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 CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -

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INVITADO



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MensajeTema: CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -   Vie 11 Abr 2014 - 7:26

CORONEL VALOIS RIVAROLA
– EL LIBRO DE LOS HÉROES -


(Honor a nuestros bravos héroes síntesis de una raza que mas que tener características físicas se distingue por su valentía y sacrificio. Les dejo un relato de Juan E O´leary ¡¡Viva el Paraguay!!)

El Cónsul

CORONEL VALOIS RIVAROLA

Después de la batalla de Itororó (6 de diciembre de 1868) el general Caballero movió su gente hacia el arroyo Avay, acampando al otro lado del paso principal.

Esta posición no ofrecía ventajas de ninguna clase, pero era la más abrigada que podía encontrarse en las vastas cuchillas villetanas. La ocuparon los paraguayos por falta de otra mejor, y, sobre todo, cumpliendo órdenes terminantes del Mariscal López.

No se trataba de vencer al enemigo. Solo se trataba de embarazar su avance arrollador, mientras defendíamos precipitamente nuestro nuevo frente de las Lomas Valentinas. Tal fue el único objeto de la batalla que acababa de librarse en el desfiladero de ITORORÓ -LAS TERMÓPILAS DEL PARAGUAY- y tal iba a ser el fin de la que iba a librarse de un momento a otro.

Caballero ocupaba así un puesto de sacrificio, dependiendo de él la suerte de nuestro ejército.

Pero no sintió ni un solo instante de desaliento.

Alegre y decidido, miró tranquilo el porvenir, disponiéndose al sacrificio, sin dudas ni temores.

Lo seguro era morir. Pero la muerte no era, por cierto, la peor de las probabilidades en aquellas horas terribles, de cruento sacrificio.

Hacía rato que los paraguayos miraban a la muerte como una liberación…

En la tarde del 8 de diciembre nuestras tropas estaban ya atrincheradas junto al puente del Avay.

Después de recibir como refuerzo un batallón de infantería y un regimiento de caballería, Caballero llegó a reunir 4.500 hombres, con los que debía hacer frente a más de treinta mil brasileños.

Toda su artillería se componía de seis piezas volantes, a las órdenes del intrépido mayor Angel Moreno.

¡El enemigo tenía más de cuarenta cañones!

Pero Caballero contaba con un elemento que no tenía el invasor, y que él solo valla por un ejército.

Caballero tenía a su lado al CORONEL VALOIS RIVAROLA, centauro de milagroso valor, “jinete alado y fiero”, que dijera Juan de Dios Pesa.

Con un compañero así se podía dudar de la victoria, pero no era posible temer el peligro, ni desesperar ante la fuerza abrumadora del contrario.

Rivarola era un prodigio. No conocía el miedo y ejercía sobre el enemigo una extraña sugestión.

No acaudillaba a sus soldados, peleaba entre ellos, o, mejor dicho, solo, en medio de ellos.

Cada combate en que tomaba parte era un duelo singular para él.

Buscaba siempre medirse personalmente con sus contrarios, blandiendo su lanza o esgrimiendo su filosa y enorme espada. Cuando era alférez y mandaba un destacamento avanzado en se precipitó con diez soldados sobre sesenta jinetes del Regimiento San Martín, llegando el primero como un huracán, y destrozando a los argentinos antes de que entraran en acción sus compañeros. Aquel día recibió dos ascensos seguidos, tal fue su pasmoso heroísmo.

En TUYUTÍ hizo locuras increíbles al frente de sus regimientos, atropellando trincheras, saltando sobre los cañones y dispersando a los artilleros a sablazos.

Siempre, en cuantas acciones tomó parte, peleó así, como un suicida, pero con una extraña fortuna.

Y su fama fue creciendo por momentos, siendo uno de los héroes predilectos de nuestro pueblo.

Alto, rubio, tostado por el sol, de hercúlea musculatura, era de una arrogante figura.

