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  Página Histórica de Hoy

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bashar
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Vie 27 Nov 2015 - 20:51

dia 25 de noviembre (1826)
Ejecución de los Amotinados de El Callao


Luego de los desgraciados eventos del Motin de Ell Callao,los sublevados que fueron apresados durante el resto de la guerra, fueron fusilados a medida en que se los capturaba. El 6 de febrero de 1825 arribaron al puerto de San Carlos en Chiloé la fragata Trinidad y la goleta Real Felipe, transportando a sublevados del Callao que fueron puestos a salvo al ser embarcados desde la caleta de Quilca, debido a que no podían ser comprendidos en la Capitulación de Ayacucho.

El 13 de febrero de 1825 regresó a Buenos Aires el escuadrón de Granaderos a Caballo con 10 jefes, 32 sargentos y cabos y 44 soldados al mando del coronel Bogado, junto con ellos llegaron los sargentos Francisco Molina, Matías Muñoz y José Manuel Castro, quienes fueron juzgados en consejo de guerra el 25 de noviembre y ahorcados en la Plaza del Retiro el 25 de noviembre de 1826, terminando con este hecho ominoso la Gesta Emancipatoria


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Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
/Más crueles que fieras,/con nuestras propias alas,/que la Naturaleza/nos dio, sin otras armas/para propia defensa,/forjáis el instrumento/de la desdicha nuestra,/haciendo que inocentes/prestemos la materia./Pero no, no es extraño,/que así bárbaros sean/aquellos que en su ruina/trabajan, y no cesan./Los unos y otros fraguan/armas para la guerra,/y es dar contra sus vidas
plumas para las flechas.»
Samaniego, Félix Mª de
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bashar
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Vie 27 Nov 2015 - 21:50

dia 26 de noviembre (1874)

Combate de La Verde


La derrota electoral de Bartolomé Mitre en las elecciones de 1874 frente a Nicolás Avellaneda hizo estallar una revolución de su partido, con la excusa de que éste había triunfado gracias al fraude. El fraude había existido, pero lo habían usado ambos bandos y el propio candidato derrotado lo había utilizado varias veces en el pasado.

La fecha programada para la revolución era al día siguiente de la asunción de Avellaneda, ya que aceptaban como legal al gobierno de Sarmiento; pero como sus preparativos fueron descubiertos, se lanzaron a la rebelión antes de esa fecha. Poco después estallaba otra en San Luis y el sur de la provincia de Córdoba, dirigida por el general José Miguel Arredondo, que nunca llegó a coordinarse con la primera.

Por varias semanas, el grupo de Mitre, inicialmente dirigido por el general Ignacio Rivas, recorrió el sur de la provincia de Buenos Aires, reuniendo soldados de la frontera con los indios y voluntarios armados, hasta llegar a reunir casi 5000 hombres, incluidos muchos indios amigos. Pero las provincias que se habían comprometido a apoyarlo, especialmente Corrientes y Santiago del Estero, no se unieron a la revolución. Pese a haber conseguido varios éxitos parciales, sobre todo por deserción de las fuerzas leales, los hombres de Mitre no lograban hacerse fuertes en ninguna ciudad.

Cuando se dirigían al norte de la provincia, encontraron con el Regimiento de Infantería número 6 "Arribeños", al mando de su jefe, el teniente coronel José Inocencio Arias, que se había dirigido al frente de combate sin saber dónde estaba el enemigo, y había quedado muy adelantado. Sorprendido por la cercanía del ejército rebelde, se había parapetado con sus 900 hombres en la estancia La Verde (cerca del actual pueblo de Del Valle, partido de Veinticinco de Mayo),1 aprovechando las instalaciones rurales y cavando rápidamente varias fosas defensivas.

La desventaja numérica de Arias podía ser compensada sólo por la mejor capacidad de fuego de su infantería, la excelente posición defensiva, y la disciplina profesional de sus hombres. Mitre supuso que la diferencia numérica era suficientemente amplia como para asegurarle la victoria, y ordenó un ataque en masa de todos sus hombres, la enorme mayoría de los cuales eran de caballería. Tras cuatro horas de lucha, sin embargo, había perdido más de mil hombres, incluyendo varios oficiales superiores, entre los cuales el más destacado fue el coronel Francisco Borges (de quien se dice que se hizo matar al ver que eran derrotados), abuelo del escritor Jorge Luis Borges y amigo personal de Arias
Mitre, derrotado, se trasladó a Junín, donde permaneció unos días en la casa de su amigo Narbondo. Pero Arias se dirigió hacia allí, forzándolo a capitular. Poco después, Arredondo era derrotado y apresado en la batalla de Santa Rosa, con lo que la revolución fracasaba y el gobierno de Avellaneda podía continuar su curso en paz.

Curiosamente, los hombres de Mitre habían logrado aplastar todas las revoluciones que habían estallado en su contra durante su gobierno gracias a la superioridad de armamento de su infantería en las batallas, frente a numerosos montoneros que los cargaban de frente; pero, al parecer, nunca entendió por qué los había derrotado. De otra forma, no se explica cómo hizo exactamente lo mismo que había llevado a la derrota a sus enemigos.

Arias fue premiado con el ascenso a coronel; llegaría a ser general y gobernador de la provincia de Buenos Aires. La carrera política de Mitre pasó a un franco segundo plano desde entonces, convertido en una especie de leyenda histórica viviente, que distintos grupos usaron para sus propios fines; pero nunca realmente volvió a reunir apoyos personales tan importantes como hasta esa fracasada revolución. En cuanto a Rivas, su carrera llegó ese día a su fin, y moriría seis años más tarde en un cargo administrativo secundario.



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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 28 Nov 2015 - 1:02

dia 27 de noviembre (1922)

fallecimiento del General Eudoro Balsa


Se incorporó al ejército del Estado de Buenos Aires en el año 1854, como soldado de la custodia de las armas enviadas al ejército de Manuel Hornos antes de la Batalla de El Tala. Revistó en las Guardias Nacionales de Buenos Aires e ingresó al cuerpo de oficiales cuatro años más tarde.1

En junio de 1859 fue nombrado secretario del general Bartolomé Mitre para la campaña de la Batalla de Cepeda, asistiendo a la misma y al combate naval del día 25 de noviembre, frente a San Nicolás. También formó parte de la defensa de la ciudad de Buenos Aires durante el sitio que precedió al Pacto de San José de Flores.1

Fue también ayudante de Mitre en la Batalla de Pavón, y obtuvo la baja del ejército en febrero de 1862.1

En 1865 fue elegido diputado provincial. En abril de ese año se dirigía con un amigo a Asunción (Paraguay), cuando el buque en que viajaba fue detenido por el capitán del puerto de Goya, notificándose de la invasión paraguaya de Corrientes. Balsa fue encargado de dar esa noticia en persona el presidente Mitre, quien lo reincorporó al Ejército Argentino como oficial ayudante con el grado de capitán. Tras votar una contribución económica de la Provincia de Buenos Aires al esfuerzo argentino en la inminente guerra se incorporó al Ejército.1

Asistió como ayudante de Mitre al Sitio de Uruguayana, a las batallas de Estero Bellaco, Tuyutí y Curupaytí; en esta última batalla resultó herido y atrapado por el caballo en que montaba, muerto por un disparo enemigo. Continuó la campaña junto al general Mitre y regresó a Buenos Aires con él en 1867; debió someterse a una prolongada cura de sus heridas.1

A fines de 1868 fue ascendido al grado de mayor e incorporado como Oficial Mayor del Ministerio de Guerra. Repetidamente fue ministro interino de Guerra, durante los ministerios de Martín de Gainza y Adolfo Alsina.1

En 1876 fue elegido diputado nacional, representando al Partido Nacional, cuyo máximo dirigente era Mitre. Volvió a ser elegido diputado nacional en 1882. Durante estos años fue colaborador en el diario La Nación, órgano del mitrismo.1

El general Balsa fue uno de los fundadores del Jockey Club de Buenos Aires y tuvo a su cargo su presidencia durante varios períodos.1

Tras una década dedicado a actividades administrativas dentro del Ejército, tras la Revolución del Parque volvió al ministerio como Secretario de Guerra. Durante la accidentada presidencia de Luis Sáenz Peña ejerció durante algunas semanas el cargo de Ministro de Guerra y Marina; fue reemplazado por Aristóbulo del Valle en julio de 1893, en un vano intento del presidente de evitar la revolución de ese año. Volvió a ocupar el cargo en noviembre del año siguiente; en medio de su gestión presentó la renuncia el presidente Sáenz Peña, siendo reemplazado por su vice, José Evaristo Uriburu, el cual lo mantuvo en el cargo algunas semanas. Durante sus breves ministerios, y durante su larga gestión como secretario, se destacó por modernizar el equipamiento y las sedes de las guarniciones del Ejército de acuerdo a lo que solicitaban los jefes del mismo.1

Se retiró del servicio activo en 1905, computados más de 41 años de servicio activo, y se le concedió el grado de General de Brigada en abril de 1917.1

Murió en 1922 en San Martín, no lejos de la Capital Federal.

Una estación de ferrocarril y pequeña localidad del Partido de Lincoln recuerda a este militar.




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Quequén Grande
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 28 Nov 2015 - 4:51

aplausos aplausos aplausos Apabullado Oscar, nos bombardeaste de historia, menos mal que tengo el fin de semana para disfrutar de lo que subiste.

Darte las gracias y felicitarte es poco.

Un abrazo Ricardo.  bravo bravo

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No hay prédica mas eficaz de amor a la patria, que la historia bien estudiada.
José Manuel Estrada
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 5 Dic 2015 - 10:53

dia 28 de Noviembre ( 1785)

Natalicio del General Carlos Luis Federico Bradsen


Luego de recibir educación en el Liceo Imperial, Brandsen ingresó al Ejército francés. En 1811, tras prestar servicios en la secretaría del Ministerio de Guerra, se incorporó como subteniente de caballería al Ejército del Reino de Italia, cuyo monarca era Napoleón; en él servían numerosos franceses.

Participó en 1813 en la campaña de Alemania, donde fue herido en tres acciones diferentes:en Lutzen, de sable en una pierna, en Bautzen, por una bala de cañón en una pierna y Wartemburg, herido nuevamente en una pierna por una bala de fusil. Combatió además en Juterbok, Denewitz, Gross-Beeren Wachau, Leipzig y Hanau…Por esta campaña, fue condecorado y ascendido a capitán.
Tras la abdicación de Napoleón en 1814 y la disolución del Reino de Italia, Brandsen regresó a Francia, manteniendo su grado de capitán de caballería.

Cuando Napoleón regresó del destierro en 1815, lo destinó como capitán agregado al estado Mayor del Mariscal de campo Martel, y asistió a las batallas de Trois Maisons, Dannemarie, Chavanne, Savenans, Chevremont y Bavilliers donde lo hirieron nuevamente de un balazo en la pierna derecha. Luego, participó en la batalla de Waterloo.
En 1817, terminadas ya las Guerras Napoleónicas, Brandsen pidió su baja del ejército francés con el grado de capitán. Al poco tiempo conoció a Bernardino Rivadavia en París, quién lo convenció de unirse a la causa de la independencia americana; entonces se embarcó hacia Buenos Aires.

El 19 de diciembre de 1817 el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata le otorga el grado de capitán de caballería y lo destina al 2° escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo, que entonces combatía por la independencia de Chile bajo las órdenes del General San Martín y se hallaba acampado en Las Tablas, cerca de Valparaíso.
Entre 1818 y 1819 Brandsen participa en la campaña del Bío Bío (contra los realistas del sur de Chile). El 10 de noviembre de 1818, el capitán Federico Brandsen fué protagonista de una épica carga a caballo a través del río Ñuble, crecido y correntoso, soportando el fuego de cañones y fusiles realistas que lo esperaban del otro lado . Su acción dió tiempo a que los escuadrones 3º y 4º al mando de Viel y una compañía al mando del capitán Félix Olazábal, cruzaran el río, atacaran el grueso de los realistas y los derrotaran.
Luego, Brandsen es destinado al regimiento de Cazadores a Caballo (que nació como quinto escuadrón de Granaderos a Caballo y estaba al mando de Mariano Necochea) , con el que participará en la Expedición Libertadora al Perú.
Se distinguió en el combate de Nazca junto al mayor Juan Lavalle. El 8 de noviembre de 1820, en Chancay, combate valerosamente al mando de 36 Cazadores, derrotando una fuerza realista de alrededor de 200 hombres, lo que le valdrá un ascenso a sargento mayor.
Cuando San Martín, devenido Protector del Perú, forma el ejército de ese país, Brandsen es nombrado jefe del regimiento de Húsares de la Legión Peruana de la Guardia, con el grado de Teniente Coronel. San Martín tenía gran afecto por Brandsen, de quien era compadre. y con quien sostenía correspondencia frecuente.

Fue promovido a coronel el 17 de septiembre de 1822. Al mando de su regimiento obtiene una victoria en Zepita. En 1822 y 1823 participó activamente en las operaciones contra las fuerzas realistas.
A fines de 1823 tomó partido por el presidente José de la Riva Agüero en la disputa de este con Sucre. De la Riva Agüero lo promovió a general de brigada, pero con la disolución del ejército que le respondía, Brandsen fue puesto en prisión y luego Bolívar dio la orden de su destierro. Tiempo después esta orden fue levantada por Simón Bolívar pero Brandsen y su esposa ya habían decidido embarcarse a Chile y lo hicieron el 5 de marzo de 1825.

En el Río de la Plata, donde el gobierno lo designó jefe del Regimiento 1 de Caballería con el grado de teniente coronel, el 23 de enero de 1826. Al frente de su unidad estuvo presente en la guerra contra el Imperio del Brasil.
El 20 de febrero de 1827, en la batalla de Ituzaingó, su regimiento se enfrentó a la infantería brasileña que ocupaba una posición fortificada, protegida por un profundo zanjón, cargó a la cabeza de sus tropas, muriendo heroicamente . El ataque fracasó, pero la batalla se ganó porque otros coroneles como Tomás de Iriarte, José de Olavarría, Juan Lavalle, Angel Pacheco, Manuel de Olazábal y José María Paz, decidieron la batalla a favor de los argentinos. Promovido póstumamente a Coronel, sus restos descansan en el Cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires.

“La zanja maldita de Ituzaingó”

La Batalla de Ituzaingó es pródiga en hechos de heroísmo, rayanos en la locura, solo comprensibles ante el enorme valor y dignidad que tenían los oficiales, suboficiales y soldados que conformaban la caballería argentina, la mayoría de ellos hechos en la escuela sanmartiniana.
Las órdenes de Alvear nunca fueron claras, a veces no solo confusas sino contradictorias, sin embargo ninguno de sus oficiales se atrevió a desobedecerlas, estuvieran o no de acuerdo con ellas.

Por ejemplo, José María Paz recibió la orden de permanecer con su escuadrón, – el 2º de caballería – al frente de su enemigo, a tiro de cañón. La infantería y la artillería brasilera (compuesta por mercenarios alemanes) les disparaba sin cesar. El escuadrón no se movió esperando órdenes superiores. Una bala de cañón terminó con la vida del comandante Manuel Besares. El entonces coronel Wenceslao Paunero se agachó para sacarle el reloj y entregarlo a su viuda.

Mientras tanto, la tropa no se movió, a pesar que el fuego enemigo los estaba diezmando. Solo cuando Alvear vió que estaban matando al escuadrón, se acercó a dar personalmente la orden de retirarse fuera del alcance del fuego enemigo.
Lavalle, que estaba en la misma situación que Paz, con su regimiento 4º de caballería le mandó a comunicar al general en Jefe, a través de su edecán Alejandro Danell, que su regimiento jamás recibiría una bala del enemigo por la espalda .
Alvear ordenó al Coronel Federico Brandsen, jefe de la división conformada por los regimientos 1º y 4º de Caballería, que atacara a la infantería enemiga mas, el campo de ataque estaba dividido por un zanjón, cauce de un arroyo seco. Por lo tanto, este accidente natural detendría cualquier carga de caballería, dejándola presa fácil del fuego enemigo.
El francés, que había llegado al país acompañando a Federico Rauch y Alejandro Danell en 1818, que había combatido a las órdenes de San Martín, Sucre y Bolívar en Chile y Perú, intentó hacer entrar en razones a Alvear sobre lo imposible de la carga por lo que recibió una severa reprimenda, recordándole a Brandsen, su pasado en las guerras europeas y el estricto cumplimiento que se hacía de las órdenes de Napoleón.
Dice la crónica que Brandsen solo respondió : “esta bien mi general, sé cumplir con mi deber…” y ordenó la carga. El francés y sus hombres son recibidos por los cañones y la fusilería brasileña.

