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 La sorpresa del tejar (una breve anécdota de la guerra de la independencia)

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MensajeTema: La sorpresa del tejar (una breve anécdota de la guerra de la independencia)   Sáb 4 Ene 2014 - 7:01

Como sé que muchos de ustedes ya están de vacaciones le propongo relajarse un poco y con tiempo leer esta interesante história de nuestra guerra de la independencia ocurrida en 1815 en el Alto Perú escrita en 1863 por uno de sus protagonistas, Rufino Guido.

Una breve biografía de Rufino Guido

Era hermano menor del después general Tomás Guido. En 1813 ingresó en el Regimiento de Granaderos a Caballo creado por José de San Martín, y participó en el sitio de Montevideo. Al año siguiente estuvo destacado con un batallón de su regimiento que luchó en el Alto Perú, y peleó en el combate del Tejar: fue tomado prisionero, pero pocos días más tarde se libró y capturó a sus propios carceleros. Luchó en la batalla de Sipe Sipe.

En 1816 pasó al Ejército de los Andes e hizo la campaña de Chile, luchando en Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú.

Llegó al Perú con el grado de teniente coronel, y fue el jefe en la primera victoria sobre los realistas en Perú, en el combate de Palpa, cerca de Ica. Fue el segundo jefe de las fuerzas patriotas en la batalla de Cerro de Pasco. Tuvo un papel importante en la toma de Lima y en la defensa de la misma en 1822. Fue ascendido al grado de coronel y ocupó cargos militares y civiles en la capital; más tarde fue nombrado ayudante personal de San Martín. Lo acompañó en el viaje a Guayaquil, pero no presenció la parte decisiva de la entrevista con Simón Bolívar, que fue a solas.

Cuando los realistas recuperaron Lima, fue el más destacado en el sitio de esa ciudad, aunque su sitio se limitó a evitar que los españoles pudieran aprovisionarse de alimentos, ya que los atacó en cada salida.
Permaneció por muchos años en Perú, donde continuó su carrera militar y ascendió hasta el grado de general.

Regresando en 1855 a Buenos Aires; por su hermano Tomás se unió al partido federal, abandonando toda actividad pública después de la batalla de Pavón. Fue ascendido al grado de general por el presidente Sarmiento, pero no volvió a tener mando de tropas.

Falleció en Buenos Aires en 1880.

Fuente Consultada
Wilkipedia
http://es.wikipedia.org/wiki/Rufino_Guido


La sorpresa del tejar

La biografía de mi infortunado compañero y amigo el coronel don Ángel Salvadores, escrita con recomendable exactitud por el señor don Norberto Quirno, ha venido á avivar en mi ánimo recuerdos de un tiempo ya lejano, que me son gratos en extremo.

Ese trabajo de un joven inteligente y laborioso, que he leído con sumo placer, me sugirió la idea de trazar estas líneas. No tenía sin embargo intención de darlas á la estampa. Pero una vez terminadas, las repetidas instancias de mi hermano el brigadier general Guido y de algunos antiguos compañeros, muy pocos ya, que figuraron de un modo ilustre en nuestra gran revolución, á quienes confidencialmente y por vía de entretenimiento he comunicado mis apuntes, me han inducido á publicarlos, venciendo mi resistencia á hacerlo. Nació esta con especialidad, del natural encogimiento en quien no ejercitó nunca sus fuerzas en el campo de la literatura. No he escrito nunca para el público, ni se me pasó por las mientes. Educado en los campamentos, muy poco me cuidé allá en los años más vigorosos de mi juventud, de otra cosa que no tuviese por objeto primordial, la noble profesión á que me había dedicado. En el regimiento de Granaderos á caballo, mi única escuela, donde entré á servir á la edad de 16 años en clase de cadete, haciendo en él toda mi carrera militar, hasta tener el honor de llegar á comandarlo; en ese magnífico regimiento, digo, pocas letras se aprendían. Era otra su misión, y vive Dios, que la cumplió. Esto sentado en descargo de lo que pueda haber de deficiente en estos renglones, y como pasavante de su autor, proseguiré sin más preámbulo.
Al mencionarse en la citada biografía del coronel Salvadores las campañas de Bolivia y el Perú, se empieza á historiar la primera, por el suceso del "Puesto del Marqués", atribuyéndose la completa derrota que sufrió allí el enemigo, á las combinaciones del General Rondeau. Creo oportuno aclarar este punto. El primer hecho de armas de importancia por sus resultados, después que se abrió la campaña, no fue el del "Puesto del Marqués", sino el que tuvo lugar en el "Tejar". Al hacer esta rectificación me propongo referir ese episodio curioso de la guerra de la Independencia, no conocido hasta ahora en todos sus detalles, y narrar también los azares que en su consecuencia sufrimos algunos militares y ciudadanos argentinos, complementando así esta sencilla relación.

Luego que el ejército mandado por el General Rondeau se movió de Humahuaca para abrir la campaña, mandó dicho jefe al general don Martin Rodríguez, que hiciese un reconocimiento sobre el enemigo, cuyo cuartel general se hallaba en Santiago de Cotagaita, y su vanguardia en el "Puesto del Marqués".