Los soldados le querían, con filial cariño, porque aquel fiero guerrero era, ante todo, un hombre ingenuo y bueno, que en las horas tranquilas no prometía las virtudes marciales que le caracterizaban. En medio de sus tropas, no era un jefe, era un camarada siempre dispuesto a la tolerancia y al perdón, si bien celoso cumplidor de su deber.

En este sentido, tenía que ser el compañero y amigo predilecto del general Caballero, con el que tenía tantas afinidades morales. Y, en efecto, los dos héroes se amaron, de tal modo, que llegó un momento en que el uno fue como la prolongación del otro, formando juntos una perfecta unidad, de inapreciable valor.

Caballero, que no conoció la envidia, se sentía orgulloso de compartir con él su gloria, su prestigio y el amor de sus soldados, llevándolo a su lado, desde el momento que lució las presillas de general, en todas las empresas que se le encomendaron.

Así Rivarola fue su LUGARTENIENTE EN LA BATALLA DE ITORORÓ.

Y así lo vemos ahora en el mismo puesto, al pie del puente del Avay.

Digamos ahora lo que ocurrió en aquel histórico lugar, para pasar a referir el fin de nuestro héroe.

Caballero, que sabía lo que le esperaba, trató de distribuir sus tropas en la mejor forma posible, extendiendo su línea, de este a oeste, sobre el pequeño arroyo, y defendiendo los tres pasos principales.

En el centro colocó su artillería y en los flancos su infantería y caballería. El batallón 40 y el regimiento 8 formaban su vanguardia. Y el regimiento 1° y el batallón 43 cubrían su retaguardia.

Los brasileños, entre tanto, salían de su estupor y proseguían de nuevo la marcha, pasando el 9 de diciembre frente a los paraguayos, para ir a la costa del río, donde se les incorporaría la numerosa caballería de Mena Barreto y del Barón del Triunfo, que acababan de llegar.

Y el 11 avanzó resueltamente el marqués de Caxias sobre nuestras posiciones.

El día había amanecido nublado y borrascoso. El calor era insufrible desde temprano, y todo aseguraba la proximidad de una tempestad.

A las diez de la mañana los dos ejércitos estaban frente a frente, midiéndose amenazadores.

Caballero dirigió en aquel momento una breve arenga a sus tropas. Y Rivarola, irguiéndose sobre sus estribos y agitando en alto su espada, dio dos vivas, uno a la patria y otro al Mariscal López.

Los gritos de entusiasmo de los paraguayos fueron interrumpidos por la artillería imperial.

Empezaba la batalla.

Cuarenta cañones vomitaron metralla sobre nuestra línea y una gruesa columna se adelantó después sobre nuestro frente, mientras dos columnas de caballería iniciaban un movimiento envolvente por nuestros flancos.

El general Osorio en persona dirigía el ataque, marchando a la cabeza de sus tropas con su proverbial serenidad.

Y a todo esto, los nuestros no daban señales de vida. El silencio era completo en nuestras filas. Se diría que los paraguayos habían sucumbido, todos, bajo el fuego horrendo de los brasileños.

Pero no era así. Las bajas de Caballero eran insignificantes. Su silencio respondía a otra causa.

Lo que buscábamos era que los imperiales se acercaran, así como venían, en columna cerrada, para batirlos con eficacia. Y así fue que solo cuando ya llegaban al puente rompió el fuego nuestra artillería y se inició el crepitar de nuestra fusilería.
Bien pronto empezó la desmoralización del enemigo y el consiguiente retroceso. Pero Osorio, reforzando sus columnas, las lanzó de nuevo al ataque, sobre nuestros dos flancos. En nuestra derecha cruzaron fácilmente el Avay, tratando de cortarnos la retirada. Pero fracasaron en su intento, siendo arrollados por el regimiento 1° y por el batallón 43 que, como dijimos, cubrían nuestra retaguardia.

En nuestra izquierda no fueron más felices. Allí estaba Rivarola.