Los argentinos caen en la zanja y se desorganizan. Brandsen es herido entre los primeros pero reorganiza a sus hombres y ordena una segunda carga.
Nuevamente es herido y cae del caballo, desde el suelo ordena “¡ carguen !” y por tercera vez, los argentinos van a la muerte . El fuego es aterrador y la caballería patriota debe retroceder. La última imagen que Brandsen tuvo de sus hombres fué de heridos, muertos y derrota.
Brandsen, su asistente Joaquín Lavalle, 6 oficiales del regimiento y mas de 60 soldados, quedaron muertos en el zanjón.
Afirma el general Paz en sus memorias, que las cargas fueron un desangre inútil , el general Angel Pacheco en su Diario que los escuadrones, cuando avanzaban, iban rellenando la zanja con los compañeros muertos y heridos para poder cruzarla y volver a cargar.
Ante el fracaso de Brandsen, Alvear ordena a Lavalle que cargue contra el enemigo. Este con sus coraceros ataca por el mismo lugar que Brandsen y es rechazado por el fuego enemigo pero, un baqueano le señala el final del zanjón a la izquierda, por lo que ordena a su tropa no cruzar nuevamente el zanjón sino girar hacia la izquierda a toda carrera.
El enemigo pensó que Lavalle se retiraba y comenzó a festejar, abandonando sus posiciones. Al llegar al final del zanjón ordenó nuevamente la carga a la voz de ” ¡ a degüello ! ” y a toda carrera, atacaron y dispersaron al enemigo, mientras el coronel José de Olavarría con su regimiento 16º de Lanceros arrollaba a la artillería.

Lavalle persiguió a la caballería e infantería imperiales por mas de una legua y media, “incendiándole los campos y quitándoles todos los recursos” hasta que se le dió la orden de regresar.
La noche de aquel 20 de febrero el campo de batalla ardió por los cuatro costados, quemando muertos y heridos.
Al regresar de la persecución, Lavalle y Paz cruzaron por la zanja maldita y reconocieron el cadáver de Brandsen : estaba desnudo pues le habían robado toda la ropa.

El cuerpo hinchado por el calor, solo pudo ser reconocido por una enorme cicatriz que el francés lucía en su cabeza, producto de un duelo con un teniente de granaderos, Pedro Ramos, allá por los tiempos de la campaña de los Andes…
El último que estuvo con el heroico francés antes de la fatal carga, fué el general Pacheco, a quien le dijo ” en la cartera que encontrará en mi cadáver, tengo apuntes reservados de familia. Hágame el gusto, sáquemela después y envíela a mi familia.”



en :

http://revista.elarcondeclio.com.ar/de-francia-con-valor/

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 5 Dic 2015 - 11:30

dia 29 de Noviembre (1811)

Roberto Billinghurst es el primer Ciudadano de las Provincias Unidas  por adopción

Nacido en 1785 en Surrey, Gran Bretaña, llegó al país como artillero de la segunda Expedición britanica al Río de la Plata en 1807. Luego de la derrota y la evacuación, decidió quedarse y caso en 1810 con Francisca Agrelo.

Participó en las primeras campañas al interior del Virreinato acompañando al general Belgrano y en 1811 recibe la Carta de Ciudananía a petición personal, y el gobierno se la concede gratuitamente por sus aportes militares a la causa revolucionaria. Es considerado por este hecho el primer Ciudadano Argentino Naturalizado.

En el libro "70 años atrás " de Wilde cuenta una anécdota de Billinghust, admirador fanático del Almirante Brown.

"cuéntase que, a su arribo, después de una de sus espléndidas victorias marítimas, el señor Billinghurst, que era de musculatura atlética, tomó por las varas un tílburi y entró con él, a guisa de carro triunfal, al río, para conducir a tierra al héroe. ¡Qué entusiasmo el de aquellos tiempos!"


Uno de sus hijos Mariano Billinghurst Y Agrelo, fue introductor de Razas britanicas en las Pampas argentinas (En particular, fue introductor de la raza Hereford, también conocida como "Pampa") y el primero que alambró sus campos para separar el ganado, y uno de los empresarios textiles mas destacados de su tiempo.

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 5 Dic 2015 - 12:21


dia 30 de noviembre (1871)

Fallecimiento del general Ignacio Chenaut



Hijo de un oficial de Napoleón, ingresó al ejército argentino a los 11 años. Participó del sitio de Montevideo, en la guerra contra el Imperio del Brasil, se alistó en las filas unitarias junto al general José María Paz. Combatió en Caseros y participó en la Guerra contra el Paraguay. Había nacido en Mendoza el 21 de mayo de 1808.


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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 5 Dic 2015 - 12:26


dia 1 de diciembre (1828)

Golpe de Estado contra el General Dorrego Gobernador de Buenos Aires



Victoriosas en Brasil, las tropas nacionales regresan al país, y las intrigas unitarias las predisponen contra el gobierno legal de Manuel Dorrego. Juan Manuel de Rosas, comandante de milicias, le advierte claramente a Dorrego: “El ejército nacional llega desmoralizado por esa logia que desde mucho tiempo nos tiene vendidos; logia que en distintas épocas ha avasallado a Buenos Aires, que ha tratado de estancar en su pequeño circulo a la opinión de los pueblos; logia ominosa y funesta, contra la cual está alarmada la nación” (Julio Irazusta. Vida política de J.M. de Rosas a través de su correspondencia)

Las intrigas unitarias de Carril, Varela y otros hombres “de copete”, finalmente convencen a Lavalle, “la espada sin cabeza”, quien se alza en armas contra el gobierno legal, el 1° de diciembre de 1828.


La carta de Rosas

Sin renunciar, Dorrego se retira hacia Navarro buscando el apoyo de Rosas para resistir la revolución. Los hechos y acciones de Navarro son relatados desde el exilio por Juan Manuel de Rosas, en carta a Josefa Gómez el 22 de septiembre de 1869:

“No hubo tal batalla de Navarro. La tarde antes, supimos que las tropas de línea que habían llegado a la Ciudad, al mando del Señor General Lavalle, y que fueron amotinadas por los autores de la revolución, venían contra los paisanos que sin armas, y en el desorden que era consiguiente, se me habían, y seguían reuniendo.
Había llegado también S.E. el Señor gobernador Dorrego, Jefe Supremo del Estado, y puéstose a la cabeza de todos. Inmediatamente al ponerme con ésos grupos a sus órdenes, y pedirme opinión, le dije: Consideraba de absoluta necesidad para el completo triunfo, que en ese momento sin pérdida alguna de tiempo S.E. me ordenara dirigirme con los paisanos del Sud, al Sud, y con ellos y los indios, formar ya al siguiente día, un ejército que aumentaría más y más de día en día, tanto en número como en organización. Que S.E. tomaría también en el momento, los grupos del Norte y Centro, y se dirigiera también esa misma noche al Norte. Que esos grupos aumentarían también más y más, de día en día, tanto en número como en organización. Si el General enemigo seguía a S.E., yo le llamaría la atención por retaguardia, o iría sobre la Ciudad para obligarlo a volver sobre las fuerzas de mi mando. Si me seguía, S.E. le llamaría la atención por retaguardia para obligarlo a volver cerca de la Ciudad.
Ni S.E. ni yo debíamos admitir una batalla, en la seguridad de que a lo largo, las tropas de línea de que se componía puramente las tropas enemigas, quedarían reducidas a nada. Y que ya había empezado la deserción, como lo vería S.E. pues que acababan de llegar uno de los ordenanzas del Coronel Rauch con el mejor caballo de éste, y unos cuantos soldados que minutos antes había enviado yo a recibir órdenes de S.E.
S.E. el Señor Gobernador aprobó inmediatamente mis opiniones, y me dio sus órdenes de conformidad delante de dos Jefes de crédito y respeto. Pero me obligó a que lo acompañase esa noche hasta Navarro, para de allí irme al Sud, y él al Norte. Hube que obedecer. Esa marcha con solo grupos de hombres sin organización fue un desorden. No pude encontrar esa noche a S.E. cerca de Navarro para despedirme y decirle no debíamos parar, porque si el enemigo había trasnochado como nosotros, nos atacaría sin darnos tiempo para retirarnos en orden.
Al amanecer recibí aviso de avistarse gente que parecía enemiga, en dirección a Cañuelas. Para nada más tuve tiempo que para mandar decir a S.E. con varios chasques repetidos cada dos minutos, que el enemigo me parecía estar muy cerca, y que no perdiera tiempo en retirarse, pues que yo ya empezaría a hacer lo mismo así que no tuviera duda ser la fuerza enemiga la que se había indicado, y que personalmente iba yo en camino de reconocerla.
S.E. me mandó decir con enviados repetidos, sin interrupción, no me fuera, pues, que la fuerza la había ya formado para cargar al enemigo así que me acercara; que esto le aconsejaban los varios avisos seguros que esa noche había recibido, y las declaraciones de los diferentes pasados, también esa noche, todos acorde asegurando que las tropas enemigas iban a pasarse todas, así ser acercasen las nuestras.
Con profunda pena recibí esas repetidas órdenes. Ni tiempo tuve para formar y cargar de flanco con algunos Indios de lanza, que era lo único que había con armas.
El enemigo siguió, y los grupos mal formados por S.E., dispararon antes de ser cargados. Yo sabiendo que S.E. se había dirigido en fuga al Norte, ordené a los Indios y paisanos que tenía conmigo en el reconocimiento, se fueran al Sud del Salado, y que allí esperaran mis órdenes que les había de dirigir desde Santa Fe, por el desierto, frecuentemente.
No salí pues junto con S.E. el Señor Gobernador, ni me acerque a los Usares, cuerpo de línea que sirvió para su prisión. Fui directamente a Santa Fe, a donde pensaba se habría dirigido S.E. el Señor Gobernador, y en caso contrario por muerte o prisión, recibir órdenes de S.E. el Señor General López, Gobernador de esa Provincia, a quien no dudaba se nombraría por la Convención General en Jefe del Ejército que debiera operar contra el amotinado. Y así conociendo inmediatamente las resoluciones de la Convención, reglar, con suficiente luz, mis procederes ulteriores. Pero el Señor Gobernador fue preso y fusilado en Navarro (1) Quedé entonces obligado a usar la autoridad de que antes había sido investido, y me puse a las órdenes de S.E el Señor General López, General ya en Jefe, nombrado para operar contre el Ejército de línea amotinado.
Los paisanos e Indios amigos que yo había mandado al Sud del Salado a esperar mis órdenes, y que ya se habían aumentado y armado con lanzas de cuchillos y varas de durazno, recibieron mis órdenes (ya enunciadas) reiteradas y frecuentes, por el desierto, y fue por virtud de ellas que derrotaron las fuerzas de línea mandadas por el Coronel Rauch, escapando muy pocos, y muriendo también el valiente coronel, cuyo caballo fue boleado. Seguimos así de triunfo en triunfo, hasta la conclusión de la campaña.

Y agrega Rosas en su carta a Josefa Gómez:

"Eso que dice el Coronel Elías, respecto a chasque Comisario con dos vigilantes, con un oficio (carta) suplicatorio, para que al General Dorrego se le permitiera salir fuera del Pías, no es cierto. Lo que llevó ése Chasque distinguido, y urgentísimo, fue el borrador de la carta, que el Señor General Lavalle dirigió al Gobierno delegado, dándole parte de haber él mismo General Lavalle, “fusilado la Coronel Dorrego por su órden”.


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/Más crueles que fieras,/con nuestras propias alas,/que la Naturaleza/nos dio, sin otras armas/para propia defensa,/forjáis el instrumento/de la desdicha nuestra,/haciendo que inocentes/prestemos la materia./Pero no, no es extraño,/que así bárbaros sean/aquellos que en su ruina/trabajan, y no cesan./Los unos y otros fraguan/armas para la guerra,/y es dar contra sus vidas
plumas para las flechas.»
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Sáb 5 Dic 2015 - 15:03

Gracias por tanto Oscar bravo
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Lun 7 Dic 2015 - 13:33

dia 2 y 3 de Diciembre (1990)

Estalla la Rebelión Carapintada


Su jefe de Inteligencia le había pedido verlo con urgencia, y ahí estaban, noche de miércoles en Olivos. Carlos Menem estaba impaciente. "¿Qué pasa Hugo?" Anzorreguy no disimuló su excitación: "Entre hoy y el fin de semana", le dijo.

Para el Presidente no eran necesarias ciertas aclaraciones. El jefe de la SIDE hacía un mes que le venía advirtiendo de un posible alzamiento, que iba a estar a cargo de ese teniente coronel al que conocía tan bien, Mohamed Alí Seineldín. Un nacionalista mesiánico que ya había encabezado la rebelión carapintada de Villa Martelli en diciembre de 1988 y no se resignaba a los nuevos tiempos. ¿Sintió miedo el Presidente? ¿En qué pensó? Era el 28 de noviembre de 1990 y faltaban sólo cinco días. Menem optó por ocultar sus emociones: "Ajá", dijo, "sigan trabajando".

Era éste un país distinto. Todavía sin la convertibilidad, con un Gobierno peronista que empezaba a definirse ultraliberal y un Estado inmenso que iniciaba el camino hacia una disolución aparatosa. A la crisis social y económica, acarreada desde la hiperinflación alfonsinista, se le sumaba el fantasma de las rebeliones militares, parte de un ejercicio histórico que parecía tan argentino como el tango.

Todavía estaban frescos los levantamientos que habían perturbado al Gobierno anterior, y nadie podía imaginar a un Presidente que no estuviera condicionado por el humor militar. El mismo Menem, según confían hoy sus asesores de entonces, había ganado las elecciones del 89 sin la plena certeza de que iba a poder asumir.

Acaso la mayor paradoja de toda esta historia, sea que Menem llegó al Gobierno convencido de que ese coronel era su mayor garantía de un Ejército subordinado a su mando. Seineldín, se verá en esta investigación, incluso le había preparado un plan para las elecciones del 14 de mayo de 1989, con el objetivo de frenar eventuales reacciones en el Ejército. "Seineldín era el reaseguro de que iba a respetarse el resultado de las elecciones", confió un colaborador de Menem. Vaya si estaba equivocado.

Hoy, a diez años, puede asegurarse que aquella madrugada de lunes no sorprendió ni a Menem ni al Ejército. El Presidente fue informado del levantamiento casi al mismo tiempo en que los rebeldes tomaban la decisión. Miembros de la organización clandestina que había creado Seineldín, mantuvieron al tanto de la operación a la inteligencia militar y a la SIDE. Pruebas de que el plan carapintada fue un fracaso político, sí, pero también militar.

La certeza de que Seineldín intentaría una sublevación se había instalado en la conciencia menemista en mayo de 1990, cuando Humberto Romero ocupaba el Ministerio de Defensa. Menem ya pensaba en un posible 3 de diciembre, cuando puso como jefe del Ejército —en reemplazo del general Isidro Cáceres, que acababa de morir— al general Martín Bonnet, dueño de un discurso agresivo contra los carapintadas. En esa movida se colocó de segundo jefe a quien sería el encargado de sofocar la rebelión: Martín Balza. "Esa jefatura fue armada en función de lo que se venía", admite hoy un ex funcionario de Defensa.

Lo primero que hizo Bonnet fue sancionar por inconducta y con veinte días de arresto a Seineldín, quien, como respuesta, de inmediato empezó a planear el alzamiento. Más tarde sería enviado a La Pampa y de allí a San Martín de Los Andes, lejos, aislado, pero conspirando.

Luego de consultar fuentes de inteligencia y a distintos funcionarios del Gobierno de Menem, el Equipo de Investigación encontró el primer indicio concreto del conocimiento que tuvo el Gobierno sobre el golpe que planeaban los carapintadas: una advertencia que hizo la Prefectura al Ministerio de Defensa a fines de octubre. En esos días, llamó la atención que integrantes del grupo Albatros se dejaron ver con teléfonos celulares, armando reuniones y manejando bastante dinero en efectivo. Los celulares y el efectivo eran algunos de los aportes que distintos empresarios habían hecho al plan carapintada. Albatros, el grupo comando de la Prefectura Naval, había participado del levantamiento de Villa Martelli y estaba bajo sospecha.

Esos movimientos pusieron sobre aviso a la SIDE y Anzorreguy intervino los teléfonos de todos los líderes carapintadas y de los civiles que simpatizaban con el grupo. Allí comenzó entonces a alertar a Menem. "Lo hacía todos los fines de semana y mucho no le creían", dijo un ex ministro, exagerando, pero no demasiado.

Cierto era que Anzorreguy tenía buenos contactos en el entorno de Seineldín. En su despacho o en su casa, muchas veces se había reunido con el teniente coronel Angel León y otros carapintadas confesos. "Yo tengo que hablar con todo el mundo", se jactaba, hasta que el miércoles León lo llamó para pedirle "una mediación ante el Presidente", ya que, según le explicó, lo que iba a pasar no era contra él, que lo "único que querían era cambiar a la Jefatura del Ejército". Lo único claro, en realidad, era que eso que iba a pasar era ya inminente.

Los carapintadas comenzaron a bosquejar su plan de operaciones en noviembre. Según escribió el teniente Hugo Abete en su libro "Por qué rebelde", debía ser "lo suficientemente original y decisivo como para no dejarle otra opción al poder político que la de aceptar nuestros objetivos".

Preso en San Martín De los Andes, Seineldín dio el visto bueno final del plan el 25 de noviembre, con una grabación que envió a sus hombres. Delegó, eso sí, la decisión del día y la hora, en una especie de "estado mayor" clandestino, integrado por coroneles, tenientes y capitanes —12 en total—, que se reunió la noche del jueves 29 de noviembre, en un centro cultural de Vicente López.

