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  Página Histórica de Hoy

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bashar
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MensajeTema: Página Histórica de Hoy   Mar 17 Feb 2015 - 18:39

Hola!

Abro este Topic para ir anotando...dia por día efémerides y hechos de combates y batallas (navales, aéreas y Terrestres) de la historia militar argentina y del mundo... voy a centrarme en las argentinas pero queda abierta a los colegas latinoamericanos y de mas allá que quieran sumarse con efemérides interesantes -y para nosotros desconocidas-  a esta iniciativa... la regla es simple... anotar un evento del mismo día (no importa el año pero si el día) del suceso de manera de tenerlo siempre actualizado... y en orden cronológico... espero les agrada y se sumen a esta humilde iniciativa
saludos! y va la primera!

Día 17 de Febrero (1883)  

Combate de Pulmari


Escondidos en refugios difíciles de abordar, algunos restos de tribus, desafiantes y valientes aún en la derrota escapaban de la persecución de las patrullas de las tres Brigadas de la 2° división, que dia a dia cercaban a los tenaces caciques como Purrán, Ñancucheo y Sayhueque en un territorio donde eran no hacia mucho,  Señores y soberanos.
Sólo se mencionaron las principales acciones, relegando a los anecdóticos y pié de página los eventos menores -aunque decisivos- las acciones de la brigada de Exploración de la zona de la zona de Pehuenia, Pulmarí y Aluminé.

Los sucesos de Pulmarí son dos, uno acontecido el 6 de enero de 1883 y otro el 17 de Febrero del mismo año.  El parte oficial del General Conrado Villegas, elevado a la superioridad, informaba al respecto que el Capitán del 5 de Caballería, Emilio Crouzielles, y el teniente del 2 de Caballería Nicanor Lezcano, con unos 40 hombres, perseguían un grupo de guerreros y

"al llegar a Pulmarí fueron atacados por indios y fuerzas cuyo frente se veía un oficial con uniforme, espada y revólver en mano"

El malogrado Cap. Crouzeilles al ver al frente de las fuerzas opuestas un oficial, mandó suspender el fuego a las suyas, pues temia chocar con alguna de nuestras partidas que maniobraban en distintas direcciones, los enemigos aprovechando el momento lo atacaron dando por resultado la muerte de nuestros dos bravos oficiales y un soldado"

"En el momento del combate no acompañaban al Capitán Crouzielles ni la mitad de las fuerzas a su mando, pues dicho oficial por imprevisión o demasiada confianza la había dejado a mas de una legua a retaguardia cuidando la caballada"

"la información que he mandado levantar dará algunas luces al respecto y será elevada al conocimiento de V.S."

  La muerte prematura de estos jóvenes oficiales fue muy lamentable porque el ejército perdió dos elementos de valer y que habían sido ya distinguidos por su iniciativa y condiciones profesionales, pero como dijera en ese entonces el oficial superior de Crouzeilles, el Teniente Coronel Godoy  al comandante de la división: "hay una emulación ilimitada que lleva a los oficiales hasta la temeridad, produciendo acciones brillantes y admirables, pero que alguna vez ocacionan descalabros difíciles de compensar"

El Cap. Crouzeilles pierde la vida por 36 heridas de lanza y cuchillo y tres balazos.


este combate también se lo enlaza para diferenciarlo del posterior al combate de Peña Haichol, fue la derrota del famoso cacique Purrán, que huye con los pocos sobrevivientes a través de un boquete oculto en una zona boscosa de grandes pehuenes, desconocido por los huincas (blancos). El nombre -"Pino Hachado"- se debe a que el Ejército en la persecución indígena derriba un pino como guía para su regreso. Curiosidad: el pino fue guardado por los pobladores durante años, quemándose en un incendio.


Casi un mes después de este suceso, y casi en el mismo paraje (los alrededores del Lago Aluminé) el teniente don juan G. Díaz efectuaba al frente de una partida una batida. Así el 16 de Febrero encontró una rastrillada que conducía hacia el Lago, por la que siguió hasta el día siguiente, con una parte del destacamento, siendo rodeado

"por 100 o 150 indios que en grupo de 20 o 30 iban saliendo de detrás de las lomas; haciendo acorralar a las mulas tomé posesión de un médano, pues temía ser cargado por los indios, mas estos se limitaron a hacerme algunos tiros"


"En vista de no ser atacado retrocedí buscando puntos estratégicos para mi defensa hasta que lograron sacarme a un valle; entonces vimos una polvareda que no dejaba duda que era gente que nos cerraba el paso de un arroyo que debíamos pasar.

previendo encontrar allí muchos indios me desvié a la derecha y notando que los indios amenazaban cargarme por la retaguardia, tome posesión de un arroyito seco que encontré a mi paso.

en ese momento se presentó a mi flanco izquierdo un infante del ejército chileno con bandera de parlamento, mandé no hacer fuego, mas como veía que detrás de él venía una compañía de infantería en guerrilla y ocultándose y que la indiada me atacaba por retaguardia y teniendo en cuenta lo sucedido  a otras comisiones mande romper fuego siendo yo el primero en efectuarlo.

Desde ese momento se entablo un encarnizado combate cargándonos por últimos los enemigos a la bayoneta, hasta cuarenta pasos de nuestra débil posición, donde dejaron siete muertos y algunos heridos que fueron transportados por los indíos poniéndose en retirada al trote.

Traigo del enemigo seis rifles Martin Henry, un Kepí, algunos porta municiones y un cinturón de cartuchos con la inscripción " Guardia Nacional". No he podido traer mas mas trofeos por haberme retirado a pie.

Tenemos que lamentar por nuestra parte la pérdida de los soldados Esteban Godoy, Pedro Leal y domingo ríos, todos del batallón 2 de Línea, el último herido en un pie. En el Campo de batalla quedaron diez animales muertos entre mulas y caballos, quedando seis vivos, cinco heridos y uno sano.





fuentes

Biblioteca del suboficial junio 1980



http://www.lagazeta.com.ar/pulmari.htm

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Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
/Más crueles que fieras,/con nuestras propias alas,/que la Naturaleza/nos dio, sin otras armas/para propia defensa,/forjáis el instrumento/de la desdicha nuestra,/haciendo que inocentes/prestemos la materia./Pero no, no es extraño,/que así bárbaros sean/aquellos que en su ruina/trabajan, y no cesan./Los unos y otros fraguan/armas para la guerra,/y es dar contra sus vidas
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Miér 18 Feb 2015 - 20:04

Combate de la Herradura

Dia 18 de Febrero de 1819


La Herradura, como su nombre lo indica, es un seno que forma el Río Tercero en esa parte. En la concavidad del arco, se hallaba situado el campamento  del cordobés Bustos.

Los flancos y la retaguardia estaban cubiertos por el río mismo, a la sazón a nado y por un espeso bosque que se extendia arriba y abajo de la posición. el frente, que era bastante extenso y despejado, estaba cerrado por una empalizada, revestida en parte con cueros de toro que figuraban una muralla, con tres portones practicables en ella para dar salida de ella a una columna de caballería.

Don Estanislao López, a la cabeza de 1500 hombres fogueados muchos de ellos  ya en las duras campañas artiguistas, habias corrido su flanco derecho a principios de febrero con el objeto decaer sobre Bustos, dejando a Viamonte entretenido con algunas partidas a su frente.

el santafecino llevaba consigo a sus aliados entrerrianos y correntinos y entre ellos el regimiento de Campbell, inventor de una nueva táctica de combate. Esta nueva táctica consistía en una infantería montada y armada de fusil con bayoneta, que cargaba a gran galope como caballería, se dispersaba en guerrillas del mismo modo, echaba pie a tierra por parejas o grupos, cuidando uno de los caballos y rompía el fuego dentro del tiro de fusil.

 En caso de avance, se recocentraba y cargaba a pie o a caballo, según se obrase como infantería o caballería y en caso de retirada, saltaba rápidamente sobre sus caballos y se ponía fuera del alcance del enemigo.


Esta operación era protegida por escuadrones de verdadera caballería que servían de reserva.

Esta táctica primitiva, sencilla y eficiente, había surtido efecto con las tropas del Directorio y que mal resultaba contra las portuguesas, eran las que los montoneros litoraleños iban a ensayar en la Herradura.
el 18 de Febrero se presentó López delante del Campamento de Bustos. éste casi sorprendido mando a formar su infantería en orden sencillo sobre la empalizada improvisando una trinchera frugal con los arneses de las monturas,  manera que de las que forman los marinos con sus hamacas. Situó sus dos cañoncitos sobre la empalizada y estableció su caballería en segunda línea en disposición de salir  por los portones cuando la oportunidad favorable se presentase, y que por el momento estaban cerrados con cuero.

En esta actitud espero los movimientos del Gran Santafecino.

El combate se inició con el avance de nutridas guerrillas por parte de los litoraleños, que aferraban todo el arco de ataque. después de un fuerte tiroteo, los montoneros iniciaron una carga simultánea, saltando a caballo su infantería, que se había desmontado para practicar su táctica favorita.

el N°2 de infantería, rodilla en tierra y parapetado con sus monturas, rompió nutrido fuego a discreción consiguiendo rechazar  a los persistentes oponentes. simultáneamente, salieron por los portones, cuyos lazos que los cerraban fueron rápidamente cortados, los tres escuadrones de húsares y dragones en aire de a la carga dirigidos por La Madrid y Paz a su Cabeza, manteniendo un destacamento en reserva.

los montoneros fueron perseguidos y acuchillados por espacio de 500 metros, dejando en el campo 30 cadáveres

a esta altura retrocedieron los escuadrones intervinientes, porque los litoraleños en crecido número se rehacían y volvían a la carga, siendo necesario que algunas compañías de infantería salieran para abrir fuego y proteger a los escuadrones que retrocedían.

Esta acción demostró que las tácticas montoneras tenían límites contra tropas adiestradas y que no se espantaban y mantenían la disciplina.

También llamó la atención de la clase de luchadores  los que se enfrentaban las fuerzas directoriales. los Montoneros se batieron con denuedo y los que habían muerto lo hicieron individualmente con las armas en la mano. Coraje no les faltaba.

Esto indicaba que las tropas que iban a combatir, no eran los matreros cobardes que la propaganda gubernamental les había pintado.

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Jue 19 Feb 2015 - 3:42

Muy bueno Bashar.

aplausos aplausos aplausos

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José Manuel Estrada
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Jue 19 Feb 2015 - 21:20

Dia 19 de febrero (1815)

Combate de El Tejar


...Si al menos una voluntad fuerte y una inteligencia superior hubiese prevalecido en sus consejos esa mala organización del Ejército habría podido corregirse...quizá. Pero sus principales hilos conductores no tenian las capacidades necesarias para amalgamar y electrizar a una tropa desmoralizada.

El primero el coronel Martin Rodríguez. El que estaba al frente era un oficial mas preocupado por sus ganados en la frontera bonaerense,  buen patriota y comprometido, pero que no tenía  cabeza táctica  ni estratégica, y no tenía aptitudes para concebir una operación de gran magnitud para hacer la guerra ni ejecutarla. Pagola era corajudo, amigo de la tropa, ídolo de los soldados pardos y morenos de los barrios zambos y orilleros de Buenos Aires que conformaban la base de todos los ejércitos porteños, pero insubordinado y despreciativo con aquellos que no quería, o no le convenía. Forest, a la opinión del Cordobés Paz " Hábil, pero atolondrado y solo era valiente en la necesidad" compartia con Pagola hacer gala de insubordinación y siempre podía encontrárselo en las chozas de las vivanderas que frente a la tropa.

El General Don Rudecindo Alvarado y Don Diego Balcarce, hombres de campamento ordenado y de energía en el combate, eran dubitativos y su nivel de instrucción no sobrepasaba el nivel  de rutineros. El Mayor General del Ejército, Don Francisco de la Cruz, era el mas capaz de todos, pero en otro sentido. Era de conocimiento científico y sobresalía como ninguno en todo el Río de la Plata en dotes de administrador y organizador, era carácter recto y juicio sólido, adivinaba la suerte de las batallas solo por el cálculo, pero no tenía iniciativa ni ambición, cumplía con el deber llegado el caso pero se sentía mas cómodo en la oficinas de la contaduría que en el campo de batalla.

Era pues, un ejército sin cabeza y sin nervio, el que iba llevar nuevamente la bandera de la Revolución al territorio del Alto Perú.

En el intervalo de los sucesos de la organización del Ejército, se había dejado escapar la oportunidad de la revolución del Cuzco y no se había sabido  utilizar la valiosa colaboración ofrecida por el coronel don Saturnino de Castro. Sus Esfuerzos bélicos llamaron por fin la atención del Generalato Realista, que orrdenó su prisión. viéndose acorralado, escapó a caballo con algunos soldados leales a su persona y se dirigió a su escuadrón, del que estaba incidentalmente separado. Intentó separarlo y volcarlo al bando revolucionario, pero no consiguió mas que un puñado lo siguiera, entre ellos su hermano Pedro Antonio de Castro. al frente de este reducido destacamento se dirigió a la localidad de Moraya, donde acantonaba el Regimiento del Cuzco, intimó a Pezuela a rendirse y llamó al Regimiento a que se plegara al bando revolucionario, no consiguiendo que los oficiales del regimiento se pronunciaran, decidió dirigirse hacia el campamento del Ejército del Norte, pero inmediatamente fue apresado y puesto en calabozo con grilletes. Juzgado y sentenciado por un consejo de guerra, fue fusilado en Moraya por el regimiento cuzqueño,  que reclamó ser el ejecutor de la sentencia en muestra de fidelidad a la monarquía.

Bajo este lúgubre auspicio, y muerto esterilmente el único interlocutor válido que podía volcar a buena parte de las tropas realistas al bando revolucionario, el Ejército Auxiliar del alto Perú, en entredicho con el propio Gobierno Directorial, sin plan de batalla y actividad  en sus movimientos, abrió desde Jujuy la Tercera Campaña sobre el Alto Perú. fuerte de 4000 hombres de las tres armas y dos baterías de artillería, lo componían los batallones 1°, 6°, 7°, el 2° y 9° de Cazadores y los regimientos de Caballeria Granaderos a Caballo y los Dragones de la Patria. La Vanguardia la cubría el comandante Güemes y las milicias salteñas, unidas a dos escuadrones de caballería de Línea.  su maniobra preliminar era escalonarse en la Quebrada e Humahuaca a principios de Febrero de 1815, tomando la Vanguardia don Martín Rodríguez.

El 19 de febrero intento este jefe un reconocimiento ofensivo a la cabeza de un escuadrón y acampó en el Tejar, sin tomar precauciones y  poner centinelas adelantados. Sorprendidos por una división enemiga, fue hecho prisionera con toda su tropa, salvándose únicamente el Capitán de Granaderos Don Mariano Necochea. Este atrevido oficial, encerrado en una corral de pircas con 25 granaderos, procuró resistir por algún tiempo pero viendo la futilidad de sus esfuerzos, monto a caballo en pelo y se lanzó sable en mano sobre los hombres que lo cercaban y que dispararon sobre el a fuego sostenido. Necochea, sin perder el nervio en aquel momento de todo o nada, se detiene y en un agudo golpe de vista observa el punto débil del cerco. En seguida, da espuelas a su caballo, se lanza  veloz sobre la caballería que se prepara para recibirlo: Un  Valeroso soldado Ibérico le sale al paso para detenerlo, dejando en vergüenza al resto de sus camaradas que se queda atrás a la expectativa. Necochea lo Atropella, descarga un mandoble tremendo y lo derriba.