Osorio, al ver retroceder por segunda vez a sus soldados, se llenó de ira, ordenando nuevos asaltos, después de reforzar nueva-mente a los que se retiraban.

Esta vez los brasileños consiguieron cruzar el arroyo frente a nuestra izquierda, adelantándose el batallón 9° y el regimiento 15. Rivarola los vio llegar impasible, ordenando al mayor Victoriano Bernal que les saliera al encuentro. Y este valeroso jefe, al frente del regimiento 8, cayó sobre ellos, acuchillándolos sin pie-dad, hasta obligarlos a desbandarse en una loca carrera.

Otros cuerpos, que intentaron el asalto a nuestra artillería, corrieron la misma suerte.

Fue entonces cuando Osorio, después de apelar a la súplica y. al insulto, para hacer reaccionar a sus tropas acobardadas, se puso a la cabeza de ellas, encaminándose por delante hacia el puente y cayendo a poco andar, con la mandíbula destrozada por una bala. Nueva confusión entre los brasileños. Caxias empezaba a dudar de la victoria.

Pero en ese momento estalló la tempestad que se preparaba desde temprano, y una lluvia torrencial apagó el fuego de nuestros cañones y de nuestros fusiles de chispa.

La caballería brasileña había cerrado el círculo que nos envolvía, y los paraguayos éramos fusilados sin defensa en el fondo del valle por la artillería enemiga.

Caballero ordenó entonces la retirada, formando con los soldados que le quedaban un gran cuadro, que fue retrocediendo, lentamente, atacado por todos lados.

VALOIS RIVAROLA acaudillaba en persona en este momento los últimos jinetes de nuestra caballería. Oculto dentro del cuadro en retirada, salía a veces a la carga, estrellándose contra los nutridos regimientos imperiales. Y los brasileños retrocedían desmoralizados, batidos con empuje irresistible. Pero a corta distancia se reorganizaban, para volver de nuevo, repitiéndose diez veces la misma escena en el espacio de una legua. En estos entreveros a lanza y sable, Valois Rivarola fue herido por una bala, que le atravesó la garganta.

Ahogado por la sangre, continuó, sin embargo, peleando, sin descansar un momento.

Aquella atroz herida hubiera tumbado al más fuerte, o, por lo menos, lo hubiese inutilizado para la lucha. A Rivarola, lejos de abatirlo, le dio mayor entusiasmo, haciéndole delirar de heroísmo.

Inútilmente trató Caballero de retenerlo a su lado. Cubierto de sangre, iba y venía a la carga, solo o acompañado, repartiendo sablazos, abriendo camino al mermado cuadro, en cuyo centro flameaba todavía nuestra bandera.

¡Nada más conmovedor que aquella retirada!

Pocos episodios de nuestra guerra son tan patéticos como éste.

¿Cómo se mantenía organizado aquel pelotón heroico, atacado por sus cuatro costados y ametrallados por la artillería?
¡Milagros del patriotismo!

Y Caballero –“en quien revivía Cambrone”, al decir del historiador Arturo Montenegro- hubiera salvado el último resto de su división si no hubiese encontrado en su camino un obstáculo insalvable, “un charcón bastante hondo -según el cronista de la “Estrella”- que no pudo pasar la artillería.

Inutilizados nuestros cañones antes de ser abandonados, el cuadro fue atacado con fuerza irresistible, reduciéndose hasta no quedar en pie sino Caballero y su estado mayor.

¡Recién entonces terminó la batalla!