Allí evaluaron el momento con precisión. Debía hacerse después del 30 de noviembre, para que los suboficiales —componente mayoritario de la rebelión— cobraran sus sueldos y se los dejaran a sus familias. Y antes del 5 de diciembre, día en que llegaría al país el presidente de Estados Unidos, George Bush. Tampoco podía aplazarse demasiado, ya que el 10 comenzaba la rotación de los destinos en el Ejército, y habría que reorganizar a todos los rebeldes. Por todo esto se eligió el lunes 3. Lo bautizaron Plan de Operaciones Virgen de Luján.

La idea era, según las memorias de Abete, que "producido el pronunciamiento, ningún general estuviese en condiciones de impartir ordenes y nosotros controláramos aquellos lugares identificados con el ejercicio del comando". Se seleccionaron los objetivos: el edificio Libertador, sede de la Jefatura del Ejército; el Regimiento de Patricios y los cuarteles de Palermo, sensibles por su ubicación. También debían tener el control de los tanques y eligieron la fábrica TAMSE, en Boulogne, y el regimiento de caballería blindada de Olavarría.

Además, para asegurar un triunfo de la rebelión el jefe debía estar al frente de las operaciones. Por eso planearon el rescate de Seineldín y su traslado desde San Martín de los Andes hacia Buenos Aires, un plan que finalmente fracasó.

Pero el pánico se apoderó de los rebeldes casi sobre la hora. El 30 de noviembre, los hombres de Seineldín adviertieron que tenían un infiltrado que estaba pasando información a los servicios de inteligencia. Por eso, al día siguiente cambiaron sus códigos de comunicaciones y pasaron a los sospechosos de delación ciertos datos falsos sobre la operación.

Ya era tarde. El sábado, el gobierno de Menem esperaba. Al aviso de Anzorreguy se sumó un informe del jefe de Inteligencia del Ejército, Carlos Ricardo Schilling, que llegó a manos del general Bonnet al mediodía, con detalles sobre la operación. Humberto Romero almorzaba con su familia en la quinta del ministro de Defensa en Campo de Mayo y debió hacer un alto para escuchar la conclusión del informe: "Es el lunes", le dijo Bonnet. Romero, a quien en esos tiempos se le adjudicaban simpatías por los carapintadas, llamó a Menem y suavizó la información. Le dijo que los rumores eran fuertes, pero no podía asegurar nada. "Ajá", dijo Menem, otra vez.

Las órdenes que impartió Bonnett no fueron demasiadas. Que los oficiales en servicio se quedaran en sus regimientos y que se diera un sigiloso aviso de alerta. Como la información era bastante precisa sobre los objetivos de la rebelión, el sábado se envió a Entre Ríos al teniente coronel Eduardo Alfonso, hoy general y secretario del Ejército. El domingo por la tarde el teniente coronel Hernán Pita, subjefe del Regimiento Patricios, le avisó a sus oficiales que algo estaba por ocurrir en las próximas horas, sin saber que hablaba de su propia vida: caería muerto esa madrugada al tratar de recuperar la unidad.

Todo apuntaba a permitir que la rebelión diera su primer paso. A diez años, todo indica que el Gobierno no se preocupó por anticipar la rebelión. La represión se encargaría de aplastarla.

El domingo por la tarde dos líderes carapintadas, Abete y el teniente coronel Osvaldo Tévere, se encontraron en Cabildo y Juramento a la salida de misa. Allí hicieron la evaluación final. ¿Convenía seguir adelante? Era demasiado tarde para arrepentirse.

Llegó la noche del 2 de diciembre y se puso en marcha la operación. A las 22, el coronel carapintada Luis Enrique Baraldini llegó al Distrito Militar Buenos Aires, dentro de los cuarteles de Palermo, e instaló un puesto de comando para dominar todo ese predio militar.

Al mismo tiempo, Tévere y Abete se instalaban en un departamento de Palermo con sus equipos de radio. A la 1 y 30, ya el 3 de diciembre, Baraldini, Tévere y el mayor Mones Ruiz entran al Regimiento Patricios.

Hablan con el soldado de guardia, le dicen lo que está pasando y esperan hasta que el muchacho —de 19 años— cambie su casco oficial por una boina, símbolo de su transformación carapintada. Tévere avanza, entra al edificio principal del Regimiento, habla con el oficial a cargo, le pide su pistola y le dice, con calma, que el regimiento está tomado.

Ya es la hora de la acción y Abete es el encargado de dar la orden a las unidades. Mira su reloj, se comunica con los demás jefes rebeldes y da la contraseña acordada. "Dios y Patria", dice. Y escucha siempre la misma respuesta: "O muerte".

La imagen del sargento Guillermo Verdes, con su rostro embetunado, empuñando un fusil recortado en la puerta del Edificio Libertador, despertó a los argentinos aquel 3 de diciembre, dos días antes de la visita oficial del presidente estadounidense George Bush, con quien Menem pactaría acuerdos que sellarían los destinos económicos de los años siguientes.

Pasadas las 17 de ese lunes 3 de diciembre de 1990, dos bombarderos Canberra sobrevuelan al edificio Libertador, en una actitud amenazante. Francotiradores leales y rebeldes intercambian disparos a discreción. Por el microcen tro ululan sirenas de ambulancias que llevan heridos en los combates de Pa lermo y del edificio Guardacostas, to mado por los Albatros.

Apenas sofocado el foco carapintada en el Regimiento de Patricios, el subjefe del Ejército, general Martín Balza, que sigue con su fusil FAL en la mano, se dirige en un jeep Volkswagen al edificio Libertador, sede de su fuerza, que ya estaba cercado por dos anillos de fuerzas leales. La toma del Libertador fue uno de los principales símbolos de la rebelión: por primera vez en la historia, una facción militar había logrado tomar por asalto el edificio donde está el despacho del jefe del Ejército, el prin cipal centro de comunicaciones y ope raciones y la jefatura de Inteligencia.

En el camino, Balza recibe una llamada de un alto funcionario del gobierno que intenta indicarle cómo recupe rar el Libertador. "Lo que vamos a ha cer lo vamos a decidir nosotros. Y si sa le mal, correrá nuestra cabeza", respon de Balza mientras llegaba a la plaza Colón, ubicada delante de la Casa Rosa da, donde le dicen que no siga porque estaban tirando "con una ametralladora 12,7 desde el Libertador", según consta en el fallo de la Cámara Federal consul tado por este Equipo de Investigación.

Balza da un rodeo y entra por la ave nida Belgrano. Mientras corre hacia un árbol en la plaza que se encuentra frente al edificio de la Aduana, le gri tan: "Tiran mi general". Balza ve como pican las balas a su costado, se parapeta tras el árbol, carga su fusil y hace 6 ó 7 disparos contra los rebeldes del Liberta dor, según su propio relato, diez años después.

En el interior del Libertador la situa ción es cada minuto peor. Desde la mañana no hay agua ni luz: Balza había ordenado cortar el suministro eléc trico horas antes. El capitán Gustavo Brei de Obeid y unos 100 suboficiales rebeldes habían tomado el edificio a las 2 de la ma drugada a la espera de que el teniente co ronel Julio Carreto (quien terminaría sien do diputado bonaerense del MODIN de Aldo Rico) se pusiera al frente. Pero Carre to nunca llegó, el regimiento Patricios en Palermo había sido recuperado por los lea les, se había frustrado la fuga de Seineldín y por radio habían escuchado la noticia del suicidio del coronel Jorge Romero Munda ni.

Ante este cuadro de situación, siendo poco más de las 19, Breide Obeid decide rendirse. Pero aún intenta un gesto de fuerza. Hace llevar a su puesto de mando al detenido teniente coronel Jorge Tereso, jefe del Centro de Operaciones que es el punto neurálgico del Libertador, y le co munica su intención de rendirse ante el coronel Aníbal Laíño y no frente a Balza.

"Ordené a mis hombres replegarse a un patio interno, dejé al sargento Daniel Ver des y otros suboficiales detrás de las puer tas de vidrio de la puerta principal del edi ficio Libertador y sacamos una bandera blanca para que saliera Tereso", relató Breide Obeid a este diario. El sargento Verdes era el emblema mediático de los rebeldes. Desde la madrugada se había exhibido en la puerta del Libertador con la cara pintada, una escopeta recortada en la mano y hasta había tratado con rudeza a Alberto Kohan, que llegó a parlamentar.

Breide Obeid estaba en un patio interior del edificio cuando llega gritando un subo ficial: "Lo hirieron a Verdes". Sale corrien do hacia la puerta principal. Y cuenta hoy: "Traté de acercarme a Verdes, que estaba tirado en el piso con un disparo en la cabe za, pero también me disparaban a mí. Me arrastré cuerpo a tierra y lo empujé hasta detrás de una columna".

Quienes dispararon con una precisión fría e implacable fueron los francotirado res que la cúpula del Ejército había orde nado poner en las terrazas del Ministerio de Defensa y de Aerolíneas Argentinas, edificios ubicados sobre la avenida Paseo Colón al 200, frente al edificio Libertador.

Breide Obeid pide una ambulancia a los leales. Un grupo de suboficiales quiere de volver los disparos. Breide los contiene a gritos. Llega una ambulancia del CIPEC hasta las escaleras del Libertador, pero los francotiradores también les disparan a los paramédicos y uno queda herido. La am bulancia se retira a toda velocidad. Todos creen que Verdes ya está muerto. Lo ro dean. Rezan un Padrenuestro.

Mientras tanto el teniente coronel Tere so, que portaba la bandera blanca, llega hasta la recova del Ministerio de Eco nomía donde está el coronel Laíño, en ese entonces director de la Escuela Superior de Guerra, más tarde subjefe del Ejército y el hombre que Seineldín quería que pasa ra a conducir la fuerza como garante de un eventual nuevo acuerdo.

Cae el sol. Laíño deja su armamento y se dirige hacia la puerta principal del Li bertador, donde dos suboficiales rebeldes se le tiran encima. Al principio, se asusta pero pronto entiende que lo habían sacado de la línea de fuego de un francotirador.

"Mi coronel, depongo mi actitud" le di ce Breide Obeid a Laíño delante de unos 50 suboficiales y del cuerpo de Verdes que está en un charco de sangre.

Laíño hace ingresar una segunda ambu lancia que carga a Verdes. El sargento muere camino hacia el hospital por el im pacto de una bala de fusil FAL en la cabe za. El tiro había atravesado los vidrios de la puerta de entrada del edificio Libertador y habría sido disparado por un francotirador leal desde el Ministerio de Defensa.

Ya entrada la noche, Laíño se encuentra con Balza y ambos dan la vuelta al Liberta dor por la avenida Madero donde se esta ban agrupado los rebeldes rendidos. Orde na que se saquen los borceguíes y permite a los fotógrafos que retraten la rendición, mientras civiles enojados tiran piedras contra todos, confundiendo leales con re beldes.

Después llega Breide Obeid, y Balza le ordena poner en marcha los vehículos mi litares ubicados en la playa de estaciona miento porque temía que les hubieran co locado bombas. También por precaución, le ordena "ir delante mío" por los 13 pisos del Libertador, que seguía a oscuras. Se decía que habían colocado cazabobos en las escaleras, pero no fue así.

A medianoche Balza llama al jefe del Ejército, teniente general Bonnet, y le comunica: "El Libertador está recuperado". De inmediato le da la misma noticia al mi nistro de Defensa, Humberto Romero, y le comunica que ya no queda ningún foco rebelde.

Recién entonces se dirige a su despacho en el quinto piso, se da una ducha, se po ne su uniforme y se encamina hacia el ve latorio de Pita y Pedernera.

En las primeras horas del martes 4, el presidente Carlos Menem cerró el día del último acto carapintada con una cena en la residencia de Olivos. Estuvieron varios ministros y secretarios y la infaltable María Julia Alsogaray. El entonces vocero presidencial, Humberto Toledo, recuerda que fue "una cena multitudinaria y de dis tensión". Pero juró no recordar si aquella noche, en Olivos, estuvo también Graciela Borges, la estrella del cine argentino.




13 muertos y mas de 300 heridos fue el resultado de los eventos de aquellos días, verdes fue el último de ellos- clausurando de manera definitiva la participación en la política de las Fuerzas Armadas




en:

http://edant.clarin.com/diario/2000/12/03/s-237204.htm

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Lun 7 Dic 2015 - 13:56

dia 4 de diciembre (1831)

Fallecimiento del General  Juan Antonio Alvarez de Arenales




Nacido en Salta en 1770, aunque existe otra versión histórica que dice que nació en España (Villa de Reinoso), de todas formas nadie puede discutir su importancia en la historia de Salta y de la Nación; murió en Bolivia el 4 de diciembre de 1831. Llegó a Buenos Aires en 1784. Educado por sus parientes para ser sacerdote, eligió la carrera militar. Tras concluir sus estudios militares, fue enviado al Alto Perú (la actual Bolivia), donde se unió al movimiento revolucionario de Chuquisaca (hoy en día Sucre, en Bolivia).

El 25 de mayo de 1809 creó la primera Junta que rompió con las autoridades coloniales españolas. Se convirtió en dirigente de los indios contra la opresión y desconsideración del gobierno. Comandante de las fuerzas patriotas. Derrotada la rebelión por las tropas pro realistas de Goyeneche, Arenales se salvó de la ejecución en mérito a sus destacados antecedentes pero fue enviado como prisionero a los calabozos del Callao.

Escapó y regresó a su hogar en Salta desde donde respaldó la revolución porteña. El 20 de febrero de 1813, participó a las órdenes de Manuel Belgrano en la victoria independentista obtenida en la batalla de Salta. Solicitó a la Asamblea del Año XIII que le emitiera un documento designándolo ciudadano de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Nombrado gobernador de Chuquisaca, se encontró aislado por las derrotas patriotas de Vilcapugio y Ayohuma.

Organizó la guerra de guerrillas tan exitosamente que Pezuela se vio forzado a abandonar las provincias norteñas argentinas para proteger la retaguardia realista. Arenales reocupó Chuquisaca y luego se unió a las fuerzas de Rondeau en su tercer intento por incorporar el Alto Peni (Bolivia) a la revolución. Posterior a la derrota de Sipe Sipe, encabezó la retirada hacia Tucumán, donde permaneció hasta que estalló la guerra civil.

Cruzó los Andes hacia Chile donde San Martín estaba preparando su expedición libertadora al Perú. Arenales fue bienvenido por San Martín quien lo designó al mando de una división. Tras su arribo al Perú se hizo cargo de las dos importantes campañas a las sierras para obtener el control sobre esa área antes que los realistas pudieran utilizarlas como base de operaciones.



En 1821 fue enviado al Perú para encargarse de dos importantes campañas en las sierras. Tras la proclamación de independencia del Perú, fue nombrado gobernador de las provincias norteñas del futuro territorio argentino, con responsabilidad sobre la instrucción de las tropas y la preparación de la campaña al Ecuador. En 1822 solicitó su retiro, tras la partida de San Martín del Perú. El gobierno peruano lo gratificó con el rango de gran mariscal.

Gobernador de Salta desde 1823 procuro establecer un gobierno liberal como el de Rivadavia en Buenos Aires. Envió tropas para colaborar en la Guerra contra el Brasil.

En 1827 una revuelta encabezada por José Francisco Gorriti y Dionisio Puch se propuso derrocar a Arenales. El gobernador envió una tropa de trescientos hombres al mando de Coronel Bedoya, quien se enfrentó contra una fuerza de ochocientos disidentes en la decisiva batalla de Chicoana, el 7 de febrero de 1827. La derrota de las tropas oficialistas ocasionaron que Arenales y sus partidarios se exiliaran en Bolivia.

El Genral san Martín dijo de él:

“El es digno de mandar por su honradez acrisolada, por su habitual prudencia y la serenidad de su coraje”.



en:

http://www.portaldesalta.gov.ar/arenales.htm

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Lun 7 Dic 2015 - 14:18

dia 5 de diciembre (1840)

Natalicio del General Nicolás Levalle


Nació en Cicagna, Chiavari, provincia de Génova, Reino de Italia, el 6 de diciembre de 1840; siendo sus padres Lorenzo Lavalle y Benedicta Daneri (que sobrevivió a su hijo), ambos de nacionalidad italiana.  A la edad de dos años vino a la República Argentina; ingresando al Ejército como aspirante el 10 de octubre de 1857 en la Academia Militar.  Dos años después revista como tal en la 2º Compañía del 1er Escuadrón del Regimiento de Artillería Ligera.



Ascendió a portaestandarte de la brigada de plaza de la división de artillería, el 18 de febrero de 1859, asistiendo a la campaña de Cepeda bajo el mando directo del coronel Benito Nazar, hallándose en la batalla de aquel nombre, el 23 de octubre de igual año; y por su comportamiento en dicha campaña fue ascendido a alférez del Regimiento 1º de Artillería, el 10 de diciembre de 1859, perteneciendo al 1er escuadrón de dicho cuerpo.  Se halló en el combate naval de San Nicolás, el 25 de octubre embarcado en el “Constitución” (Capitán Py), en el que sirvió como cabo de pieza; y en el sitio de Buenos Aires cubrió las calles de Potosí (actual Alsina) y Cevallos con una pieza y su dotación de artilleros.