Salió en efecto el general Rodríguez con una escolta de 10 Granaderos á caballo, mandados por el capitán Necochea (don Mariano) y los oficiales subalternos, Albariño, Gómez San Martin, y Berro (francés) y como su ayudante de campo el que esto escribe.

A los dos días de marcha, llegamos al "Tejar", (últimos de febrero de 1815) lugar algo aproximado ya al enemigo, donde debía reunírsenos el capitán Urdininea con 200 hombres, quien por distinto rumbo debía venir al mismo punto al siguiente día de nuestro arribo. El "Tejar" es una pequeña planicie rodeada de altos lomajes y con buenos pastos, en medio de la cual había tres ranchos grandes, circundados de un corral de piedra (pilca.) Allí nos alojamos, y en el momento de echar pié á tierra, se ordenó que se desensillase, y se llevasen al pasto los caballos, dejando únicamente cuatro enfrenados, para una descubierta, que debía salir después. Concluida esta operación, y habiendo salido los caballos con dos cuidadores, me llamó el general al rancho en que se había alojado, para poner un oficio que debía dirigirse al cuartel general. Empezaba á escribirlo, cuando oímos que gritaban afuera: "Ya viene el Capitán Urdininea".—Mas como nuestro jefe sabia que no debía llegar sino al día siguiente—"No puede ser", dijo, "vamos á ver." Salimos en efecto, y al fijarnos en los que venial), todos conocimos que eran enemigos, por su uniforme, por su número y porque bajaban al galope. "A las armas! gritó entonces el general, "son enemigos".

Corrimos á ellas y empezamos á contestar el fuego que ya aquellos nos hacían, parapetados contra la pilca, y resueltos á vender caras nuestras vidas. A ello nos animaba el general con la idea de que tal vez nos auxiliaría Urdininea al oír el tiroteo, porque no podía estar lejos. Mas la decisión desplegada en tales momentos no era sino un rapto de entusiasmo y valor, impotentes para precaver nuestra desgracia. Urdininea estaba muy distante. No llegaría por tanto y tiempo de darnos protección. Mientras, el enemigo aproximándose siempre, nos hacia un fuego vivísimo. Los primeros que cayeron para no volver más á la vida, fueron el alférez Gómez San Martin, un sargento y tres soldados. En este conflicto, sin esperanza ya de salvación, Necochea monta en pelos en uno de los caballos que habían quedado embridados, y atropellando sable en mano, á la puerta del corral, sobre la cual se hallaban ya muy cerca los enemigos, rompe entre ellos y logra escaparse, no obstante los tiros y persecución que le hicieron. Aun me parece verlo denodado y gallardo en aquel duro trance, en que lo salvó su bravura de que dio después brillantes muestras en tantos campos de batalla.

Entretanto, nosotros continuábamos defendiéndonos, aunque perdida ya toda esperanza, porque nos estaban quintando. Tres granaderos mas fueron muertos, y siete ú ocho heridos, cuando al fin el general que se mantenía con una serenidad imperturbable, nos ordenó que nos guareciésemos en los ranchos y que pidiésemos capitulación, anunciando que allí estaba el general Rodríguez.

Así lo hicimos, entrando todos al mismo rancho donde se guareció, y desde allí repetimos á los que nos estrechaban por fuera, las palabras que nos había indicado. A nuestras voces contestó el jefe enemigo, que lo era el comandante Vigil: que no había capitulación posible, que nos rindiésemos á discreción, y en el momento saliésemos del rancho, porque de otro modo le mandaría prender fuego. A esta terminante intimación—"salgamos dijo el general" y saliendo él el primero, lo seguimos todos al patio. Vigil se hallaba allí con parte de su tropa. Este jefe. caballero y humano, se portó como tal con los vencidos. No así los que venían con él. Por lo pronto y mientras hablaba con el general, no pudo impedir que algunos de sus oficiales nos ultrajasen y, ruboriza el decirlo, nos saqueasen, señalándose entre estos el capitán Ruino Valle, que llevó su bajeza hasta el grado de intentar descerrajarme á quema ropa un tiro con una pistola que traía, la que felizmente no dio fuego, y esto sin más motivo que el de haberle hecho algunas observaciones sobre lo que estaban practicando con nosotros. No quedó impune con todo el proceder vil de ese tránsfuga (único pasado al enemigo) porque el comandante Vigil lo reprendió agria y severamente á vista de semejante acto de cobardía; lo que fue apoyado por la mayoría de sus oficiales.