A su frente se abre un claro, paso por allí revolviendo en molinetes  su legendario sable de coracero Napoléonico y escapa golpeándose la boca, siendo perseguido por dos leguas. Necochea, contando sencillamente esta hazaña dijo: " En mi vida he dado un Tajo igual: creo que le dividí la cabeza hasta el pescuezo"

Para una visión alternativa de esta épica acción bélica, vea :
http://defensanacional.argentinaforo.net/t7503-la-sorpresa-del-tejar-una-breve-anecdota-de-la-guerra-de-la-independencia?highlight=El+Tejar


Don Mariano Necochea con Uniforme de General

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Vie 20 Feb 2015 - 17:31


Un día como hoy pero en 1813 por primera vez en la historia nuestra querida bandera celeste y blanca flameaba triunfal en un campo de batalla, fue durante el combate conocido por la "Batalla de Salta"
Lamentablemente el tiempo no me deja hacer un informe como a mi me gusta, pero si le interesa en http://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Salta pueden leer algo.


Un saludo Ricardo

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José Manuel Estrada
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bashar
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Vie 20 Feb 2015 - 23:28

Dia 20 de Febrero (1827)
Batalla de Ituzaingó

En la tarde del 19 de Febrero los Ejércitos estaban a 17 kilómetros uno del otro. Los Rioplatenses vivaqueaban cerca y al este del Paso del rosario y los Imperiales en la Estancia Ferreyra. La situación que se encuentra el General Alvear es de las más desfavorables
El río santa María esta crecido e imposibilita el pasaje de la infantería y de la artillería y el terreno del vivac es dominado desde unas alturas que se hallan entre los dos ejércitos.
Si la batalla se produce en el lugar en que está Alvear el terreno lo expone a una derrota y ocurrida esta, el ejército se verá acorralado contra el río sin salvación posible.
El batallón N°5, con la artillería de Chilabert, recibe la misión de apoderarse de ellas y mantenerlas hasta el día siguiente, en el cual intervendrá el grueso. Alvear planea sorprender  a la confianza de los Brasileños que lo creen desesperado por cruzar el río y ponerse a resguardo.
Así lo hicieron los hombres del 5°, contando con la colaboración del cuerpo de Lavalleja desplegado en descubierta.
Con la claridad de la luna, en la madrugada del 20, el ejército Brasileño avanza hacia el Paso del Rosario, pretendiendo atrapar a los Republicanos en plena operación del pasaje del Río, pues se lo suponía en retirada. El Choque con del batallón N°5 hace suponer al Marques de Barbacena,  que esa tropa es una débil retaguardia que protege el traspaso y eso lo alienta a lanzarse con energía para acabar con Alvear y su ejército.
La división Calado y Barreto, de las fuerzas Imperiales, despliegan, protegidas por los flancos por masas de caballería y se aprestan para el ataque, aunque no cuenta con todos sus jinetes, considera que el ejército Republicano esta dividido y por lo tanto incapacitado.
Alvear, que después de ordenar el avance del Ejército se ha adelantado, observa lo crítico de la situación, pues sus tropas están en tren de viaje y le costará llegar al campo elegido, necesita tiempo para amasar una fuerza respetable.
Siendo asi forzoso mantener a todo trance las alturas hasta que todo el ejército se haya desplegado, el coronel Olazábal, jefe del 5°, recibe la orden de hacerse matar  en la posición antes que retroceder un paso y la división de Laguna, perteneciente al Primer Cuerpo, es enviada a cubrir la izquierda de Olazabal, amenazado por un ataque de la caballería Riograndense.
Mientras tanto, la 1° División  brasileña ha avanzado contra la posición de la vanguardia republicana, atravesando un Zanjon que separa las dos alturas. Los Escuadrones  Orientales de Laguna cargan  a la caballería de esta división enemiga y si bien son rechazados tres veces, la violencia de los ataques logran imponer respeto a los imperiales y se detienen. Los batallones de Brown (brasileño) forman el cuadro en previsión de una acometida de toda la caballería Republicana.
Poco tarda en producirse la reacción de los imperiales al comprobar la debilidad de los adversarios y repiten sus avances, sufriendo los fuegos del 5 y de la artillería. Los escuadrones de Laguna, reorganizados rápidamente se lanzan en una última carga contra la división enemiga logrando detener  una vez mas su avance.
Afortunadamente, la caballería Republicana Va llegando al campo de batalla.

La división Zufriategui (C.8 y C.16) y los coraceros de Medina van  reforzar el cuerpo de Lavalleja, reemplazando allí a la división Laguna; los Regimientos de Brandsen, Pacheco y Paz, entran a la línea a la izquierda de la Vanguardia; la división Lavalle se dirige a ocupar la extrema izquierda, solo la infantería y la Artillería entorpecida en su avance por las dificultades del terreno, no han logrado llegar aún a la posición.
Sin embargo, el General Alvear, ordena a Brandsen y Paz cargar sobre la infantería enemiga. Los Regimientos 1 y 2 se lanzan continuamente estrellándose contra los batallones del mariscal Brown. Éste Juzga comprometida su situación, no sólo porque el resto el ejército no lo a acompañado en el avance, sino también porque el arribo de nuevas tropas enemigas prolonga mas alla la línea y lo amenaza con envolverlo y la caballería oponente se manifiesta incansable en sus ataques y resuelve retroceder y cruzar el zanjón para protegerse.
Gracias a la tenaz resistencia de la vanguardia todo el ejército Republicano ha conseguido via libre para alcanzar la línea de combate donde Alvear pasa al ataque con toda la caballería, el tren de Infanteria y artillería se tomara un tiempo mas en arribar.
Alvear envía apoyo a Lavalleja al N° 16 de lanceros, sostenido por el N°8. Esta carga desbarata al resto de caballería enemiga de esta ala y los cuadros de Calado ceden terreno a la derecha.
En la Izquierda, Lavalle se lanza con su división (C.4 y Colorados de Videla)  conta la brigada de Bentos Goncalves, que no resiste la la violencia del ataque y se da a la fuga. En este punto puede decirse que la caballería Imperial esta en dispersión acosada por los rioplatenses que caen en los bagajes.
Pero la infantería no quiere abandonar el campo, a fuerza de bravura y obstinación intenta avanzar y romper el centro del dispositivo Republicano.

Ahí van los angustiosos pedidos de Brown al Brigadier Calado para que acuda con sus batallones hacia el centro y dar impulso al avance de la división Barreto, fresca y lista para la acción.

Alvear, a fin de paralizar esta iniciativa, ordena a Brandsen que se lancecon el N°1 de caballería contra la Infantería de esta división.
La carga es hecha on todo arrojo, pero la zanja y el concentrado fuego de los batallones prusianos malogran el éxito del ataque. El bravo Bransen cae acribillado con una grupo de sus leales soldados.
Este sacrificio, duramente criticado al Comandante en Jefe, detuvo los avances de esta división, pero desató la furia de los oficiales, que tomaron la iniciativa y se abalanzaron todos a la carga sin contemplar las órdenes de la superioridad.

El Coronel Paz, en su propia iniciativa, se abalanza contra la 2° División que acudia en apoyo del Mariscal Brown y si bien los lanceros del 2° fueron  a estrellarse contra la infantería del Brigadier Calado, detuvo el auxilio pedido por Brown que siguió quedando aislado.
El Marqués de Barbacena no tardó en comprender que la situación se le tornaba desfavorable.
La caballería a copado los flancos y amenaza cerrarse sobre la retaguardia y los batallones enemigos ya se distinguen y forman línea para lanzarse en un ataque frontal directo que aferre el frente y comprima hasta la aniquilación a las ya exausta infantería Imperial.
Además un incendio producido por la munición amenaza con volar el parque de artillería y la pólvora y  avanzar desde la retaguardia al frente y sofocar a los que se mantienen en el campo e batalla.
Juzgando poco cuerdo mantenerse en el campo en esas condiciones, ordena la retirada, que se hace en el máximo orden posible dadas las circunstancias, haciendolo por el paso practicable del Cacequí, en el rio del mismo nombre.
La Infanteria republicana ya lista y reglada, inicia la persecución de  los imperiales, cesando al poco tiempo por orden del comandante y a disgusto de los oficiales.
Con la perdida de 150 muertos y 250 heridos y contusos, el ejército Republicano se mantiene en el Campo de Batalla, siendo casi todas las bajas, exeptuando tres muertos y 5 heridos del 5°, jinetes de los escuadrones de Caballería.
Los imperiales con 200 muertos, 150 prisioneros y heridos dejados en el campo, tuvieron que sumar los casi 800 dispersos de la caballería riograndense y de la infantería que se extraviaron en la retirada y la persecución de la caballería rioplatense.
El resto lo hizo con su comandante en numero aproximado de 5000 hombres.

Para una visión alternativa de esta épica batalla, usted puede ver:

http://defensanacional.argentinaforo.net/t3463-anecdotas-irrepetibles-de-la-patria

para leer sobre estudios de campo hechos sobre el terreno :
http://camposdehonor.blogspot.com.ar/

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Última edición por bashar el Jue 26 Feb 2015 - 22:15, editado 3 veces
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 21 Feb 2015 - 5:49

Que te puedo decir Bashar, un placer para mi leer estos artículos y un verdadero lujo para el foro.

Felicitaciones.

Ricardo.


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ariel
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 21 Feb 2015 - 10:57

Esto es genial! adios
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Danny Franco



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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 21 Feb 2015 - 11:19

Juntos, orientales y argentinos fueron capaces de grandes victorias.

Los Orientales en Ituzaingo

Entre los Orientales se encontraban Lavalleja, en ese entonces Gobernador Provisorio y Capitán General de la Provincia Oriental, al mando de las Milicias Orientales, que formaban la vanguardia del ejército, el Coronel Eugenio Garzón, el Teniente Coronel Manuel Correa, el Coronel Buenaventura Alegre, el Coronel Pablo Zufriategui, el Coronel Manuel Oribe, el Coronel José de Olavaria, el Coronel Anacleto Medina, entre otros.

Además de los Orientales del Primer Cuerpo de Lavalleja, apreciados en un tercio del total de los efectivos del Ejército Republicano, varios de los cuerpos de veteranos con historial argentino, eran comandados por orientales.
De las ocho unidades de caballería, el Regimiento Nº 8 lo mandaba el Coronel Juan Zufriategui; el Nº 9, el Coronel Manuel Oribe; los coraceros, el Comandante Anacleto Medina.
De los cuatro batallones de infantería, el Nº 1 era comandado por el Coronel Manuel Correa; el Nº 2, por el Coronel Ventura Alegre; el Nº 3, por el Coronel Eugenio Garzón; y el Nº 5, aunque era mandado por el Coronel Félix Olazábal argentino, su segundo Jefe era oriental, el Teniente Coronel Antonio Díaz.
En la artillería había también oficiales orientales.
Aun más: en el Regimiento Nº 9 no sólo era oriental su Jefe, sí que también oficiales y tropa.
Lo mismo que oficiales y tropa del 3º de Infantería; unidades ambas que quedaron en nuestro país, una vez declarada la Independencia absoluta el 4 de octubre de 1828, constituyendo aquellos cuerpos las primeras unidades de nuestro primer Ejército de Línea.

Fragmento de: "Los Orientales en Ituzaingó"
Autor: Coronel Orosmán Vázquez Ledesma
Apartado de la Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay
Imprenta "El Siglo Ilustrado" - 1948




La marcha “Ituzaingó”

Entre los efectos abandonados por los brasileños en su huida luego de la derrota de Ituzaingó, figuró una valija que contiene un manojo de partituras musicales. En una de ellas y en caracteres de gran tamaño podía leerse: “Para ser ejecutada después de la primera gran victoria que alcancen las tropas imperiales, debiendo darse a esta marcha el nombre del campo en que se libre la batalla”,

Alvear, el jefe vencedor, que poseía conocimientos musicales, reconoció la jerarquía de dicha composición y decidió cumplir con el propósito de su ignoto autor: que sirviera para conmemorar una “gran victoria”. Pero de las tropas argentinas.

Fue ejecutada por primera vez por una banda del ejército patriota el 25 de mayo de 1827, al festejarse en el campamento de los argentinos el decimoséptimo aniversario de la Revolución del año 10


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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 21 Feb 2015 - 19:15

importante danny que menciones a los oficiales orientales...hay bronce y marmol para todos

saludos!

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 21 Feb 2015 - 21:43

Ituzaingo es además la marcha presidencial argentina.
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 21 Feb 2015 - 22:06

Dia 21 de Febrero (1813)
Trofeos de la Batalla de Salta


“En la mañana del 21 –dice el General Paz en sus memorias- los dos ejércitos estaban sobre las armas. El Uno para entregar la Plaza, el otro para entrar en ella. El Uno  entregar las armas, el otro para recibirlas. El tiempo seguía lluvioso. Sería las nueve cuando el Ejército realista salió al campo formado en columna, llevando a los batallones a los jefes en la cabeza, batiendo marcha los tambores y sus banderas desplegadas. La tropa nuestra, que estaba fuera, los recibió con los honores correspondientes. A cierta distancia la columna hizo alto. Desplegando en línea el batallón que llevaba a la cabeza, empezó a desfilar por delante del jefe y sus hombres que estaban apostados para recibir las armas, que iban entregando hombre por hombre, conjuntamente con su cartuchera y correaje. Los tambores lo hicieron con sus cajas y los pífanos con sus instrumentos y el abanderado entregó finalmente la Real Insignia que simbolizaba 300 años de conquista y vasallaje de 300 años” la caballería hechó pie a tierra y rindió al pie de la Bandera desplegada por primera vez en Lid el día anterior, sables y carabinas. La artillería hizo lo mismo con sus bronces, sus carros y sus municiones. Así desfilaron 2786 hombres de la graduación de General a Tambor, elevando con sus propias manos el Trofeo a la bandera jurada en el Pasaje”.
“ Desarmados enteramente los realistas- continúa Paz- parecía una cosa muy diversa de lo que eran media hora antes, y volvieron a sus cuarteles en tropel, sin formación similar a una majada de carneros. Pero hería mas a la  imaginación de los espectadores la multitud de emociones reflejados en sus semblantes. El despecho y la rabia en algunos, en otros un furor concentrado y la vergüenza en todos, derramando muchos de ellos lágrimas, que el esfuerzo viril no podía reprimir”


El General en Jefe, conmovido, dispenso a su rival de la humillación de entregarle personalmente su espada y recordando su antigua amistad, lo abrazó en presencia de vencidos y vencedores.
Los Trofeos contados en esta ceremonia fueron: 3 banderas, 17 jefes y oficiales prisioneros en el campo de batalla, 481 muertos, 114 heridos, 2776 rendidos, incluso 5 oficiales generales, 93 de la clase de Capitán a subteniente y 2683 individuos de tropa rasa, en todo, 3398 hombres, que componía todo el Ejército del General Pío Tristán, sin escapar uno solo en la nómina oficial. Se suma a esta cuenta 10 piezas de artillería, 5 de ellas tomadas en el campo; 2188 fusiles, 200 espadas de diversa clase, pistolas y carabinas con su parque, su maestranza y pertrechos  menores de guerra. Los anales argentinos no recuerdan una victoria tan clara. La pérdida del  vencedor consistió en 103 fallecidos, 433 heridos y 42 contusos de diversa consideración: en total 578 hombres.
En el Campo de Castañares fueron enterrados los muertos de ambos contendientes, en una fosa común y sobre ella se levantó una gran Cruz de madera con la siguiente frase inscripta:

                     AQUÍ YACEN LOS VENCEDORES Y VENCIDOS EL 20 DE FEBRERO DE 1813

Belgrano dando parte al gobierno escribía: “El Dios de los Ejércitos nos ha hechado una bendción: la causa de nuestros desvelos está asegurada gracias a los esfuerzos de mis bravos compañeros de armas”



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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 22 Feb 2015 - 4:20

Algo mas sobre la amistad entre Belgrano y Tristán


Anécdotas de la Batalla de Salta: Belgrano, amigo de su enemigo

19 de febrero de 2013 a la(s) 19:08
Por su amistad con el Gral Pio Tristan lo exhortaba a evitar que corriera sangre.

