barranca había una distancia de poco más de 300 metros, lo suficiente, pensó San Martín, para dar una carga de fondo. La subida de la barranca a la llanura eran dos sendas sinuosas, pero sólo una era apta para el avance de la infantería formada, en realidad eran como dos escaleras, entre la playa baja y la planicie superior.

Con esta certeza, San Martín dispuso que los granaderos saliesen del patio y se emboscaran a los lados, formando tras los macizos claustros y las tapias posteriores del convento, con los caballos ensillados y las armas preparadas.

Orden de Batalla

Tropas patriotas

Comandante en jefe Coronel José de San Martín
Regimiento de granaderos a Caballo con 120 hombres divididos en dos escuadrillas
Primera división al mando del capitán Justo Bermúdez
Segunda división al mando del Coronel José de San Martin
50 milicianos de Escalada.

Tropas Realista

Comandante en jefe capitán de milicias de Artillería urbana Antonio Zabala
Regimiento de Voluntarios de Infantería de Montevideo con 350 hombres
2 cañones de a 4

Unidades navales
Comandante Rafael Ruiz
Sumaca “Aranzazu” y “Jesús y Maña”
Faluchos “Fama” y “San Martin”
chalupa “Nuestra Señora del Carmen”
6 naves de transporte

El combate

San Martín volvió a subir a la espadaña del campanario, provisto de su catalejo y a poco de dar las cinco de la mañana, vio que de los buques salían lanchas de desembarco con tropas. Se dirigieron al llamado puerto de San Lorenzo, que estaba ubicado al pie del barranco cerca de la desembocadura del arroyo; allí la orilla era menos escarpada que frente al convento y esto facilitó el paso a 250 infantes de Zabala y el rodamiento de pequeña artillería.


Al rato vieron por el borde de la barranca a los atacantes, formados en dos columnas, con sus uniformes blancos de verano, con las banderas de Montevideo desplegadas y acompañados por la banda de tambores y pífanos (flautines).

Descender del campanario, subir a su caballo y ordenar a sus granaderos montar, fue un solo movimiento. Su orden: no disparar un tiro de las carabinas y las pistolas, para no alertarlos.

Todo sería a sable y lanza. San Martín se puso al frente de sus granaderos y arengó a quienes iban a tener su bautismo de fuego: "Espero que tanto los señores oficiales como los granaderos se portarán con una conducta tal cual merece la opinión de Regimiento".

Enseguida se puso al mando de la segunda división de granaderos y dio el mando de la otra al capitán Justo Bermúdez.
La orden era la de flanquear y cortar la retirada a los invasores: "En el centro de las columnas enemigas nos encontraremos, y allí daré a Ud. mis órdenes".

El coronel atacaría al enemigo de frente, en tanto que su segundo, dando un rodeo, debía hacerlo por el flanco de los infantes para impedirles la retirada.

Los realistas montevideanos venían formados en dos columnas de avance paralelas, con bandera desplegada y dos piezas de artillería colocadas al centro.

Sorpresa realista

Al sonar tocando a degüello el clarín de guerra de los Granaderos a Caballo, salieron por derecha e izquierda del monasterio las dos divisiones, sable en mano y en aire de carga; San Martín llevaba el ataque por la izquierda y Bermúdez por la derecha.

La aparición de los granaderos sorprendió al jefe realista Zabala, quien ordenó formar a los suyos en martillo porque no había tiempo para hacerlo en cuadro. Los granaderos cargaban a despecho de las bajas que les producían los cañones españoles.

El propio parte de guerra a español fue claro al respecto del ataque de los granaderos: "...por derecha e izquierda del referido monasterio salían dos gruesos trozos de caballería formados en columna y bien uniformados, que a todo galope sable en mano cargaban sobre él despreciando los fuegos de los cañoncitos, que principiaron a hacer estragos en los enemigos desde el momento que les divisó nuestra gente.

Sin embargo de la primera pérdida de los enemigas, desentendiéndose de la que les causaba nuestra artillería, cubrieran sus doras con la mayor rapidez atacando a nuestra gente con tal denuedo que no dieron lugar formar cuadro sino martillo...".

Las cabezas de columna españolas desorganizadas en la primera carga se replegaron sobre las mitades de retaguardia y rompieron un nutrido fuego contra los agresores, recibiendo a varios de ellos con la punta de sus bayonetas: "...ordenó Zabala su gente a fin de ganar la barranca, posición mucho más ventajosa, por sí el enemigo trataba de atacarlo de nuevo. Apenas tomó esta acertada providencia cuando vio al enemigo cargar por segunda vez con mayor violencia y esfuerzo que la primera.