Concluida esta operación de saqueo y registro, se dispuso la marcha, á cuyo efecto nos trajeron caballos ensillados con las monturas de nuestros soldados muertos, y nos condujeron á Santiago de Cotagaita después de una marcha de cinco días, siendo en el camino muy considerados y atendidos por el expresado comandante Vigil y el capitán Herrera, de quien, en lo que me es personal, recibí infinitas atenciones, tanto durante la marcha, como después en Santiago. Me es satisfactorio consignar aquí su nombre, en testimonio de mi profunda gratitud á tan leal enemigo y cumplido caballero. En la marcha á Santiago nos hicieron detener por 24 horas en el Puesto del Marqués, donde se hallaba el coronel Olañeta con su vanguardia. En aquel punto el alférez Berro hubo de ser fusilado, por haber sido pasado al enemigo. Intercedió en su favor el general Rodríguez, ofreciendo por que se le salvase la vida hacer venir á la esposa de Olañeta que se encontraba en Jujuy. Accedió este y seguimos la marcha.

Llegados á Cotagaita que era nuestro destino por de pronto, Albariño y Berro con la tropa fueron conducidos al depósito de los prisioneros; y el general á la casa del comisario del ejército el señor Gallardo. Allí tuve yo el honor de acompañarlo, habiéndolo él pedido con empeño. Quizá debo á esa bondadosa interposición de mi general el no haber padecido la dura prisión de Casas-Matas, cortando mi carrera en sus principios.

Encerrados en un cuarto del segundo patio de dicha casa, empezó desde luego el general Rodríguez á combinar un plan de evasión, fijándose en el de tratar de persuadir al general del ejército español, don Joaquín de la Pezuela, que lo que le convenía para concluir con la guerra, era el que lo dejase volver á nuestro ejército para tramar en él una conspiración en favor del ejército real. Aunque muy joven entonces, pues apenas contaba diez y ocho años, el general me dispensaba su confianza y me comunicó sus proyectos.
Pasado el tiempo y con mas madurez y reflexión, he imaginado cuan áspera era la situación aceptada por el general Rodríguez, de condenarse á un rol que pugnaba tanto con su categoría y su carácter. Pero las circunstancias que mediaban en esto, merecen atenderse, sin pretender con todo por mi parte, formular un juicio que pecase por la indulgencia que inspira la amistad y el respeto, ni por el fallo severo de una rigidez intransigente. Si el general sacrificaba momentáneamente su veracidad, lo hacía ante un enemigo (pie se mostraba dispuesto al anonadamiento de los patriotas, y ante la perspectiva de renunciar á su brillante carrera, é ir á terminar miserablemente sus días en la oscuridad de un calabozo. La libertad tiene estímulos cuyo vigor solo aquellos que la han perdido alguna vez, pueden apreciar por completo; y si el honor militar los tiene también poderosísimos, no es difícil que los escrúpulos de un soldado en la desesperación se aminoren, mucho más cuando se le ha creído capaz de transformarse en el principal instrumento de una infame traición. No hay compromisos ni juramentos que sean obligatorios para el crimen.

A los dos días de estar en la prisión fue conducido el general Rodríguez á casa del general enemigo. Poco después tuve ocasión de ver á este en los días de fiesta, cuando me llevaban escoltado á oír misa. Era el general Pezuela uno de los cabos principales del ejército real. De estatura regular, cano, seco, ceñudo y de rostro encendido. Lo tengo muy presente, con su grande uniforme, seguido de todo su Estado mayor, de rodillas en el pavimento de la iglesia del pueblo, y al parecer muy devoto. Pero confieso que entonces, á pesar do su recogimiento religioso, tenia yo muy mala voluntad á aquel austero y distinguido personaje.

Habiendo tenido con el general Rodríguez una conferencia que duró tres horas largas volvió este cargado de una porción de gacetas de Madrid y me dijo: "el negocio ha empezado mejor de lo que yo esperaba. Tengo al viejo en el bolsillo. En cuanto á V. es preciso que mientras haya día. "me esté leyendo estas gacetas en la puerta y en alta voz. "Cuando nos encerremos de noche, festejaremos á solas esta "farsa; pues conviene hacer entender, que después de la "lectura de esos papeles, ya no nos cabe duda del feliz regreso á Madrid de nuestro buen rey Fernando, y de la "tranquilidad de nuestra madre patria, por cuya razón es "inútil ya la revolución de estos países".

En esas divertidas y nocturnas pláticas, que nos distraían un tanto de pensar en nuestra desgraciada suerte, y en las diferentes conferencias que tuvo el general con Pezuela, se pasaron veinte y ocho días. Resultó por fin de las últimas, el convencimiento íntimo del jefe realista, de que el ilustre argentino que tenía bajo su custodia, estaba decidido á sofocar la revolución, y lo conseguiría siempre que se le permitiese regresar al ejército, tomando en cuenta la amistad y partido que tenia entre sus compañeros, lo cual le facilitaría los medios de destituir del mando al general Rondeau, sino apoyase sus ideas: conseguido el objeto muy seguro y fácil para él. se reunirían entrambos ejércitos, y juntos marcharían sobre Buenos Aires, á fin de concluir con la descabellada revolución de las Provincias Unidas.