Belgrano y el general realista Pío Tristán, se habían conocido en España, mucho antes de la Guerra de la Independencia, y allí habían hecho una buena amistad.
Tristán, como curiosidad, aunque inició su carrera militar en la península, no era español sino americano, pues había nacido en Arequipa, ciudad del Alto Perú, Belgrano entonces lo trataba como compatriota.

Belgrano, al asumir el mando del Ejército del Norte, envió diversas cartas, sin éxito, donde le pedía a evitar derramamiento de sangre. En una escrita desde Salta, en abril de 1812, seis meses antes de enfrentarse en la batalla de Tucumán, le decía que era necesario que Tristán planteara ante su superior jerárquico y primo, el Gral. Goyeneche, "aprovechándote la confianza que tienes", el camino posible para "que se acabe esta maldita guerra civil con que nos destruimos y vamos a quedar para presa del primero que nos quiera subyugar".

"Tu me hablas de cosas pasadas que ya no tienen remedio, que nos sirvan ésas de lección para lo presente y futuro", decía. Se negaba a hablar sobre la situación de España y sobre la fuerza que poseían los respectivos ejércitos. "Hazme el gusto de dejar esas conversaciones a un lado, que no son propias para unos amigos que tratan de buena fe y que no deben ni pueden engañarse uno a otro", expresaba Belgrano.

Añadía que "si hubiera al menos una pequeña parte contigo y los demás buenos americanos en la pacificación de nuestro suelo, te aseguro que me llamaría feliz y ese día gustoso cerraría mis ojos; por eso he trabajado y sufrido lo que no te puedes figurar; porque jamás me han movido otras relaciones ni intereses que los de mi patria".

Entre ambos ex condiscípulos, se entabló una relación de respeto, cuando no de cordialidad, según los usos caballerescos de la época. Por ejemplo, en el combate de Las Piedras, librado el día 3 de septiembre de 1812, en el que vencieron las tropas revolucionarias rioplatenses al mando de Díaz Vélez, los hombres de Belgrano capturaron a un coronel realista: Agustín Huici. Tristán pidió que el prisionero fuera tratado con humanidad y respeto, diciendo que él haría lo mismo con los prisioneros patriotas en su poder. Envió también cincuenta onzas de oro para cubrir los gastos de la manutención del prisionero, y firmó:

"Campamento del Ejército GRANDE, setiembre de 1812"

Belgrano, con un toque de humor, devolvió las cincuenta onzas para que con ellas cubriera los gastos de los prisioneros patriotas y firmó la nota:

"Cuartel General del Ejército CHICO, 17 de septiembre de 1812"

Belgrano y Díaz Vélez llegaron a las cercanías de Salta en febrero de 1813, y Tristán sacó a su ejército de la ciudad para esperarlo. Belgrano simuló un ataque frontal mientras el grueso de las tropas patriotas hacían un movimiento envolvente. Atrapado entre dos fuegos Tristán replegó sus fuerzas al interior de la ciudad y se dispuso a ofrecer una última resistencia en torno a la Plaza Mayor, pero no pudo organizar a sus tropas, que se negaron a defender las trincheras y corrieron a buscar refugio en la iglesia catedral. Finalmente, Tristán decidió capitular para evitar un inútil derramamiento de sangre y envió un parlamentario a Belgrano. Éste aceptó y a su vez ofreció honrosas condiciones: dejó en libertad a todos los combatientes realistas, exigiéndoles solamente que hicieran el juramento de no volver a tomar las armas en contra de la Patria. Diecisiete jefes y oficiales (incluyendo a Tristán) y casi 3.000 soldados, la completa vanguardia del ejército de Goyeneche, cayó prisionera en la batalla de Salta.
Después de este hecho Tristán cumplió su palabra y abandonó el ejército, retirándose a su natal Arequipa.

Belgrano tenía la firme idea de ganar la voluntad de los americanos que combatían en el bando realista. Por esa razón aceptó al parlamentario que envió Tristán en medio de la batalla de Salta y le contestó:

"Dígale usted a su general que se despedaza mi corazón al ver derramar tanta sangre americana: que estoy pronto a otorgar una honrosa capitulación."

Luego, tras la rendición, Tristán pretendió entregar a Belgrano su espada, tal como se acostumbraba, pero el jefe patriota se lo impidió, y en presencia de todos, lo abrazó.

La promesa de no volver a luchar contra la Patria fue suficiente para Belgrano, quien dejó ir a su enemigo, en contra del consejo de sus oficiales y de su gobierno.

Tristán tuvo la oportunidad de romper su juramento, pues un obispo realista liberó a todos de su juramento, argumentando que la palabra dada a los revolucionarios podía romperse, pues se trataba de herejes.

De este modo muchos oficiales y soldados volvieron a tomar las armas, pero no así Tristán.

Fuente:
https://es-la.facebook.com/notes/zarate-de-ayer/an%C3%A9cdotas-de-la-batalla-de-salta-belgrano-amigo-de-su-enemigo/374021609372562

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 22 Feb 2015 - 6:49

bashar escribió:


En el Campo de Castañares fueron enterrados los muertos de ambos contendientes, en una fosa común y sobre ella se levantó una gran Cruz de madera con la siguiente frase inscripta:

                     AQUÍ YACEN LOS VENCEDORES Y VENCIDOS EL 20 DE FEBRERO DE 1813


Breve historia sobre la cruz

En la ciudad de Salta, el general Belgrano ordenó que se enterraran los 480 realistas caídos y los
103 patriotas en una fosa común. Allí se ubica una cruz de madera con la leyenda que decía:
“Vencedores y vencidos en Salta, 20 de febrero de 1813”.

Poco tiempo después, esta cruz fue reemplazada –a pedido del propio Belgrano al entonces
gobernador Feliciano Chiclana– por otra cruz pintada de color verde y que llevaba únicamente la
leyenda “a los vencedores y vencidos”.

El gobernador Pablo de la Torre, en 1834, ordenó la restauración de la cruz y la colocación de un
basamento para que pudiera soportar mejor el deterioro natural.

La cruz quedó en el olvido hasta fines del siglo XIX en que se partió y cayó al piso. Sus restos
fueron recuperados por seminaristas y monseñor Piedrabuena los dio a las autoridades.

Esta cruz fue restaurada merced a la comisión promonumento y en el mes de mayo de 1899 las
maderas depositadas en una caja de hierro con vista de cristal. Los artesanos Bellagamba y Rossi
de Buenos Aires, fueron los autores de la enmienda.

La cruz se ubicó en un principio, en el atrio de la Catedral de Salta y luego trasladada a la Iglesia
de La Merced, lugar en el que se encuentra hasta la actualidad.


Fuente
http://www.hcdcorrientes.gov.ar/trabajos-i-h/Batalla%20de%20Salta.pdf

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 22 Feb 2015 - 10:55

Gran dato Quequén!

agrego esto, que también hace referencia a la Batalla de Salta, y es el tradicional poema "Ahi te mando, primo el sable. Transcribo:

FICCIÓN PATRIÓTICA DE 1813. Dada a conocer primero por Estanislao Zeballos en su Cancionero Argentino, fue reproducida por Bernardo Frías en la Historia de Güemes y de Salta y por Juan Alfonso Carrizo en el Cancionero Popular de Salta. Se presume que su autor pudo haber sido el salteño Don Gaspar López y Sosa, compañero de estudios del general Paz. La "letrilla" fue compuesta luego del triunfo del 20 de febrero al descubrirse una carta enviada por Tristán a su primo hermano Goyeneche, en la cual le pedía "hiciera cambiar la vaina a un sable que le mandaba".


AHI TE MANDO, PRIMO EL SABLE

Ahí te mando, primo, el sable;
no va como yo quisiera;
del Tucumán es la vaina
y de Salta la contera.


Cercado de desventuras,
desdichas y desaciertos,
no distingo sino muertos;
no veo sino amarguras.
Los hijos de estas llanuras
tienen valor admirable;
Belgrano, grande y afable,
a mi me ha juramentado,
y pues todo está acabado
ahí te mando, primo, el sable.


Cada jefe testimonio
dio de ser un adalid,
Díaz Vélez, más que el Cid;
Rodríguez como un demonio;
Aráoz por patrimonio
tiene la índole guerrera,
de Figueroa a carrera
me libré si no me mata.
Estoy ya de mala data;
no va como yo quisiera.


Forest, Superí y Dorrego,
Pedriel, Álvarez y Pico,
Zelaya en laureles rico
y Balcarce britan fuego;
Arévalo de ira ciego
en sus ardores no amaina;
me han cebado una polaina
los tales oficialitos;
y cantan estos malditos:
del Tucumán es la vaina.


Por fin ese regimiento
llamado "número Uno"
con un valor importuno
me ha dado duro escarmiento;
y es tanto mi sentimiento
que ya existir no quisiera
pues la fama vocinglera
publicará hasta Lovaina
que es del Tucumán la vaina
y de Salta la contera.


Post - Data


Aseguran por muy cierto
que a Goyeneche, Tristán,
con un soldado alemán
esto escribió medio muerto:
que aquel tuvo a desacierto
haberse juramentado,
por lo cual desesperado,
dijo al verse sin arrimo:
maldito sea mi primo
y el padre que lo ha engendrado


en: http://saltanuestracultura.blogspot.com.ar/2010/02/ahi-te-mando-primo-el-sable.html


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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 22 Feb 2015 - 12:40

Día 22 de febrero (1828)

Combate de Padre Filiberto

(Segunda Invasión a Rio Grande do Sul)


El 21 de Febrero la caballería del general Lavalleja avanzó reunida hacia el enemigo, para provocar a los adversarios y sacarle sus caballadas.
El día 22, a la madrugada, Lavalleja lanza tres columnas contra las líneas de los puestos avanzados, quedando él con el grueso, oculto detrás de una altura.
Simultáneamente el Regimiento de Dragones Orientales efectuaba un rodeo para caer sobre la retaguardia enemiga. Los piquetes brasileños son rechazados.
El intenso tiroteo atrae al Mariscal Brown quien destina 500 jinetes y dos batallones, del que logra disponer en el primer momento, para detener las columnas atacantes, aumentando luego con un batallón mas y  una brigada de artillería que llegan aceleradamente, mientras el resto del ejército se apresta a intervenir.
El general Lavalleja opinando riesgoso generalizar la acción ante un enemigo demasiado superior, opta por la retirada hasta dos leguas del campo de acción.
La acción sobre la retaguarda imperial no tiene éxito porque estos preventivamente habían retirado sus caballadas días antes en un lugar seguro. La operación es un fracaso táctico, y con pocos animales, el Oriental decide repasar el Yaguarón, dirigiéndose para eso a su vivac en Sarandí.
A fines de Marzo, en vista del avance de una gran columna brasileña sobre el Yaguarón, Lavalleja deja una retaguardia  al mando de Julían Laguna sobre este río y se retira haca Cerro Largo. Después de semanas de inactividad, el ejercito imperial se mueve estableciendo sus vivaques sobre el arroyo Bote, a 5 kilómetros de Sarandí


General Lavalleja

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Lun 23 Feb 2015 - 20:00

23 de Febrero (1820)

Firma del Tratado del Pilar



La noticia de la derrota del Protector  en Tacuarembó ante los portugueses (22 de enero de 1820) permitió que fuerzas antes antagónicas llegaran a un acuerdo por una peculiar confluencia de intereses.

En este sentido tanto Estanislao López, gobernador de Santa Fe, como Francisco Ramírez, caudillo de Entre Ríos, y Manuel de Sarratea, gobernador de Buenos Aires a la caída del Directorio, decidieron aprovechar la derrota del Gran Oriental.

Cada uno tenías sus propios motivos para terminar con el prestigio político del Protector de los Pueblos Libres. De allí que coincidieran poco después en signar un pacto que excluía ostensiblemente a Artigas, y que hubiera sido impensable en otro momento.
El pacto del Pilar fue firmado por los tres gobernadores el 23 de febrero de 1820. Por medio de éste Ramírez se deshacía de la influencia artiguista en las provincias mesopotámicas para tenerlas directamente bajo su puño y Sarratea preparaba el terreno aabsteciendo y llenando de favores recibidos al Mesopotámico,  para el desenlace final en la batalla de Las Tunas.

López daba un paso adelante en su aspiración de constituirse en el eje de la política del Fenecido Virreinato, al exigir que Buenos Aires claudicara y se considerase una Provincia mas, al poder ejercer el control sobre el cuerpo representativo de las provincias que se convocaría en San Lorenzo.

Y Sarratea conseguía eliminar al enemigo tradicional de la política porteña, lo que abría el camino para la preponderancia de Buenos Aires, que no ha cesado de crecer desde entonces y a la que Artigas se oponía.

Por el tratado del Pilar se admitía la idea federativa de gobierno popular, pero dejando a la reunión de los diputados nombrados en libre elección por las provincias el que así lo declarasen. Para tal efecto se convocaba un congreso en San Lorenzo, 60 días después de la ratificación del tratado.

Asimismo los ejércitos de Santa Fe y Entre Ríos aceptaban retirarse y se recordaba la necesidad urgente de ayudar a la Banda Oriental frente a los Luso-brasileños. Como se esperaba, la reacción del Protector ante este tratado fue muy negativa. Implicaba una traición de parte de las provincias que se suponían aliadas.

Al respecto Artigas escribía el 16 de marzo de 1820 en un oficio al Cabildo de Santa Fe: " jamás pudo presentarse unos resultados más desventajosos al mérito de nuestros afanes y tan disconforme a las ventajas que nos ha brindado la suerte. Yo esperaba que esta vez se pusiera término a la guerra civil, que cesasen las complicaciones con Brasil y que librado el interés de la Nación a las resoluciones de los pueblos se creyese esta garantía en sus propios esfuerzos.

Ninguno de estos principios se ha mencionado en la estipulación indicada. Todos se hallan paliados y por lo mismo es para mi juicio inconcebible como pueden esperarse felices resultados.



Según Manuel Cervera, Artigas deseaba llevar una lucha sin contemplaciones. Su principal obstáculo era Buenos Aires. Ahora sus antiguos aliados también lo abandonaban.

Estanislao López intentó demostrar al Protector que su actitud no era una traición sino un paso adelante en la lucha por el bien de los pueblos:

Cuando he leído las recomendaciones que Usía me hace con referencia a los artículos de la convención firmados en el Pilar, no puedo formarme otra idea sino la que Usía no estará completamente impuesto del actual estado y circunstancias de las provincias de la Unión.

Cómo he de persuadirme que Usía menosprecie la felicidad común de ellos? Pues señor ella exigía con la mayor urgencia la Convención que se ha logrado con ventajas a lo apetecible. Usía conoce a fondo tanto mis intenciones como mi sinceridad: crea pues estas proposiciones que estampo y quisiera se gravasen para eterna duración. Mi deseo es el bien general desde donde parten todas mis operaciones. La observancia de los artículos estipulados promete este beneficio.