Nuestra gente formó aunque imperfectamente un cuadro por no haber dado lugar a hacer la evolución la velocidad con que cargó el enemigo'.

San Martin se convierte en un objetivo


Galopaba San Martin, algunos pasos á vanguardia de su columna, que en aire de carga cerraba sobre el enemigo, cuando un disparo de metralla, proveniente de una de las dos carronadas apostadas en su centro, derribó su caballo y pone en conflicto á los que le siguen, que en aquel momento lo creen perdido.

Al herir el tarro de metralla el pecho del caballo, hizo que este se encabritase y en su caída apretara la pierna derecha de San Martin. Semejante accidente, ocurrió tan cerca de la línea española, que cortándose de esta el mismo capitán Zavala, le tiró un hachazo, que con un movimiento flexible de la cabeza, logró aquel desviar en parte, tocándole de refilón la mejilla izquierda (cicatriz que siempre conservó); entonces un soldado realista, advirtiendo que era un jefe, el jinete caído, deja su puesto, y animado de idéntico designio, corre a clavarlo con su bayoneta, cuando el granadero Juan Bautista Baigorria (puntano), atropellándolo, logro alzarlo en la lanza, en tanto que sus compañeros que habían fluctuado por algunos segundos, se entreveraban resueltamente con el enemigo, y otros echaban pié á tierra para retirar del peligro a su comandante. Entre estos, fe encontraba además del citado Baigorria, el no menos valiente Juan Bautista Cabral, que herido de bala momentos antes, saltó a tierra y liberó a su coronel del peso que lo sujetaba; pero recibe una segunda herida mortal de bala.

Neutralizado por un instante el empuje de los granaderos, intenta el bravo Zavala, ganar la barranca donde le haría más fácil.la resistencia, pero no bien trató de evolucionar en ese sentido, dando vivas al rey y á la España, para reanimar su turbada hueste cuando llegando á gran galope la compañía de Bermudez, apenas puede formar un cuadro imperfecto para recibirla, quedando así restablecido el combate, y, por un momento se disputa la victoria con igual ardor y encarnizamiento.


Sin embargo de lo brusco y repentino de la carga, los soldados españoles aunque conmovidos en su formación, sostienen un vehemente fuego á quema ropa contra sus adversarios, que lo contestan con la punta de la lanza y el filo del sable, al que dan toda la eficacia de su uso.

En tales circunstancias, el teniente de marina don HÍpólito Bouchard, ávido por quitar la mancha afrentosa que empañaba sus galones, desde el descalabro de San Nicolás, (1811) en que le vimos abandonar el buque que montaba, haciendo un esfuerzo supremo, logra arrancar la bandera al porta español, que la pierde con su vida.

La escuadrilla naval desde el río rompió fuego para proteger la retirada. El capitán Bermúdez quedó como jefe de la primera división ante la herida de San Martín, -que tenía un brazo dislocado por la caída hizo retroceder a la columna que se le enfrentó, pero en la persecución de la segunda carga fue gravemente herido por un disparo hecho desde las naves en una pierna, falleciendo el 14 del mismo mes, sufriendo la amputación que se le hizo del miembro afectado. Se afirma, que desesperado Bermudez, por no haber podido impedir la total evasión del enemigo, se arrancó el torniquete, y rehusó sobrevivir á su herida.

El teniente Manuel Díaz Vélez, en la persecución, cayó por lo brioso de su caballo y recibió tres heridas: una de bala en el cráneo y dos bayonetazos en el pecho, y quedó prisionero.


Roto y desconcertado su centro, la división enemiga, en que hacia prodigios de valor el gallardo Zavala, no obstante estar herido de lanza, no pudo ya moralizarse, y la confusión llegó á su colmo, cuando un tanto rehecho el escuadrón patriota, pegó por tercera vez su terrible carga, tocando á degüello, hasta llevarse con el encuentro y derrumbar á sablazos barranca abajo, á los citados invasores, que despavoridos buscaron el abrigo de sus buques. Tanta era la precipitación el pavor con que se desbarrancaban los españoles, que muchos se ahogaron, por lo que aproximándose sus embarcaciones, les tiraban balas encordadas, para que se agarrasen y ganaran su bordo

Eran las ocho de la mañana, y la victoria estaba asegurada. Los granaderos tuvieron 27 heridos, 14 muertos y un prisionero, el nombrado Díaz Vélez, quien fue canjeado al día siguiente junto con tres lancheros paraguayos capturados por los corsarios antes del combate (los tres liberados se incorporaron como voluntarios al Regimiento). Entre los que se encontraba Félix Bogado, incorporado al regimiento, el cual volvió a Buenos Aires el 13 de febrero de 1826 como coronel, al frente del resto de los granaderos que regresaban al cuartel con 120 hombres de los cuales solo 7 de los que partieron en 1813 del mismo cuartel.