Cayó pues Pezuela en la red que con mucha astucia y disimulo le tendió su prisionero, y á los dos días de darse por hecho el mencionado convenio, esto es, á los treinta de su prisión, salió el general Rodríguez de Santiago á las doce de la noche, acompañado de un solo guía, que debía dejarlo después de pasar las avanzadas, para lo cual iba muñido del correspondiente pasavante.

Dolorosa y triste fue para mí aquella separación. Si bien el general tenia fe en el buen éxito de su empresa, que era volver inmediatamente y sorprender la vanguardia del enemigo, cuyas posiciones observaría al pasar por ellas; yo no abrigaba la misma confianza, contando siempre con los azares de la guerra. Además, temía que si obtenía el triunfo que esperaba y yo deseaba, no obstante mi difícil posición, cayera sobre mi toda la ira de Pezuela, considerándome cómplice del gravísimo error en que se le había inducido; pues en las conversaciones que á la hora de comer se promovían con el comisario é intendente del ejército, que nos acompañaban siempre á la mesa, siendo estos los únicos momentos que teníamos sociedad con estos señores, yo había seguido la corriente de las ideas de mi general. A él mismo le hice estas observaciones muchas veces, y con más vehemencia la noche de la partida. Pero su contestación fue la que acostumbraba repetirme "que me quedase tranquilo porque, como me lo había dicho a menudo nadie creería que á un "joven como yo, me hubiese confiado secretos de tanta importancia; y cuando mas, añadía, se persuadirían me hubiese alucinado como ellos; que lo único que me podía suceder seria la prolongación de mi cautiverio; mis ni aun "acontecería tal cosa; que estaba tan cierto y seguro del "golpe que iba á darles, que ni tiempo habían de tener para "llevarse los prisioneros, pues en seguida de la .sorpresa á la "vanguardia, caería como el rayo sobre Santiago, y tal vez "no tendrían tiempo para salvarse ellos mismos. Su primer "cuidado, añadió, seria mandar una división para cortarles "la retirada". A estas reflexiones y sin tener más recurso, no había otro remedio que ceder. Cedí, y me resigné á mi destino.

A los 16 días de su partida cumplió el general su primera promesa de batir la vanguardia enemiga. La sorprendió, y acuchilló la mayor parte de ella. Pocos fueron los que escaparon y trajeron la noticia á Santiago, donde estaba el Cuartel general.

Esta fatal nueva para el ejército realista, llegó momentos antes de ponerse el sol, en circunstancias que en un gran banquete celebraba Pezuela su natalicio y el ascenso de Mariscal de campo, que el día antes había recibido por un correo de Lima. Música y cañonazos oia yo desde mi prisión con este motivo, cuando repentinamente sucedió á este bullicio un silencio sepulcral. En el acto se me ocurrió que el General les había dado el golpe. Me confirmé en ello, cuando después de oraciones fui conducido á la cárcel pública y encerrado en un calabozo. Confieso que aquella noche fue muy amarga para mí. Nada bueno esperaba, y muy principalmente cuando me informé del desastre que habían sufrido los españoles, por el cabo Vivas, que estaba de guardia y me lo dijo cautelosamente. Ese soldado había caído prisionero conmigo. Era español y tomó partido con los suyos.

Toda esa noche se pasó en continuo movimiento, que sentía yo desde mi prisión. Esto me hacía presumir, ó que los españoles se proponían salir al encuentro de nuestro ejército, que vendría sobre ellos; ó que se disponían á la retirad-a para el día siguiente; día que yo deseaba con ansia para saber cuál sería mi suerte.

Amaneció en fin. A las dos horas después fui conducido al depósito de los prisioneros, donde no hallé mas militar que al alférez Berro, quien había quedado por enfermo, cuando salieron para Lima Albariño y otros que se hallaban juntos. Los que habían quedado, conducidos allí recientemente, eran once argentinos comerciantes de Potosí y otros lugares, que por insurgentes estaban condenados al cautiverio de Casas-matas. Entre aquellos caballeros, que tales eran por su educación y porte, recuerdo á los señores Bedoya, de Salta, Santos Rubio y don Sebastián Riera, de Buenos Aires. Reunidos todos, y con la orden ya para marchar en un corto término á nuestro destino, que era el de Casas-matas, á una inmensa distancia; hice presente al Ayudante que trajo la orden, que mi compañero Berro y yo no teníamos animales que nos condujesen, y que se sirviese proporcionárnoslos. Contestó que la orden que tenia era que marchásemos á pié. Marchamos pues á pié á la hora indicada, custodiados por una escolta de 22 hombres, cazadores de infantería, un Capitán y un Teniente. No obstante, á la salida del pueblo, los comerciantes que iban bien montados en animales propios, nos hicieron subir á la grupa, y así hicimos las primeras jornadas.