Aunque López no indicaba la totalidad de las razones que lo habían impulsado a la firma del pacto, era evidente que a diferencia del Protector -empeñado en continuar la guerra contra el gobierno porteño-, el gobernador santafesino ponía en la balanza el estado de su provincia, devastada económica y espiritualmente por las acciones bélicas de los últimos años.

López creía en la defensa de la autonomía provincial, renunciado al modelo federativo estadounidense que planteaba Artigas y  procuraba recurrir a otros medios menos nefastos para la provincia. Fuera por pragmatismo, patriotismo o afán de prestigio personal, lo cierto es que López pretendía dirigir el curso de su propia provincia y no estaba dispuesto a transferir parte de su autoridad a nadie. Y menos a Artigas, que debido a su debilidad se encontraba incapacitado para negociar. De hecho, Artigas fue derrotado definitivamente por el mismo Ramírez el 29 de julio de 1820 en Las Tunas, Paraná, concluyendo así su vida política y militar.

Según expresa Manuel Cervera,

“con Artigas desapareció el lazo de unión que pudo integrar con la Banda Oriental casi todo el antiguo Virreinato del Plata”.

La derrota de Artigas y el ímpetu dominador de Ramírez obligaron a Santa Fe y a Buenos Aires a suscribir un nuevo pacto, el de Benegas (24 de noviembre de 1820) para defensa mutua de ambas provincias. Aun cuando éstas habían vuelto a romper relaciones poco después del tratado del Pilar, debieron olvidar sus intrigas para contener al caudillo entrerriano, cuyos afanes representaban un peligro para cualquiera de las partes.

El tratado de Benegas implicaba la obligación de defensa en caso de una invasión de Ramírez; la entrega de 25.000 cabezas de ganado como indemnización por los daños ocasionados por Buenos Aires en sus invasiones a Santa Fe; y el acuerdo de reunir el próximo congreso en la ciudad de Córdoba, cláusula que anulaba lo estipulado por el tratado del Pilar, ahora sólo era un papel vacío.

La muerte de Ramírez en julio de 1821 no trajo, como era de suponer, la paz definitiva entre las provincias. La guerra continuó hasta que se concretó la disolución definitiva de la “República de Entre Ríos” a manos del caudillo Estanislao López y la muerte del Supremo Entrerriano  en Chañar Viejo  por instigación del gobierno de Buenos Aires.




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Última edición por bashar el Lun 23 Feb 2015 - 20:15, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Lun 23 Feb 2015 - 20:10

Bashar, Ricardo; muy buena iniciativa y muy buenos aportes.
Los felicito a ambos.
Un abrazo
Diego

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Lun 23 Feb 2015 - 20:31

jas_39 escribió:
Bashar, Ricardo; muy buena iniciativa y muy buenos aportes.
Los felicito a ambos.
Un abrazo
Diego

Gracias! good
saludos!

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Mar 24 Feb 2015 - 3:40

jas_39 escribió:
Bashar, Ricardo; muy buena iniciativa y muy buenos aportes.
Los felicito a ambos.
Un abrazo
Diego

Gracias jas_39 pero tengo que aclarar la iniciativa es solo de bashar, yo como me gusta el tema me prendo en lo que puedo.
Por lo tanto todos los créditos son para Bashar.

Un abrazo Ricardo.

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Mar 24 Feb 2015 - 22:34

Día 24 de Febrero (1814)

San Martin asume el comando del Ejército del Norte



Al Asumir el comando del Ejército auxiliar del Perú, no traía ningún plan preconcebido. Sin conocimiento de los hombres o del terreno en que debía operar, ni del género de guerra que debía emprender, ignoraba los recursos que podía disponer el enemigo, cuyos planes sólo llegó a penetrar mas tarde.  Así es que,  guiado por informes incompletos y aconsejado por su experiencia Ibérica y por ideas teóricas de la guerra, sus primeros pasos muestran vacilación, hasta que, ya adaptado y mejor informado (y quien mejor que el mismísimo Belgrano), comenzó a obrar resueltamente y decidido, como inspiración súbita e iluminado.

De una idea fija se le ve, sin embargo, preocupado desde el primer momento y es reconcentrar el ejército en Tucuman para reorganizarlo en un nuevo plan, instruirlo y disciplinarlo,  consolidar a los oficiales y tropa maleable y obediente y desligarse de los díscolos y conspiradores. La nueva escuela militar le proporcionaría una masa crítica disponible para obrar según las circunstancias y tiempo, con su dirección o sin ella. Con esta idea consultó con el coronel Dorrego, jefe de la vanguardia sobre la línea del Río Guachipas, si era necesario y conveniente mantenerse en esa posición y si se podía encomendarse esa misión a las milicias locales.

Dorrego era un oficial valiente , de talento natural, con instrucción y buenas ideas militares, esforzado en la batalla y cauteloso en el repliegue, que a la sazón hostilizaba a la vanguardia enemiga, aunque con escasos elementos, así que en su informe escrito, previo a un reconocimiento prolijo, hablita al General en Jefe para adoptar una resolución acertada sobre este punto.

Replegado todo el Ejercito Regular en Tucumán, San Martín, que había peddo contingentes de reclutas a las juridicciones de su dependencia, llegó a tener bajo sus órdenes una fuerza como de 3000 hombres, medianamente organizada, pero todavía bisoña y poco consistente para medirse con fuerzas disciplinadas y recursos importantes. Con estos elementos, y con el país insurreccionado detrás y delante del enemigo en movimiento, y ya habiendo descubierto los planes del alto Mando Realista, el general del frente norte se mantuvo a la defensiva, confiando en ella y resuelto a mantenerla. En Ese sentido escribía al Gobierno indicando:

El enemigo ha sido reforzado, Hasta la Fecha se ha limitado en correrías en busca de subsistencias, a pasar de lo que anuncian, no bajarán a Tucuman, porque no tiene fuerza para ello y aunque las aumenten, no tengo temor, porque hay tiempo para prepararse…”


El enemigo no llegó a comprender los planes e este nuevo General Revolucionario, sinó ya muy tarde, ni conocer el número de sus fuerzas.

Tal fue el misterio en lo que el nuevo jefe lo rodeó y tal la decisión del país que solo podían cruzar la región los espías patriotas. Hiriendo la imaginación y confundiendo a amigos y enemigos, decidió construir un campamento atrincherado que con el nombre de “Ciudadela”, se hizo célebre en la historia militar argentina y que durante mucho tiempo fue un problema histórico. Así mostraba que estaba decidido a mantener la posición a ultranza, imponiendo confianza a unos y respeto a otros, evitaba la deserción que roía al Ejército, aislaba a sus fuerzas de las poblaciones y creaba atmosfera militar  tal como lo indicaban los manuales de instrucción del romano Polibio. Así en la Castra Tucumana abultaba tropas, reeducaba a la oficialidad, se rodeaba de misterio y se preparaba para la acción ofensiva o defensiva según se diera la circunstancia. Nadie vio nunca  salir fuerzas de aquel recinto inviolable, y con frecuencia entraban a él gruesos destacamentos que acudían de diversos puntos de la Intendencia y mas allá, y que se computaban como refuerzos. Eran  casi siempre, partidas que salían por la noche, sumaban reclutas y volvían de día figurando un nuevo contingente. Con esta clase de fantasmagoría San Martín actuaba nadie dudaba que dentro de aquellos muros se disponían de tropas en numero mayor a las 4000  plazas.
En esta actitud mantenía la acción moral y detenía la anunciada invasión a Tucumán del ejército realista, y lo combatía realmente con guerrillas y golpes de mano  atrás y al frente del enemigo, los obligaba a desalojar Salta y Jujuy, sin combatir, presionando por todos los medios y logrando despejar una región en guerra continua.

Bien quedaba claro que, mientras Montevideo fuera una plaza realista y la Revolución en Chile no diese garantías de cubrir las espaldas, las Provincias Unidas no podían librar una acción ofensiva en el Alto Perú. Por esto, los planes del General del Norte no iban mas allá de Humahuaca y solo invertía en la defensiva, haciendo servir su Ejército como punto de apoyo a la resistencia popular, que en Salta, Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra hostigaba al enemigo, lo debilitaba y paralizaba sus movimientos, ganando y perdiendo batallas.


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Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
/Más crueles que fieras,/con nuestras propias alas,/que la Naturaleza/nos dio, sin otras armas/para propia defensa,/forjáis el instrumento/de la desdicha nuestra,/haciendo que inocentes/prestemos la materia./Pero no, no es extraño,/que así bárbaros sean/aquellos que en su ruina/trabajan, y no cesan./Los unos y otros fraguan/armas para la guerra,/y es dar contra sus vidas
plumas para las flechas.»
Samaniego, Félix Mª de
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Miér 25 Feb 2015 - 16:58

25 de febrero de 1778 nace el GENERAL JOSE FRANCISCO DE SAN MARTIN

“Un día, cuando saltaban las piedras en España al paso de los franceses, Napoleón clavó los ojos en un oficial, seco y tostado, que vestía uniforme blanco y azul; se fue sobre él, y le leyó en el botón de la casaca el nombre del cuerpo: “¡Murcia!” Era el niño pobre de la aldea jesuita de Yapeyú, criado al aire entre indios y mestizos, que después de veintidós años de guerra española empuñó en Buenos Aires la insurrección desmigajada, trabó por juramento a los criollos arremetedores, aventó en San Lorenzo la escuadrilla real, montó en Cuyo el ejército libertador, pasó los Andes para amanecer en Chacabuco; de Chile, libre a su espada, fue a Maipú a redimir el Perú; se alzó protector en Lima, con uniformes de palmas de oro; salió, vencido por sí mismo, al paso de Bolívar avasallador; retrocedió; abdicó; cedió a Simón Bolívar toda su gloria; pasó solo por Buenos Aires; se fue a Europa, triste; murió en Francia, con su hija Mercedes de la mano, en una casita llena de flores y de luz. Escribió su testamento en una cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla; le habían regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajera a América hace cuatro siglos, y él le regaló el estandarte, en su testamento, al Perú.” Esta es la manera en que José Martí resume toda la existencia de José de San Martín.

Yapeyú, cuna del héroe

El 4 de febrero de 1627, en un paraje donde hasta entonces sólo había tres casas con cien indios, por decisión del provincial de la Compañía de Jesús, padre Nicolás Durán Mastrillo, quedó fundada la reducción de Nuestra Señora de los Tres Reyes de Yapeyú. Se levantaría sobre la margen derecha del río Uruguay, junto al río entonces llamado Yapeyú y denominado más adelante Guaviraví. La nueva población no difería en mucho de otras creadas antes o después por los misioneros jesuitas. Uno de ellos, el padre José Cardiel, describe así la planta de los pueblos misioneros: “Todas las calles están derechas a cordel y tienen de ancho dieciséis o dieciocho varas. Todas las casas tienen soportales de tres varas de ancho o más, de manera que cuando llueve e puede andar por todas partes sin mojarse, excepto al atravesar de una calle a otra. Todas las casas de los indios son también uniformes: ni hay una más alta que otra, ni más ancha o larga; y cada asa consiste en un aposento de siete varas en cuadro como los de nuestros colegios, sin más alcoba, cocina ni retrete…” Y más adelante agrega: “Todos los pueblos tienen una plaza de 150 varas en cuadro, o más, toda rodeada por los tres lados de las casas más aseadas y con soportales más anchos que las otras: y en el cuarto lado está la iglesia con el cementerio a un lado y la casa de los padres al otro… Hay almacenes y granero para los géneros del común y algunas capillas”.

Por ser el lugar de residencia del superior de los misioneros jesuitas, Yapeyú tuvo situación privilegiada entre todos los pueblos destinados a reunir a los indios reducidos e incorporados plenamente a las formas de convivencia propias de la civilización cristiana. Pero por su privilegiada situación geográfica fue el blanco de las asechanzas de los portugueses y de las hordas de indígenas de yaros, minuanes y charrúas, que alentados por los primeros saqueaban las estancias, robando ganados, y destruyendo las sementeras. Por esto los pobladores debieron en muchas ocasiones tomar las armas para escarmentar a los invasores y así impedir la pérdida de vidas humanas y de importantes riquezas materiales.

En julio de 1768, y dándose así cumplimiento a lo dispuesto por la real cédula firmada por Carlos III el 27 de febrero de 1767, los jesuitas eran expulsados de Yapeyú, hasta donde llegó para ejecutar la orden -una orden que sería repudiada y resistida por muchos vasallos del rey Borbón- el gobernador Francisco de Bucarelli y Ursúa. Idos los jesuitas -esos misioneros que, junto con las verdades evangélicas, enseñaron concomitantemente a los indios a amar el trabajo y a defender con su libertad la independencia del suelo patrio-, pronto el desorden se generalizó en las reducciones, como lo testimonió Juan José de Vértiz al afirmar en un memorial dirigido al monarca que los indios “se entregaron a la matanza de ganados para alimentarse sin término ni medida, no atendiendo ya sus telares, siembras y otros trabajos establecidos, y lo que antes se llevaba y gobernaba por unas muy escrupulosas reglas se redujo a confusión y trastorno”.

Reemplazado Bucarelli en 1770 por Vértiz (entonces en el ejercicio de la gobernación del Río de la Plata), el nuevo mandatario designó en 1774 por teniente gobernador de Yapeyú al mayor Juan de San Martín, oficial que había llegado América en 1765 y que desde 1767 administraba una vasta hacienda, la Estancia y Calera de las Vacas, en la Banda Oriental, también propiedad de los jesuitas.

Así, por obra del encadenamiento histórico que sucedió a la real orden de extrañamiento de los hijos de San Ignacio, se instalaron en Yapeyú don Juan de San Martín, que a poco sería ascendido a capitán, y su esposa Gregoria Matorras. El capitán San Martín ejerció el cargo con gran responsabilidad. Si bien debió prestar preferente atención a la lucha armada contra minuanes y portugueses, no descuidó su gestión administrativa, que llegó a ser fecunda. Tanto fue así, que cuando dejó el cargo, el Cabildo de Yapeyú manifestó respecto de aquélla que “ha sido muy arreglada, y ha mirado nuestros asuntos con amor y caridad sin que para ello faltase lo recto de la justicia y ésta distribuida sin pasión, por lo que quedamos muy agradecidos todos a su eficiencia”.

Mientras don Juan de San Martín se entregaba a la atención del cargo que se le había confiado, Gregoria Matorras vivía en Yapeyú dedicada a la crianza de sus cinco hijos, el menor de los cuales era José Francisco, nacido allí, el 25 de febrero de 1778.

Sus padres y hermanos

En el antiguo reino de León -cuyas vicisitudes históricas corren parejas con el de Castilla- nacieron los padres del Libertador.

En el pueblo de Cervatos de la Cueza nació don Juan de San Martín y Gómez, un 3 de febrero de 1728, hijo de Andrés de San Martín e Isidora Gómez. La aldea se levanta en la comarca de la Cueza, por donde atravesaba una calzada romana, y cuyo nombre lo toma por el del río que la cruza. El investigador Eugenio Fontaneda, a quien seguimos en parte de esta exposición, supone que debió existir una antigua fortaleza Celta, origen de la actual población, en las cercanía del que fuera solar de los San Martín, hoy casa-museo salvada para la posteridad por el mismo autor.