El 31 de julio de 1861 fue ascendido a teniente 2º del mismo escuadrón, jerarquía con la cual tomó parte en la campaña de Pavón, siempre bajo el mando superior del general Mitre y el directo del coronel Nazar.  Poco después pasó a prestar servicios al Batallón 4º de Infantería, cuerpo en el cual fue ascendido a teniente 1º, de la compañía de cazadores, el 27 de junio de 1862; y el 26 de noviembre del mismo año, a capitán de la 4ª compañía del batallón de referencia, con el que formó parte de la guarnición de la Frontera Norte de la provincia de Buenos Aires, con asiento en Rojas y en Junín.  Permaneció en aquella línea fronteriza hasta el 19 de abril de 1865 en que marchó con su batallón a la campaña del Paraguay.



El capitán Levalle se incorporó en junio de 1865 con su batallón en Esquina, a las fuerzas destinadas a operar en el Paraguay, formando parte de la 2ª División “Buenos Aires”, interviniendo en la rendición de Uruguayana, el 18 de setiembre, por lo que fue condecorado con la medalla discernida por el Emperador del Brasil; habiendo recibido igualmente, la medalla oriental por la batalla de Yatay, librada el 17 del mes anterior.  A comienzos de 1866 formaba parte de las fuerzas que se organizaban en el campamento de las Ensenaditas.



El Ejército argentino prosiguió su avance al Norte, para alistarse a invadir el territorio enemigo; asistiendo Levalle con inusitada bizarría al combate de Pehuajó o de los Corrales, el 31 de enero de 1866.  En el campamento de las Ensenaditas, el 29 de marzo de este año, pasó al 2º Batallón de la División Buenos Aires mencionada, cuyo comando accidental y reorganización se le confió; cuerpo en el cual cruzó el Paraná por el Paso de la Patria, penetrando en el territorio paraguayo después de librar los combates de la Confluencia, los días 16 y 17 de abril.



Se halló en el combate de Estero Bellaco, el 2 de mayo; así como también en la sangrienta batalla de Tuyutí, el día 24 de igual mes, recibiendo los cordones de plata discernidos a los vencedores.  Intervino en el combate de Boquerón, el 16 de julio y en el del Sauce, el 18 del mismo mes y año; donde recibió un balazo en una rodilla; y posteriormente, en el asalto de Curupaytí, el 22 de setiembre de 1866, por cuya participación recibió el escudo de plata otorgado por Ley a los asistentes a aquella cruenta jornada.



A principios de 1867, el general Paunero, con 4.000 hombres, debió abandonar los esteros paraguayos para ir a sofocar la rebelión que había estallado en el interior de la República Argentina; Levalle formó parte de aquella expedición, y se encontró en el combate del Portezuelo; y en la batalla de San Ignacio, el 1º de abril de 1867.  Con el general Conesa tomó parte en la intervención a la provincia de Santa Fe, levantada en armas contra el gobernador Nicasio Oroño y en la sofocación de la rebelión que había estallado en Córdoba, el 19 de agosto de 1867, y que derrocó al gobernador Mateo J. Luque, encabezada por el famoso Simón Luengo, siendo repuesto a los diez días el gobernador depuesto.  A principios de abril de 1868, regresó al Paraguay donde sofocó un conato de rebelión de su tropa con intrépida sangre fría.



Levalle fue promovido a sargento mayor graduado el 11 de enero de 1867, recibiendo la efectividad el 23 de abril de 1868, desempeñando (nombrado por O. G. del 10 de este último mes), las funciones de jefe accidental del batallón 5º de Infantería, cuya segundía ejercía en efectividad, cuerpo con el cual se encontró nuevamente en la álgida lucha en los esteros paraguayos, donde iba a cosechar laureles inmarcesibles que destacarían luminosamente su figura de soldado valeroso.  Toma parte en los ataques a la fortaleza de Humaitá, iniciados el 15 de julio de 1868, operaciones que terminaron con la toma de aquel punto y con la rendición del jefe paraguayo, coronel Martínez, el 5 de agosto, juntamente con 1.300 hombres.  Por su comportamiento en estas acciones, Levalle fue graduado teniente coronel el 15 de setiembre de 1868, grado cuya efectividad recibió el 1º de marzo de 1869, así como también, el comando en propiedad del 5º de Infantería.  El 3 de agosto de 1868 se halló en el combate naval de las Canoas y otros parciales, con Rivas.



Tomó parte en la campaña de Pikiciry, a fines de 1868, interviniendo con un brillo inusitado, a la cabeza del 5º de Línea, en la segunda batalla de Itaivaté o Lomas Valentinas, el 27 de diciembre de aquel año, y en la rendición de Angostura, el 30 del mismo mes y año.  Ocupada la capital paraguaya, Levalle quedó a cargo de su guarnición (1), hasta la terminación de la guerra.  Se distinguió en la toma de Peribebuy, el 12 de agosto de 1869, y en otros encuentros postreros de tan cruenta campaña.



El teniente coronel Levalle fue herido en el combate del Sauce, el 16 de julio de 1866 y fuera de las condecoraciones que se han citado, que recibió en esta ruda campaña, deben agregarse las siguientes: medalla de honor por el asalto de Peribebuy; medalla de oro por la terminación de la campaña del Paraguay, discernida por los gobiernos argentino, oriental y brasileño y medalla de oro conferida por el mismo motivo, por la provincia de Buenos Aires.



De regreso del Paraguay, tomó parte en la campaña de Entre Ríos, realizada para sofocar el alzamiento del general López Jordán, en el año 1870, llegando a Paraná el 4 de mayo y tomando intervención en todas las acciones de guerra que se produjeron en aquella campaña.  Asistió a la batalla del Sauce, el 20 de mayo de aquel año.



Cumplimentando órdenes del coronel Juan Ayala, el comandante Levalle sorprendió las fuerzas rebeldes del Diamante, el 23 de agosto de 1870, consiguiendo tomar un crecido número de prisioneros, entre éstos el doctor Juan Mantero, Ministro del gobierno de López Jordán y alguna cantidad de armamento.  Permaneció en la zona de guerra hasta mayote 1871, en que regresó a Buenos Aires, pasando inmediatamente con el 5º de Infantería de guarnición al Fuerte General Paz; donde permaneció hasta que la nueva rebelión jordanista lo llamó para intervenir en la provincia de Entre Ríos.  El 8 de marzo de 1872 se halló en el combate de San Carlos contra la indiada de Catriel.



El 4 de mayo de 1873 desembarca en Paraná con el 5º de Línea y combate a los 2.000 rebeldes, que a las órdenes del caudillo jordanista Exequiel Leiva acababa de poner cerco a la ciudad, obligándolos a huir,  Levalle se fortificó en seguida para resistir a posibles ataques ulteriores.  Efectivamente, el día 28 del mismo mes, los revolucionarios a las órdenes de Leiva, atacan violentamente la plaza, pero el jefe de la misma coronel Ayala, recibe bravamente a los asaltantes, que son rechazados, distinguiéndose el coronel Joaquín Viejobueno y el comandante Levalle en esta operación.  El 26 de junio se halló en el combate de las Cuchillas.  A principios de julio desembarcó con el batallón de su mando en el Diamante, derrotando y dispersando su guarnición.



El 2 de agosto del mismo año, Levalle se embarca en Paraná, en dos vapores y al día siguiente desembarca bajo el fuego de los jordanistas, en la ciudad de la Paz, de la que se posesiona después de vencer una fuerte resistencia; punto cuya defensa organizó, efectuando varias salidas en las que siempre derrotó a los rebeldes; permaneciendo allí hasta entregar la plaza a un jefe designado por Orden Superior, regresando Levalle a Paraná con los batallones 5º y 7º donde se organizaba el ejército de Gainza.



En la batalla de Don Gonzalo, librada el 9 de diciembre de 1873, el comandante Levalle fue herido pero no abandonó su batallón mientras duró la acción, en la que se distinguió por su incomparable valor, mandando la brigada compuesta por el 5º y el 7º de Infantería y 4 piezas de artillería.  También se encontró en el combate del Talita, el día anterior contra la vanguardia jordanista.



Terminada la campaña regresó a Buenos Aires en julio de 1874 y con motivo de la revolución que estalló el 24 de setiembre, el teniente coronel Levalle salió a operar con el 5º de Línea, interviniendo activamente en la represión del movimiento y en la organización de las milicias de Chivilcoy y Mercedes, al Oeste y de San Vicente, al Sud y mandó la infantería del “Ejército del Oeste”; y al mando de 1.100 hombres, se incorporó a los coroneles Arias y Villegas, fuerzas que sorprendieron a los rebeldes en la jornada del 2 de diciembre en Junín, donde el general Mitre se entregó prisionero siendo ascendido Levalle a coronel “sobre el campo de batalla”, a propuesta del Ministro de la Guerra en campaña y con la fecha de aquella rendición.



Inmediatamente fue nombrado jefe de la frontera sud de Buenos Aires, con asiento en Blanca Grande y después en Fuerte Lavalle.  El 14 de abril de 1876 partió de Blanca Grande en dirección a Carhué, punto, este último, que el coronel Levalle ocupó el 24 de abril de 1876, después de penosos encuentros con los salvajes, entre ellos el librado en las proximidades de la laguna de Paragüil, el 6 de marzo, en el que derrotó a la tribu de Juan José Catriel.  En noviembre-diciembre del mismo año permaneció destacado en Fuerte General Paz.  El 10 de enero del año siguiente atacó en sus propias tolderías de Chiloé, al cacique Namuncurá, consiguiendo el coronel Levalle matarle unos 400 indios, y obligándolo a ponerse en retirada hasta unas 20 leguas más al Oeste.



El 25 de noviembre de 1878, teniendo conocimiento de que Namuncurá se preparaba a efectuar una invasión al frente de 2.000 salvajes, el coronel Levalle salió en su busca y dio una batida general en una zona comprendida entre Guaminí, Carhué y Bahía Blanca, en sus frentes hasta el Colorado, recorriendo un trayecto de más de 250 leguas, sin dejar una sola toldería sin registrar.  Se traban algunos combates y se logran muchas sorpresas, como la del 7 de diciembre, consiguiendo rescatar cautivos y haciendas productos del robo; en esta acción los indígenas tuvieron 50 muertos: 1 cacique, 3 capitanejos y 46 indios de lanza y 270 de chusma prisioneros; y todo el ganado que tenían las tribus de la Sierra de Lihué-Calel, que se componía de 1.000 vacunos, 80 caballos y 800 animales entre ovejas y cabras.



En la expedición al Río Negro, bajo el superior comando del general Roca, al año siguiente, el coronel Levalle mandó la 2º División.  El 4 de setiembre de 1879 fue nombrado jefe de las fuerzas de Carhué, Puán, Guaminí, Trenque-Lauquén y Fuerte Argentino. (2)



Acababa de llegar de Sur con aquella, cuando estalló el movimiento revolucionario del mes de junio de 1880.  El día 20 de este mes, con su división, compuesta por los batallones 5º y 7º de Infantería, el Regimiento 6º de Caballería y dos piezas de montaña, con un efectivo de 650 hombres, se aproximó hasta el Puente de Barracas para efectuar un reconocimiento; empeñando a las 12 del día un violento combate contra los revolucionarios que defendían la ciudad y después de combatir hasta las cuatro y media de la tarde, el coronel Levalle se replegó sobre Lomas de Zamora por habérsele agotado las municiones.  En esta acción murió violentamente el teniente coronel Apolinario de Ipola, “al pie del cañón que mandaba, casi entreverado con el enemigo”.



Por su comportamiento en esta campaña, Levalle fue promovido a coronel mayor el 9 de julio de 1880.  El 20 de octubre de ese mismo año fue nombrado jefe de la 1ª División del Ejército, constituida por los cuerpos de la Capital y de la Chacarita.  Al día siguiente, el Gobierno dispuso que el general José Octavio Olascoaga se hiciese cargo del mando de la línea de fronteras de la provincia, que había mandado Levalle.



Este permaneció al frente de la 1ª División, que guarnecía esta Capital hasta el 12 de octubre de 1886, fecha en que fue nombrado Ministro de Guerra y Marina; ya ostentando la jerarquía de general de división que le había sido conferida el 3 de noviembre de 1882.  En los primeros meses de 1886 mandó las fuerzas del ejército que ocuparon la línea del Uruguay con motivo de la invasión de Arredondo al Estado Oriental, teniendo Levalle a sus órdenes, además, el transporte “Azopardo”.



Dejó el Ministerio el 7 de febrero de 1887 para ir a ocupar la Jefatura de E. M. G., que desempeñó hasta el 18 de abril de 1890, fecha esta última en que pasó nuevamente a ejercer el cargo de Ministro de la Guerra, que recibió el mismo día.  Al producirse el movimiento revolucionario armado del 26 de julio de aquel año, Levalle obró con tal energía, que gracias a su valor y pericia, la subversión pudo ser dominada; a la cabeza de las fuerzas leales se apoderó del Parque de Artillería que se encontraba en manos de los rebeldes.  Por su comportamiento en aquellas luctuosas jornadas, fue promovido a teniente general “sobre el campo de batalla”, con fecha 27 de aquel mes y año.



Continuó ejerciendo el ministerio hasta que terminó la presidencia del Dr. Carlos Pellegrini, el 12 de octubre de 1892.  El 4 de noviembre del mismo año se le acordaron seis meses de licencia que se prorrogaron con otros tres más.



Con motivo de los sucesos revolucionarios de 1893, el 20 de setiembre de este año fue nombrado jefe de las fuerzas nacionales destacadas en Córdoba, Santiago del Estero y La Rioja.  Operó contra los sublevados que se hallaban en el Rosario.



El 11 de febrero de 1895 fue designado Presidente de la Junta Superior de Guerra hasta el 19 de mayo de 1897, en que fue nombrado por tercera vez para ejercer la cartera de Guerra y Marina, siendo el último que desempeñó el ministerio de las dos instituciones armadas.  El 12 de octubre de 1898, al abandonar la presidencia el Dr. José Evaristo Uriburu, el general Levalle pasó a la “Lista de Oficiales Generales”:



El 11 de abril de 1901 se le acordó licencia para trasladarse a Europa en busca de un alivio a su salud cruelmente quebrantada, asignándosele en Acuerdo de Ministros 8.000 pesos oro sellado para atender los gastos de su cura.  El 20 de abril zarpó en el vapor “Chili”, llegando a Burdeos, de donde se trasladó de inmediato a París, ingresando el 19 de mayo en la Maison de Sant Jean de Dieu, en donde fue operado al día siguiente del tumor que tenía en el labio inferior.  Regresó a fines del mismo año y el 31 de diciembre era nombrado Jefe de la “Región de la Capital”.  El 16 de enero de 1902 el general Levalle agradecía al ministro Riccheri su designación en los términos siguientes:



“Al contestar la nota de V. E. y manifestarle la expresión de mi profundo reconocimiento por los benévolos conceptos con que en ella me favorece, cúmpleme manifestarle, que no omitiré sacrificio alguno a fin de responder dignamente a la confianza depositada en mí, pidiéndole quiera ser intérprete de estos sentimientos acerca del Excmo. Sr. Presidente”.



Desgraciadamente la vida restante del General iba a ser breve, pues falleció en Buenos Aires el día 28 de enero de 1902, a la una y cincuenta y cinco de la tarde; decretando inmediatamente el Poder Ejecutivo bandera nacional a media asta los días 29 y 30.



Numerosos telegramas de los países de Sudamérica fueron una demostración palpable del prestigio que rodeaba a tan eminente soldado.  La concurrencia a su sepelio y las numerosas notas de condolencia dirigidas a su viuda, Aurelia F. de Levalle, evidenciaron el hondo sentimiento público por su deceso.



Ostentó sobre su pecho: medalla por la toma de Corrientes; idem por la batalla de Yatay y toma de Uruguayana; cordones de Tuyutí y escudo de Curupaytí; medalla por la terminación de la guerra por la Argentina, Brasil y Uruguay y también de la provincia de Buenos Aires; y las acordadas del Río Negro y Los Andes.



Después de la revolución de 1880 con el coronel F. Bosch e Ingeniero del Parque, Sr, Nikelh, presidió la comisión que recibió el armamento y municiones pertenecientes a la provincia de Buenos Aires.  El 24 de julio de 1881 fue elegido primer presidente del Círculo Militar, recientemente creado.  



Levalle se casó en Buenos Aires, el 12 de mayo de 1865 con Aurelia Ferreira, porteña, de 21 años, hija de José Ferreira y Josefa Zeballa, ambos del país.



Un hijo de este matrimonio, Nicolás M. Levalle, falleció en Buenos Aires, el 21 de junio de 1888, a la edad de 29 años, ostentando la jerarquía de teniente coronel; habiendo ingresado al Colegio Militar, escalando rápidamente los grados por sus superiores méritos.



Referencia



(1) Hasta el 21 de abril de 1870, permaneció en Asunción, a cargo de la guarnición compuesta por una Brigada integrada por el 5º de Línea y Legión Militar.