Como trofeo quedaron 2 cañones de a 4, 50 fusiles, 4 bayonetas y una bandera. Los atacantes dejaron en el campo 40 muertos y 13 heridos, entre ellos su jefe, Zabala que fue en la pantorrilla derecha, 14 prisioneros, estos fueron internados en Córdoba, habiendo conseguido San Martín, se suspendiese en su favor, la orden expresa del gobierno, que equipáranosle a verdaderos piratas, los condenaba a la muerte.

Parte español
El curioso parte español entregado por Ruiz al gobernador Vigodet, fechado en el rio Paraná, á 10 de febrero de 1813 decía: las pérdidas españolas, son: 11 muertos y 39 heridos, 28 de estos levemente, Incluso 11 que cayeron prisioneros y 3 sanos. Mientras que a los patriotas les asignaron 55 á 60 muertos y de 86 á 90 heridos gravemente, entre los que se contaban media docena de oficiales, habiendo desamparado el campo San Martin, con 150 hombres y una pieza de campaña.” Atribuyendo a los vencidos los honores del triunfo, después de asegurar que los que sallaron en tierra fueron 120 hombres armados de fusil y 16 artilleros.

Bajas de los Granaderos
Esta es la lista de los héroes que sobre su caballo llenaron de gloria aquel 3 de febrero de 1813

Jenuario Luna, Basilio Bustos, José Gregorio Fredes, (naturales de Renta en San Luis de la Punta); J, B. Cabral, Feliciano Silva, (Corrientes): Ramón Saavedra,(Santiago del Estero); Blás Bargas, Domingo Soriano Gurel, (Riojanos), Ramón Anador; (Montevideo) José Márquez, de Tulumba, y José Manuel Díaz, (Cordobeses) Domingo Porteau natural de Saint Gaudens, departamento del Alto Carona, (Francia;) Julián Alsogarai, de Quillota, (Chile) y Juan Mateo Jelves, de la cañada de Escobar (Porteño). Total, 14 soldados.

Luego del combate
Al dia siguiente de la accion, fué desprendido del convoy, el propio Zavala, en calidad de parlamentario, solicitando á nombre del comandante se le proveyese de alguna carne fresca para los heridos, y en el suyo, como verdadero apreciador del mérito de sus adversarios, la deferencia especial, de permitírsele bajar a tierra, para conocer personalmente a los bravos granaderos, y estrechar la mano a su jefe. Este, no trepida en acceder á tan singular como honrosa demanda y acto continuo, desembarca el bizarro español. Después de los cumplimientos de estilo, se improvisó un suculento desayuno en el que reinó la mejor animación y jovialidad, merced a los excelentes vinos reembarcándose pasada la siesta, surtido de provisiones y fascinado del franco y cordial agasajo, con que fuera acogido.

Desde entonces, parece que juró servir a las órdenes de aquel militar, cuya feliz estrella preveía, como lo efectuó presentándoosle en Mendoza el año 15. Pero San Martin, se resistió á ocuparlo, sin embargo del alto aprecio que hacía de él, asignándole en prueba de ello, una modesta pensión.

Un paso clave
El combate de San Lorenzo, de aparente poca importancia militar, fue en verdad de gran trascendencia ya que pacificó los ríos Paraná y Uruguay, dio seguridad a sus pobladores y cortó las incursiones españolas, a la vez que privó a estos de los víveres para prolongar su resistencia y sobre todo dio un nuevo general a sus ejércitos y a sus armas un nuevo temple.

El joven Díaz Vélez no pudo recuperarse de sus heridas y murió el 20 de mayo en su casa de Buenos Aires.
Varios granaderos quedaron inútiles para el servicio y recibieron cédulas de invalidez. San Martín se ocuparía de todos y pediría el 27 de febrero amparo para las familias de Bermúdez y Cabral, haciendo otro tanto el 22 de mayo en favor de la de Díaz Vélez.

El día 5, los montevideanos cambiaron el rumbo y marcharon río abajo. Ese día la noticia de la victoria llegó a Buenos Aires, donde se la celebró con una salva de artillería y repique de campanas. El 6, San Martín destacó una vanguardia para que vigilara a los realistas en retirada, en tanto que el resto emprendió el regreso. Pero el coronel no lo haría sin antes visitar a los heridos y despedirse de los frailes a los que manifestó afecto y agradecimiento.