La marcha que emprendimos desde Santiago de Cotagaita hasta la primera pascana, fue casi toda de ascensión, por una quebrada ancha y fragosa, flanqueada por altas montañas sin vegetación alguna, y en extremo tristes y monótonas, como son en lo general las de Bolivia. De allí seguimos nuestra ruta subiendo y bajando cerros desnudos de todo atractivo como los anteriores, sin ver más de nuevo que uno que otro pueblito, ó más bien dicho ranchería de indígenas, cuya vista en lugar de mitigar la pena de hallarnos en tal situación y en semejantes parajes, se aumentaba al considerar la miseria, la humillación y abatimiento de aquellos infelices; lo que agregado á no ver horizonte por ninguna parte, oprimía mas nuestro corazón, contristado ya por el aspecto melancólico y lúgubre del país que recorríamos Y no se crea que la impresión ingrata causada por esa naturaleza desolada, tomaba solamente origen ó la aumentaba nuestro infortunio.
Nada de eso; porque en nuestra mejor época, y cuando marchábamos con el ejército al abrirse la campaña llenos de entusiasmo y esperanzas, sentíamos las mismas sensaciones de pena y disgusto, al vernos enterrados entre semejantes breñas. Nadie podrá figurarse, sin pasar por ello, la impresión desagradable que experimenta un argentino acostumbrado á recorrer con su vista el horizonte en todas direcciones, cuando pasa del volcán de Jujuy, y entra á la quebrada de Humahuaca. Aquel es otro país para nosotros. Su cielo, su suelo, sus hábitos, su idioma (la quichua) y el vestir de los indígenas, todo es diferente de nuestro modo de ser y de nuestras costumbres; y al más esforzado se le contrae el corazón, al verse repentinamente sepultado entre aquellos páramos, rodeado de áridas montañas por todas partes, y al parecer sin salida. Solo nuestros soldados sufridos, valientes y subordinados, fueran capaces de hacer con tan varonil conformidad aquellas campañas en países tan diferentes al en que habían nacido, y con costumbres y hábitos tan contrarios á los suyos. Así es que cuando llegaban á alguno de los lindísimos valles ó quebradas que se encuentran en medio de aquellos cerros escarpados, de aquella naturaleza muerta, se les notaba en el semblante su alegría y contento.

Luego que llegamos á la primera pascana y nos encerraron en un rancho con centinelas por fuera, ya empecé yo á sondear á mis compatriotas, llevado del ardor de mi edad. sobra sus disposiciones á tentar una evasión. No podía conformarme con que fuesen á morir en una miserable mazmorra todos mis ensueños juveniles.
Felizmente encontré á mis compañeros en las mismas ideas que me traían agitado. Sin perder momento empezamos á tratar del modo de alcanzar nuestra libertad, doliéndonos por igual, el tener que ir á sepultarla en las prisiones del Callao. En la segunda paseana convinimos en que el mejor plan era sorprender la escolta que nos custodiaba; que el golpe debía darse en Tolapampa, por ser la encrucijada de los caminos que conducen á Oruro y Salta, y porque el enemigo aun en el caso de retirarse, no había de ir por aquel camino. El alférez Berro y yo sin conocimiento práctico de aquellos caminos, nos sometimos á la opinión de los que los conocían, y decidimos que allí ejecutaríamos nuestro arriesgado proyecto, sin perjuicio de aprovechar la primera ocasión que se presentase, aunque fuese antes de llegar al punto señalado.

De acuerdo en todo lo principal, y considerando fácil la empresa pues que tenían costumbre los soldados de guardar las armas por un solo centinela, convenimos en que se nombrase uno de entre nosotros que dirigiese el premeditado asalto, y á quien, dado el golpe, le obedeciésemos ciegamente, pues de la obediencia á uno, resultaría la salvación de todos. Unánimemente me eligieron, sin duda por ser militar y de mayor graduación que Berro: era teniente. Me negué al principio á aceptar el cargo, alegando para ello, que no era propio que en el trance en que nos encontrábamos, un joven imberbe aun, mandara á hombres de edad y de experiencia. Inútiles fueron mis observaciones: con lo que me decidí á aceptar un puesto que nunca habría esperado. Creí siempre que solo me tocaría ser uno de tantos que obedecería á cualquiera de los caballeros que fuese elegido; á cuyo fin yo mismo había indicado al señor Bedoya, ó en su lugar á Santos Rubio, como los más idóneos y capaces, por su importancia y conocimientos del local, para dirigir el lance á que nos preparábamos.

¡Acepté pues la dirección de una empresa que sin embargo de sus buenos lados, tenía otros algo difíciles; la acepté con la confianza y energía de la juventud. En consecuencia previne á mis compañeros, que, supuesto que por su libre y espontánea voluntad me habían elegido por su jefe, esperaba que se comprometiesen con la misma decisión, á obedecerme sin reparo, desde el momento que se hiciese la señal de caer sobre nuestros enemigos, y que si no se convenían con esa mi única condición, no sería yo quien los mandase. Convinieron todos. Prometieron la más leal cooperación, y se agregó, que no faltaba más sino arreglar el modo y forma de dar y asegurar nuestro intento. Se acordó entonces que eso no podía resolverse hasta que hubiésemos llegado á Tolapampa, lugar que solo dos de los nuestros conocían: que el día de la entrada, observásemos cada uno atentamente cuanto de notar hubiese, y que con las pesquisas de cada uno, y conociendo el local en que nos alojasen, tomaríamos entonces la resolución mas ajustada á nuestros fines. Armonizados en este pensamiento, que me cupo la satisfacción de iniciar, esperamos con ansiedad las veinte y cuatro horas que faltaban para llegar al pueblo deseado.