(2) Efectuó su primera marcha sobre Trenque-Lauquén, donde acampó; cruzó luego Salinas Grandes el 7 de mayo, encontrando huellas frescas de los indios de Namuncurá.  De Trafú-Lauquén, cumpliendo Orden Superior, Levalle desprendió partidas de exploración sobre el enemigo, buscando el contacto con las demás divisiones.  El teniente coronel Máximo Bedoya fue desprendido desde Liu-Kalel sobre el extremo Norte de la doble laguna de Urre-Lauquén (laguna de Los Vapores) y Chadi-Leuvú, para descubrir y detener a los indios ranqueles que huían ante el avance del coronel Racedo.  Bedoya tuvo que regresar a Trafú-Lauquén, sin haber conseguido nada y el coronel Levalle lo envió nuevamente con el mismo resultado negativo.  El último había tomado la pista de Baigorrita y lo seguía en su fuga hacia las faldas andinas con Namuncurá pero las pequeñas partidas de indios prisioneros que habían caído al huir de Leuvucó, Trapal, Poitague, Trenel y otros puntos contribuían a desorientar con sus informaciones contradictorias sobre la marcha de Namuncurá.

Al comandante Pablo C. Belisle se le ordenó buscara contacto, en dirección al río Colorado, con la vanguardia de la 1ª División.  Belisle llegó a las pequeñas sierras de Lihué-Calel, cruzó la laguna de Urre-Lauquén, y llegó al codo de Chiclana, desde donde envió la correspondencia de su jefe inmediato, el general Roca, que aún no había regresado de su excursión al Limay.

El comandante Florencio Monteagudo había cruzado en su extremo sur, en Chadi-Leufú tomándolos prisioneros a los terribles caciques Ajner y Querenal.

Tales fueron los resultados de la 2ª División al mando del coronel Levalle.


en:

http://www.revisionistas.com.ar/?p=6805/


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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Lun 7 Dic 2015 - 14:28

dia 7 de diciembre (1874)

Batalla de Santa Rosa



Roca llegó poco después a la provincia de Mendoza, y Arredondo lo esperó en el mismo punto de Santa Rosa, defendido por una posición fuerte, con una ancha zanja y un parapeto de tierra, rodeado de montes bajos, imposibles de cruzar para la caballería.

Esa noche, un baqueano guió las fuerzas de Roca por el único sendero que podía esquivar la posición de los revolucionarios, que estaban demasiado confiados para creer que eso se pudiera hacer. Y a la mañana siguiente, 7 de diciembre, el ataque de Roca ocurrió por la retaguardia enemiga; las fuerzas revolucionarias se defendieron valientemente, pero fueron pronto superadas por las leales al gobierno. Roca encontró al desorientado Arredondo, que aún creía que el grueso de las fuerzas enemigas atacarían por el frente, y lo obligó a rendirse. La totalidad de las fuerzas vencidas fueron muertas o tomadas prisioneras.



La revolución estaba definitivamente vencida, y el gobierno de Avellaneda salvado. Como premio a su victoria, Roca fue ascendido al grado de general; pero al saber que Arredondo iba a ser fusilado, lo dejó huir a Chile.

La carrera política de Mitre pasó a un franco segundo plano desde entonces; la de Roca seguiría en ascenso, hasta llegar a ser presidente de la Nación Argentina en dos períodos, en un total de doce años. La carrera militar de Arredondo en la Argentina prácticamente terminó allí, aunque unos años más tarde protagonizaría una revolución en su país de origen, Uruguay, sólo para ser derrotado en la batalla de Revolución del Quebracho.

La batalla de Santa Rosa significó el final de la revolución de 1874, y de las campañas militares de las guerras civiles con batallas a campo abierto. Todavía hubo algunos episodios menores, pero este tipo de batallas, que había caracterizado las guerras civiles argentinas, no volvería a definir la historia política de este país.

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Miér 9 Dic 2015 - 17:12


dia 8 de diciembre (1796)

Natalicio del teniente coronel Mariano Escalada



Mariano de Escalada era hijo de Antonio José de Escalada y hermano de Manuel y de Remedios, esposa de José de San Martín.2 El 13 de septiembre de 1818 se casó con Elvira de Reynoso Más Sexars y tuvieron 9 hijos (Mariano Eduardo, Agueda, Benjamina, Isabel, Antonieta, Adela, Elina, Elvira, y Daniel Domingo).

Fue uno de los primeros oficiales del Regimiento de Granaderos a Caballo, fundado por su cuñado San Martín, al igual que su hermano. Juntos lucharon en el combate de San Lorenzo y prestaron servicios en el Sitio de Montevideo hasta 1814.

De allí pasó al Ejército del Norte, en el cuerpo de Granaderos comandado por Juan Ramón Rojas. Combatió en Puesto del Marqués, Venta y Media y Sipe Sipe.

Tanto Manuel como Mariano Escalada se unieron al Ejército de los Andes y participaron en las batallas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Fue ascendido al grado de teniente coronel.

En 1819 el general lo San Martín lo envió a Mendoza, desde donde acompañó a su hermana Remedios hasta la casa de su padre, en Buenos Aires. Al llegar pidió su retiro por mala salud.

Se dedicó al comercio y se unió al partido federal dirigido por Manuel Dorrego. Durante la Guerra del Brasil fue enviado a la provincia de Misiones por el gobernador Dorrego, y ayudó a Fructuoso Rivera en la captura de las Misiones Orientales. Solicitó y obtuvo la baja hacia 1828.

Regresó al ejército en 1830, para participar en la campaña del año siguiente contra la Liga del Interior. Se unió al grupo federal contrario al gobernador Juan Manuel de Rosas; por su gran fortuna no fue molestado por la Mazorca.

En 1839 se vio comprometido en el complot de Ramón Maza para derrocar a Rosas. Perseguido por unas semanas, fue dejado en paz hasta el avance y retirada de Juan Lavalle contra la ciudad. Fue arrestado en 1841 por unos días, y cuando recuperó su libertad se le prohibió abandonar la ciudad. Falleció en Buenos Aires en 1841.




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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Miér 9 Dic 2015 - 17:34

dia 9 de diciembre (1824)

Batalla de Ayacucho

El dispositivo organizado por los planes de Canterac preveía que la división de vanguardia de Valdés rodease en solitario la agrupación enemiga, cruzando el río Pampas para fijar en el terreno a las unidades de la izquierda de Sucre, lo que se realizaba en la primera fase de la batalla. Mientras, el resto del ejército realista descendía frontalmente desde el cerro Condorcunca, abandonando sus posiciones defensivas y cargando contra el grueso del enemigo al que esperaba encontrar desorganizado, quedarían en reserva los batallones Gerona y Fernando VII dispuestos en segunda línea para ser enviados a donde fueran requeridos.

Sucre se dio cuenta inmediatamente de la arriesgada maniobra, que resultaba evidente en la medida que los realistas se encontraban en una pendiente, imposibilitados de camuflar sus movimientos. El coronel español Joaquín Rubín de Celis, que mandaba el Regimiento primero del Cuzco, y que debía proteger el emplazamiento de la artillería, que aún se encontraba despiezada y cargada en sus mulas, se adelantó impetuosamente al llano muy prematuramente, interpretando defectuosamente órdenes directas del Virrey "se arrojó solo y del modo más temerario al ataque" donde su unidad fue destrozada y él mismo muerto en el decisivo contraataque de la división de Córdova, que entonces avanza en compactas formaciones de línea, y que con un fuego eficaz también empuja atrás a los dispersos tiradores de la división de Villalobos, acabados de descender en formaciones de Guerrilla. La división de Córdova, apoyada por la caballería de Miller, acometió directamente a la masa desorganizada de tropas realistas que sin poder formar para la batalla descendían en hileras de las montañas, fue en este ataque que el general José María Córdova pronunció su famosa frase "División, armas a discreción, de frente, paso de vencedores".

Viendo el descalabro que había sufrido su izquierda, el general Monet, sin esperar que su caballería formara en el llano, cruzó el barranco y a la cabeza de su división se lanzó sobre la de Córdova logrando formar en batalla a dos de sus batallones pero prontamente atacado por la división independentista fue envuelto antes que el resto de sus tropas pudieran formar también en batalla. Durante estas acciones Monet fue herido y tres de sus jefes muertos. Los dispersos de su línea arrastraron en su retirada a las masas de milicianos. La caballería realista al mando de Ferraz cargó sobre los escuadrones enemigos que acosaban la izquierda de Monet, pero que apoyados por el vivo fuego de su infantería causaron una enorme cantidad de bajas en los jinetes de Ferraz cuyos sobrevivientes fueron obligados a volver grupas y retirarse del campo de batalla.

En el otro extremo de la línea, la segunda división de José de La Mar apoyada por el batallón Vargas de la tercera división de Jacinto Lara detuvieron juntas la acometida de los veteranos de la vanguardia de Valdés que habíanse lanzado a tomar la solitaria casa ocupada por algunas compañías independentistas, las cuales fueron arrolladas en principio y obligadas a retroceder, y serían reforzadas por la carga de los Húsares de Junín bajo la dirección de Miller y luego por los granaderos a caballo volvieron al ataque,53 al que se sumaría luego la victoriosa división de Córdova.

El Virrey La Serna y demás oficiales intentaron restablecer la batalla y reorganizar a los dispersos que huían y el mismo general Canterac dirigió la división de reserva sobre la llanura. Sin embargo los reclutados de los batallones Gerona no eran los mismos que habían vencido en las batallas de Torata y Moquegua, pues durante la rebelión de Olañeta habían perdido a casi todos sus veteranos e incluso a su antiguo comandante Cayetano Ameller. Esta tropa compuesta por soldados forzados a combatir se dispersó antes de enfrentar al enemigo siguiéndole luego tras una débil resistencia el disminuido batallón Fernando VII. A la una de la tarde el virrey había sido herido y hecho prisionero junto a gran número de sus oficiales, y aunque la división de Valdés seguía combatiendo en la derecha de su línea, la batalla estaba ganada para los independentistas. Las bajas confesadas por Sucre fueron 370 muertos y 609 heridos mientras que las realistas fueron estimadas en 1.800 muertos y 700 heridos, lo que representa una elevada mortandad en combate.

Con los diezmados restos de su división Valdés logró retirarse a las alturas de su retaguardia donde se unió a 200 jinetes que se habían agrupado en torno al general Canterac y a algunos pocos dispersos de las derrotadas divisiones realistas cuyos desmoralizados soldados en fuga llegaron incluso a disparar contra los oficiales que intentaban reagruparlos. Con el grueso del ejército real destruido, el mismo virrey en poder de los patriotas, y su enemigo Pedro Antonio Olañeta ocupando la retaguardia, los jefes realistas optaron por la capitulación tras la batalla.


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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Jue 10 Dic 2015 - 13:57

dia 10 de diciembre (1825)

El Imperio del Brasil declara la Guerra a la Provincias Unidas del Rio de la Plata

el 10 de diciembre de 1825 el ministro plenipotenciario del Brasil en Buenos Aires presenta al gobierno presidido por el General Las heras la declaración de guerra del Imperio a la Provincias unidas, por considerarlas intervinientes en apoyar a los insurrectos Orientales.


La guerra fue declarada al Imperio el 1º de enero de 1826. El Congreso -dominado por Agüero y su facción belicista- tomó una serie de disposiciones, entre ellas la autorización al gobierno para gastar hasta dos millones de pesos (ley del 31 de diciembre de 1825) y retener todo el metálico existente en el Banco de Descuentos (9 de enero de 1826); el pedido de presentación de los oficiales retirados, la puesta a disposición del gobierno de Buenos Aires de todas las tropas de las provincias, la orden de internar a los súbditos brasileños a veinte leguas de la costa, y la autorización de las actividades de corso (ley del 2 de enero de 1826).
    Asimismo, el general y ex gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez fue nombrado comandante en jefe con instrucciones de cruzar el río Uruguay y esperar refuerzos en la localidad oriental de San José. El Congreso, a petición del gobierno, nombró brigadieres del ejército de las Provincias Unidas a los orientales Juan Antonio Lavalleja y Fructuoso Rivera. Se colocó en estado de defensa la costa sur de la provincia de Buenos Aires y se encargó a Juan Manuel de Rosas la vigilancia de esta región para evitar un desembarco brasileño.
    Ante la fuerza de los acontecimientos, a comienzos de enero de 1826 el gobernador Las Heras emitió una enérgica proclama donde afirmaba:

El Emperador de Brasil ha dado al mundo la última prueba de su injusticia y de su política inmoral é inconsistente con la paz y seguridad de sus vecinos. Después de haber usurpado de una manera la mas vil e infame que la historia conoce, una parte principal de nuestro territorio; después de haber cargado sobre nuestros inocentes compatriotas el peso de una tiranía tanto mas cruel, cuanto eran indignos y despreciables los instrumentos de ella; después que los bravos Orientales han desmentido las imposturas en que pretendió fundar su usurpación, no solo resiste á todos los medios de la razón, sino que á la moderación de las reclamaciones contesta con el grito de guerra; insulta e invade nuevamente, y con la furia de un tirano sin ley y sin medida reúne cuantos elementos puede arrancar de sus infelices vasallos para traer la venganza, la desolación y la muerte sobre nuestro territorio. (...) Que los pueblos brasileros tengan en nosotros un ejemplo; y que las Repúblicas aliadas vean siempre las banderas de las Provincias Unidas del Río de la Plata flamear á la vanguardia en la guerra de la libertad. (...)
¡Bravos, que habéis dado la independencia á nuestra Patria! Descolgad vuestras espadas. Un rey, nacido del otro lado de los mares insulta nuestro reposo y amenaza la gloria y el honor de nuestros hijos. ¡A las armas, compatriotas! ¡A las armas

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 10 Ene 2016 - 12:07

dia 11 de diciembre (1828)

Los Coroneles Hacha y escribano toman prisionero a Manuel Dorrego


Lo que preveía Rosas sucedió. El gobernador fue envuelto en la dispersión de sus tropas ante la carga que le llevó Lavalle el 9 de diciembre 5. “Mandé decir a S.E. con varios chasques, continúa Rosas, que el enemigo se aproximaba y que no perdiese tiempo: que se retirase, pues yo empezaba a hacer lo mismo. S.E. me mandó decir con repetidos enviados, no me fuese, pues que ya había formado la fuerza para cargar al enemigo, así que se acercara. Con profunda pena recibí estas órdenes. Ni tiempo tuve para formar y cargar de flanco con algunos indios de lanza, que era lo único que había con armas . El enemigo siguió, y los grupos mal formados por S.E. dispararon antes de ser cargados. Sabiendo que S.E. se había dirigido en fuga al Norte ordené a los indios y paisanos que tenía conmigo en el reconocimiento, se fuesen al Sur del Salado, y que allí esperasen mis órdenes, que les había de dirigir desde Santa Fe, por el desierto” .

En vez de seguir para el Norte, el gobernador prefirió buscar la incorporación de un regimiento de línea que, al mando del coronel Pacheco, se hallaba a inmediaciones de Areco. Este regimiento (el número 3) era el mismo que había mandado y educado el coronel Rauch, a quien Dorrego destituyó poco antes. Rauch conservaba su prestigio entre los oficiales de ese cuerpo; así fue que, lejos de prestarle obediencia, los comandantes Acha y Escribano se sublevaron contra el coronel Pacheco, redujeron a prisión a Dorrego y se pusieron con éste en marcha para la ciudad en la mañana del 11 de diciembre. El gobernador pudo dirigir dos cartas, una al gobernador delegado, en la que le decía que no dudaba de que haría valer su posición para que se le permitiera ir a los Estados Unidos por el tiempo que se le designase; y otra al ministro Díaz Vélez, en la que le pedía lo viese en el momento de su llegada a la capital, seguro de que sus adversarios aceptarían las indicaciones que él haría respecto de la cuestión que dividía a los partidos.

La noticia de estos sucesos cayó en Buenos Aires como el anuncio de la catástrofe; y así lo comprendieron la sociedad y el pueblo consternados. El cuerpo diplomático resolvió mediar a favor del desdichado gobernador; pero no tuvo eco. Los prohombres unitarios que acababan de decidir el fin del gobernador exigieron, y así lo ordenó el sustituto de Lavalle, que el comandante Escribano retrogradase hasta Navarro, donde se encontraba aquel general y que le entregase a éste el gobernador prisionero, juntamente con un pliego que contenía una carta del almirante Brown y otra del ministro Díaz Vélez, en las que ambos encarecían a Lavalle la necesidad y conveniencia de aceptar la proposición del gobernador Dorrego de salir del país y de no volver a él, bajo fianza segura .

Pero con anterioridad al pliego del gobernador delegado, el general Lavalle recibió cartas de los prohombres unitarios, en las que con cálculo que abruma y frialdad que aterra, le manifestaban que todo quedaría esterilizado si el gobernador Dorrego no era sacrificado inmediatamente 9. Esto mismo se sabía y se repetía en esos días tristísimos, a partir del en que el general Lavalle salió a batir al coronel Dorrego; por manera que puede decirse que el gobernador de la provincia, antes de ser tomado, ya estaba condenado a muerte por los revolucionarios unitarios del 1º de diciembre.