Se trata de una morada noble castellana, austera, fuerte, construida de adobe, con tapial revestido de barro y paja, y concebida para guardar de los fríos de invierno. De este tipo de edificación cabe decir, como observó González Garrido, que fue llevada a América por Alonso de Ojeda, Juan de Garay y el mismo Juan de San Martín convirtiéndose, allende los mares, en la “técnica criolla por antonomasia”.

Cervatos es, probablemente, la cuna del apellido San Martín. Parece ser originario del nombre de un santo hidalgo caballero andante, San Martín de Tours.

El mismo que providencialmente, fue patrono de la ciudad de Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, hoy Buenos Aires, Capital de la República Argentina.

El hogar donde naciera Juan de San Martín era morada de humildes labradores.

Al amparo de sus mayores, fortaleció su noble espíritu de cristiano y cuando cumplió dieciocho años, algo tarde para lo acostumbrado en la época, dijo adiós a sus buenos padres, orgulloso por ingresar en las filas del ejército de su patria, para seguir las banderas que se trasladaban de uno a otro confín del mundo.

El joven palentino se incorporó al Regimiento de Lisboa como simple soldado.

Inició su aprendizaje militar en las cálidas y arenosas tierras de Africa (al igual que lo haría su hijo José Francisco), donde realizó cuatro campañas militares. El 31 de octubre de 1755 alcanzó las jinetas de sargento y, seis años más tarde, las de sargento primero. Cuando después de guerrear en tierras de las morerías regresó a la metrópoli, siguió a su regimiento a través de las distintas regiones en que estuviera de guarnición. Así le vemos actuar en la zona cantábrica y en la fértil Galicia, en la activa y fértil Guipúzcoa, en la adusta y sobria Extremadura y en la alegre Andalucía. Era Juan de San Martín un soldado fogueado y diestro en los campos de batalla cuando, en 1764, se le destinó para continuar sus servicios en el Río de la Plata. Cuando el 21 de octubre de 1764 se regularon en Málaga los servicios de Juan de San Martín, se le computaron diecisiete años y trece días en campañas. A raíz de su meritoria foja de servicios, se le ascendía a oficial del ejército real con los galones de teniente, cuyo título le fue extendido el 20 de noviembre de 1764. Su embarque con destino al Río de la Plata lo debió efectuar en Cádiz. La carrera militar de Juan de San Martín es, pues, aparentemente modesta; pero, en la hondura de su abnegada vida, se puede percibir el anuncio de las virtudes heroicas de su hijo menor, José Francisco.

Cuando desembarcó en el Riachuelo ejercía las funciones de gobernador Pedro de Cevallos, quien le confió el adiestramiento e instrucción del Batallón de Milicias de Voluntarios Españoles, hasta que, en mayo de 1765, lo destinó al bloqueo de la Colonia del Sacramento y del Real de San Carlos. Permaneció en esa zona hasta julio de 1766, en que se le confió la comandancia del Partido de las Vacas y Víboras, en la actual República Oriental del Uruguay.

En ese nuevo destino prestó imponderables servicios en la persecución del contrabando. En 1767 ocurrió el extrañamiento de los jesuitas con la confiscación de los edificios y toda suerte de bienes que poseían en España y en América. Los religiosos tenían en la actual República Oriental del Uruguay, dependiente del Colegio Belén de Buenos Aires, una extensa y bien poblada estancia llamada “Calera de las Vacas” -que fue conocida después con el nombre de “Las Huérfanas”-; se extendía ésta por el norte hasta el arroyo de las Vacas, al este lindaba con el Migueletes y el San Juan y al oeste y suroeste con el caudaloso Río de la Plata.

En ese rico latifundio de cuarenta y dos leguas cuadradas, pastaban por millares distintas especies de ganado. El entonces gobernador Francisco de Paula Bucareli y Ursúa, le confirió al teniente San Martín la ocupación de la referida estancia, encargándole después su administración, que desempeñó hasta 1744, haciendo aumentar en forma extraordinaria sus beneficios.

Al mismo tiempo que Juan de San Martín ejercía las funciones de administrador, no dejó inactivas sus funciones militares, cooperando de acuerdo con órdenes de sus superiores en el bloqueo establecido permanentemente por España a la Colonia del Sacramento.

El gobernador Bucareli otorgó el 10 de abril de 1769 al padre del Libertador, el empleo de ayudante del Batallón de Voluntarios de Buenos Aires, que confirmó el monarca por título expedido en San Lorenzo el Real el 30 de octubre de 1772.

Varios hechos trascendentales ocurrieron en la vida de nuestro personaje durante su actuación n el Uruguay. Su casamiento con Gregoria Matorras y el nacimiento de sus tres hijos mayores.

El matrimonio se realizó en el palacio episcopal, estando a cargo del obispo titular, Manuel Antonio de la Torre, el 1º de octubre de 1770. Los nuevos esposos se reunieron en Buenos Aires el día 12 de octubre de ese año, trasladándose poco después a Calera de las Vacas. Allí formaron su hogar y en ese lugar, en octubre nacieron tres de sus hijos: María Elena, el 18 de agosto de 1771; Manuel Tadeo, el 28 de octubre de 1772 y Juan Fermín Rafael, el 5 de octubre de 1774.

Cuando el teniente Juan de San Martín cesó en las funciones de administrador de la estancia de Calera de las Vacas, el gobernador de Buenos Aires, Juan José de Vértiz y Salcedo, lo designó el 13 de diciembre de 1774 teniente gobernador del departamento de Yapeyú, haciéndose cargo de sus nuevas funciones “desde principios de abril de 1775”.

Yapeyú había sido una de las reducciones más florecientes y ricas en tierras y ganados, que fundó la acción fervorosa y ejemplar de los padres de la Compañía de Jesús. Fue erigida a iniciativa del provincial P. Nicolás Mastrilli, con la cooperación del mártir y beato P. Roque González de Santa Cruz, superior de las misiones del Uruguay, y el P. Pedro Romero, su primer párroco. Su instalación se efectuó el 4 de febrero de 1.627, junto al arroyo llamado Yapeyú por los indígenas, bautizándose con el nombre de Nuestra Señora de los Reyes Magos de Yapeyú.

Yapeyú fue baluarte de civilización y del cristianismo frente a los indomables indígenas, como los charrúas y los yaros, y también lo fue contra los temibles bandeirantes, hordas de hombres blancos que vivían al margen de toda ley humana y que a sangre y fuego sembraron el terror y la muerte, asolando a las incipientes misiones.

Con el correr de los años, Yapeyú se convirtió en uno de los pueblos más ricos de las misiones. Poseía estancias en ambas bandas del río Uruguay.

El pueblo quedó casi abandonado después de la expulsión de los misioneros de la Compañía de Jesús. Dos nuevos vástagos aumentaron la familia San Martín-Matorras en Yapeyú: Justo Rufino, nacido en 1776, y nuestro Libertador, José Francisco, que vio la luz el 25 de febrero de 1778.

Siendo el pueblo de Yapeyú fronterizo a zonas de litigio, sus habitantes vivían bajo continuas amenazas de guerra.

El nuevo mandatario, Juan de San Martín, desde que ocupara la tenencia, activó la organización de un cuerpo de naturales guaraníes compuesto por 550 hombres, que al ser revistados por el gobernador de Misiones, Francisco Bruno de Zabala, le hicieron decir que era como la más arreglada tropa de Europa. Esas fuerzas, adiestradas por el teniente San Martín, se destinaron a contener los desmanes de los portugueses y las acometidas de los valerosos y aguerridos charrúas y minuanes.

Merced a un informe emitido por el Virrey Vértiz, Juan de San Martín ascendió al grado de capitán del ejército real, por título que se expidió en El Pardo el 15 de enero de 1.779. Cuando este despacho llegó a sus manos hacía algunos meses que había cumplido cincuenta y un años de edad.

El constante estado de intranquilidad en que se vivía en la región motivó el traslado de Gregoria Matorras de San Martín a Buenos Aires, trayendo consigo a sus cinco hijos. En la capital se le reuniría su esposo en los primeros meses de 1781. El capitán San Martín, con actividad y celo encomiables no sólo puso en estado de defensa el departamento a su mando, sino que lo impulsó por las vías del progreso, realizando diversas obras de carácter público.

Terminada su actuación en Yapeyú, el capitán San Martín embarcó con rumbo a Buenos Aires el 14 de febrero de 1781, volviendo a reunirse entonces con su esposa e hijos e incorporándose de nuevo a las filas del ejército para ejercer las funciones de ayudante mayor de la Asamblea de Infantería. Desde Buenos Aires, el 18 de agosto, se dirigió por escrito al virrey Vértiz, a la sazón en Montevideo, ofreciéndose para cualquier servicio o bien para instruir a los naturales, en cuyo ejercicio se había distinguido durante su residencia en Yapeyú.

El padre del Libertador se dirigió a las autoridades superiores de la Corte pidiendo la correspondiente licencia para embarcarse con su familia con destino a la metrópoli. Le fue concedido lo solicitado por Real Orden, expedida el 25 de marzo de 1783. Casi un cuarto de siglo de constante actividad había consagrado a las regiones del Plata el veterano soldado; había actuado en campañas militares que acreditaron su valentía y había administrado con suma pureza bienes confiados a su cuidado.

En abril de 1784, Juan de San Martín llegaba a Cádiz; retornaba al suelo patrio con su mujer y cinco hijos. Los cuatro varones, al igual que su padre, abrazarían la carrera de las armas, pero de todos ellos, sólo el benjamín daría gloria inmortal al apellido paterno.

En Málaga pasaría los últimos años de su existencia, mientras sus hijos avanzaban en edad y aspiraciones. En esa ciudad iniciaron o completaron, en parte, los estudios los jóvenes hermanos San Martín. Con los ojos mirando más allá de los mares, Juan de San Martín exhalaba, el 4 de diciembre de 1796, su último suspiro. Se hizo constar que no había testado y que habitaba en un lugar de Málaga conocido por Pozos Dulces, camino de la Alcazabilla.

La viuda del antiguo teniente de Yapeyú, al mes siguiente del óbito de su esposo, dirigió una instancia al monarca Carlos IV en la que solicitaba una pensión. En 1806 gestionó e insistió para que la reducida pensión que disfrutaba, de 175 pesos fuertes anuales, fuera transferida a su hija después de su fallecimiento. El rey resolvió no acceder a lo solicitado. Sus restos descansan hoy en el cementerio de la Recoleta de Buenos Aires.

La madre: Gregoria Matorras

La madre del futuro Libertador, doña Gregoria Matorras del Ser, fue el sexto y último vástago del primer matrimonio de Domingo Matorras con María del Ser. Fueron sus hermanos mayores: Paula, Miguel, Francisca, Domingo y Ventura. Vino al mundo el 12 de marzo de 1738, en el pueblo de la Región de Palencia, Reino de León, llamado Paredes de Nava (la villa debió su origen a antiguas construcciones castrenses, de donde viene su nombre “Paredes”, en tanto que “Nava” significa llanura en lengua vasca y majada en hebreo).

Fue bautizada en la parroquia de Santa Eulalia al cumplir diez días (el mismo lugar donde nacieron y se bautizaron genios del Renacimiento español como Pedro Berruguete y su hijo Alonso, o Jorge Manrique, autor de “la más bella poesía del Parnaso castellano de la Edad Media”, según Marcelino Menéndez y Pelayo).

Haciendo valer el contenido del viejo proverbio “Una madre vale más que cien maestros”, muchos biógrafos aciertan a observar que en la idiosincrasia de la madre de José radicaron las razones más profundas de la nobleza y el desinterés del Emancipador. A los seis años, quedó huérfana de madre. A los treinta, aún soltera, viajó al Río de la Plata con su primo Jerónimo Matorras, ilustre personaje que aspiraba a colonizar la región chaqueña, obteniendo para el logro de esa empresa el título de gobernador y Capitán General de Tucumán. Antes de emprender el viaje obtuvo Matorras licencia, otorgada el 26 de mayo de 1.767, para traer consigo a su prima Gregoria, a su sobrino Vicente y a otras personas.

Llegada a Buenos Aires con don Jerónimo en 1767, fue el azar o la añoranza de su Tierra de Campos lo que le motivó a reunirse con paisanos. Así empezó a relacionarse con un bizarro capitán, oriundo de un pueblo próximo al suyo, que luego sería su esposo. En poco tiempo, se conocieron, se amaron y se prometieron.

Pero, como el deber de las armas llevó al novio a un destino en las Misiones Jesuíticas del norte, la novia hubo de casarse, por poder, con un representante de su marido el capitán de dragones D. Juan Francisco de Somalo, el 1 de octubre de 1770, con las bendiciones del obispo de Buenos Aires, don Manuel de la Torre, también oriundo de otro pueblo palentino, Autillo de Campos. La escritura, otorgada por don Juan cuatro meses antes de la celebración, “por palabra de presente como ordena Nuestra Santa Madre, la Iglesia Católica Romana”, se refiere a la novia con estas palabras: “doña Gregoria Matorras, doncella noble, con quien tengo tratado, para más servir a Dios Nuestro Señor, casarme”.

Es revelador conocer el testamento de doña Gregoria para vislumbrar su personalidad. Firmado en Madrid, el año 1803, diez antes de morir. En el mismo se puede leer: “En el nombre de Dios Todopoderoso y de la Santísima Reina de los Angeles, María Santísima, Madre de Dios y Señora Nuestra, amen. Sépase por esta pública escritura de testamento (…) como yo, Doña Gregoria Matorras, viuda de Don Juan de San Martín capitán (…). Teniéndome la muerte, como cosa natural a toda criatura viviente, su hora tan cierta como incierta la de su advenimiento (…)”.

En sus palabras se destacan una serenidad firme ante la muerte, una intensa fe religiosa y una gran reciedumbre de carácter. De hecho, los escritos de doña Gregoria y don Juan son testimonios de tales rasgos que, junto al amor por las Indias, eran principios que transmitían cuidadosamente a sus hijos, aunque de un modo muy particular fueron desarrollados por el general.

En otra parte del documento, se entrevé cierta predilección hacia José Francisco; porque, tras referirse a provisión económica destinada a la atención de las necesidades de sus hijos mayores, Manuel Tadeo, Juan Fermín y Justo Rufino, “para su decoro y decencia en la carrera militar”, destaca que el que más le había costado era Justo Rufino, “actualmente guardia de Corps en la Compañía Americana”, pues principalmente con él “se han gastado muchos maravedíes”. A lo que añade, con entrañable acento: “Pero sí puedo asegurar que el que menos costo me ha tenido ha sido don José Francisco”. ¿Cómo explicar esto, sabiendo que éste tomó lecciones de guitarra del compositor don Fernando Sors; que reunió una gran biblioteca, cuyo valor equivaldría a su sueldo integro de militar durante tres años; que tomó lecciones de canto, que nunca pidiera dinero a sus padres? El aparente misterio se aclara, si aceptamos que obtenía ingresos extra con actividades artísticas, que percibía, tal vez, de sus amigos y comerciantes de la logia de los “Caballeros Racionales”, asamblea de inspiración francmasónica a que pertenecía. En efecto, en una de sus cartas comentaba que, si fracasaba en la carrera de armas, siempre podría ganarse la vida pintando paisajes de abanico. De hecho, la bandera de los Andes pintada al gouache él por nos le revela como avezado pintor. No obstante, como militar decimonónico, tuvo el pundonor de ocultar sus trabajos manuales como medio de obtener ingresos; y es que, en general, lo artesanal y las actividades mercantiles estaban mal vistas en aquella época. Doña Gregoria tuvo otro hermano, presbítero, llamado don Miguel, capellán de numero de la Santa Iglesia Catedral de Palencia, que aparece citado en documento de su esposo, autorizándole a administrar su bienes raíces adquiridos por herencia, sitos en Paredes de Nava. Tenía también otros hermanastros -pues el padre enviudó y volvió a casarse- que alcanzaron importantes puestos en la sociedad, como don Andrés, procurador de tribunal civil, don José, medico cirujano, y don Simón, medico de cámara de la reina Isabel II.