Siguiendo nuestra ruta por entre ásperos cerros, y atravesando uno que otro vallecito, llegamos al fin á Tolapampa. Allí todo cambia de aspecto. El alma se ensanchó al ver por primera vez un espectáculo parecido en parte á nuestros hermosos y dilatados campos. Vimos con indecible placer una pampa inconmensurable, que según datos adquiridos después, no tiene menos de 300 leguas; ni puede dejar de ser, desde que empieza en las cercanías de Salta y llega hasta Puno, en el Perú. Su anchura varia de una á dos leguas; y es curioso y admirable ver aquella verde planicie en medio de dos enormes cordilleras, con nieve sempiterna en algunas de sus cumbres más altas. Toda ella en su vasta extensión, abunda en excelentes pastos y aguadas, y si tiene algún desnivel, como es natural, no se percibe á la vista. Por esta pampa que es el camino del despoblado, se internan las muchas tropas de mulas que salen todos los años de Salta con dirección al Perú, y cuyas huellas que son de una ó dos cuadras de ancho, por la continuación del tráfico, sirven de guía á los viajeros.

Tal era el sitio adonde habíamos llegado en un día sábado á la caída de una hermosísima tarde. Fuimos alojados en un gran patio, á orillas del pueblo, donde no vimos sino una que otra india, porque los hombres estaban en las cosechas. En el dicho patio había tres ranchos. Nos hicieron entrar en uno de ellos. Luego, como era de costumbre, nos encerraron, colocando dos centinelas por la parte de afuera. En otro de los ranchos se alojaron los oficiales españoles, y en el que quedaban se acomodó la tropa, dejando las armas en el esterior, custodiadas por un centinela; todo lo que observamos por la ventanilla de nuestra rústica prision.
Después de oraciones nos trajeron la comida y vino el Capitán del piquete á acompañarnos. Concluida que fue aquella, se retiró el capitán y nos volvieron á encerrar: era lo que deseábamos para tratar de nuestro asunto.

De las muchas opiniones emitidas entre los trece que componíamos aquel conciliábulo, prevaleció la siguiente: que solicitásemos del Capitán al otro día, nos permitiese ir á misa, y conseguido que fuese, cuando regresásemos, al entrar al patio, y al grito mío de "¡á las armas!" precipitarnos sobre ellas, y tomar á los oficiales y á cuantos pudiésemos: que si el capitán nos negase el permiso, solicitásemos entonces un día de descanso en aquel punto, alegando también la necesidad de aliviar un poco nuestros animales que venían rendidos. En seguida pediríamos se nos consintiese salir á tomar el sol; hacia entonces mucho frio.

Con esta idea nos acostamos á dormir; pero pocos fueron los que durmieron: tal era la ansiedad y excitación en que estábamos.

Por fin amaneció el día suspirado. En cuanto vimos por la ventanilla del rancho que el capitán salió del suyo, le hicimos llamar. Vino al momento. Manifestárnosle nuestros deseas. Nos concedió que descansásemos ese día y tomásemos el sol. Al efecto ordenó al centinela que estaba en la puerta, nos dejase salir para que nos sentásemos contra la pared del mismo rancho. En previsión de este caso, estaba convenido también, que colocados fuera del rancho, nos echaríamos sobre las armas á la primera campanada para la misa, que según nos habíamos informado era á las diez, calculando también que algunos soldados asistirían á ella. Colocados pues en nuestra posición, y paseándose el capitán por delante de nosotros, dirigiéndole la palabra á Santos Rubio con quien tenía mas familiaridad, se levanta este de repente y le dice: "Estoy transido de frio y mucho le "estimaría á Vd., me permitiese caminar algunas cuadras. "Haciéndome acompañar con un soldado". — "No hay inconveniente, yo le acompañaré á Vd.", contestó el capitán, y salieron.

Sospechoso fue aquel paso de nuestro compañero. Pero esperamos en silencio, porque no era tampoco posible hablar delante del centinela. Grande ansiedad experimentamos todos en la media hora que tardó en volver Santos Rubio, seguido siempre por el capitán. Llegaron pasado ese intervalo, entrando por el callejón que daba al paraje en donde estábamos sentados, y al fijarnos en ellos, todos notaron la palidez de Santos Rubio. Cada uno entre si sospechaba algo; mas aquella sospecha y desaliento duró solo algunos segundos. Al desembocar al patio, nuestro amigo, de quien se empezaba á desconfiar, golpeó sus manos, gritando al mismo tiempo: "¡á las armas, compañeros!" Simultáneamente y como si fuésemos movidos por un resorte, nos levantamos todos y corrimos á tomarlas, arrebatando Riera el fusil del centinela que tenia á su frente, y desarmando con él al que estaba más distante. Armados con sus mismos fusiles, prendimos á los oficiales y soldados que se hallaban en aquel recinto; siendo tal su sorpresa y espanto, que ninguno se movió del lugar que ocupaba en aquel instante: tal fue la rapidez de nuestro movimiento.