Nuestra bandera, hecha pedazos, cayó, como gloriosa mortaja, sobre los últimos sacrificados.
Y Caballero, seguido de Rivarola y algunos pocos más, se abrió camino en medio de los apiñados regimientos imperiales, imponiéndose todavía a sus perseguidores.
Esa misma tarde se presentaron en el cuartel general, para dar cuenta de la batalla al Mariscal López.
Será mejor que oigamos aquí al cronista de la época, quien pinta así aquella entrevista:

“El joven general Caballero, que nunca ha sufrido un contraste en tantas jornadas que le ha cabido dirigir, venía hondamente impresionado, y al presentarse a S.E. el mariscal López, le dijo: ‘Señor, el enemigo nos ha concluido, pero tengo la satisfacción de asegurar a V.E. que todos nuestros valientes han caído honrosamente y se han conducido como verdaderos héroes. Yo, y los pocos que me acompañan, lamentamos no haber corrido la misma suerte’. A lo que S.E. contestó: “Habéis cumplido vuestro deber y el Dios de los ejércitos premiará el heroísmo de tan virtuosos soldados. La patria, entre tanto, tiene aún suficientes brazos para defenderse y ser libre”.

Tal fue la batalla de Avay, en la que comenzó la épica agonía de VALOIS RIVAROLA.

II

El 21 de diciembre de 1868 se movió el marqués de Caxias, después de diez días de indecisión en Villeta.

En una semana habían perdido siete mil hombres y un centenar de oficiales, a más de sus mejores jefes, entre ellos Argollo Ferrao, su mentor y el más preparado de los generales brasileños.

Y aún le quedaba el rabo por desollar, aún tenía en frente al Mariscal López, cuyo solo nombre infundía pavor y de cuya omnímoda voluntad todo podía esperarse, aún lo inverosímil.

Y el viejo caudillo imperial no ignoraba que el tiempo era el mejor aliado de los paraguayos en aquellos momentos. Si demoraba ‘en atacarles, se fortificarían en su nuevo frente, malogrando el admirable movimiento de flanqueo por el Chaco.
Avanzaron, pues, los brasileños, yendo a ocupar la cuchilla de Cumbarity, frente a la de Itá Ibaté, donde López tenía su cuartel general.

Por fin, iba a darse la batalla definitiva, que decidiría la suerte de la guerra.

Para oponerse al enemigo, el Mariscal paraguayo no tenía sino cuatro mil hombres a lo largo de su extensa línea.

¡Cuatro mil contra treinta mil!

Pero ya veremos cómo hay hombres y hombres y cómo la aritmética de la guerra tiene sus caprichos, restando o sumando según sea el alma de los que van a entrar en acción.

A las tres de la tarde, después de un largo bombardeo, y realizado por la caballería el movimiento envolvente sobre nuestros flancos, comenzó el asalto sobre nuestro frente.

Tres caminos daban acceso a nuestro cuartel general, y por ellos cargaron los brasileños.

Durante horas resistieron nuestras líneas avanzadas, deteniendo la negra ola que llegaba.

Genes, que mandaba la vanguardia, hizo prodigios, rechazando asaltos y más asaltos, con un puñado de soldados.

Pero, por fin, los brasileños se desbordaron por todas partes, entrando victoriosos, sin encontrar enemigos.

Momento crítico para el Mariscal López, que mandaba en persona la batalla.

¿Qué hacer?

Su única reserva eran los rifleros y los jinetes de su escolta. Había que apelar a ellos para hacer el último esfuerzo desesperado. El general Caballero recibió entonces la orden de organizar rápidamente las tropas que quedaban, lanzándolas contra el enemigo que ya asomaba a cien metros de distancia.

Fue en ese supremo instante cuando pudo verse algo inesperado, que infundió nuevos bríos a los paraguayos.

Llegaban los brasileños al cuartel general, junto al cual estaba a caballo el Mariscal López, cuando apareció tambaleando, apoyándose en su espada, Valois Rivarola.

Gravemente herido, devorado por la fiebre, agonizaba en el Hospital de Sangre, sin que nadie ya le recordase, cuando vio llegar triunfante al enemigo.

¡No podía ser! Era imposible que permaneciera inactivo ante la audaz insolencia del invasor. Un hombre como él no podía morir inerme, degollado en su lecho, con la femenina resignación… Ensayó levantarse, pero un vértigo lo tumbó de nuevo. Llamó entonces a su asistente, pidiéndole que lo ayudara a vestirse. Y enseguida salió, resueltamente, dirigiéndose al lugar en que estaba el Mariscal López.