En Saldias : Historia de la Confederación Argentina"



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Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
/Más crueles que fieras,/con nuestras propias alas,/que la Naturaleza/nos dio, sin otras armas/para propia defensa,/forjáis el instrumento/de la desdicha nuestra,/haciendo que inocentes/prestemos la materia./Pero no, no es extraño,/que así bárbaros sean/aquellos que en su ruina/trabajan, y no cesan./Los unos y otros fraguan/armas para la guerra,/y es dar contra sus vidas
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 10 Ene 2016 - 12:23

dia 12 de Diciembre (1818)

Las Provincias Unidas de Sudamérica reconoce a la Reública de Chile Estado Soberano e Independiente


El dia 12 de diciembre, el Congreso General de las Provincias Unidas presidido por El Director Supremo Pueyrredón reconoce al Estado de Chile como "Libre, Soberano e Independiente", siendo el Tomás Guido el representante político para entregar al gobierno Chileno el acta de reconocimiento Institucional. Anteriormente, fue el dicho Oficial a nombre del gobierno de las P.U. el dar el discurso para felicitar al Pueblo Chileno por el logro obtenido.



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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 10 Ene 2016 - 12:30

dia 13 de diciembre (1828)

Fusilamiento del Gobernador Manuel Dorrego


El doctor Agüero…y sus copartidarios conspiraban contra Dorrego desde que éste subió al gobierno. Dorrego, por sobre haber contribuido en primera línea a derrocar la presidencia, inspirábale ese rencor incurable, ese despecho cada día más amargo que suelen recoger ciertos políticos cuando, en oposición larga y brillante, satisfacen ciertas manifestaciones de su espíritu, haciendo sentir su capacidad para desbaratar los planes de quienes se creen unitarios, reuníanse secretamente con el designio de restaurarse en el gobierno y de concluir con Dorrego, que era un obstáculo para ellos en Buenos Aires. Esto era lo positivo, aunque no encuadrase con las pomposas declaraciones que desde el gobierno del general Martín Rodríguez hicieron los hombres de ese partido respecto de la necesidad de cimentar los gobiernos legalmente constituidos. La autoridad que investía Dorrego derivaba del derecho y de la ley. Nadie lo había puesto en tela de juicio, que hasta el mismo Congreso unitario, empeñado en ejercitar funciones legislativas, había consagrado esa legalidad examinando las actas electorales de los representantes del pueblo y campañas de Buenos Aires, que eligieron a Dorrego gobernador de la Provincia con arreglo a las leyes vigentes de 1821 y de 1823.

Desde fines del año anterior, ya se dejaban sentir estos trabajos, aun en el mismo ejército de operaciones contra el Imperio del Brasil. “Siguen los rumores, -escribíale al general Lavalleja el general Balcarce, ministro de Dorrego,- de que el general Paz se retira del ejército, como que a este respecto, según noticias contestes, trabajan mucho los unitarios; lo mismo que acerca de la separación de todos los que pueden ser de algún provecho a la presente administración. Es necesario que usted se conserve muy vigilante, porque estos hombres todo lo penetran…” 1

La prensa de los unitarios, salida de quicio, se encargó de justificar que los rumores se convertirían en hechos, a tal punto que, como el gobierno, a las provocaciones de que era objeto respondiera que no descendería al terreno personalísimo a que se le llamaba, El Granizo anticipaba pura y simplemente que el señor Dorrego descendería mal que le pesara. El próximo regreso de las divisiones del ejército republicano, para cuyo desembarco y recepción el gobierno hacía grandes preparativos, fue saludado por la prensa de los unitarios casi como un triunfo de la revolución, como si en efecto los soldados de la Nación no tuvieran más que entrar en Buenos Aires para que cayese al suelo el gobierno de Dorrego. Se hablaba de la revolución públicamente, y hasta se anticipaba cómo se llevaría  cabo. Así, en 21 de noviembre (1828) le escribía al general Rivera su agente y amigo don Julián Espinosa, siempre bien impuesto de las novedades políticas: “La llegada de estas tropas hace recelar a algunos de que van a servir para hacer una revolución contra el gobierno, de cuya revolución hace ocho días que se habla públicamente: por los datos que yo tengo, no encuentro dificultad en que se verifique, mucho más si se hace militarmente. Me han asegurado que piensan poner al general don Juan Lavalle de gobernador, y que van a desconocer la Junta de la Provincia: si esto sucede vendremos a quedar gobernados por la espada…”. 2

Para conjugar la borrasca, el gobierno de Dorrego había echado mano de medidas represivas cuyo alcance dependía de su poder para hacerlas cumplir. A la ley de 8 de mayo que restringía la libertad de imprenta, se sucedió la política de exclusivismo que estrechaba cada vez más las filas del partido gubernista: las venganzas particulares ejercidas en la persona de periodistas de la oposición, y las destituciones de empleados y de jefes de nota como el coronel Rauch, quien desde tiempo atrás presentaba importantes servicios en la frontera. Se sabe cuál es el resultado de estas medidas coercitivas: retemplar el espíritu de los excluidos y dar nuevas armas a la oposición. Esta se sintió más fuerte, y se preparó a levantar a sus hombres principales, haciendo triunfar sus listas en las elecciones de diputados que iban a verificarse.

El gobierno cometió la imprudencia de colocar gruesos piquetes de solados en el atrio de los templos, el día en que debían tener lugar las elecciones. Cuando los unitarios concurrieron a votar, sus contrarios rompieron en manifestaciones hostiles. El general Juan Lavalle, que acababa de llegar de la campaña contra el Brasil, al frente de la 1º división del ejército, se aproximó a un atrio. Un oficial le cerró el paso. Lavalle, que había contenido al mismo Bolívar en sus raptos de orgullo, contuvo al oficial diciéndole: “Es indecoroso que un militar que debe honrar su espada esgrimiéndola contra los enemigos de la patria, la desnude contra el pueblo indefenso que viene a ejercer el primero de sus derechos: dé usted paso al general Lavalle”. Y pasó a hizo votar a sus amigos 3. En alguna otra parroquia, jefes de alta graduación obtuvieron igual acatamiento de parte de la fuerza de línea apostada; pero, en general, la oposición, que se hallaba en visible minoría, no pudo o no quiso votar; y esto dio pábulo a las escenas que comenzaron el día 1º de diciembre abriendo la era de la tremenda guerra civil argentina.

El coronel Dorrego conocía los méritos del general Lavalle. No ignoraba que éste traía resentimientos profundos y que calificaba duramente la conducta del gobierno, en la negociación de la paz con el Brasil. Pero no imaginó que Lavalle empezaba a ser jefe de partido, a pesar de que se lo indicaban claramente las manifestaciones de que aquél había sido objeto de parte de los personajes de la oposición, y la espontaneidad con que éstos habían aceptado su dirección en las elecciones últimas. Así fue que cuando uno de sus amigos le repitió que Lavalle era el jefe de la evolución, Dorrego le respondió con franca sonrisa, “No lo creo: Lavalle es un veterano que no sabe hacer revoluciones con la tropa de línea”. Y como el mismo personaje agregara que hombres como Agüero, Carril, Cruz, Gallardo, Varela, Alsina y toda la oposición estaba de acuerdo a ese respecto, Dorrego mandó llamar con urgencia a Lavalle, y le dijo a su interlocutor: “Ya verá usted: Lavalle es un bravo a quien han podido marear sugestiones dañinas, pero que dentro de dos horas será mi mejor amigo”.

El desgraciado coronel Dorrego padeció esta vez del mal de la alucinación. El dado estaba tirado. Una de las medidas más tremendas de que echan mano los partidos políticos iba a cumplirse, y el más fuerte iba a decidir. Todo lo que había oído el gobernador era exacto. Lavalle, aclamado en reuniones secretas como jefe de la oposición aclamado e reuniones secretas como jefe de la oposición y tomando sobre sí la responsabilidad de los sucesos, estaba resuelto a deponer al coronel Dorrego y a quebrar para siempre su influencia. Cuando se le comunicó la orden de éste, respondióle airado al edecán que se la transmitía: “Dígale usted al gobernador Dorrego que mal puede ejercer mando sobre un jefe de la Nación como es el general Lavalle, quien como él ha derrocado las autoridades nacionales para colocarse en un puesto del que lo hará descender, porque tal es la voluntad del pueblo, al cual tiene oprimido”.

Era el general don Juan Lavalle el tipo del soldado caballero, que se había creado fama singular con su sable corvo de granaderos a caballo, batallando por la independencia de América desde las riberas del Paraná hasta las montañas de Ecuador. Culto, apuesto y atrayente, distinguíase por el orgullo que tenía de su valer, y por la altivez genial con que se levantaba para inclinar a los hombres o traer las cosas dentro de la órbita de sus miras limitadas, pero iluminadas por cierta perspicacia, en la que confiaba con el fervor de la sangre andaluza que inflamaba sus venas. El entusiasmo fácil se apoderaba de su espíritu impresionable, y se diría que actuaba como un explosivo. Sus resoluciones saltaban como ímpetus, y los obstáculos suscitábanle arranques violentos, como esas bocanadas del Pampero que a todo se sobreponen. Cuando Bolívar estaba en el apogeo de su gloria, Lavalle, mayor entonces, osó replicarle con entereza. “Estoy habituado a fusilar generales insubordinados”, díjole colérico el libertador. “Esos generales, exclamó Lavalle, no tenía espada como ésta.” El mariscal Arenales, instruido por falsos informes, le increpó delante de oficiales el haber abandonado su puesto frente al enemigo; siendo así que había avanzado y acuchillado a los realistas en Pasco. El cargo era una especie de muerte de vergüenza para Lavalle. Muerte por muerte, él la desafió de veras tomando a su general por el brazo y dándole un mentís estupendo. Arenales lo llamó a poco, y en presencia de los mismos oficiales lo felicitó por el triunfo de Pasco. Lavalle se inclinó ante el mimado de San Martín, y le presentó sus excusas. “Si usted no hubiese procedido así, le dijo Arenales, lo habría hecho fusilar inmediatamente.” En épocas medioevales, Lavalle habría ostentado brillante empresa en su escudo; que en justas galantes y en lides de romance, habríale disputado e paso al primer barón cristiano, y lanzándose adelante, sable en mano, y el pecho dilatado con los alientos del combate, para satisfacer las grandes exigencias de su idealismo heroico. En la persecución de Chacabuco, trabóse en singular combate con un arrogante granadero español; y en Río Bamba, repelido tres veces por un enemigo muy superior, llevó todavía otra carga hasta quedar vencedor. Tal era el hombre que, como jefe de los unitarios, por la primera vez en su vida debía mandar a sus gloriosos soldados a derramar sangre de los hermanos y a morir a manos de éstos.

El gobierno tocó todos los medios para atraerse las tropas que debían producir el movimiento; pero las cosas habían llegado a tal grado, que la situación sólo podía despejarse a condición de que el gobernador Dorrego la abandonase a sus adversarios, poniéndose fuera del alcance de éstos. Los allegados de Dorrego tentaron como último recurso el neutralizar los principales jefes comprometidos en la revolución; y la tradición ha conservado episodios de esos días, por los cuales se ve que hasta las mujeres tomaron parte en la política revolucionaria.

Se sabía que el coronel Olavarría era el principal apoyo del general Lavalle, así por su bravura legendaria como por el sencillo cariño que le profesaba a éste, a cuyo lado siempre batalló. (…)

Al amanecer del 1º de diciembre de 1828, el general Lavalle y el coronel Olavarría, al frente de la infantería y caballería de la 1ª. División del ejército, penetraron en la plaza de la Victoria, después de guarnecer los puntos más importantes de la ciudad. Todos los directoriales y unitarios acudieron a vitorear al general Lavalle. Este explicó la presencia de las tropas declarando que venía a apoyar la voluntad del pueblo, y después de dejarlas a cargo del coronel Olavarría, se dirigió al Cabildo acompañado de los hombres que figuraron en el gobierno de la presidencia. Sin elementos para contrarrestar la fuerza de línea, el gobernador Dorrego abandonó la fortaleza y se dirigió al campamento del coronel Juan Manuel de Rosas, quien le entregó las milicias de su mando, en número de 1000 hombres, incluyendo los indígenas sometidos. Los ministros Guido y Balcarce comunicaron a Lavalle la ausencia del gobierno, y éste declaró al emisario, el general Enrique Martínez, que, puesto que el gobierno había caducado de hecho, invitaría al pueblo para que deliberase acerca de lo que debía hacerse.

En esa misma tarde se reunieron en la capilla de San Roque buen número de vecinos conocidos de Buenos Aires y de partidarios de la revolución. Ninguna de las muchas revoluciones que se sucedieron en Buenos Aires desde el año 1810, si se exceptúa la de 8 de octubre de 1812, habíase operado por los auspicios del ejército. Este fue, cuando más, fuerza concurrente, y se componía principalmente de las milicias urbanas, divididas por las pasiones del momento. Pero  no fue fuerza suficiente, como en la revolución del 1º de diciembre de 1828. De no ser esta circunstancia, la Asamblea en el templo de San Roque, por sus exteroridades teatrales y por las formas del procedimiento, era un remedo de las que tenían lugar durante la anarquía del año XX, cuando cada día había un pueblo dispuesto a darse nuevas autoridades. El doctor Agüero, ex ministro de la presidencia, explicó las razones del movimiento, ajustando los hechos a las exigencias de su retórica, y declarando con énfasis triunfante que era el pueblo quien debía resolver lo que se haría. Después de muchas proposiciones, “el pueblo” aclamó al general Lavalle gobernador provisorio de la Provincia y votó la convocatoria a elecciones de los diputados que debería nombrar el gobernador propietario.

A la noticia de que el gobernador Dorrego reunía fuerzas en la campaña para sostener su autoridad, el general Lavalle delegó el mando en el almirante Brown, y al frente de 500 veteranos de caballería se dirigió en busca de aquel; siendo, por lo demás, infructuosa la conciliación propuesta los señores Guido y Anchorena, sobre la base de la renuncia de Dorrego y nombramiento de Alvear. No obstante que su fuerza se componía de grupos más o menos numerosos de milicianos sin organización, y de que el coronel Rosas opinaba que por el momento debía internarse en la campaña y reunir fuerzas respetables, el gobernador se propuso esperar al general revolucionario. He aquí cómo, después de muchos años, da cuenta de esto el mismo Rosas: “Al ponerme con esos grupos a sus órdenes y pedirme S.E. opinión, le dije que sin pérdida de tiempo me ordenara dirigirme al Sur, para formar allí un cuerpo de ejército que aumentaría cada día en número y organización; que S.E. tomara los grupos del Norte, y se dirigiera esa misma noche a esa campaña. Si el general enemigo, agregué, sigue a V.E., yo le llamaré la atención por la retaguardia, para obligarlo a volver sobre la fuerza de mi mando… Ni V.E. ni yo debemos admitir una batalla, en la seguridad de que a la larga las tropas de línea de que se compone el ejército enemigo, quedarían reducidas a nada. S.E. aprobó mi plan, y me dio sus órdenes de conformidad, delante de dos jefes de crédito. Pero me obligó a que lo acompañase esa noche hasta Navarro, para de allí irme al Sur y él al Norte. Tuve que obedecerle. Esa marcha fue un desorden. No pude encontrar esa noche a S.E. cerca de Navarro para despedirme y decirle no debíamos parar; porque si el enemigo había trasnochado como nosotros, nos atacaría, sin darnos tiempo para retirarnos en orden” 4.

Lo que preveía Rosas sucedió. El gobernador fue envuelto en la dispersión de sus tropas ante la carga que le llevó Lavalle el 9 de diciembre 5. “Mandé decir a S.E. con varios chasques, continúa Rosas, que el enemigo se aproximaba y que no perdiese tiempo: que se retirase, pues yo empezaba a hacer lo mismo. S.E. me mandó decir con repetidos enviados, no me fuese, pues que ya había formado la fuerza para cargar al enemigo, así que se acercara. Con profunda pena recibí estas órdenes. Ni tiempo tuve para formar y cargar de flanco con algunos indios de lanza, que era lo único que había con armas 6. El enemigo siguió, y los grupos mal formados por S.E. dispararon antes de ser cargados. Sabiendo que S.E. se había dirigido en fuga al Norte ordené a los indios y paisanos que tenía conmigo en el reconocimiento, se fuesen al Sur del Salado, y que allí esperasen mis órdenes, que les había de dirigir desde Santa Fe, por el desierto” 7.

En vez de seguir para el Norte, el gobernador prefirió buscar la incorporación de un regimiento de línea que, al mando del coronel Pacheco, se hallaba a inmediaciones de Areco. Este regimiento (el número 3) era el mismo que había mandado y educado el coronel Rauch, a quien Dorrego destituyó poco antes. Rauch conservaba su prestigio entre los oficiales de ese cuerpo; así fue que, lejos de prestarle obediencia, los comandantes Acha y Escribano se sublevaron contra el coronel Pacheco, redujeron a prisión a Dorrego y se pusieron con éste en marcha para la ciudad en la mañana del 11 de diciembre. El gobernador pudo dirigir dos cartas, una al gobernador delegado, en la que le decía que no dudaba de que haría valer su posición para que se le permitiera ir a los Estados Unidos por el tiempo que se le designase; y otra al ministro Díaz Vélez, en la que le pedía lo viese en el momento de su llegada a la capital, seguro de que sus adversarios aceptarían las indicaciones que él haría respecto de la cuestión que dividía a los partidos.