Desde que don Juan falleciera en Málaga a los sesenta y ocho años, teniendo José Francisco dieciocho, doña Gregoria no estuvo sola. Siempre le acompañaba el matrimonio formado por su hija María Elena y don Rafael González Menchaca, empleado de rentas, que le dio a su nieta Petronila.

La muerte de dona Gregoria acaeció en Orense (Galicia) el primero de junio de 1813, donde estaba destinado don Rafael. Tanto él como María Elena cumplieron los deseos de su madre, que había expresado en el mencionado testamento, la voluntad de que su cuerpo “sea amortajado con el hábito de Santo Domingo de Guzmán”. Ambos habían profesado en la Orden Tercera de Santo Domingo, en cuyo convento orensano fue inhumada.

En ese mismo año, don José Francisco de San Martín y Matorras se manifestaba por primera vez como triunfador de la causa de la Emancipación americana, en combate de San Lorenzo, demostrando una valía militar extraordinaria.

Contemplando el pasado del general, sus raíces, cimentadas en la aguerrida tierra palentina donde sus padres nacieron, y estableciendo sus virtudes humanas en un cristianismo auténtico, e comprende mejor como: “De azores castellanos nació el cóndor que sobrevoló los Andes” (lema de la casa- solar de los San Martín, en Cervatos de la Cueza).

Los hermanos

Del matrimonio contraído entre don Juan de San Martín, ayudante mayor de la Asamblea de Infantería de Buenos Aires, y doña Gregoria Matorras, nacieron en la Real Calera de las Vacas, jurisdicción de la parroquia de Las Víboras -actualmente en la República Oriental del Uruguay- sus hijos María Elena (18 de agosto de 1771), Manuel Tadeo (28 de octubre de l772) y Juan Fermín (5 de febrero de l774).

Trasladada la familia al departamento de Yapeyú, donde don Juan fue designado Teniente de Gobernador, nacieron los otros dos hijos: Justo Rufìno (l776) y José Francisco (25 de febrero de l778).

Se casó en Madrid el 10 de diciembre de 1802 con Rafael González y Alvarez de Menchaca.

En su testamento, el Libertador estableció: “… es mi expresa voluntad el que mi hija suministre a mi hermana María Elena una pensión de mil francos anuales y, a su fallecimiento, se continúe pagando a su hija Petronila una de doscientos cincuenta hasta su muerte, sin que para asegurar este don que hago a mi hermana y sobrina, sea necesario otra hipoteca, en la confianza que me asiste de que mi hija y sus herederos cumplirán religiosamente ésta mi voluntad”. (París, 23 de enero de 1844).

María Elena falleció en Madrid el año 1852.

Como María Elena, nació en Calera de las Vacas, territorio de Misiones del Uruguay el 28 de octubre de 1772.

La hoja de servicios de Manuel Tadeo le presenta robusto y de corta estatura. Tuvo especial gusto por la música, acaso originado en el Colegio de San Telmo, de gran prestigio entonces, al que pudo asistir desde su llegada a Málaga, y también debe suponerse que como José Francisco fuera un buen matemático, pues desde sus primeros años de oficial se le dieron cargos de artillería, arma facultativa, ya entonces muy científica y, por ello, solo accesible a los técnicos y marinos.

Del mismo modo que todos sus hermanos varones, siguió la carrera de las armas, iniciándose en el Regimiento de Infantería Soria, “El Sangriento”. En el que ingresó como cadete en 1788. Con dicha unidad tomó parte en la campaña de Africa (l790), participó en las campañas de Ceuta y de los Pirineos Orientales (l793-l794). Quedó prisionero de los franceses, junto con su regimiento, al rendirse la plaza de Figueres. Firmada la Paz de Basilea (julio de 1795) fue liberado. Concluida la guerra contra Francia, sirvió como maestro de cadetes durante dos años y medio y fue comisionado, por el término de nueve meses, en el reino de Murcia en persecución de malhechores y contrabandistas.

Al iniciarse el siglo XIX obtuvo el grado de capitán y pasó a revistar en el Regimiento de Infantería Valencia. En 1806 fue agregado al Regimiento de Infantería de la plaza de Ceuta.

Participó en la guerra de la Independencia y luchó contra los franceses; el 16 de setiembre de 1808 fue nombrado ayudante de campo del general conde de Castrillo y Orgaz, revistando en los ejércitos del Centro, Extremadura, Cataluña y Valencia. Participó en las jornadas de Tudela, Navarra, Ciudad Real y en la retirada de Despeñaperros. En los últimos años de esta guerra se halló en el sitio y defensa de Valencia.

Se graduó de coronel en 1817; revistó en el Regimiento de Infantería León y, en 1826, se le concedió el gobierno militar de la fortaleza de Santa Isabel de los Pasajes, en San Sebastián. Falleció en Valencia en 1851.

Juan Fermín Rafael

Ingresó como cadete en el Regimiento de Infantería Soria el 23 de setiembre de 1788, en el cual revistó durante catorce años.

Permaneció luego tres años en el Batallón Veterano Príncipe Fernando. Luego pasó a la caballería, prestando servicio en el Regimiento Húsares de Aguilar y, posteriormente, en el Escuadrón Húsares de Luzón, con destino en Manila, Filipinas. Según su foja de servicios, se encontró en la plaza de Ceuta; hizo la guerra contra Francia desde el 17 de julio de 1793; estuvo en la retirada del Rosellón en mayo de 1794. Continuó en el mismo regimiento incorporándose a la guerra marítima y participó en la batalla naval del 14 de febrero de 1797, contra los ingleses.

En el año 1802 se trasladó a Filipinas, donde contrajo matrimonio con Josefa Manuela Español de Alburu. Falleció en Manila el 17 de julio de 1822.

Los descendientes de Juan Fermín Rafael eran hasta hace unos pocos años los únicos miembros de la familia comprobados que seguían con vida.

Justo Rufino

El 18 de agosto de 1793 solicitó ingresar en el ejército español siendo admitido en el Real Cuerpo de Guardias de Corps el 9 de enero de 1795. Permaneció en ese cuerpo durante trece años, en cuyo transcurso fue ayudante de campo del marqués de Lazán y ascendido a teniente el 9 de enero de 1807.

Posteriormente se incorporó al Regimiento de Caballería Húsares de Aragón, con el grado de capitán.

Asistió a los acontecimientos de Aranjuez (mayo de 1808); al ataque y defensa de Tudela (junio de 1808); a los dos sitios de Zaragoza (1808 y 1809), donde fue hecho prisionero cuando se rindió la ciudad. Fugó de sus captores y se presentó al gobierno, que lo destinó -ya graduado de teniente coronel- junto al teniente general Doyle.

Participó en la destrucción del fuerte de Sant Carles de la Rápita y asistió al sitio de Tarragona. Falleció en Madrid en 1832. Fue el único de los hermanos varones que estuvo junto a José Francisco durante su período de ostracismo en Europa.

Primeros años en España

La fragata “Santa Balbina” era una airosa embarcación velera de la Armada Real inglesa, construida en astilleros británicos, seguramente los de Plymouth. El 9 de agosto de 1780, cuando custodiaba con otras dos fragatas un importante convoy de velas, fue sorprendida y apresada junto a ellas, a la altura de las Azores por la escuadra del general Córdoba, e incorporada a las fuerzas navales españolas con el nombre de “Santa Balbina”. Se la asignó al apostadero naval de Montevideo en 1781, donde efectuó diversas misiones, como la de perseguir a las naves inglesas y francesas que se dedicaban a la pesca de ballenas en aguas españolas.

En noviembre de 1783 fue designada para trasladar a España, llevando de transporte a diverso personal del Ejército con sus familiares. Los viajeros fueron fletados partir del 5 de noviembre hasta el 6 de diciembre, en que el buque salió a la mar.

La familia más numerosa de las embarcadas fue la del ayudante D. Juan de San Martín, que se presentó acompañado de su mujer, Doña Gregoria Matorras, y de sus hijos María Elena, de doce años, Manuel Tadeo, de once, Fermín de diez, Justo Rufino de ocho, y José Francisco, el futuro emancipador de Argentina, de seis.

El escribiente naval que anotó la edad de los niños consignó a José un año más del que le correspondía, suponiendo que su fecha real de nacimiento fuera la comúnmente admitida del 25 de febrero de 1778. No creemos que se equivocara, pues, en caso contrario, no hubiera podido ingresar el 21 de julio de 1789 como cadete de Regimiento de Murcia, ya que el articulo 2do., tratado 2, título XVIII de las “Ordenanzas” del Ejército, instituida por Carlos III en 1768, determinaba que el que se recibiere por cadete no había de ser menor de doce años, prescripción que se cumplía rigurosamente. El autor conoce muchos casos de influyentes militares, como el de general Conde de España, que tuvo que esperar hasta los doce años para que su hijo ingresara en el Ejército como cadete. Se duda entonces de que un oficial de poca relevancia, como el padre de nuestro héroe, pudiera conseguir una dispensa de edad. Acompañaba a la familia San Martín un criado, esclavo negro, llamado Antonio, adquirido seguramente por D. Juan con los ahorros que pudo reunir en su destino de Yapeyú.

En total, los pasajeros eran nueve oficiales de infantería, caballería y dragones, con dos esposas y catorce hijos, una viuda de oficial, dos sargentos, cuatro cabos, un tambor con su hijo, un soldado, dos marineros ingleses, un presidiario y nueve criados.

La fragata media 69 pies de eslora y 18 de manga. Su velamen se componía de dos palos mesanos, dos mayores y dos trinquetes, y portaba treinta y cuatro cañones. Su tripulación estaba formada por once oficiales, un guardiamarina, dieciocho oficiales de mar, veintidós soldados de infantería, cincuenta y seis artilleros, cuarenta y siete marineros, treinta y seis grumetes y cuatro pajes. Transportaba también veinticinco guanacos destinados al Monarca, para los que se habilitaron a bordo divisiones, comederos y bebederos.

Mandaba la fragata el capitán de navío D. Roman Novia de Salcedo, un vasco de cuarenta y siete años, hijo de un alcalde de Bilbao, que poco después se retiraría del servicio activo. Complementaban la oficialidad tres tenientes de navío (uno de ellos era D. Juse van Halen, el célebre aventurero, tío carnal de Juan, que coincidiría años después con San Martín en la Guerra de la Independencia de Bélgica, otro, Casimiro Lamadrid, antepasado del general Francisco Franco Bahamonde), un contador, dos capellanes, dos cirujanos y dos pilotos.

Durante el viaje, tuvieron que soportar algún temporal que les rompió por la cruz la xxxx mayor. Además, los guanacos enfermaron de sarna, por lo que murieron todos.

El joven San Martín, que recorrería con curiosidad todos los compartimentos del buque y realizaría mil travesuras a pesar de los esfuerzos de Antonio, conservó siempre un recuerdo entrañable de la navegación y cierta inclinación a la Marina, que le movería catorce años más tarde a embarcar voluntariamente en Cartagena, en la fragata “Santa Dorotea”.

A los ciento ocho días de navegación, la fragata entraba en la bahía de Cádiz, donde anclaba el 23 de marzo de 1784. Ante los ojos infantiles y asombrados de José Francisco se mostró el paisaje de las poderosas murallas de la ciudad y la blancura de sus numerosas torres y casas. El muchacho no pudo sospechar entonces el glorioso porvenir que le aguardaba. Al día siguiente desembarcó con su familia, pero eso es otra historia.

Su regreso a la patria

Marzo de 1812. En su edición correspondiente al viernes 13, un periódico local –“La Gaceta de Buenos Aires”- hace pública la llegada de la fragata inglesa George Canning, salida de Londres cincuenta días atrás. Trae noticias de la desgraciada situación por laque pasa España, donde el invasor francés, con bríos recobrados, tiene grandes probabilidades de dominar todo el territorio. Informa, también, que a su bordo arribaron como pasajeros seis americanos y un europeo, todos oficiales de las armas de la Monarquía. Entre ellos, el teniente coronel José Francisco de San Martín, quien así retorna a su país nativo, al país de su nacimiento.

La información decía así: “El 9 del corriente ha llegado a este puerto la fragata inglesa Jorge Canning, procedente de Londres en 60 días de navegación. Comunica la disolución del ejército de Galicia y el estado terrible de anarquía en que se halla Cádiz, dividido en mil partidos y en la imposibilidad de conservarse por su misma situación política. La última prueba de su triste estado son las emigraciones frecuentes, y aún más a la América Septentrional. A este puerto han llegado, entre otros particulares que conducía la fragata inglesa, el teniente coronel de caballería D. José San Martín, primer ayudante de campo del general en jefe del ejército de la Isla, marqués de Coupigny; el capitán de infantería D. Francisco Vera; el alférez de carabineros reales D. Carlos Alvear y Balbastro; el subteniente de infantería D. Antonio Arellano y el primer teniente de guardias valonas, barón de Holmberg. Estos individuos han venido a ofrecer sus servicios al gobierno, y han sido recibidos con la consideración que merecen por los sentimientos que protestan en obsequio de los intereses de la patria”. El otro periódico que por entonces se imprimía en Buenos Aires –“El Censor”- no dio información acerca del arribo de la fragata inglesa.

El recién llegado

¿Quién es este Teniente Coronel recién llegado? Muy pocos recuerdan a su padre y a su madre, aunque sí quedan todavía unos pocos parientes o amigos de uno y de otra; menos son, seguramente, los que a él lo conocieron niño, durante su breve paso por las bandas rioplatenses.

Nacido en Yapeyú el 25 de febrero de 1778, de la mano de sus progenitores y junto con sus cuatro hermanos, mayores que él, marchóse a España cuando apenas contaba cinco años de edad (25 de febrero de 1778 es la fecha tradicional y oficialmente aceptada, aunque hay desacuerdos al respecto. José Pacífico Otero, por ejemplo, afirma que el Libertador vino al mundo en 1777. Yapeyú y 25 de febrero de 1778 son lugar y fecha de nacimiento que figuran en el registro de sepelios, correspondientes al año 1850, de la iglesia parroquial de Boulogne-sur- Mer).). En Málaga realizó el aprendizaje elemental -ya en el hogar, como se solía, ya en alguna escuela pública, muy probablemente en una de Temporalidades- y en 1789 sentará plaza de cadete en el Regimiento de Murcia. Comenzó así para José Francisco una carrera militar que se prolongaría hasta 1811. El 5 de setiembre de ese año se le concedió, a su solicitud, el retiro y permiso para pasar a Lima. Interin, ha combatido en Africa y en Europa, en el desierto de Orán (Norte de Africa), en el llano, en la montaña pirenaica (Cordillera de los Pirineos, entre Francia y España) y en el mar (a bordo de la fragata “Santa Dorotea”); ha sido vencedor y prisionero. Fue jefe victorioso de unos pocos soldados en el combate de Arjonilla y oficial subordinado en el campo triunfal de Bailén. Conoció el riesgo de perder la vida en tres ocasiones: entre Valladolid y Salamanca, al ser asaltado por cuatro bandoleros en un solitario camino; en Cádiz, al ser confundido con el general Solano por una multitud enardecida, y en Arjonilla, donde lo salvó el soldado Juan de Dios. Se inició como cadete y llegó a teniente coronel; empezó su carrera en la infantería y la concluyó en la caballería. Fue distinguido por los jefes a cuyas órdenes estuvo señalemos en particular al marqués de Coupigny, mencionado por la Gaceta de Buenos Aires-, y ostenta como premio la medalla de Bailén. Esbocemos ahora, en lo físico, en lo moral, en el carácter, a este criollo, según lo verán en los próximos años sus compatriotas y los americanos que compartirán con él luchas y afanes. Su estatura no pasa de 1,70 m y casi seguramente no llega a tal medida, pero impresiona como tanto o más porque el recién llegado está siempre erguido, con presencia castrense. El rostro se muestra moreno, ya por coloración natural de la piel, ya por la huella que en él ha dejado el servicio prestado a campo abierto. La nariz es aguileña y grande. Los prominentes y negros ojos no permanecen nunca quietos y son dueños de una mirada vivísima. Posee un inteligencia poco común y sus conocimientos van más allá de los propios de una estricta formación profesional. De maneras tranquilas y modales que revelan esmerada educación, según los momentos es dicharachero y familiar, severo y parco, optimista y dispensador de ánimo para quienes lo han perdido o vacilan. Ni en este momento de su retorno ni en el futuro, alguien podrá tacharlo de indiscreto, llegando en ocasiones a ser por necesidad, casi críptico o disimulador sin mentira.