A poco andar, una ola de vida corrió por sus venas y su pálido rostro empezó a teñirse de carmín.

Sus ojos arrojaban chispas.

Dejó el brazo de su ayudante, desenvainó su espalda y pidió que en el acto le trajeran su caballo.

¿Qué iba a hacer?

¿No estaba, acaso, moribundo, exangüe, febril, adolorido, con la garganta abierta por una enorme herida?

¿No se le había ordenado absoluto reposo como condición para que se salvara…?

Pero allí estaba el enemigo. Pisaba los umbrales del cuartel general.

No había tiempo que perder.

Rivarola montó a caballo como pudo y gritó que le siguieran los pocos jinetes que aún quedaban en pie.

Segundos después cargaba sobre los brasileños, llevándolos por delante, como en sus mejores días de heroísmo.

Rivarola se había transfigurado. El moribundo era otra vez el centauro, casi mitológico, de la gran epopeya paraguaya. Su brazo había recobrado su vieja energía y bajo los golpes de su espada saltaban las cabezas.

Pronto los brasileños sintieron la presencia del terrible enemigo, huyendo por todas partes a su encuentro.

Y el Mariscal López pudo ver cómo era conjurado el peligro y cómo el enemigo era rechazado por aquel fantasma.

Oscurecía cuando regresó Rivarola, casi solo. Apenas se sostenía sobre el caballo.

Traía la cabeza entre las manos, abierta la frente por una nueva herida.

Bañado en sangre, jadeante, se presentó todavía al Mariscal, para anunciarle que el enemigo había sido rechazado más allá de nuestras líneas.

Después… cayó desvanecido en brazos de su fiel asistente, el sargento Joaquín González.

La energía humana tiene su límite.

Rivarola había agotado la fortaleza de su espíritu, sobreponiéndose triunfante a las miserias de la carne.

Pero ya no podía más. Apenas le quedaba un resto de vida. Acababa de hacer lo que no hizo ningún héroe de la historia.

¡Los brasileños habían sido vencidos por una sombra!

III

Esa misma noche ordenó el Mariscal López que Rivarola fuera llevado a Cerro León, para ser atendido allí, tan pronto como fuera posible moverlo. Y el 23 de diciembre el practicante Juan Anselmo Patiño se encargaba de conducir al herido, cuya gravedad aumentaba por momentos.

A duras penas llegaron a nuestro primitivo campamento. No había salvación para el héroe.

Desde Avay empezaba su agonía, cuyo desenlace no podía tardar.

Vivía porque era inagotable su energía.

¡Pero ya era hora de que su alma se rindiese!

En la noche del 25 de diciembre sucumbió, por fin, en toda la plenitud de sus facultades, despidiéndose de los que le rodeaban y enviando memorias a todos sus compañeros de armas.

Así murió el héroe de Paso Cardoso, el más gallardo jefe de nuestra caballería.

Solo hemos de recordar, para terminar, que cuando Rivarola abandonó su lecho, para correr a la pelea, el jefe de la caballería enemiga, el Barón del Triunfó, se retiraba del campo de batalla, herido… ¡en un pie!

¡Qué diferencia entre aquel “Mural brasileño”, como le llamaban sus compatriotas, y el soldado sencillo que se llamó Valois Rivarola: el uno que se aleja acobardado por una lesión sin gravedad, y el otro que con la garganta atravesada vuelve a la pelea, y no se retira de ella sino después de verla terminada, a pesar de que los sesos se le escapaban por otra nueva herida, que ha recibido en la lucha!

¡He ahí, en esos dos hombres, la síntesis moral de dos razas y la mejor expresión de la psicología de dos pueblos!

JUAN EMILIANO O’LEARY

EL LIBRO DE LOS HÉROES – Por JUAN E. O’LEARY

Imagen de Enzo Pertile.