La noticia de estos sucesos cayó en Buenos Aires como el anuncio de la catástrofe; y así lo comprendieron la sociedad y el pueblo consternados. El cuerpo diplomático resolvió mediar a favor del desdichado gobernador; pero no tuvo eco. Los prohombres unitarios que acababan de decidir el gin del gobernador exigieron, y así lo ordenó el sustituto de Lavalle, que el comandante Escribano retrogradase hasta Navarro, donde se encontraba aquel general y que le entregase a éste el gobernador prisionero, juntamente con un pliego que contenía una carta del almirante Brown y otra del ministro Díaz Vélez, en las que ambos encarecían a Lavalle la necesidad y conveniencia de aceptar la proposición del gobernador Dorrego de salir del país y de no volver a él, bajo fianza segura 8.

Pero con anterioridad al pliego del gobernador delegado, el general Lavalle recibió cartas de los prohombres unitarios, en las que con cálculo que abruma y frialdad que aterra, le manifestaban que todo quedaría esterilizado si el gobernador Dorrego no era sacrificado inmediatamente 9. Esto mismo se sabía y se repetía en esos días tristísimos, a partir del en que el general Lavalle salió a batir al coronel Dorrego; por manera que puede decirse que el gobernador de la provincia, antes de ser tomado, ya estaba condenado a muerte por los revolucionarios unitarios del 1º de diciembre.

El criterio desprevenido se inclina a creer que fueron estos hombres quienes, haciendo pesar su autoridad sobre el ánimo impresionable del general Lavalle, decidieron con su condenación colectiva la muerte del gobernador Dorrego; por más que aquél se responsabilizase ante la historia de un hecho que debió evitar para no abrir la era de las tremendas represalias de la guerra civil. (…)

Así resulta de la nerviosa rapidez de los procedimientos con que el joven general quiere terminar de una vez la lucha ingrata que arde en su corazón, herido por dos corrientes opuestas: -la de la humanidad, que lo dilata; y la de la necesidad impuesta, que lo cierra por fin a todo otro sentimiento. Sabe que Escribano conduce a Dorrego. Pero éste no llega pronto. El 12 hace correr a Rauch para que aligere  esa marcha del calvario político. (…) Rauch llega el día 12 a Navarro. Allí está Lavalle, envuelto en un delirio más cruez que la muerte, cuya tardanza es otra especie de muerte para él… La llegada del prisionero zumba en sus oídos como el eco de un lamento. Y, sin embargo, no quiere verlo. Su delirio toma vuelos entre vapores de sangre, a través de los cuales distingue una esposa desesperada, hijos huérfanos, amigos condolidos, pueblo vengador. Pero esto es un relámpago. Una montaña de plomo lo hace descender a la realidad. Al presentarse, monstruosa, la tormenta ruge en el fondo de su ser; y vacilar le parece un crimen… el cuadro se forma bajo un sol que cae perpendicular, y que fatiga a aquellos soldados que transmontaron los Andes. La campaña es corta, pero tremenda… Una hora después, el gobernador de Buenos Aires, encargado del Ejecutivo Nacional es conducido al patíbulo improvisado junto a un corral de vacas… Va sereno del brazo del padre Castañer… entrega al coronel Lamadrid una carta para su esposa, en la que estampa el último beso de su amor; una prenda para su hija, entre la última lágrima que su valor contiene, y se sienta, perdonando a sus enemigos y pensando en Dios. El capitán Páez adelanta un pelotón del 5º de línea… levanta su espada, y el gobernador Dorrego cae bañado en su sangre. Y como si el vértigo lo hubiese impelido a mojar la pluma en esa sangre, el general Lavalle escribe inmediatamente estas líneas, en las que palpita la monstruosidad de la escena: “Participo al gobierno delegado que el coronel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden al frente de los regimientos que componen esta división. La historia dirá si el coronel Dorrego ha debido morir o no… su muerte es el sacrificio mayor que puedo hacer en obsequio del pueblo de Buenos Aires enlutado por él”. 10

En seguida del fusilamiento el general Lavalle llamó a los oficiales superiores en su división. Como si éstos hubiesen podido ser en algún momento jueces del primer magistrado de la provincia y de la Nación, Lavalle, paseándose precipitadamente y con alterada voz, les dijo: “Si los jefes hubiesen formado consejo de guerra para juzgar a Dorrego, todos habrían votado la muerte de éste, ¿no es verdad, señores?...Pero b asta con que yo solo sea el comprometido. Yo lo he fusilado por mi orden. La historia me juzgará.”. “Me parece que nadie contestó, agrega el entonces coronel Lamadrid, presente en ese momento; y si lo hizo alguno no lo advertí… ¿Qué razón había para fusilar a dicho magistrado, y mucho menos de aquella manera?”. 11 La excitación febril del general Lavalle no se calmó en los días siguientes, a pesar de las manifestaciones y fiestas con que sus amigos querían borrar de su ánimo y del ánimo de la población, la impresión ingrata del fusilamiento del 13 de diciembre. Uno de esos días se presentaba en el fuerte el vencedor de Ituzaingó. “Qué piensa usted de la situación, le preguntaba el general Lavalle”. –“Pienso que es insostenible, tal como está hoy.” –Es que yo no soy el hombre de 1815!” exclama furioso y dándole la espalda Lavalle, mientras Alvear se retiraba preguntándose por qué lo habría llamado para insultarle. Otro día se paseaba apresuradamente en el salón del fuerte, cuando entró Rivadavia acompañado del doctor Agüero. Conversando de la actualidad, preguntóle Rivadavia qué género de relaciones entablaría con las provincias. -“Las provincias, exclamó Lavalle, dando fuertemente con el pie en el suelo: a las provincias las voy a meter dentro de un zapato con 500 coraceros”. – “Vámonos, señor don Julián, dijo por lo bajo Rivadavia: este hombre está loco”. Tal fue la única participación que tuvo Rivadavia en la revolución de diciembre de 1828.




Referencias:
1 Manuscrito original en mi archivo.


2 Manuscrito original en mi archivo. (Papeles de Rivera.)l


3 Biografía del general Lavalle, por el comandante don Pedro Lacaza.


4 Carta de 22 de septiembre de 1896. (Duplicado de letra de Rosas, en mi archivo)


5 Véase parte detallado del general Lavalle, fechado en Navarro a 10 de diciembre.


6 Esto lo corrobora el general Lamadrid en sus Memorias, tomo I, páginas 383 y 387.


7 Ídem ídem. La prensa oficial de Rosas llamó siempre al movimiento que encabezó el general Lavalle “Motín militar del 1º de diciembre”. Pero en carta de 25 de julio de 1869, decía desde Southampton, a ese respecto: “No estoy conforme en la parte que dice (la Historia de Rozas que comenzó a escribir el señor Bilbao) “Motín militar”. Así opino porque el señor general Lavalle y todos los militares a sus órdenes fueron solamente ejecutores. Los autores fueron todos de la lista civil. Así es más propio decir “la revolución de diciembre de 1828” (Duplicado de letra de Rosas, en mi archivo)


8 Véase Asesinato del gobernador de Buenos Aires y ejecutivo Nacional de la República Argentina, coronel don Manuel Dorrego. – Londres, 1829 – Contiene las cartas de don Luis Dorrego a los representantes diplomáticos acreditados en Buenos Aires y las protestas de los gobiernos de Provincia por tal fusilamiento.


9 Véase las cartas de los señores Del Carril, Juan Cruz Varela, etc., publicada por la primera vez por el doctor Ángel J. Carranza en su libre El general Lavalle ante la justicia póstuma, páginas 33 a 79 y siguientes.

Desde su retiro en Southampton, Rozas escribió a este respecto en 25 de julio de 1869: “El general Lavalle, quejándose irritado contra los hombres respetables de la lista civil que lo había impulsado a la ejecución del ilustre jefe supremo del Estado, como el paso más urgente e indispensable para la paz y la felicidad del país, me mostró en las conferencias en Cañuelas las cartas que tenía de aquéllos, entre ellas una del doctor don Julián Segundo de Agüero, en que estaba así aconsejado y escrito”. (Duplicado de letra de Rosas, en mi archivo).


10 Todos los detalles contenidos en este párrafo son fidedignos y están acordes con lo que acerca de este fusilamiento refiere el general Lamadrid testigo presencial en sus Memorias, tomo I, páginas 388 y t. 391.

El Tiempo, órgano oficial redactado por los señores Varela y gallardo, a raíz del fusilamiento insertó un largo artículo para aplaudirlo, que comenzaba así: “Ácaba de ejecutarse en Navarro un acto de rigurosísima justicia: el coronel don Manuel Dorrego ha sido fusilado…”.

Como dato ilustrativo, véase lo que en 2 de septiembre de 1869 escribía el ex ministro de Dorrego don José María Roxas y Patrón, al general Rosas: “También incluyo un artículo de La Tribuna de 2 de julio del presente, sobre los últimos momentos del desgraciado gobernador Dorrego. Diré algo para demostrar que ese documento es fraguado con el objeto de adulterar la historia. Luego que llegó a Buenos Aires la noticia cierta de tener Lavalle en su poder a Dorrego, se reunión un consejo de los miembros del gobierno y de otros de los principales de la camarilla, para determinar lo que debían de hacer con el prisionero. No sabían qué hacer con Dorrego. Tenerlo preso o echarlo del país era muy peligroso, siendo un hombre tan popular y de un carácter tan determinado. En tal extremo acordaron su muerte. Esta sola consideración basta  para destruir lo que dice el coronel don Juan Elías, de la comunicación que mandó el gobernador delegado al general Lavalle pidiéndole la salida de Dorrego fuera del país. Lo que llevó el comisario de policía fue según se dijo el borrador del parte que dio Lavalle de haberlo fusilado. Se aseguró que ese borrador fue redactado en las sesión de la camarilla, por don Juan Andrés Gelly”.

Al fin de esta carta, Rosas agregó de su puño y letra la siguiente: “Pienso lo mismo. El señor general Lavalle, lamentando amargamente su gravísimo y funesto error, quejoso y enfurecido contra los hombres respetables de la lista civil que lo habían impulsado al motín de diciembre y aconsejado la ejecución del ilustre jefe supremo del Estado como el paso más urgente e indispensable para la paz, sosiego y felicidad perdurable del país, me mostró en las conferencias en Cañuelas (se refiere a las que celebró en el año siguiente de 1829) las cartas que tenía de aquéllos, relativas a esos hechos. Entre ellas y en una del señor doctor don Julián Segundo Agüero, estaba escrito ese borrador que piensa usted fue escrito por el señor Gelly”. (Manuscrito original en mi archivo).






en:

Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo II, La Guerra y la Política Constitucional, Buenos Aires, Orientación Cultural Editores, 1958, págs. 69-85.

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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 10 Ene 2016 - 12:39

dia 14 de diciembre (1824)

El imperio Británico reconoce a las Provincias Unidas como estado independiente


En diciembre de 1824 se reunió un nuevo Congreso, con la asistencia de representantes de todas las provincias. Para ese entonces, el general Juan Gregorio de Las Heras había sucedido a Martín Rodríguez en el gobierno de la provincia de Buenos Aires.

El Congreso, en ejercicio de las facultades legislativas hasta que se dictara una constitución, promulgó una serie de leyes que regularon, entre otras cuestiones. las relaciones entre las provincias y las de las provincias con el exterior.

En enero de 1825, la Ley Fundamental, además de ratificar la declaración de la independencia de las Provincias Unidas, estableció un sistema de convivencia y respeto recíproco que garantizaba las autonomías provinciales y declaró constituyente al congreso. De acuerdo con lo expresado por la Ley, las provincias se gobernarían por sus propias instituciones y no se establecería una constitución sin que previamente fuese aceptada por todas ellas. También, delegaba en forma provisoria el Poder Ejecutivo en el gobierno de Buenos Aires, principalmente para el desempeño de las relaciones exteriores. Esta facultad posibilitó la firma del tratado entre Buenos Aires e Inglaterra, en febrero de 1825, que contó con la aprobación del Congreso.

En enero de 1825, el Congreso sancionó la Ley Fundamental. En ella, los representantes declaraban la voluntad unánime de mantener unidas las provincias y asegurar su independencia. Declaraban que el Congreso era constituyente pero que la futura Constitución sólo sería válida después de la aprobación de todas las provincias.

El tratado, firmado en 1825, establecía la igualdad legal y política entre las Provincias Unidas y el Estado británico y, sobre todo, se orientaba a proteger los intereses comerciales ingleses. Uno de sus artículos establecía que “los habitantes de los dos países gozarán de la franquicia para llegar segura y libremente con sus buques y cargas a todos los parajes, puertos y ríos de dichos territorios a donde sea o pueda ser permitido a otros extranjeros llegar […] también alquilar y ocupar casas y almacenes para los fines de su tráfico y generalmente los comerciantes y traficantes de cada Nación respectivamente disfrutarán de la más completa protección y seguridad para su comercio, siempre sujetos a las leyes”.

Otros artículos aseguraban a los súbditos británicos y a los ciudadanos argentinos, en cada nación, la exención del servicio militar y de empréstitos forzosos. El tratado se refería también a la libertad religiosa: el Estado rioplatense se comprometía a respetar y garantizar la libertad de conciencia y de culto a los súbditos británicos. La cuestión de la tolerancia religiosa generó debates y conflictos, antes y después de firmado el tratado, por la oposición de los sectores católicos más conservadores, principalmente los de las provincias del Interior, como La Rioja y Córdoba,

El Tratado de 1825:
De amistad, comercio y navegación, celebrado entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y S. M. B. Buenos Aires, 2 de Febrero de 1825

Publicado en “El Nacional”, Nro. 12. del 10 de marzo de 1825.
[“El Nacional” fue uno de los tantos periódicos que aparecieron por entonces en Buenos Aires. Se publicó entre 1824 y 1826.]

Habiendo existido por muchos años un comercio extenso entre los Dominios de Su Magestad Británica y los Territorios de las Provincias Unidas del Río de la Plata, parece conveniente á la seguridad y fomento del mismo comercio, y en apoyo de una buena inteligencia entre Su Magestad y las expresadas Provincias Unidas, que sus relaciones ya existentes, sean formalmente reconocidas y confirmadas por medio de un Tratado de amistad, comercio y navegación. […]. Artículo 1° Habrá perpetua amistad entre los dominios y subditos de S. M. el Rey del Reino Unido de la Gran Bretaña é Irlanda y las Provincias Unidas del Rio de la Plata y sus habitantes.

Art. 2° Habrá entre todos los territorios […] una reciproca libertad de comercio. […].

Art. 8° Todo comerciante, comandante de buque, y demás subditos de S, M. B., tendrán en todos los territorios de las dichas Provincias Unidas la misma libertad que los naturales de ellas para manejar sus propios asuntos. [… ].

Art. 9′ En todo lo relativo á la carga y descarga de buques, seguridad de mercaderías, pertenencias y efectos, disposición de propiedades de toda clase, y denominación por venta, donación, cambio, ó de cualquier otro modo; como también á la administración de Justicia, los subditos y ciudadanos de las dos partes contratantes gozarán en sus respectivos dominios de los mismos privilegios, franquezas y derechos [… ] estarán exentos de todo servicio militar obligatorio, […]; y de todo empréstito forzoso, de exacciones ó requisiciones militares; […].

Art. 12. Los subditos de S. M. B. residentes en las Provincias Unidas del Rio de la Plata, no serán inquietados, perseguidos ni molestados por razón de su religión; más gozarán de una perfecta libertad de conciencia en ellas, […] también será permitido enterrar á los subditos de S. M. B. que murieren en los territorios de las dichas Provincias Unidas, en sus propios cementerios, […].

Art. 13. Los subditos de S. M. B. residentes en las Provincias Unidas […], tendrán el derecho de disponer libremente de sus propiedades. […].

Art. 14. Deseando S. M. B. ansiosamente la abolición total del comercio de esclavos, las Provincias Unidas del Rio de la Plata se obligan á cooperar con S. M. B. al complemento de obra tan benéfica, […].

Hecho en Buenos Aires, el día dos de Febrero en el año de Nuestro Señor, mil ochocientos veinte y cinco.
Manuel J. García – Woodbine Parish





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/Más crueles que fieras,/con nuestras propias alas,/que la Naturaleza/nos dio, sin otras armas/para propia defensa,/forjáis el instrumento/de la desdicha nuestra,/haciendo que inocentes/prestemos la materia./Pero no, no es extraño,/que así bárbaros sean/aquellos que en su ruina/trabajan, y no cesan./Los unos y otros fraguan/armas para la guerra,/y es dar contra sus vidas
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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 10 Ene 2016 - 12:44


dia 15 de diciembre (1908)

Fallecimiento del general Manuel J Campos


Era hijo del estanciero y teniente coronel Martín Teodoro Campos, y hermano de los también generales Luis María y Julio Campos. Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

A los 17 años se enroló en el regimiento de artillería ligera de su ciudad natal, pero al estallar la guerra del Paraguay pasó a un regimiento de infantería con el que participó en varias batallas, especialmente en Yatay, Uruguayana, Estero Bellaco, Tuyutí, y Curupaytí. En esta última batalla fue herido de gravedad como su hermano Luis María.