Escribía lacónicamente, con estilo y pensamiento propios, dice Bartolomé Mitre (“Historia de San Martín y la Emancipación Americana”). Poseía el francés, leía con frecuencia y, según se desprende de sus cartas, sus autores predilectos eran Guibert y Epicteto, cuyas máximas observaba, o procuraba observar, como militar y como filósofo práctico. Profundamente reservado y caluroso en sus afecciones, era observador sagaz y penetrante de los hombres, a los que hacía servir a sus designios según sus aptitudes. Altivo por carácter y modesto por temperamento y por sistema más que por virtud, era sensible a las ofensas, a las que oponía por la fuerza de la voluntad un estoicismo que llegó a formar en él una segunda naturaleza.

Por qué, para qué retorna

En tres ocasiones, el futuro Libertador explicará por qué y para qué decidió retornar a América. Así, en 1819, dirá: “Hallábame al servicio de la España el año de 1811 con el empleo de comandante de escuadrón del Regimiento de Caballería de Borbón cuando tuve las primeras noticias del movimiento general de ambas Américas, y que su objetivo primitivo era su emancipación del gobierno tiránico de la Península”.

“Desde este momento, me decidí a emplear mis cortos servicios a cualquiera de los puntos que se hallaban insurreccionados: preferí venirme a mi país nativo, en el que me he empleado en cuanto ha estado a mis alcances: mi patria ha recompensado mis cortos servicios colmándome de honores que no merezco…” Y en 1827, hablando de sí en tercera persona, manifestará:

“El general San Martín no tuvo otro objeto en su ida a América que el de ofrecer sus servicios al Gobierno de Buenos Aires: un alto personaje inglés residente en aquella época en Cádiz y amigo del general, a quien confió su resolución de pasar a América, le proporcionó por su recomendación pasaje en un bergantín de guerra inglés hasta Lisboa, ofreciéndole con la mayor generosidad sus servicios pecuniarios que, aunque no fueron aceptados, no dejaron siempre de ser reconocidos”. Y corridos veinte años, volvió sobre el tema al decir a Ramón Castilla: “Como usted, yo serví en el ejército español, en la Península, desde la edad de trece a treinta y cuatro años, hasta el grado de teniente coronel de caballería. Una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de empeñar”.

Retorna, entonces, porque ha tenido noticia de los importantes sucesos que están ocurriendo y para ofrecer sus servicios militares a la tierra de su nacimiento. Algunos no lo creerán así y tras su llegada comienzan a correr las versiones más contradictorias o disparatadas: así, se llega a decir, con intención que no necesita ser explicada, que es un espía, que es agente francés, que lo es, sí, pero británico. Con el correr de los años, y aún después de la muerte de San Martín, se seguirá dando aliento a estas patrañas, a estas especiales maneras que tienen algunos para exhibirse sabedores de lo que todos desconocen. Más nadie encontrará el menor dato que favorezca sus aserciones hechas a media voz, ninguno de sus impugnadores podrá valerse del menor principio de prueba en favor de tesis tan peregrinas como reiteradas.

Cómo se lo recibe

La rápida comunicación hecha a Juan Martín de Pueyrredón, a cargo del Ejército Auxiliador del Perú, y la difusión por la Gaceta de la llegada de los siete oficiales atestiguan que el Gobierno le concede importancia al hecho. No es para menos. En momentos difíciles como los que transcurren para el movimiento iniciado en mayo de 1810, todo aporte, todo apoyo, cobra significación especial.

No se la restará tampoco Gaspar de Vigodet, quien a la sazón gobierna en Montevideo. Por ello, el 25 de marzo se dirigirá al ministro de Guerra del Consejo de Regencia para señalar “la grande sorpresa, y sentimiento que me ha causado como a todos los buenos españoles este inesperado acontecimiento y representarle el gravísimo perjuicio que resulta al Estado de la concesión de semejantes permisos a unos individuos como éstos, reputados por infidentes y adictos al sistema de la independencia”. Suspicacias y prevenciones se manifiestan también en el seno del Gobierno. “A principios de 1812 -escribirá San Martín en 1848, a Ramón Castilla- fui recibido por la Junta gubernativa de aquella época, por uno de los vocales con favor y por los dos restantes con una desconfianza muy marcada”. Quiénes son estos dos, no se lo sabrá nunca a ciencia cierta, mas los hechos por ocurrir a poco permitirán afirmar que, prontamente, todo quedará aventado.

Su esposa: Remedios

Nació en Buenos Aires el 20 de noviembre de 1797, siendo sus padres D. José Antonio de Escalada, rico comerciante, canciller de la Real Audiencia de 1810, y doña Tomasa de la Quinta Aoiz Riglos y Larrazábal. Esta ilustre familia -ha dicho un historiador- se caracterizó siempre en la colonia y en la república, por el mérito de sus varones y el boato representativo de sus mujeres. Se recuerda entre las familias porteñas el empleador de las veladas y fiestas con que estos señores Escalada mantenían el prestigio de su elevada posición.

Remedios, esposa del general San Martín más tarde, era de una delicadeza exquisita. Su elevado sentido de la dignidad y sus patrióticas virtudes envuelven su recuerdo en un aroma agradable, ocupando un lugar destacado entre las damas de la época, por haber sido la que primero tuvo el noble y patriótico gesto de desprenderse de sus sortijas y aderezos para contribuir a la formación de las huestes patriotas.

Remedios tenía 14 años cuando arribó a nuestras playas el Teniente Coronel de caballería D. José de San Martín, grado adquirido en una interminable serie de combates, ora en la madre patria contra el extranjero invasor, ora en África, guerreando contra la morisca audaz y bravía.

Al llegar a su patria, ofreció su brazo y su espada a la causa emancipadora, y el gobierno de las Provincias Unidas se apresuró a aceptar tan patriótico ofrecimiento, sin soñar acaso, que al hacerlo acababa de armar caballero de la causa americana al más decidido y esforzado paladín, que debía escribir largas páginas brillantes, rebosantes de gloria y exuberantes de nobles ejemplos para las generaciones futuras. Desde el momento en que San Martín ofreció sus servicios al la causa de la independencia, la casa de la familia Escalada, que era un centro de patriotas de la Revolución, le abrió sus puertas y fue uno de los más asiduos concurrentes. Allí conoció a la niña que debía ser después su esposa. El futuro adalid, llegó pobre y sin relaciones, no trayendo más que una buena foja de servicios de España y el propósito de prestar leales y desinteresados servicios a su patria.

José Antonio de Escalada, con clara visión, entrevió en aquel arrogante militar a un general de nota y no tuvo inconvenientes en aceptar los galanteos a su hija, no obstante la diferencia de edad entre ambos, que llegaba casi a 20 años: “ella, niña, no muy alta, delgada y de poca salud; él de edad madura, estatura atlética, robusto y fuerte como un roble”.

San Martín al vincularse a esa familia conquistaba posición y atraía a las filas del Escuadrón de Granaderos a Caballo, que estaba organizando, a una pléyade de oficiales, como sus hermanos políticos Manuel y Mariano y sus amigos, los Necochea, Manuel J. Soler, Pacheco, Lavalle, los Olazábal, los Olavarría y otros que llenaron después con su espada páginas admirables en la epopeya americana. Desde que San Martín conoció a Remedios, como él llamaba a su tierna compañera, se enamoró de ella y comenzó el idilio que terminaría en el matrimonio celebrado en forma muy íntima en la Catedral de Buenos Aires, el 12 de septiembre de 1812. Fueron sus testigos “entre otros” -dice la partida original- el sargento mayor de Granaderos a Caballo D. Carlos de Alvear y su esposa doña Carmen Quintanilla.

No habían transcurrido tres meses de la fecha en que se celebró la boda, cuando el coronel San Martín recogía su primer laurel en los campos de San Lorenzo, donde, como es sabido, muy poco faltó para que doña Remedios quedase viuda. Desde este instante su talla militar adquiere contornos gigantescos y es el comienzo real de su vida pública que terminaría simultáneamente con los días de su esposa, once años después.

Cuando San Martín marchó a tomar el mando del Ejército del Norte, Remedios quedó en Buenos Aires. Fue en esa época cuando el ilustre soldado sintió los primeros síntomas del grave mal que debía alarmarlo en una gran parte de su agitada existencia, mal que lo obligó a trasladarse a la provincia de Córdoba, al establecimiento de campo de un amigo, reponiéndose algún tiempo después de sus dolencias. Cuando fue designado Gobernador Intendente de la provincia de Cuyo, su esposa lo acompañó en su estadía en Mendoza y apenas llegó ella a esta ciudad, la casa del General se transformó en alegre y hospitalaria, en un centro radioso de la sociedad mendocina, por obra de su exquisita cultura y el prestigio de su bondad y virtudes. A ella concurrían los oficiales y los jóvenes de la localidad que después se agregaron, Palma, Díaz, Correa de Sáa, los Zuloaga y Corvalán, que unidos a los primeros cruzaron la cordillera y formando parte de los vencedores, llegaron hasta la Ciudad de los Virreyes, en el paseo triunfal que realizaron a través de media América.

En el mes de enero de 1817, el Ejército de los Andes emprendió la colosal empresa que debía cubrirlo de laureles y su comandante en jefe dejó el hogar para no volver a él sino de paso, en los entreactos que le permitían sus victorias. Así continuó el andar del tiempo y en 1819, San Martín, que tenía su pensamiento aferrado a la idea de afianzar la independencia de su Patria atacando al enemigo en el centro de su poderío, el Perú, pidió a su esposa que regresara a casa de sus padres y así lo hizo “Remeditos”, revelando que era tan tierna como obediente esposa. Ya tenía entonces a su pequeña Mercedes de San Martín, que sería más tarde esposa de D. Mariano Balcarce, única hija del matrimonio, la cual había nacido en Mendoza, en 1816. Acompañáronla en su viaje, su hermano, el Teniente Coronel Mariano de Escalada, y su sobrina Encarnación Demaría, que después fue señora de Lawson.

Remedios de Escalada de San Martín tras su traslado de Mendoza a Buenos Aires vivió en la casa de sus padres, y agravada la enfermedad que padecía, por consejo médico debió trasladarse a una quinta de los alrededores (actual Parque de los Patricios), de propiedad de su medio hermano Bernabé. Abatida y enferma, esperaba siempre la vuelta de su esposo, anunciada tantas veces. La muerte de su padre, acaecida el 16 de noviembre de 1821, agravó su malestar, justamente en los momentos en que el héroe renunciaba a los goces de la victoria y de las delicias del poder, después de la célebre entrevista de Guayaquil, y se retiraba para siempre de la escena política, cerrando su vida pública con un broche de oro, que deberá ser siempre profundamente comprendido por las generaciones futuras, porque su renunciamiento evitó la guerra civil en Sud América que habría destruido la obra emancipadora iniciada en mayo de 1810.

Profundamente atormentada por sus preocupaciones, que facilitaron el desarrollo del terrible mal en su delicado organismo, falleció en la quinta en que se radicó para combatir su enfermedad el 3 de agosto de 1823. San Martín se encontraba en Mendoza y en junio había escrito su última carta a D. Nicolás Rodríguez Peña, en que le decía que habíale llegado el aviso de que su mujer estaba moribunda, cosa que lo tenía de “muy mal humor”, pero sus propios males le impidieron llegar a Buenos Aires para recibir de su esposa el postrer beso, antes de iniciar viaje sin retorno.

“Murió como una santa -refería su sobrina Trinidad Demaría de Almeida, que rodeó su lecho en los últimos instantes- pensando en San Martín, que no tardó en llegar algunos meses después, con amargura en el corazón y un desencanto y melancolía que no le abandonaron jamás”. De regreso en Buenos Aires, el General San Martín -entre noviembre de 1823 y febrero de 1824- hizo construir un monumento en mármol, en el cementerio de la Recoleta, para depositar en él los restos de su Remeditos, en el que hizo grabar el siguiente epitafio: “Aquí yace Remedios de Escalada, esposa y amiga del general San Martín”.

Monumento que cubre los restos de la que “fue digna hija, virtuosa esposa, madre amantísima, patricia esclarecida y mujer merecedora del respeto general”.

Remedios de Escalada de San Martín figuró en la Sociedad Patriótica, asistió al célebre “complot de los fusiles”, en que las damas patricias se propusieron armar un contingente con su peculio particular, y tomó parte en todas las iniciativas promovidas por las mujeres de la época en pro del movimiento emancipador. El documento que redactan aquellas nobles damas que se propusieron reforzar los contingentes que bregaban por afianzar la independencia nacional, con la famosa empresa llamada el “complot de los fusiles”, terminaba con las palabras siguientes: “Yo armé el brazo de ese valiente que aseguró su gloria y nuestra libertad.”

Su hija: Mercedes

“Aunque es verdad que todos mis anhelos no han tenido otro objeto que el bien de mi hija amada, debo confesar que la honrada conducta de ésta y el constante cariño y esmero que siempre me ha manifestado han recompensado con usura todos mis esmeros, haciendo mi vejez feliz”. San Martín, 1844.

En Francia, el 28 de febrero de 1875, fallecía Mercedes San Martín de Balcarce. Blanca ya su cabeza, mostrábase aún como la evocara un compatriota tras visitarla en su residencia de Brunoy: “Tengo todavía presente su alta e imponente figura, aquella su gracia seductora y súbita simpatía que a las primeras palabras inspiraba”.

Cuando le llegó la muerte, estaba por cumplir 59 años de edad. En el otro extremo de su existencia, el nacimiento había sido así anunciado por su padre a Tomas Guido, el gran amigo: “Sepa usted que desde anteayer soy padre de una infanta mendocina”. La carta tiene por fecha la del 3 de agosto de 1816. También en este día se la cristianaba en la Matriz de la capital cuyana, por mano del presbítero Lorenzo Guiraldes, a la sazón vicario general castrense. La correspondiente acta dice que fue bautizada y llamada “Mercedes Tomasa, de siete días, española, legítima de señor Coronel Mayor General en Jefe del Ejercito de los Andes y Gobernador Intendente de la Provincia de Cuyo, don José de San Martín y la señora María Remedios Escalada. Fueron padrinos: el sargento mayor don José Antonio Alvarez Condarco y la señora doña Josefa Alvarez”. El “anteayer” de la carta Guido y los “siete días” de que habla el acta bautismal provocan duda acerca de la fecha exacta del nacimiento de la hija unigénita del futuro Libertador. Y no deja de llamar la atención lo de “española”, tratándose de quien había nacido cincuenta días después de declarada la independencia nacional. Quizá tal calificación se debió a la fuerza de la costumbre.