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Última edición por Marcelo R. Cimino el Sáb 12 Abr 2014 - 9:05, editado 1 vez
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ariel
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MensajeTema: Re: CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -   Vie 11 Abr 2014 - 10:20

Impresionante. Desconocida esta historia por mi, asíque muy agradecido de leerla!
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flaps

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MensajeTema: Re: CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -   Vie 11 Abr 2014 - 10:57

Muy bueno Marce.!!
 ok 

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bashar
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MensajeTema: Re: CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -   Vie 11 Abr 2014 - 11:48

sorpresa 

impresionante!!! usted también tiene pretenciones literarias!!!

bienvenido!!

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Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
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mario venditto

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MensajeTema: Re: CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -   Vie 11 Abr 2014 - 12:31

Nunca habia escuchado nada acerca de este heroe...impresionante su historia. Gracias Marce por compartirla.
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Quequén Grande
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MensajeTema: Re: CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -   Sáb 12 Abr 2014 - 3:50

Realmente una relato conmovedor, no la conocía, gracias Marcelo por compartirlas.

No debe haber en la historia contemporánea una guerra tan desigual cono la ocurrida entre Paraguay y la tripe alianza, y pocas veces un abuso y un exterminio de un pueblo como ocurrió en dicho conflicto, lamentablemente para nuestra historia, nosotros formamos parte de esa nefasta triple alianza, y, por lo menos en mi época de estudiante, poco se hablaba de esos días.

Tal vez porque no había nada de que sentirse orgulloso, como siempre sucede cuando la verdad nos duele tratamos de ocultarlas.

Un abrazo Ricardo.

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jas_39
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MensajeTema: Re: CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -   Sáb 12 Abr 2014 - 5:02

Impresionante historia Marcelo, gracias por compartirla.
Saludos
Diego
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INVITADO



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MensajeTema: Re: CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -   Sáb 12 Abr 2014 - 9:04

bashar escribió:
sorpresa 

impresionante!!! usted también tiene pretenciones literarias!!!

bienvenido!!

NOOO el trabajo no es mío muchachos. Es una compilación de un amigo; Enzo Pertile ilustrador del diario Ultima Hora de Paraguay.

Ya le paso el link de su face;

https://www.facebook.com/enzo.pertile?fref=ts
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MensajeTema: Re: CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -   Sáb 12 Abr 2014 - 15:45

Excelente relato Marcelo, es bueno reconocer la valentía de los bravos de otros países hermanos, es lo único rescatable que queda de guerras deleznables como la de la Triple Alianza o cualquier otra en donde nuestros pueblos pusieron su sangre y sufrimiento a favor de los intereses de potencias externas.

Saludos
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JLBA01

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MensajeTema: Impresionante   Jue 24 Abr 2014 - 12:25

Hola,

Nunca pude digerir esta guerra antinatural. Grave error el de Solano López cruzando Corrientes, grave error el nuestro no buscando la forma de solucionarlo.

Mitre, quien se reuniera en secreto con López, tendría que haber dicho a Caixas (aún sigue sin gustarme que una unidad del EA lleve su nombre) "hasta acá llegamos, si insisten en llevar la guerra al punto de la destrucción del Paraguay, estaremos del otro lado y combatiendo contra ustedes".

Slds,

JL
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MensajeTema: Re: CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -   Jue 24 Abr 2014 - 18:36

Totalmente de acuerdo José Luis, lo que me pregunto es si Mitre -por sus convicciones- hubiera sido capaz de plantear algo así, sinceramente no creo que habiéndose repetido cien veces esta circunstancia terminara actuando de forma diferente a la que actuó.

Saludos
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daniel kadi



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MensajeTema: lindo tema    Jue 1 Mayo 2014 - 12:11

yo conosco a pertiles desde criatura es un estupendo dibujante
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MensajeTema: Re: CORONEL VALOIS RIVAROLA – EL LIBRO DE LOS HÉROES -   

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