A órdenes de su hermano Luis María participó en la campaña contra los federales de Cuyo, siendo herido en la batalla de San Ignacio.

Regresó a la guerra del Paraguay, peleando a órdenes de su hermano en Paso Pucú, Piribebuy y Itá Ibaté.

Siempre a órdenes de su hermano mayor, hizo las dos primeras campañas contra Ricardo López Jordán en la provincia de Entre Ríos. En 1874 fue ascendido al grado de teniente coronel, y por primera vez quedó lejos de la influencia de su hermano. Participó en la ocupación de Santiago del Estero, luchando contra las últimas montoneras de partidarios del caudillo caído, Antonino Taboada. Luego fue jefe de bomberos de la capital e inspector de armas de la provincia de Buenos Aires.

En 1879 hizo la campaña conocida como Conquista del Desierto como ayudante del general Julio Argentino Roca, por la que fue ascendido a coronel.

De regreso fue jefe del parque de artillería de la capital. Combatió contra la revolución de Carlos Tejedor, y fue comandante de la escolta del presidente Roca.

En 1882 fue comandante de la frontera sur de Buenos Aires, que no tenía razón de ser por la desaparición del peligro de malones indígenas por la campaña de Roca. Fundó el pueblo de General Acha. Poco más tarde fue ascendido a general.


En 1890 se unió a la Revolución del Parque, como comandante de las fuerzas rebeldes. El papel del General Campos en la Revolución del Parque ha sido cuestionado por varios historiados atribuyéndole un pacto secreto con Julio Argentino Roca y el vicepresidente Carlos Pellegrini para hacer fracasar el levantamiento a cambio de la renuncia del presidente Miguel Juárez Celman. Su hermano Julio murió en la revolución. No fue sancionado por su actuación, sino que dos años después fue electo diputado nacional del oficialismo por la Capital Federal. Renunció para ser jefe de policía de la ciudad de Buenos Aires.

En 1897 fue senador provincial en la provincia de Buenos Aires, y desde 1902 hasta su muerte fue diputado nacional. En su trayectoria política fue un conservador convencido, que se dedicó sobre todo a las leyes sobre el ejército, apoyando al modernización del mismo por obra de su hermano Luis María, tres veces ministro de guerra, y del general Pablo Ricchieri.

Sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta. Su tumba está adornada por una escultura mortuoria de José Llaneces,una de las mas importantes de la Argentina por calidad y factura.



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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 10 Ene 2016 - 13:00

dia 16 de diciembre (1821)

San Martín como Protector del Perú instaura la Orden del Sol


A pesar de que, como Protector del Perú, el general José de San Martín había procurado hacer desaparecer las armas de la monarquía española y todos los signos de su dominación “como símbolos de esclavitud”, creyó necesario, para ganarse el apoyo de cierta aristocracia peruana o, al menos, neutralizar su oposición, que ésta conservara sus “timbres”. Así, San Martín mantenía -nacionalizándolo- parte del aparato de aquel cuestionado estamento, al tiempo que les permitiría justificar sus blasones por los servicios dados a la patria.

Para ello, instituyó la “Orden del Sol”, a semejanza de la “Orden de Cincinnatus” establecida por Washington, la “Legión de Mérito” de Chile otorgada por Bernardo O’Higgins, la más democrática “Orden Militar de los Libertadores” de Simón Bolívar o la más conservadora “Legión de honor de Napoleón”. El carácter más o menos democrático se evaluaba, entre otras consideraciones, por su capacidad de extensión hereditaria, siendo las prerrogativas que brindaba San Martín personales y vitalicias, heredables hasta la tercera generación. Según el general, “sin herir la igualdad ante la ley”, servirían “de estímulo a los que se interesen en ella”.

La orden establecería tres capas: fundadores, beneméritos y asociados. En cada cuerpo del ejército, se conferiría la condecoración a tres oficiales, excluyendo a la tropa, alcanzada ya por la distinción “Legión de Mérito”. En el caso de los “fundadores”, gozarían de preferencias para los grandes cargos estatales. Para los “beneméritos”, habría preferencias para empleos de segundo orden. Mientras tanto, los “asociados” serían atendidos en primer lugar en los empleos que ocuparan.

La Orden conformaría un Gran Consejo que, entre otras funciones administrativas, podría acordar pensiones anuales a sus socios. Se financiaría con las arcas públicas y tendría a disposición de los socios un colegio especial de educación. Lo particular del caso es que San Martín hizo extensivo los honores a las mujeres, a través de otra distinción, al considerar que “el sexo más sensible debe ser el más patriota”. La decisión de establecer ciertas jerarquías, junto con la aceptación del cargo de Protector del Perú durante un año, fueron algunas decisiones a menudo criticadas. Sin embargo, sin perder de vista el criterio republicano que lo guiaba, San Martín y los patriotas que lo acompañaban creyeron en la necesidad poner en marcha estas medidas en tiempos de guerra independentista, como excepcional medida de táctica política.

No obstante las pretensiones de perpetuidad, la Orden fue suprimida por el Congreso Instituyente del Perú, durante el período en que Bolívar presidió con amplios poderes esta república (1824-1827).

Decreto de la creación de la orden del sol del Perú

“He contemplado hacer hereditario el amor a la gloria, porque después de derogar los derechos hereditarios, que traen su origen de la época de nuestra humillación, es justo subrogarlos con otros, que sin herir la igualdad ante la ley, sirvan de estímulo a los que se interesan en ella. La Orden del Sol, patrimonio de los guerreros libertadores y premio de los hombre beneméritos, durará así mientras haya quien recuerde los años heroicos, porque las instituciones que se forman al empezar una grande época, se perpetúan por las ideas que cada generación recibe, cuando pasa por la edad en que averigua con respeto el origen de lo que han venerado sus padres.”

San Martín


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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 10 Ene 2016 - 13:17

dia 17 de Diciembre (1855)

Pase a la posteridad del Sargento Mayor José Antonio Alvarez Condarco


En el año 1813 formó parte de la campaña del coronel Juan Gregorio de Las Heras a Chile con el batallón de auxiliares cordobeses con la misión de dirigir un arsenal. Llevando importantes mensajes enviados por su amigo Marcos Balcarce para el general San Martín, éste lo retuvo a su lado, nombrándolo ayudante de campo, secretario privado, director de los talleres militares y de una fábrica de pólvora.
En 1816 el general San Martín le envía a Chile, con el encargo aparente de llevar cartas al gobernador realista Casimiro Marcó del Pont ya que lo real era que la gran memoria visual de Álvarez Condarco retuviera los accidentes de la cordillera, para marcar luego el camino del ejército. Así es que cruzó por el Paso de Los Patos trayecto mas largo hacia Chile y ni bien llegado, Marcó del Pont lo despachó de vuelta por el paso más corto, que era el de Uspallata. Los mapas que trazó luego de este viaje fueron fundamentales para el cruce que del Ejército.

En 1817 participó activamente en la batalla de Chacabuco y al año siguiente en la de Maipú.

Fue enviado en el año 1818, por el general O´Higgins, a Londres para negociar la compra de buques destinados a la liberación de Perú y también contrató en Londres los servicios de Lord Thomas Cochrane para que comandara la flota .Permanece en Europa hasta el año 1825 .

En el año 1839 ya retirado del servicio militar fue llamado por el gobierno de Chile para cubrir un puesto técnico en la administración pública , como jefe del Departamento de Ingenieros y Caminos de la República de Chile.
Impedido de regresar a su país por su pública oposición al régimen de Rosas, vivió en Chile hasta su fallecimiento el 17 de diciembre de 1855. Murió en la mayor miseria, a punto de haber sido necesario levantar una subscripción pública para sepultarlo.




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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 10 Ene 2016 - 13:28

dia 18 de diciembre (1777)

Natalicio del General Juan Martín de Pueyrredón


Juan Martín Mariano de Pueyrredón nació en Buenos Aires el 18 de diciembre del año 1776 en el hogar for­mado por el matrimonio del francés Juan Martín de Pueyrredón y Labrucherie y la porteña María Rita Damasia Dogan. Nació, diría Miguel Cañé “destinado a re­presentar en las luchas contra el extranjero, y aun en las sacudidas internas de la patria, el tipo de patricio, eman­cipado de la situación servil que avasallaba y modelado para la acción que se imponía a la balbuciente democracia colonial. Se educó en Europa pero fijó siempre la mirada de su alma en la playa lejana que le viera nacer, el último y silencioso rincón de la América española”.

Vicente Fidel López nos ha dejado una descripción fí­sica de Pueyrredón, retratándolo como “alto y de cabe­za erguida, más bien grave, templado; el ojo vivo y obser­vador, imperioso a veces, velaba con esmero en las deli­cadas urbanidades del trato social, afable para con todos, para elevados personajes y para humildes subalternos”.

Luego de cursar estudios de Humanidades regresó a Buenos Aires, donde se dedicó a atender los negocios de comercio iniciados por su padre.

Al producirse la invasión colonialista británica formó con sus hermanos, José Cipriano, Diego José y Juan An­drés un escuadrón de caballería integrado con los gau­chos de la campaña que se batirían el 1º de Agosto de 1806 en Perdriel, con escasa fortuna dada la falta de ar­mamentos y poca instrucción de sus improvisadas mili­cias.

Pocos días después uniría sus tropas a las que Santiago de Liniers traía de la vecina orilla, por lo que el día 6 de agosto el futuro héroe de la Reconquista lo nombró comandante general “de todos los voluntarios de caballe­ría ligera”, dando lugar al nacimiento del glorioso regimiento de Húsares de Pueyrredón. Posteriormente Liniers lo nombró teniente coronel, grado que le fue reconocido más tarde por Real Despacho del Monarca español.

Juan Martín de Pueyrredón inició su vida política cuando, durante el cabildo abierto del 14 de agosto bregó con singular vehemencia por la deposición del virrey Sobremonte.

Comisionado para viajar a España con el fin de solici­tar auxilios y obtener mejoras en favor de Buenos Aires, permaneció en la Corte durante tres años comprobando que sus reclamos no serían atendidos.

De regreso en Buenos Aires, donde las autoridades vi­rreinales ya conocían las ideas emancipadoras que traía Pueyrredón, fue tomado prisionero y enviado a la Metró­poli, pudiendo fugar en ocasión de naufragar la nave que lo conducía logrando trasladarse a Río de Janeiro.

Tras los acontecimientos de Mayo vino a Buenos Ai­res y la Primera Junta le confió el gobierno de Córdoba, y luego el de Charcas. En esta última ciudad le tocó sal­var los restos del ejército derrotado de Huaqui y llevar a cabo el famoso rescate de los caudales de Potosí, per­mitiendo que el gobierno patrio dispusiera de fondos para afrontar los ingentes gastos de la campaña emancipa­dora.

Posteriormente integró el Primer Triunvirato, hasta que la revuelta del 8 de octubre de 1812 le significó el confinamiento en San Luis.

Cumplida la pena, el gobierno puntano lo designa di­putado ante el Congreso que debía reunirse en Tucumán. La anarquía que imperó en los prolegómenos de la asam­blea hizo que Pueyrredón fuera el candidato de transacción por lo que, contando con el apoyo de San Martín, Belgrano y Güemes, fue electo Director Supremo de las Provincias Unidas. Su gobierno debió sortear toda clase de escollos, de índole política, financiera, diplomática, demostrando su gran capacidad negociadora.

Por aquella época Pueyrredón recibió en su chacra de San Isidro al general José de San Martín, con quien man­tuvo prolongadas conferencias para trazar los planes que harían posible la campaña libertadora, cuyo único testi­go sobreviviente aun campea airosamente sobre la barranca: nos referimos al histórico algarrobo bajo cuya som­bra ambos próceres soñaron la libertad de América que hicieron realidad.

El apoyo prestado por Juan Martín de Pueyrredón a los planes del Libertador fue total, pese a las dificulta­des, que le acarreara como Director Supremo. En aquel momento le escribía al Gran Capitán diciéndole que: “Obraré según las necesidades, pero sin pensar jamás en suspender la empresa de Chile, porque de su ocupación debe resultarnos la recuperación del poder, riqueza y consideración política que hemos perdido”.

Consecuente con aquella entrega sin retaceos es una muy célebre carta que le dirigiera al Libertador, en los días en que se aprestaba a marchar con su Ejército de los Andes: “Van oficios de reconocimiento a los Cabildos de esa y demás ciudades de Cuyo. Van todos los vestua­rios pedidos y muchas más camisas. Van 400 recados. Van los dos únicos clarines que se han encontrado. En enero se remitirán 1.387 arrobas de charqui. Van 200 sables de repuesto que me han pedido. Van 200 tiendas de campa­ña y pabellones, y no hay más. Va el mundo -¡Va el de­monio!- y va la carne. .. Y no me vuelva a pedir más si­no quiere recibir la noticia de que he amanecido ahorca­do de un tirante en la fortaleza…”

La concentración de sus esfuerzos en la campaña sanmartiniana facilitó la ocupación de la Ban­da Oriental por los portugueses, hecho que le aca­rreó serios problemas, resistencias y enemistades. Pos­teriormente la recuperación de esta provincia significó un alto precio en vidas humanas y en definitiva su irreparable separación.

Superando las constantes adversidades Pueyrredón pudo concretar una serie de obras que la historia le reconocerá por su enorme trascendencia: estableció la conta­bilidad del Estado, creó la Caja Nacional de Fondos de Sudamérica, fundó la Casa de la Moneda y reglamentó la función de la Aduana e impuso el régimen de saldo ex­portable para la remisión de productos al exterior. En materia educativa le cabe la gloria de proponer la erección de la Universidad de Buenos Aires y la reapertura del Colegio de San Carlos, al que dio nuevamente el nombre de Colegio de la Unión del Sur. Obtuvo la sanción del Reglamento Provisional de 1817, hasta tanto se dictara la Constitución definitiva, renunciando a su cargo de Director Supremo cuando en 1819 fue jurada esa carta.

Un año después se aleja del país y vive en Río de Janeiro, España y Francia. Vuelve varias veces a Buenos Aires, y muere en su chacra de San Isidro el 13 de marzo de 1850.

Había contraído matrimonio el 14 de mayo de 1815 con María Calixta Telle Echea y Caviedes, hija de don Francisco de Telle Echea, ajusticiado en 1812 en la Plaza de la Victoria por participar en la tristemente célebre conspiración encabezada por don Martín de Álzaga. Como miembro del Triunvirato había sido Juan Mar­tín de Pueyrredón uno de los firmantes de la trágica sentencia, que firmó irresoluto. Tuvo un único hijo, Prilidiano, ingeniero, arquitecto, y uno de los artistas mas relevantes del siglo XIX.



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MensajeTema: Re: Página Histórica de Hoy   Dom 10 Ene 2016 - 13:40

dia 19 de diciembre (1833)

Pasa a la posteridad Miguel de Azcuénaga


Nació en Buenos Aires el 4 de junio de 1754, siendo hijo del vizcaíno Vicente de Azcuénaga y de Rosa de Basavilvaso. Estudió en España (Sevilla y Málaga) retornando al país en el año 1773, y comenzando la carrera militar. Luchó en la Banda Oriental contra los portugueses, fue Regidor del Cabildo en 1777, luego Alférez Real, Alcalde de Segundo Voto, Síndico y Procurador General.
En 1779, contrajo enlace con su prima hermana, Justa Rufina de Basavilbaso y Garfias, con quien tuvo cuatro hijos.


En su ascendente carrera militar, obtuvo en el año 1802, el grado de Coronel. Tuvo activa participación en las Invasiones Inglesas.

Las ideas emancipadoras lo impulsaron a participar en la lucha revolucionaria contra el poder español, siendo su casa sede de muchas reuniones secretas conspirativas.

Tenía 55 años el día en que asumió su cargo de Vocal de la Primera Junta, era el miembro de mayor edad del organismo. Por su acción como Inspector general de Armas el 29 de Mayo de 1810 dio pie para la creación de lo que hoy es el Ejército Argentino. Simpatizante de Moreno, debió exiliarse en San Juan y Mendoza, pero retornó al año siguiente, ocupando funciones gubernamentales, entre ellas la de Gobernador Intendente de la Provincia de Buenos Aires, cargo para el que fue designado por el Cabildo porteño, el 13 de enero de 1812.

Fue uno de los firmantes del Acta de Independencia en 1816. En 1818, fue nombrado Jefe de Estado Mayor. Fue uno de los responsables de la redacción de la Constitución de 1819, que organizaba el país bajo el régimen unitario, y que por ese motivo fracasó.

Intervino, en 1828, junto al Almirante Guillermo Brown y el General Guido, en las negociaciones de paz con Brasil, por la cual la Banda Oriental nacía como estado soberano, perdiendo Argentina sus derechos sobre ella. En 1829 sufrió el exilio por orden del general Lavalle.

Falleció el 19 de diciembre de 1833, mientras se desempeñaba como legislador, en la quinta de su propiedad, ubicada donde actualmente se halla la quinta presidencial de Olivos, que heredada por Carlos Villate Olaguer, último descendiente de los Azcuénaga, soltero y sin descendencia, la donó a partir de su muerte, en 1918, con la finalidad de que se convirtiera en la residencia de los mandatarios argentinos


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