En su correspondencia con el general Guillermo Muller, recuerda Mitre, San Martín dirá sobre aquel combate: "Hasta la época de la formación de este cuerpo, se ignoraba en las Provincias Unidas la importancia de esta arma, y el verdadero modo de emplearla, pues se la hacía formar en línea con la infantería para utilizar sus fuegos. La acción de San Lorenzo demostró la utilidad del arma blanca en la caballería, tanto más ventajosa en América cuanto que lo general de sus hombres pueden reputarse como los primeros jinetes del mundo".

Recordando a Juan Bautista Cabral
Dice el historiador Ángel Carranza - Como argentinos, tenemos interés palpitante, en que ese nombre querido, sea entregado á la piedad de la historia y se perpetúe en el corazón de sus compatriotas, por cuya felicidad derramó su sangre generosa. Hijo del Departamento de Saladas (Corrientes), Cabral vino en el contingente colecticio que el entonces gobernador intendente de aquella Provincia, don Toribio de Luzuriaga, envió á esta ciudad a principios del año 12. Fue uno de los héroes de la jornada que se describe en el testo, y al caer atravesado por dos heridas para no levantarse más decía á sus camaradas mientras lo retiraban de lo mas recio de la pelea—¡"Déjenme compañeros! Que importa la vida de Cabral si hemos triunfado de los maturrangos. Somos pocos, vayan á su puesto que yo muero contento por haber batido a los enemigos. ¡Viva la patria!" - fue la postrer palabra que articuló aquel valiente, dando un espectáculo que Roma en su grandeza, hubiera contemplado con envidia. El santo y seña de esa noche inolvidable fue, según el doctor Obligado, ''Cabral mártir de San Lorenzo". El comandante de su Regimiento, asombrado de tanto heroísmo, le erigió un modesto cenotafio, pero sublime en su misma sencillez, en el antiguo Campo Santo del Convento, cuya inscripción es lastima haya borrado la acción inexorable del tiempo. Así que regresó á Buenos Aires, el cuerpo en que sirvió, su agradecido coronel, dando cumplimiento al decreto supremo de 6 de marzo1813, mandó colocar en la parte exterior y sobre la gran puerta del cuartel del Retiro, un hermoso cuadro conmemorativo de su envidiable muerte, el que contenía esta inscripción, á la cual desde el coronel hasta el último clarín saludaba al entrar.

"JUAN BAUTISTA CABRAL, MURIÓ HEROICAMENTE EN EL CAMPO DEL HONOR”

Allí permaneció-, dice el general Zapiola, hasta que los Escuadrones 3ª y 4º marcharon con Alvear al sitio de Montevideo, en mayo 1814; e igualmente que mientras existió el regimiento(*), revistaba en la lista de la tarde, en la 1ª Compañía del primer Escuadrón a que había pertenecido, llamando en alta voz el brigada de la misma “Juan Bautista Cabral” a lo que contestaba el sargento más antiguo, “murió en el campo del honor, pero existe en nuestros corazones. ¡Viva la Patria granaderos!” El que era repetido con entusiasmo por toda la Compañía

* El comentarío de Ángel Carranza se encuentra en el libro “La Revista de Buenos Aires” Tomo IV editado en 1864, y el regimiento de Granaderos a Caballo General San Martin había sido disuelto luego de su participación en la Guerra con el Brasil 1826, por lo tanto cuando Carranza escribió esta nota no existía dicho regimiento, que fue recreado 1903 y en 1907 fueron designado “Escolta presidencial de la República Argentina”

Fuentes:
Campaña marítimas durante la guerra de la independencia por Ángel Carranza -La Revista de Buenos Aires Tomo IV edición 1864.

Las Batallas de San Martin. Tomo I El combate de San Lorenzo. Arte gráfica Editorial Argentino edición S.A. 2007



Última edición por Quequén Grande el Mar 24 Jul 2012 - 15:21, editado 3 veces
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Mensajes : 14687
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MensajeTema: Re: El combate de San Lorenzo   Vie 20 Jul 2012 - 22:22

Emoción, orgullo y pasión. Esto despertó en mi este atrapante trabajo.
Como con organización, inteligencia y valor una empresa transforma a los hombres en herramientas eficaces y fundamentales para la posteridad de una nación.
Tuve que leerlo en tres etapas ya que las vacaciones de invierno por estos pagos, me tienen de chofer. Pero valió la pena reiniciar la lectura, retomando el hilo siempre desde el inicio.

Un abrazo Ricardo.
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El combate de San Lorenzo
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