Hechos prisioneros los que poco antes nos conducían en calidad de tales, los colocamos en el mismo rancho en que nos habían encerrado; rompimos los fusiles de exceso, y ensilamos nuestras cabalgaduras; disponiendo que el capitán y el teniente del piquete hiciesen lo mismo con las suyas, porque Berro y yo habíamos comprado en el camino las que necesitábamos, y porque nunca pensamos en incomodarlos más de lo que fuese estrictamente necesario para nuestra seguridad. Concluida esta operación, nos dispusimos á emprender nuestra marcha en rumbo á Tupiza, poniendo ante'; en libertad á La tropa, por ser todos americanos, y porque el conducirlos como prisioneros, era carga demasiado embarazosa para nosotros. Muy satisfechos quedaron los soldados de esta determinación, que los ponía en el caso de poder regresar á sus casas, y á nosotros nos libraba del peso de tener que atenderlos.

Emprendimos pues la marcha, conduciendo prisioneros á los oficiales. Yo iba al frente de aquella caravana con la ufanía que debe suponerse. Rebozaba el contento en nuestros corazones. En el camino, Santos Rubio explicó por qué había procedido contra lo acordado, exponiéndonos á que sospechásemos de él, y á que el golpe hubiese fracasado. Nos dijo que, habiendo encontrado algunos soldados por las calles del pueblo, y observando al entrar al patio, que los que habían quedado, estaban más lejos de los fusiles que nosotros, le pareció que no debía perderse ocasión tan oportuna, y dio entonces el grito. Como en realidad fue aquella tan bien aprovechada, le dimos las gracias por su feliz ocurrencia que produjo tan bellos resultados.
Llevábamos ya dos días de marcha sin poder reducir á los dos oficiales que conducíamos prisioneros á que tomasen partido con nosotros, á pesar de ofrecerles que en el ejército serian admitidos en sus mismas clases, y de advertirles que si se volvían al suyo, como lo solicitaban, habían de ser muy mal recibidos, y tal vez castigados muy severamente, no habiendo disculpa en la ordenanza para lo que les había sucedido. Toda observación fue inútil ante el pundonor de aquellos nobles jóvenes. En su consecuencia, y en consideración á su digno proceder, resolvimos dejarlos libres, no sin recordar también que á la excesiva condescendencia que habían tenido con nosotros, debíamos la libertad de que gozábamos. Se fueron muy contentos de obtener la suya, dándonos infinitas gracias por nuestra generosidad, timbre en todo tiempo del soldado argentino.
Continuamos nuestra marcha por cuatro días mas, buscando la incorporación del ejército. Llegamos á Tupiza, y supimos allí que este había pasado, y se hallaba en Santiago de Cotagaita. A medida que me acercaba á sus banderas, crecía mi satisfacción con la idea de la sorpresa y gusto que íbamos á causar á nuestros camaradas, que nos creían quizá perdidos para siempre. No era una mera ilusión. En dos días más de camino nos pusimos en Santiago, donde fuimos recibidos con la efusión de la más viva amistad. Yo tuve la doble satisfacción de alojarme en la misma casa donde había estado prisionero, ocupada á la sazón por el entonces Coronel don Hilarión de la Quintana, mi tío. Allí vino el general Rodríguez, de quien recibí muchas manifestaciones de aprecio y de cariño, y con él, trayendo la música, muchos de los compañeros de mi regimiento. Escalada, Pacheco, Mariano Necochea, Lino Arellano. Cajaravilla y otros valientes militares argentinos, cuyos nombres se ilustraron después con las más nobles hazañas, jóvenes entonces, llenos de ardimiento y bizarría, acudieron á felicitarme por el buen éxito de mi aventura, y pasamos una noche de regocijo y alegría que no olvidaré nunca.

Si lo que queda escrito tuviese algún valor, será el de contener la relación exacta y detallada de la sorpresa del "Tejar"; suceso desgraciado en sus principios, y de grandes resultados después, porque fue tal el espanto que causó en el campamento de Pezuela la sableada que sufrió su vanguardia en el "Puesto del Marqués", que sin el contraste de Venta y Media, habríamos llegado á Lima sin otro combate. Desde que emprendió aquel general su retirada de Cotagaita, su ejército se desbandaba. Todos los días teníamos pasados, y hasta el Vicario general de su ejército se vino á nosotros. Pero después de aquel malhadado descalabro de Venta y Media se reanimó su moral abatida, cesó su deserción, y empezó á tomar la ofensiva hasta derrotarnos en Sipe-Sipe.