Entre dos travesías

Poco más de cuatro meses de vida tiene Mercedes cuando su padre, en enero de 1817, parte de Mendoza al frente del ejército llamado a realizar el plan continental de liberación política. Por los mismos días, Remedios y su hija viajan a Buenos Aires. Seguramente, el alejamiento habrá producido en el esposo y esposa un dolor como “cuando la uña se separa de la carne”, según expresa el Poema del Cid. El cruce de la cordillera fue la gran hazaña inicial. Chacabuco, la primera victoria de San Martín en tierra chilena. Con tal motivo, el 5 de marzo de 1817, el director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Juan Martín de Pueyrredón – sabedor de que no puede premiar al padre por sus triunfos pues todo honor y recompensa los rechaza sistemáticamente- acuerda a Mercedes una pensión vitalicia de 600 pesos anuales. Así lo comunica a Remedios, tres días después, Juan Florencio Terrada, encargado del Departamento de Guerra. Aquella, el 11 de marzo expresó por carta su agradecimiento a Pueyrredón y agrega que desearía hacerlo personalmente, más que la priva de ese gusto un “notorio quebranto de mi salud”. Cuando el 1821 la Junta de Representantes de Buenos Aires deje en suspenso el pago de todas las pensiones graciables, exceptúa expresamente de ello a Mercedes. Empero a partir del año siguiente la niña no percibirá más la anualidad y, según señala Mitre, a partir del cuarto trimestre de 1823, su nombre ya no figurará más en la lista de pensionados.

Fue este el segundo obsequio oficial recibido por Mercedes. El primero, a poco de su nacimiento, le había sido hecho por el gobierno de Mendoza: 200 cuadras en Los Barriales. Cuando San Martín renunció en nombre de su hija a la donación, sugiriendo que se destinase dichos terrenos para premiar a oficiales militares que se distinguieran en el servicio a la patria, el asesor fiscal dictaminó que los padres no podían perjudicar a sus hijos menores en mérito a la patria potestad ejercida sobre ellos.

Padre e hija volvieron a estar juntos por dos veces. La primera fue cuando el héroe tras su triunfo en Chacabuco, viajó a Buenos Aires, ciudad a la que llegó a comienzos de abril de 1817 y en la que permaneció hasta el 20 de ese mes. La segunda fue en 1818, oportunidad en que el padre, madre e hija marcharon a principios de julio a Mendoza desde la Capital, adonde había arribado aquel el 11 de mayo, apenas corrido un mes de la victoria de Maipú. Al agravarse el mal que aquejaba a su esposa, el Libertador debió aceptar que ella y la niña retornaran a Buenos Aires, lo cual hicieron en marzo de 1819. Corren los días y los años. EL 2 de agosto de 1823, Remedios muere en la ciudad porteña. El 4 de diciembre siguiente, tras catorce días de viaje, llega el héroe y le rinde postrero y público homenaje con la siguiente inscripción en su tumba: “Aquí yace Remedios de Escalada, esposa y amiga del general San Martín”. Hostilizado por muchos y en desacuerdo con su suegra doña Tomasa, por la educación harto regalona que recibía Mercedes, toma la tremenda decisión de hacer una segunda travesía: la que lo llevará al ostracismo definitivo, aunque el nunca lo concibió como tal. El 10 de febrero de 1824, padre e hija se embarcan con rumbo a Europa, en el navío francés “Le Bayonnais”.

Educación de la hija

La educación de Mercedes es idea fija, casi obsesiva, para su padre. Acerca de como había encontrado a la niña al regresar a Buenos Aires, hará en 1828 esta confidencia a Manuel de Olazabal: “¡Que diablos!, la chicuela era muy voluntariosa e insubordinada, ya se ve, como educada por la abuela”. Mientras navegan, se muestra tan severo, (quizá para eliminar prontamente la inconducta), que Merceditas “lo más del viaje lo pasó arrestada en el camarote”.

Ya en Europa e internada la hija en un colegio inglés, del que más adelante pasará a otro sitio en el continente, el Libertador dedica a su educación la mayor parte de los pocos bienes con que cuenta por entonces. Pero no solamente el dinero, sino, también, sus meditaciones. Si para los granaderos había dictado un severo reglamento, un código con mucho de pedagogía castrense, para mejor guiar, para mejor formar a Mercedes, redacta en 1825 las celebres once máximas, esas que él tendrá por objetivos y a cuya lectura recurrirá con frecuencia para hacerlas realidad. A medida que el tiempo transcurra y vea concretarse el éxito deseado, San Martín se referirá al asunto una y otra vez. Así, escribirá a Guido: “Cada día me felicito más de mi determinación de haber conducido mi chiquilla a Europa y arrancada del lado de doña Tomasa; esta amable señora, con el excesivo cariño que la tenía, me la había resabiado, -como dicen los paisanos- en términos que era un diablotín. La mutación que se ha operado es tan marcada como la que ha experimentado en figura. El inglés y el francés le son tan familiares como su propio idioma, y su adelanto en el dibujo y la música son sorprendentes. Ud. me dirá que un padre es un juez muy parcial para dar su opinión, sin embargo mis observaciones son hechas con todo el desprendimiento de un extraño, porque conozco que de un juicio equivocado pende el mal éxito de su educación”.

Casamiento de Mercedes

En 1831, San Martín y su hija residen a dos leguas y media de París, en una casa de campo donde siempre hay preparada una habitación para el recién llegado. Hasta allí, providencialmente, desde Londres arriba en marzo el joven Mariano Balcarce, hijo del vencedor de Suipacha. Allí día siguiente, Mercedes enferma de cólera y poco después sucede otro tanto con su padre. Los dos serán solícitamente atendidos por el huésped, seguramente con más eficacia que la que podría haber mostrado la única criada que allí sirve. La joven se repondrá en un mes; su padre tendrá complicaciones gástricas y necesitará mucho más tiempo.

El ocasional encuentro provocó mutua simpatía entre los jóvenes y derivó noviazgo. Con tal motivo, el 7 de diciembre de 183l, el héroe así escribía a Dominga Buchardo de Balcarce, madre de Mariano: “Antes del nacimiento de mi Mercedes, mis votos eran porque fuese varón; contrariado en mis deseos, mis esperanzas se dirigieron a que algún día se uniese a un americano, hombre de bien, si posible, el que fuese hijo de un militar que hubiese rendido servicios señalados a la dependencia de nuestra patria”.

“Dios ha escuchado mis votos, no sólo encontrando reunidas estas cualidades en su virtuoso hijo don Mariano, sino también coincidir en serlo de un amigo y compañero de armas. Sí como espero este enlace es de aprobación de usted, sería para mí la más completa satisfacción”. “La educación que Mercedes ha recibido bajo mi vista, no ha tenido por objeto formar de ella lo que se llama una dama de gran tono, pero sí el de hacer una tierna madre y buena esposa; con esta base y las recomendaciones que adornan a su hijo de usted, podemos comprometernos en que estos jóvenes sean felices, que es lo que aspiro”.

La carta, además de permitirnos conocer el deseo sanmartiniano de haber sido padre de un varón, constituye una prueba más de la importancia y sentido concedidos por el héroe a la educación de Mercedes.

La boda se realizó el 13 de septiembre de 1832, siendo testigos José Joaquín Pérez y el general Juan Manuel Iturregui, ministro de Chile en Francia y agente diplomático del Perú, respectivamente. Los esposos viajaron prontamente a Buenos Aires, donde quedaron por dos años y nació María Mercedes, su hija y la primera nieta del Libertador. La llegada del matrimonio hizo que Guido escribiese a San Martín, el 27 de marzo de 1833, lo siguiente: “Ya tenemos por acá a la amable Mercedes. Desde el domingo está entre nosotros. Dos veces he ido a verla y en ambas ha estado recogida porque la navegación la ha desmedrado un poco”.

“Cuantos la han visto y la han hablado notan la educación cuidada que ha recibido y me dan de ella una idea bien honrosa. El joven Balcarce me ha gustado mucho: desnudo de la secatura de carácter de la familia, ha tomado los modales suaves y la susceptibilidad necesaria de sus años. Basta solamente que no los deje usted solos y que los venga pronto a acompañar”. Ya estaban los esposos de regreso en Francia cuando advino al mundo su segunda hija, Josefa, según anoticia el abuelo, por carta de 1º de febrero de 1837, a su gran amigo Pedro Molina: “La mendocina dio a luz una segunda niña muy robusta: aquí me tiene usted con dos nietecitas cuyas gracias no dejan de contribuir a hacerme más llevaderos mis viejos días”.

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Miér 25 Feb 2015 - 21:13

25 de febrero (1830)

Combate de Oncativo o de Laguna Larga



A la hora 10 el ejército de Paz llegó a la vista del enemigo y tan pronto como su General descubrió el dispositivo de las tropas de la posición, concibió el plan de obligar al enemigo a renunciar a las ventajas que le reportaría un ataque puramente frontal a su posición. Al efecto, preparó el centro de gravedad del ataque contra el ala izquierda de Quiroga, realizando un movimiento general oblicuo hacia la derecha, fuera del alcance de fuego del fuego de la artillería enemiga y adoptando la formación de combate.
Quiroga, comprendiendo el peligro de esta maniobra del adversario y la inactividad en que quedaría su caballería del ala derecha, se apresuró a retirar hacia retaguardia su caballería de la izquierda, ordenando a la derecha que, sin perdida de tiempo, se trasladase al costado amenzado de la posición.

El combate se inició con el fuego preliminar de las artillerías. El General Paz, observando que Quiroga parecía resuelto a esperar el ataque en la posición, lanzó a la division de La Madrid en una carga frontal contra la izquierda del adversario, al mismo tiempo que el coronel Echeverria debia hacerlo con la vanguardia contra el flanco de ese mismo costado La divisón reserva acompañaría este doble movimiento y  apoyaría el ataque ordenado. Los dos batallones del centro recibieron simultáneamente la orden de avanzar en columna para penetrar el espacio comprendido entre la infanterá y caballería enemiga, a fin de separarlas, quitándole el mutuo apoyo que podían darse. El coronel Puch debía permanecer en su posición con el resto de las fuerzas en el ala izquierda, hasta recibir nuevas órdenes y destacar al escuadrón coraceros de la Guardia en protección de la infantería del centro.

Los coroneles La Madrid y Echeverría cargan contra la caballería de Quiroga, despreciando los fuegos de la artillería enemiga. El choque fue violento, mas los escuadrones atacantes fueron rechazados y debieron retirarse para reagruparse. El coronel Pedernera no tardó en intervenir con la división de reserva, el Regimiento N°2 de Caballería, secundados eficazmente por los Lanceros Republicanos cayó efectivamente sobre el flanco izquierdo de la caballería enemiga, introduciendo confusión y desorden.

Quiroga se empeño en reunir sus fuerzas para llevarlas nuevamente al combate, pero la intervención de la infantería atacante le obligó a ceder terreno, quedando desde entonces incomunicada de la infantería.
Paz, a fin de no darle tiempo de recuperación ni para que restableciese contacto con la infantería, envió orden al coronel Puch, que inclinándose a la derecha para sustraerse al fuego del reducto central, se reuniese rápidamente con el grueso del ejercito
La Caballería de Quiroga fue paulatinamente rechazada hasta fuera del campo de batalla, hasta que una última carga furibunda de los veteranos de Ituzaingó la puso en completa dispersión  sosteniéndose en retirada ordenada una pequeña fracción.
Para completar el éxito el coronel Deheza, jefe del estado mayor, recibió orden de intimar la rendición a la infantería federal, y negada ésta, atacarla con la infantería y artillería combinadas que estaban bajo su comando.

Paz se encargó personalmente de la persecución, la que se realizó en un espacio de 30 kilómetros con todo el encarnizamiento que una guerra civil permite, siendo mas cruel con los compatriotas que con los extranjeros.  Al ponerse el sol decidió suspenderla con el grueso de la Caballería, regresando al campo de batalla, encargando al coronel Echeverría que, con la vanguardia, continuara la persecución hasta reducir el último reducto adversario.
El cansancio de los hombres y del ganado  había llegado al grado máximo, y le era forzoso también al comandante en Jefe cerciorarse del cumplimiento de las órdenes confiadas al coronel Deheza y tomar recaudos por la invasión de columnas riojanas al mando del General Villafañe, que invadía por el norte de la provincia Mediterránea.

La infantería federal, aislada y abandonada y desmoralizada, se rindió rápidamente, Quiroga, con el resto de la caballería puso rumbo a Buenos aires, salvándose de la persecución de Echeverría, porque este perdió contacto con las fuerzas de Quiroga, siguiendo en dirección de Río Cuarto.

Como Paz no destacó ninguna fuerza , que se opusiera al ingreso de Villafañe, éste alcanzó la localidad de Totoral, a 85 kilómetros al N de la ciudad de Córdoba, pero al anoticiarse de la derrota de Oncativo, opto por retornar a La Rioja. Alcanzado en Serrezuela por las unidades de Paz, se le invitó a concertar un tratado, que firmó el 5 de marzo, por el cual se comprometía a evacuar el territorio de córdoba y entregar al gobierno de La rioja las fuerzas a sus órdenes, por su parte, Paz se juramentaba a garantizar la tranquilidad de La Rioja y no hostilizar a los simpatizantes del Tigre de los Llanos.


monolito de la Batalla de Laguna Larga, Ruta 9 km 642, Manfredi Córdoba

_________________
Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
/Más crueles que fieras,/con nuestras propias alas,/que la Naturaleza/nos dio, sin otras armas/para propia defensa,/forjáis el instrumento/de la desdicha nuestra,/haciendo que inocentes/prestemos la materia./Pero no, no es extraño,/que así bárbaros sean/aquellos que en su ruina/trabajan, y no cesan./Los unos y otros fraguan/armas para la guerra,/y es dar contra sus vidas
plumas para las flechas.»
Samaniego, Félix Mª de


Última edición por bashar el Jue 26 Feb 2015 - 21:27, editado 3 veces
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Pablo

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Jue 26 Feb 2015 - 15:12

Muy bueno el topic bashar good
Te felicito, excelente!

Saludos
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bashar
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Jue 26 Feb 2015 - 20:30

Pablo escribió:
Muy bueno el topic bashar good
Te felicito, excelente!

Saludos

Gracias Pablo... yo agradezco que los leas y mi agradecimiento a Quequen , Woody, y a todos los muchachos que aportan a la Historia Argentina y al conocimiento de la Defensa, la Aeronáutica, la investigación espacial u opinando con argumentos a la realidad que  nos toca vivir... en particular  agradezco públicamente que un par de artículos que subi " De las Pampas a las Estepas, la extraordinaria vida aventurera de Benigno Villanueva,Villanokoff" y el de Armas Argentinas en Asia, las Relaciones Con Asia" hayan sido elegidos para figurar en el blog. Vaya un recuerdo al Querido Walter Pazcuzzo que ya no está con nosotros, se lo extraña.

saludos!

_________________
Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
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Última edición por bashar el Jue 26 Feb 2015 - 21:04, editado 3 veces
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