Aquí concluyo. Si he sido quizá demasiado minucioso en los pormenores de mi regreso al ejército, es por haber tenido en vista que de no hacerlo, habría quedado hasta cierto punto incompleta la relación de la sorpresa del "Tejar", por ignorarse el fin de los que tuvieron la desgracia de figurar en el suceso. Por otra parte, he deseado que se sepa el resultado de aquel triunfo momentáneo para los españoles, triunfo que tanto preconizaron, que vino á redundar en su daño, y al que solo pudieron dedicar una víctima en expiación de los reveses sufridos: el desventurado Albariño, que padeció siete años en durísima prisión, y que puesto más tarde en libertad, cuando entró en Lima el ejército patriota, fue muerto á palos por los indios en uno de los pueblos del interior del Perú.

RUFINO GUIDO. Octubre de 1863.

Fuente consultada
“La revista de Buenos Aires” nº6 Octubre de 1863
http://books.google.es/books?pg=PA162&id=yPYvAAAAYAAJ&hl=es#v=onepage&q&f=false


Espero que les hayan gustado, un saludo Ricardo.

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oscarlivy

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MensajeTema: Re: La sorpresa del tejar (una breve anécdota de la guerra de la independencia)   Sáb 4 Ene 2014 - 9:31

Que relato. muy bueno. la patria se hace sobre la suma de los errores y aciertos. pero con el objetivo claro de la libertad. Heroes de la patria. Gracias.
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MensajeTema: Re: La sorpresa del tejar (una breve anécdota de la guerra de la independencia)   Sáb 4 Ene 2014 - 17:23

Interesantísimo relato Ricardo, y muy claro para valorar el esfuerzo, compromiso y lealtad patriótica de quienes forjaron nuestra independencia. Es muy oportuno hoy, en una época en donde esas virtudes escasean, traer este tipo de cosas desde la memoria para recargar las pilas y tener bien presente el rumbo a seguir.

Un abrazo. Ernesto
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Quequén Grande
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MensajeTema: Re: La sorpresa del tejar (una breve anécdota de la guerra de la independencia)   Dom 5 Ene 2014 - 11:39

Muchas gracias por sus comentarios Oscar y Ernesto.

tam.argento escribió:
Interesantísimo relato Ricardo, y muy claro para valorar el esfuerzo, compromiso y lealtad patriótica de quienes forjaron nuestra independencia. Es muy oportuno hoy, en una época en donde esas virtudes escasean, traer este tipo de cosas desde la memoria para recargar las pilas y tener bien presente el rumbo a seguir.

Un abrazo. Ernesto


A lo mejor el problema no es la escases de estas virtudes, sino la escases de memoria.

Un saludo Ricardo.

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MensajeTema: Re: La sorpresa del tejar (una breve anécdota de la guerra de la independencia)   Dom 5 Ene 2014 - 11:45

Al fin me pude hacer un tiempo para leer este excelente e interesante trabajo.

Te felicito Ricardo!

Abrazo
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ariel
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MensajeTema: Re: La sorpresa del tejar (una breve anécdota de la guerra de la independencia)   Dom 5 Ene 2014 - 13:44

Ricardo excelente material, muy placentero de leer y de buen aporte ..muchas gracias!
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MensajeTema: Re: La sorpresa del tejar (una breve anécdota de la guerra de la independencia)   Dom 5 Ene 2014 - 21:27

Quequén Grande escribió:
Muchas gracias por sus comentarios Oscar y Ernesto.

tam.argento escribió:
Interesantísimo relato Ricardo, y muy claro para valorar el esfuerzo, compromiso y lealtad patriótica de quienes forjaron nuestra independencia. Es muy oportuno hoy, en una época en donde esas virtudes escasean, traer este tipo de cosas desde la memoria para recargar las pilas y tener bien presente el rumbo a seguir.

Un abrazo. Ernesto

A lo mejor el problema no es la escases de estas virtudes, sino la escases de memoria.

Un saludo Ricardo.

Es largo de charlar Ricardo, y este no es el ámbito porque se nos dormirían varios amigos foristas, pero creo hay una escasez de estas virtudes, y una de las causas para ello es la escasez de memoria, a partir de lo cual se alientan escalas de valores en las cuales las pautas de comportamiento social destinadas a romper todo vestigio de lo colectivo y del respeto al projimo que no sea funcional hacia la finalidad de consumir para creer que de esa forma se consuma la personalidad, cuando realmente es una forma de consumirse.

Para este esquema en donde todo es efímero, pasajero e intrascendente, en donde se alienta a tener "lo mejor" (o sea lo de moda) para tirarlo al poco tiempo, en la cultura de lo fácil, desentonan el esfuerzo, el compromiso, el patriotismo, y muchas otras virtudes en donde hay una preocupación y respeto por uno mismo y por el otro.

Es decir, ambas cosas van de la mano, y gracias a Dios todavía queda gente con los valores bien puestos, lástima que poca de esa gente es quien maneja los asuntos colectivos. Como dice un amigo, llego hasta acá para no aburrir más.

Un gran abrazo.
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MensajeTema: Re: La sorpresa del tejar (una breve anécdota de la guerra de la independencia)   

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La sorpresa del tejar (una breve anécdota de la guerra de la independencia)
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